- Soy Daasshhh... y su disfraasshhh.
- ¿Qué? ¡¿Eso quééé?! ¡¿Me estás escuchando?!
- Sí. Pero en serio, soy Daasshhh... y su disfraasshh, mira- y echó a correr por el cuarto, haciendo fffuuummmm shhhhh, dando manotazos. Quizá en otra circunstancia le hubiera dado risa, pero sólo se emputó, se puso roja y apretó los puños.
- ¡Te estoy hablando, chingado!- él se detuvo en medio de la cama, cuando iba a saltar. Se quedó suspendido, mirándola fijo hasta que ella se incomodó y volteó a la ventana oscura, oscurísima, con su cortina morada.
- Dime.
- ¿Por qué no fuiste por mí? ¡Te dije clarito que a las tres!
- Ya te dije, tenía cosas que hacer.
- ¡Siempre tienes algo que hacer, no te importo nada!
- Claro que me importas- y echó a correr otra vez. Tropezó con el buró y el ruido de la lámpara cayendo terminó por desquiciarla.
- ¡Ya! ¡Estoy hartaaaaa!- él se detuvo, recogió la lámpara y luego preguntó:
- ¿De qué?
- ¡De tí! ¡De que te comportes como niño! ¡De que nunca me hagas caso! Te importan más tus pendejadas, tus pinches inventos y tus cálculos inservibles- aquí él dió un respingo y se apresuró a decir:
- Pero tú dijiste que eso te gustaba, incluso que por eso habías salido conmigo, porque estaba loco y era interesante...
- Pues sí, pero un rato pasa, TODOS los días es castrante, aburre, nunca haces nada más- el quiso responder que no era cierto, que la quería, que trabajaba, que hacía muchas cosas, algo del estilo, pero le hizo otra vez como Daasshhh... y su disfraaassshhh. Ella apretó los labios y le dolió. Tenía ganas de gritar y de pegarle y de decirle que era un puto niño inconciente y que lo detestaba y que se iba, pero nomás caminó a la puerta amarrándose violentamente el cabello. Él la detuvo cuando ya iba con la mano a la perilla (dorada, descarapelada de abajo).
- A dónde vas.
- A dónde sea, donde no estén tú ni tus pendejadas.
- Lo estoy haciendo de adrede. Ya sé que vas a irte de todos modos, haga lo que haga, sólo estás buscando un pretexto y yo amable te lo doy. Quiero verte emputada por última vez para vengarme de tus adioses no me importa ajhases y eso que dices tan seguido. Hace un mes que me lo quieres decir, ¿por qué chingados esperaste tanto?- lo dijo todo sin respirar, con la cara poniéndosele roja.
- Qué chingados te importa, déjame pasar.
- Ni madres, dime y te vas, fresca como la mañana.
- No tengo nada que decirte, déjame pasar.
- Ya te dije que no -y se puso entre ella y la puerta- Nomás dime porqué no me lo dijiste hace un mes y ya.
- Porque no quería decírtelo hace un mes. ¿Contento?
- Ah ah. Dime, ándale, no seas cabrona, ¿querías burlarte de mí? ¿pensaste que sería divertido, pendeja?- le dio una madrazo a la puerta con la palma abierta y sonó seco. Ella se asustó, nunca lo había visto así de violento. Ni siquiera la había tocado, pero la miraba furioso, bien abiertos los ojos, rojos. Cuando hablaba le salía saliva y era molesto.
- No me hables así, por favor, déjame salir.
- Jajajaja, ¿me tienes miedo? Que pinche risa me das- pero vio su mirada que huía la suya, el miedo simple, su nerviosismo. Y sintió culero y al mismo tiempo ganas de ser más culero, de asustarla de veras. Se quedaron viendo un ratito que a los dos les pareció un chingo.
- ¿No me vas a decir?- la insistencia hizo que le dieran ganas de llorar de coraje, pero también porque no sabía por qué no lo había hecho antes. No tenía que contestarle y él lo sabía.
