jueves, 26 de noviembre de 2009

El origen de la maldad. Cuento para Adriana.

El priest dice:
-El origen de la maldad se remonta al principio de los tiempos, cuando Luz Bel se envaneció y quiso ser como Dios, su propio creador. Dios decidió castigar su soberbia y enviarlo al Infierno, un abismo por el que...
No consigo entender bien a qué se refiere. Tengo ganas de que se calle y decirle:
-¡No! ¡Basta, ya cállese! El origen de la maldad no se remonta al principio de los tiempos sino a este momento, a este exacto segundo en que mi corazón hace crac crish crash crac. Mi corazón es el origen de toda maldad porque la maldad de Luz Bel es de él, no mía ni de usted ni de nadie. Mi corazón abyecto y esnobista, cruel y maléfico, tonto y engreido, crédulo y deleznable.
Pero decido no decir nada, estamos en medio de la clase y seguro que se enoja. Es siempre aburrido, sólo cuando habla de Abraham es divertido por cómo gesticula y escupe. Ayer hablé con el cocinero sobre un espagueti que no era a la bolognesa pero que teniá carne y me explicó a detalle cómo se hace. Espero no quedarme dormido esta vez. Adriana ya se levanta con su cara de asoladora suficiencia, me mira con su expresión de perra y se desliza suave por el espacio. Siento como si estuviera en un sueño psicodélico con musiquita esotérica. Preferiría soñar con otra cosa, con espejos sin caras o con largas columnas de humo o con esas mujeres desconocidas con las que he soñado últimamente. Quiero salir sin embarrarme del desconcierto, sin pensar en que hoy me estrellé contra un señalamiento de No Estacionarse por ir leyendo en la calle. Quisiera morir por un rayo fulminante del buen Dios, que cayera del cielo con gran estruendo e hiciera un hoyo en el suelo y me carbonizara. Sería muy agradable acudir a mi propio funeral y que pusieran la banda sonora que ya he preparado. Un féretro que huela a aserradero y que lleve un listón negro, montones de sillas plegables y que den té, ni una gota de café, y galletas con mermelada. Podría morir con dignidad, en silencio, pero creo que por ahora prefiero celebrar. Bueno, ya se termina la clase y el ruido de los bancos que arrastran me turba. ¡Vamos a celebrar! Qué fiestón es esta vida...

domingo, 22 de noviembre de 2009

Compañeros de masacre.

Otro, de puro coraje.