Era mi amigo en la secundaria. Más tendiente al todo que al nada, mentía porque decía que era el estado natural del ser humano: mentiroso, que primero aprendiamos a mentir y luego a decir la verdad y que el no traicionaría su espíritu ni su naturaleza. Era dificilísimo saber cuando era verdad y cuando era mentira, si le preguntaba decía: "mentira, claro", pero era muy divertido y sabía montones de cosas que aprendía leyendo revistas de Geo Mundo, Conozca Más, Proceso y una de ovnis y cosas del estilo (Año Cero, me parece) que sacaba del quiosco. Nunca lo ví tener una revista más de un día, decía que tenía que regresarla porque se la habían prestado. Al cabo de los años se hizo francamente insoportable, no porque cambiara si no porque empecé a imitarlo demasiado, pero me faltaba su genialidad y era frustrante. Tenía una rara habilidad para calcular. No era la simple suma o multiplicación ni raices ni cuadrados ni nada de eso, de hecho era bruto para los cálculos elementales, yo los hacía por él. Podía calcular la cantidad de oxígeno en un cuarto, decía que midiendo el cuarto por pasos, lo alto, lo ancho, las ventanas, los posibles escapes. No daba números tan precisos, pero decía: alcanza como para 12 minutos los dos aquí cerrando bien las puertas. No le creía, pero un día se metió al cuarto y dijo: pásame ropa que no uses y trajo cinta de aislar y "selló" el cuarto. Cuenta 17 minutos, dijo. Como a los 15 minutos empecé a marearme y quería abrir la puerta, pero no me dejó. Ya mero, dijo bajito. A los 16 minutos y medio le dio un tirón a la puerta y no se abrió. Que pinche sustísimo me dio, pero el campante siguió jalando hasta que la puerta cedió. Salí tosiendo e inhalando como pinche pez fuera del agua. No mameeeees, le grité, ¿por qué putas me encerraste?
- Pero contaste los minutos, ¿no?- No le dije nada, su cálculo había estado bien, pero seguí mareado un rato y me zumbaban los oidos. Siempre que entraba a algún lado decía: como para tales minutos contando tantas personas. Supongo que las más de las veces era mentira. También podía calcular el tiempo casi exacto que tardaría el agua en hervir. Pero no cuentes las pinches burbujillas, hasta que esté hirviendo bien bien, decía, mirándome mirar mi reloj contra agua y calculadora integrada. Según el instructivo podías sumergirlo en el agua a 50 metros y no le pasaba nada. Se me hacía una mamada mayúscula. Rogelio una vez sugirió que lo probáramos. Mediríamos el mecate y lo sumergiríamos en la presa. Le dije que ni madres, porque tenía miedo de que se chingara y porque no hay ningún lugar que sea tan hondo. Propuso algunos experimentos, pero le dije que no. Ese reloj se me rompió y terminé odiando los relojes y su alarma tititití tititití tititití. Inventaba muchas cosas, la mayoría ridículas o sin algún uso en particular. Inventó un imán para cacahuates. Cuando me dijo me boté de la risa. Puso cara de: p e n d e j o, una despectiva que era muy suya. Me llevó al mercado y la chingadera jaló nomás los cacahuates, ninguna otra cosa, pero había que acercarse mucho a los cacahuates y quedaban en una bolsita y cuando los sacamos estaban babosos. Ahuevo, dijo, un imán de cacahuates. Trató de explicarme que la estructura molecular de no se qué, que la fuerza de succión de no sé qué, pero no entendí nadita y me dijo: estás muy morro. Cuando vino el circo vendían unos como popotes que tenían un espiral en la punta y una bolita de unicel y si soplabas la bolita flotaba. Los daban a 10 pesos, que en ese entonces era un chingo. Cuando me lo vió me preguntó de donde lo había sacado y le dije que del circo y me preguntó que cuánto me había costado y le dije. Se rió en mi cara y dijo que pendejo eres. Según él podía hacerlos mejores y mucho más baratos y además sabía como entrar al circo sin que le cobraran. Las madres esas sí las hizo y las fue a vender a la escuela. Llevaba como 10 y se le acabaron en corto. Le pidieron que llevara más, pero le dio hueva y no quiso hacer más. Se concentró en su proyecto de imanes que se juntaban por los dos lados. Hasta donde sé nunca pudo hacerlo rompió un chingo. Luego le dio por hacer láseres con formas de mujeres desnudas y penes, muy