Hay un pueblo olvidado poco antes de llegar a M., destino turístico por excelencia. Se llama La Sabina, es muy pequeño, de calles polvosas, de casas largas, bajas y pintadas de blanco, de un calor del demonio. Es el último pueblo del desierto, con huizaches, ventanas siempre abiertas y puertas siempre cerradas, callado, tranquilo, de un sólo café con sillas verdes de plástico y carpa amarilla de Sol, de dos cantinas cantinas azul con banco de En México y el mundo la cerveza es Corona y una pequeña biblioteca, de calles angostas misteriosamente limpias, de esquinas con postes de luz, de techos de palma, de viento tibio. Aburrido, con gente que pone sus sillas en las tardes afuera de sus casas, gentes que platican de banqueta a banqueta, que hablan bajito, que usan sombreros de paja. Algunos pocos viajeros saben que es el mejor pueblo del mundo y guardan ese conocimiento como un pequeño tesoro, como yo cuando era niño y guardaba mis canicas abajo de un ciruelo. El pueblo en sí es insignificante, apenas aparece en el mapa. Lo valioso del lugar está en las afueras, en la última casa de este pueblo que nunca ha crecido, encerrada como perla en cajita de terciopelo. La casa es de ladrillo sin pintar, barnizado nomás, y techo de palma, tiene un foco morado en el pasillo de la entrada que da a la salita, cortinas de cuentas de madera, sin puertas y las cortinas hacen ese sonido agradable que hacen las cortinas de cuentas de madera cuando se mueven. La única puerta, la de la entrada, es blanca y hay dos ventanas y por una de ella se ve una pecera grande con peces de montones de peces de colores. Es la mejor ventana, tiene una cortina de tela verde casi traslúcida y se mueve despacio, ondeando como una ola del mar cercano. La otra ventana es de lo más ordinaria. Hay tres ventiladores de techo que zumban y calman los nervios, hasta hay una alfombra color beige con un camello en uno de los dos cuartos. Pero nada de eso importa, ni el mosaico que armoniza, ni las paredes lisas, ni el techo pintado con nubes, lo que realmente importa es una figura que se mueve lento y pausado, figura que atrapa todo y que no permite ningún otro pensamiento. A primera vista no hay nada que la haga especial, hay que esperar a que te mire con sus ojos que no ven a ningún lado perdidos en el vacío. Es un balazo a bocajarro, como si pudiera ver lo que nadie más y es cierto y lo sabes. Te saluda y apenas interrumpe lo que esté haciendo. Buenos días, buenas tardes o buenas noches según sea el caso aunque no importa. Hay que quedársele viendo un rato para apreciarla, esperar a que acabe para que seas tú lo único que existe. Cada movimiento es natural y jamás juzga, nunca pide nada, eres lo que eres y ella no va a cambiarte. No hay mayor alivio, dicen que muchos hombres han llorado con ella. Hombres duros y recios, amargados, cansados, malos, crueles, ojetes, buenas gentes, tiernos, dulces, etc. Siempre está contenta y está muy buena, usa shorts cortos y playeras sin estampado que se ajustan a sus senos redondos. Nunca hace más de una cosa a la vez, anda con desenfado, tararea. Tiene el cabello apenas abajo de los hombros y aunque rara vez se piena, ondea y parece quna medusa suave y negra flotando en el mar. Es muy amable, no importa quien seas (de todos modos no eres él), te regala su tiempo, un poco de su piel morena. Ya sabes, si hay un carro estacionado afuera ni lo intentes, nunca atiende a más de dos personas al mismo tiempo. También está la música, casi siempre escucha Cat Power, a cualquier hora, a un volumen bajito y la tararea y se mueve al ritmo de las canciones, como si bailara. Se dicen muchas cosas, pero rara vez habla de ella misma, es difícil saber si la historia de aquel viajero es cierta, si le preguntas sonríe y acaso suspira, pero guarda silencio.

- Me gustan tus pezones.
- Ha, ¿por qué?
- No sé, están bien cafés y bonitos y rugosos- ella no dice nada, se lo piensa.
- ¿Tienes una grabadora por aquí?- pregunta él mientras busca en una mochila negra.
- Sí, ya es vieja- responde ella sin moverse.
- ¿Dónde está?- y sin moverse le indica. Busca dónde conectarla y halla un enchufe libre cerca de la pecera. Se le quedó viendo largo rato, adormilado por el movimiento de un pez blanco con naranja y de aletas sedosas. Reacciona y busca los botones, algunos ya borrados. Abre la caja y sopla en la cestilla donde se ponen los discos, limpiando con la mano la cajita del disco. La música empieza a salir. Dicen que llegó al pueblo caminando, sin sombrero, unicamente con una mochila negra (loco idiota, con ese calor). Se veía muy mal, tastrabillaba y atravesó el pueblo sin que nadie se le atreviera a acercársele. Tenía los labios secos y andaba sucio, su piel era color polvo, apenas podía abrir los ojos. Llegó, eso dicen, hasta la última casa y se desplomó cerca de la entrada y rodó hasta la puerta blanca en la tarde, con el sol atravesando su espalda, cocinándolo. Esa no es la verdad. Me dijo que lo atrapó el movimiento de la cortina verde y la pecera, que parecía el mar y que por eso llamó a la puerta. "Pasa" respondió una voz de terciopelo (no sé si terciopelo sea una cursi exageración, baah). Entró arrastrando los pies y la miró en la cocina partiendo limones. Enseguida pensó que qué idiota, ni siquiera sabía quien era y lo había invitado a pasar. Podría ser un ladrón o un asesino o un violador, pero luego se rió para sí mismo, en esas condiciones no podría hacer nada.

-Estoy haciendo agua de limón, siéntate mientras.
- Pero voy a ensuciar tu sillón- dijo con su voz seca y escupió polvo. Ella le dijo que no importaba, que de todos modos todo estaba lleno de polvo aunque no era cierto, todo estaba limpísimo y se dio cuenta de que cuando le había hablado ella se había detenido y había puesto cara de susto. Se tiró en el sillón sin subir los pies y volvió a mirar el ventilador. Que sabrozo airecito.
- ¿Te perdiste?
- Nop.
Se acercó con una jarra y dos vasos, se sentó y los llenó despacio, sin mirarlos, uno hasta la mitad, que fue el que le dio a él. "Qué maleducada" pensó. Ella rió poquito y dijo:
- No, no es mala educación, pero si tomas mucha agua ahorita vas a vomitar y no me gusta el vómito- sonrió y el se sintió apenado. Estiró la mano diciendo su nombre y quedó colgando unos segundos, como un trapo. Se sintió muy incómodo y ya retiraba la mano cuando de repente ella dijo:
- Ahhh, claro, disculpa, yo me llamo...- y estiró su mano, que chocó con la de él. Le costaba trabajo tragar el agua de limón, sentía que se hacía lodo en su garganta. La terminó por fin y ella ya había ido por una jarra de agua natural.
- No la tomes muy rápido- le dijo con su voz de terciopelo y se echó hacia atrás en el sillón de mimbre, estiró los brazos y cruzó la pierna, se le cayó una sandalia. La cortina se movía como su cabello. Se terminó la jarra y sintió retortijones en la panza, se dobló mordiéndose los labios tratando que pareciera que se inclinaba a amarrar sus agujetas. "Ahortia se te pasa, si quieres puedes bañarte". Lo enfadó un poco porque ni siquiera volteó a mirarlo, seguía viendo el techo. Dónde está el baño, preguntó apretando los dientes. Ella se levantó y lo llevó a través de las cortinas de cuentas de madera, que hicieron su ruido. Había una regadera y una taza y un lavabo y eran azules las paredes. Se sintió muy cansado. Abrió la regadera y sintió el alivio refrescante del agua. No se movió un buen rato, luego se pasó la manos por el cuerpo para quitarse las costras de polvo. El agua caía café y se iba por la coladera en un pequeño remolino, se tallaba los ojos, el cabello. Agarró el jabón y lo frotó hasta sacar espuma, se pasó el dedo por entre los dedos de los pies. Le dio tiempo a pensar que no tenía toalla ni ropa de cambio porque cuando se desnudó nomás había aventado su ropa en la esquina y ahora estaba mojada. Se sentó despacio en el suelo sin cerrar la llave de la regadera, estiró las piernas y echó la cabeza hacia atrás. Se escuchó un leve toc (su cabeza contra la pared), dejó la boca abierta. Ella estaba de espaldas recargada contra la pared escuchando el agua caer. Cuando escuchó el toc soltó un suspiro largo y fue por una toalla. Una café claro. Cuando lo llevaba arrastrando al cuarto suspiró otra vez. Ël estaba semi conciente y al otro día que despertó sintió la garganta seca como un cactus y el cuerpo muy pesado. Se levantó y fue a la cocina, donde ella partía una sandía. No le gustaba mucho comer sandía porque era molesto tener que quitarle las semillas de una por una, pero aceptó la rebanada que ella le ofreció. Se dió cuenta de que no le quitaba las semillas ni las escupía, escuchó un ligero crujido. Se las come, pensó y decidió no ser rudo y descortés y las comió también. Le gustó mucho el sabor y agarró otra rebanada y la comió vorazmente (jajajaja, mira que usar vorazmente).

- Eres muy bonita- y ella pensó: "ahhh, sí es como los demás"- me gusta tu clavícula- y ellá pensó que tal vez no era como los demás. Platicaron de cualquier cosa menos de ellos mismos, del pueblo, del calor, de los peces, de la casa, de M. destinoturísticoporexcelencia, de la comida, de su ropa. Etece. A ella le gustaba su tono insolente, a él su tono conciliador, su risa franca, sus piernas. Y así sin querer una cosa llevó a la otra, a quitarse la ropa, a besarse, a abrazarse. La cama era aguada, se podía rebotar y tuvieron sexo salvaje europeo, puro desenfreno y arrebato y mordidas y cosas que ninguno de los dos entendía. Sudaron mucho y se bañaron juntos, él la miraba y abría la boca, pero ella no lo miraba nunca y él, mamón como era, la agarró por los hombre y puso su cara frente a la suya y dijo ¡mírame! y hasta entonces se dio cuenta de que era ciega. Ella sonrió timidamente y se abrazó a él, que le besó el cabello y sintió culero y empezó a manosearla mientras ella no decía nada, se dejaba y le mordisqueaba poquito los hombros. Tuvieron sexo europeo salvaje (algo hay que variar xD) otra vez y el dijo:
- Todo llega tan tarde.
Ella no dijo nada, le acarició la cara y se fueron a la cama. Se tumbaron y él miraba el ventilador dando vueltas y trató de contarlas, pero se mareó y mejor cerró los ojos y puso atención al zumbido y a la respiración de ella, a su sube y baja. Ella tenía el brazo sobre su pecho y el otro colgando en el extremo de la cama. Se cerró la noche y ninguno se movió.