graciosos, pero también se hartó y luego creo que fue lo de las bombas de caca de pájaro. Estas sí que fueron un éxito. Hizo muchas y las puso abajo de la tarima de el día del Niño. Es la fiesta más grande y se junta un chingo de gente. Empezó a salir muuuucho humo y un olor culerísimo. Salió gritando y empujando: ¡Es el diabloooo! ¡Es el pinche diabloooooo! Y hacía: ¡Ooooggrrrr aaaahhhhh mua ja ja ja! La gente se escamó en cortísimo y empezaron a correr a las puertas y el padrecito decía por el micrófono que se calmaran, pero cuando vió que salía de abajo de la tarima echó a correr como nena y Rogelio no paraba de reir y se doblaba. Todos sabían que él había sido, pero no pudieron echarle la culpa y él se burlaba enfrente de la poli. Un día lo agarraron y le dieron una madriza y lo aventaron cerca del río, para que aprendiera, pero le valió madre y siguió haciendo experimentos. Lo de las bombas le duró un rato, puso en su escuela, en su casa, en la de los vecinos y en la presidencia, al punto de que nadie se espantaba con las bombas y lo dejó. No sé si fue primero lo de la escafandra con una lata grande de leche nido o la resortera enorme para cazar caballos dijo, pero en Jalpan casi nadie tenía caballos. La escafandra no funcionó y casi se ahoga, la resortera sí, servía para aventar piedras grandes y bajar chomites. Era re simple y desmontable.
Nunca le gustó entrar a los concursos de la escuela, decía que eran pendejos y por tanto eran para pendejitos. Seguro hubiera ganado todos sin el menor esfuerzo. Creo que fue porque una vez, cuando iba en la primaria, participó en uno y su experimento ganó (algo que incluía fuego y aluminio), pero un maestro le chacaleó el crédito y dijo que había sido él el que lo había hecho. Rogelio se sintió humilladísimo y nunca quiso participar de nuevo. El profe no lo disfrutó mucho, le pintó la puerta con mierda y le pintó una ventana con una pintura que sólo se veía de noche un mensajito que decía: soy una rata y había el dibujo de... una ratota. Querían expulsarlo de la escuela (de todas, desde primaria) aunque nunca se les hizo, llevaba siempre buenas calificaciones y no faltaba muy seguido y además no siempre podían comprobarle que hubiera sido él el que hacía el desmadre (explosiones, sustancias extrañas, mensajes en el pizarrón -todos con diferente letra- y dibujos de maestros, niños llorando, libros que se perdían y linduras del estilo).
Acabó la prepa aburrido y no quiso entrar a la uni, o no pudo, no me dijo. Era muy grande cuando salió de la prepa, tenía como 21, aunque parecía más chavo. Cuando salió yo apenas entraba a la secundaria y poco a poco dejé de juntarme con él, que prefería andar con chavas de nalgas grandes. Terminó por irse a la ciudad y a trabajar de obrero en una fábrica. Luego ascendió a supervisor y pudo subir más, pero le dio hueva o miedo o no sé qué hacerse de más responsabilidad. Trabajaba relajado, mirando el ventilador que giraba chirriando y calculando la velocidad del giro, mirando en las etiquetas de los trabajadores, en sus números de empleado, sabiendo cuando un tubo del aire acondicionado se averiaba pero no diciendo nada para que no lo pusieran a arreglarlo, diciéndoles amablemente a los nuevos esto se hace así y asá, diciendo a sus novias sí sí sí. Nunca se esforzó más de lo necesario A muy muy pocas les contaba de sus cálculos y sus inventos (calculadoras que atendían a la voz o la manera de intervenir los teléfonos para decir cosas obsenas o cómo llamar gratis a las hot line, imanes de diversos tipos y cosillas así). Le tenía miedo al mundo, a los jardines, a los globos terráqueos y a los de helio, a los lugares demasiado grandes y a enamorarse de a de veras. Ligaba chavitas del trabajo enfundadas en uniformes caquis, ingenuas o muy perras, les regalaba cosas, les decía poemas bizarros que él inventaba o que leía por ahí. Para su fortuna casi ninguna los entendía y se dejaban coger en hoteles baratos, en el carro o algunas en los baños de la fábrica. Casi nunca iba a los cafés y gustaba de manejar sólo por las calles solas entrada la madrugada. Y volvía a verlo cuando entré a la universidad, cuando iba en segundo semestre.
- ¿Qué? ¡¿Eso quééé?! ¡¿Me estás escuchando?!
- Sí. Pero en serio, soy Daasshhh... y su disfraasshh, mira- y echó a correr por el cuarto, haciendo fffuuummmm shhhhh, dando manotazos. Quizá en otra circunstancia le hubiera dado risa, pero sólo se emputó, se puso roja y apretó los puños.
- ¡Te estoy hablando, chingado!- él se detuvo en medio de la cama, cuando iba a saltar. Se quedó suspendido, mirándola fijo hasta que ella se incomodó y volteó a la ventana oscura, oscurísima, con su cortina morada.
- Dime.
- ¿Por qué no fuiste por mí? ¡Te dije clarito que a las tres!
- Ya te dije, tenía cosas que hacer.
- ¡Siempre tienes algo que hacer, no te importo nada!
- Claro que me importas- y echó a correr otra vez. Tropezó con el buró y el ruido de la lámpara cayendo terminó por desquiciarla.
- ¡Ya! ¡Estoy hartaaaaa!- él se detuvo, recogió la lámpara y luego preguntó:
- ¿De qué?
- ¡De tí! ¡De que te comportes como niño! ¡De que nunca me hagas caso! Te importan más tus pendejadas, tus pinches inventos y tus cálculos inservibles- aquí él dió un respingo y se apresuró a decir:
- Pero tú dijiste que eso te gustaba, incluso que por eso habías salido conmigo, porque estaba loco y era interesante...
- Pues sí, pero un rato pasa, TODOS los días es castrante, aburre, nunca haces nada más- el quiso responder que no era cierto, que la quería, que trabajaba, que hacía muchas cosas, algo del estilo, pero le hizo otra vez como Daasshhh... y su disfraaassshhh. Ella apretó los labios y le dolió. Tenía ganas de gritar y de pegarle y de decirle que era un puto niño inconciente y que lo detestaba y que se iba, pero nomás caminó a la puerta amarrándose violentamente el cabello. Él la detuvo cuando ya iba con la mano a la perilla (dorada, descarapelada de abajo).
- A dónde vas.
- A dónde sea, donde no estén tú ni tus pendejadas.
- Lo estoy haciendo de adrede. Ya sé que vas a irte de todos modos, haga lo que haga, sólo estás buscando un pretexto y yo amable te lo doy. Quiero verte emputada por última vez para vengarme de tus adioses no me importa ajhases y eso que dices tan seguido. Hace un mes que me lo quieres decir, ¿por qué chingados esperaste tanto?- lo dijo todo sin respirar, con la cara poniéndosele roja.
- Qué chingados te importa, déjame pasar.
- Ni madres, dime y te vas, fresca como la mañana.
- No tengo nada que decirte, déjame pasar.
- Ya te dije que no -y se puso entre ella y la puerta- Nomás dime porqué no me lo dijiste hace un mes y ya.
- Porque no quería decírtelo hace un mes. ¿Contento?
- Ah ah. Dime, ándale, no seas cabrona, ¿querías burlarte de mí? ¿pensaste que sería divertido, pendeja?- le dio una madrazo a la puerta con la palma abierta y sonó seco. Ella se asustó, nunca lo había visto así de violento. Ni siquiera la había tocado, pero la miraba furioso, bien abiertos los ojos, rojos. Cuando hablaba le salía saliva y era molesto.
- No me hables así, por favor, déjame salir.
- Jajajaja, ¿me tienes miedo? Que pinche risa me das- pero vio su mirada que huía la suya, el miedo simple, su nerviosismo. Y sintió culero y al mismo tiempo ganas de ser más culero, de asustarla de veras. Se quedaron viendo un ratito que a los dos les pareció un chingo.
- ¿No me vas a decir?- la insistencia hizo que le dieran ganas de llorar de coraje, pero también porque no sabía por qué no lo había hecho antes. No tenía que contestarle y él lo sabía.
Era mi amigo en la secundaria. Más tendiente al todo que al nada, mentía porque decía que era el estado natural del ser humano: mentiroso, que primero aprendiamos a mentir y luego a decir la verdad y que el no traicionaría su espíritu ni su naturaleza. Era dificilísimo saber cuando era verdad y cuando era mentira, si le preguntaba decía: "mentira, claro", pero era muy divertido y sabía montones de cosas que aprendía leyendo revistas de Geo Mundo, Conozca Más, Proceso y una de ovnis y cosas del estilo (Año Cero, me parece) que sacaba del quiosco. Nunca lo ví tener una revista más de un día, decía que tenía que regresarla porque se la habían prestado. Al cabo de los años se hizo francamente insoportable, no porque cambiara si no porque empecé a imitarlo demasiado, pero me faltaba su genialidad y era frustrante. Tenía una rara habilidad para calcular. No era la simple suma o multiplicación ni raices ni cuadrados ni nada de eso, de hecho era bruto para los cálculos elementales, yo los hacía por él. Podía calcular la cantidad de oxígeno en un cuarto, decía que midiendo el cuarto por pasos, lo alto, lo ancho, las ventanas, los posibles escapes. No daba números tan precisos, pero decía: alcanza como para 12 minutos los dos aquí cerrando bien las puertas. No le creía, pero un día se metió al cuarto y dijo: pásame ropa que no uses y trajo cinta de aislar y "selló" el cuarto. Cuenta 17 minutos, dijo. Como a los 15 minutos empecé a marearme y quería abrir la puerta, pero no me dejó. Ya mero, dijo bajito. A los 16 minutos y medio le dio un tirón a la puerta y no se abrió. Que pinche sustísimo me dio, pero el campante siguió jalando hasta que la puerta cedió. Salí tosiendo e inhalando como pinche pez fuera del agua. No mameeeees, le grité, ¿por qué putas me encerraste?
- Pero contaste los minutos, ¿no?- No le dije nada, su cálculo había estado bien, pero seguí mareado un rato y me zumbaban los oidos. Siempre que entraba a algún lado decía: como para tales minutos contando tantas personas. Supongo que las más de las veces era mentira. También podía calcular el tiempo casi exacto que tardaría el agua en hervir. Pero no cuentes las pinches burbujillas, hasta que esté hirviendo bien bien, decía, mirándome mirar mi reloj contra agua y calculadora integrada. Según el instructivo podías sumergirlo en el agua a 50 metros y no le pasaba nada. Se me hacía una mamada mayúscula. Rogelio una vez sugirió que lo probáramos. Mediríamos el mecate y lo sumergiríamos en la presa. Le dije que ni madres, porque tenía miedo de que se chingara y porque no hay ningún lugar que sea tan hondo. Propuso algunos experimentos, pero le dije que no. Ese reloj se me rompió y terminé odiando los relojes y su alarma tititití tititití tititití. Inventaba muchas cosas, la mayoría ridículas o sin algún uso en particular. Inventó un imán para cacahuates. Cuando me dijo me boté de la risa. Puso cara de: p e n d e j o, una despectiva que era muy suya. Me llevó al mercado y la chingadera jaló nomás los cacahuates, ninguna otra cosa, pero había que acercarse mucho a los cacahuates y quedaban en una bolsita y cuando los sacamos estaban babosos. Ahuevo, dijo, un imán de cacahuates. Trató de explicarme que la estructura molecular de no se qué, que la fuerza de succión de no sé qué, pero no entendí nadita y me dijo: estás muy morro. Cuando vino el circo vendían unos como popotes que tenían un espiral en la punta y una bolita de unicel y si soplabas la bolita flotaba. Los daban a 10 pesos, que en ese entonces era un chingo. Cuando me lo vió me preguntó de donde lo había sacado y le dije que del circo y me preguntó que cuánto me había costado y le dije. Se rió en mi cara y dijo que pendejo eres. Según él podía hacerlos mejores y mucho más baratos y además sabía como entrar al circo sin que le cobraran. Las madres esas sí las hizo y las fue a vender a la escuela. Llevaba como 10 y se le acabaron en corto. Le pidieron que llevara más, pero le dio hueva y no quiso hacer más. Se concentró en su proyecto de imanes que se juntaban por los dos lados. Hasta donde sé nunca pudo hacerlo rompió un chingo. Luego le dio por hacer láseres con formas de mujeres desnudas y penes, muy graciosos, pero también se hartó y luego creo que fue lo de las bombas de caca de pájaro. Estas sí que fueron un éxito. Hizo muchas y las puso abajo de la tarima de el día del Niño. Es la fiesta más grande y se junta un chingo de gente. Empezó a salir muuuucho humo y un olor culerísimo. Salió gritando y empujando: ¡Es el diabloooo! ¡Es el pinche diabloooooo! Y hacía: ¡Ooooggrrrr aaaahhhhh mua ja ja ja! La gente se escamó en cortísimo y empezaron a correr a las puertas y el padrecito decía por el micrófono que se calmaran, pero cuando vió que salía de abajo de la tarima echó a correr como nena y Rogelio no paraba de reir y se doblaba. Todos sabían que él había sido, pero no pudieron echarle la culpa y él se burlaba enfrente de la poli. Un día lo agarraron y le dieron una madriza y lo aventaron cerca del río, para que aprendiera, pero le valió madre y siguió haciendo experimentos. Lo de las bombas le duró un rato, puso en su escuela, en su casa, en la de los vecinos y en la presidencia, al punto de que nadie se espantaba con las bombas y lo dejó. No sé si fue primero lo de la escafandra con una lata grande de leche nido o la resortera enorme para cazar caballos dijo, pero en Jalpan casi nadie tenía caballos. La escafandra no funcionó y casi se ahoga, la resortera sí, servía para aventar piedras grandes y bajar chomites. Era re simple y desmontable.
Nunca le gustó entrar a los concursos de la escuela, decía que eran pendejos y por tanto eran para pendejitos. Seguro hubiera ganado todos sin el menor esfuerzo. Creo que fue porque una vez, cuando iba en la primaria, participó en uno y su experimento ganó (algo que incluía fuego y aluminio), pero un maestro le chacaleó el crédito y dijo que había sido él el que lo había hecho. Rogelio se sintió humilladísimo y nunca quiso participar de nuevo. El profe no lo disfrutó mucho, le pintó la puerta con mierda y le pintó una ventana con una pintura que sólo se veía de noche un mensajito que decía: soy una rata y había el dibujo de... una ratota. Querían expulsarlo de la escuela (de todas, desde primaria) aunque nunca se les hizo, llevaba siempre buenas calificaciones y no faltaba muy seguido y además no siempre podían comprobarle que hubiera sido él el que hacía el desmadre (explosiones, sustancias extrañas, mensajes en el pizarrón -todos con diferente letra- y dibujos de maestros, niños llorando, libros que se perdían y linduras del estilo).
Acabó la prepa aburrido y no quiso entrar a la uni, o no pudo, no me dijo. Era muy grande cuando salió de la prepa, tenía como 21, aunque parecía más chavo. Cuando salió yo apenas entraba a la secundaria y poco a poco dejé de juntarme con él, que prefería andar con chavas de nalgas grandes. Terminó por irse a la ciudad y a trabajar de obrero en una fábrica. Luego ascendió a supervisor y pudo subir más, pero le dio hueva o miedo o no sé qué hacerse de más responsabilidad. Trabajaba relajado, mirando el ventilador que giraba chirriando y calculando la velocidad del giro, mirando en las etiquetas de los trabajadores, en sus números de empleado, sabiendo cuando un tubo del aire acondicionado se averiaba pero no diciendo nada para que no lo pusieran a arreglarlo, diciéndoles amablemente a los nuevos esto se hace así y asá, diciendo a sus novias sí sí sí. Nunca se esforzó más de lo necesario A muy muy pocas les contaba de sus cálculos y sus inventos (calculadoras que atendían a la voz o la manera de intervenir los teléfonos para decir cosas obsenas o cómo llamar gratis a las hot line, imanes de diversos tipos y cosillas así). Le tenía miedo al mundo, a los jardines, a los globos terráqueos y a los de helio, a los lugares demasiado grandes y a enamorarse de a de veras. Ligaba chavitas del trabajo enfundadas en uniformes caquis, ingenuas o muy perras, les regalaba cosas, les decía poemas bizarros que él inventaba o que leía por ahí. Para su fortuna casi ninguna los entendía y se dejaban coger en hoteles baratos, en el carro o algunas en los baños de la fábrica. Casi nunca iba a los cafés y gustaba de manejar sólo por las calles solas entrada la madrugada. Y volvía a verlo cuando entré a la universidad, cuando iba en segundo semestre.
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