Desayunaron huevos con jamón y agua de sandía. Se besaron y esas cosas. Platicaron de sus vidas, pero sin decir nada importante. Luego vino lo de la grabadora y cuando empezó la música él cantó: "Metal heart you're not hiding, metal heart you don't worth a thing". A ella le gustó.
- Tengo que irme- dijo él mirando la pecera.
- Huuum, ¿por qué?
- Es mi maravillosa estupidez.
- Es como un nudo indesenredable de caset- hacía mucho que no escuchaba la palabra caset- ¿Volverás?
- Tal vez... yo creo que sí.
- No eches mentiras.
- Sí.
Y volvieron a hablar del clima y del polvo que es de oro cuando los rayos de luz, de las formas de las grietas, del diseño del mármol del baño, de cómo se pierden camiones, de qué traía su mochila, (de que te quiero, a lo bruto y a lo loco), de Cat Power, meral haaartt yur not jaiding meral haaaart yu dont guord a thing. Sí, de Cat Power y la música.

Aclaración.

Quiero decir nada más que a la etiqueta de No cuentos si no bromas yo quería poner bromas entre signos de admiración así como para darle mucho caché. Iba así: No cuentos, ¡bromas! Pero la fuckin' página dice que en las etiquetas no puede ir el último signo de interrogación. ¿A síí? ¡Toma, porquería! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Pelada (la página).

Numeralia.

No no no, este sí que es inmejorable. Madre Santa, ¡ni siquiera recuerdo haber hecho eso! Pás, lo que hace uno cuando se halla en estados alterados de la mente. Ni modos. ¡Escarmiento!

Números que no son otra cosa mas que un regalo, quizá el más patético o el más absurdo que hayas recibido, y que sin embargo son todos para ti, exclusivamente para ti. Sábete que los conté sólo para dártelos, para tener algo que decirte por muy bobo que sea, para... no sé.

Hay 1887 pasos míos de la avenida Ezequiel Montes a la puerta de mi casa, el paso 1888 (este te gustará, pienso) es el primer paso ya en mi casa y hay 1935 pasos míos de la avenida Ezequiel Montes a mi cuarto. Crónicas de los pasos. En el paso 770 me cambié el morral de hombro y perdí un poco la concentración porque pensé: le diré a Wu en qué paso me cambié de hombro el morral y los 70 son los que más me cuesta contar 71, 72, 73, 74... Cerca del paso 1200 un indigente que traía una camisa amarilla orinaba en un árbol y una señora dijo: "pero que cochinoooo" y le tapó los ojos a sus hijas. Me pareció pendejo eso. El indigente dijo algo así como: "si quieres llegar a la hora" o algo así. Pasó una patrulla, pero no le dijeron nada. Cerca del andador, era ya el paso 1200 algo, había un señor sentado con una camisa blanquísima y pensé: le diré a Wu que vi a un señor con una camisa blanquísima sentado en las bancas de adoquín. Por ahí del paso 400 algo volteé a ver el cielo y se veía muy bien, pero pensé que el cableado estropeaba todo. Todo el trayecto perseguí el olor de humedad del aire.


Pensé decirte: "cuando estemos juntos comeremos una desas sopas de amor instantáneo que venden en las tiendas, esas que tienen la etiqueta a blanco y negro. Ying y Yang, perdidos y encontrados. Tal vez la sopa no sepa tan rica, pero estarás ahí y quien necesita de sopas de amor instantáneo cuando se tiene a quien se quiere al lado, ¿querrás un poco? No sé ni a que sabe, no puedo imaginarlo". También: "te leeré Rayuela por partes, escondiéndote las que son importantes, no te dejaré comer helado en paz, te embarraré y los días serán días y no una broma, no un cúmulo de estupideces que se suceden sin orden ni concierto y dejaré de ser egoista y tendremos un sólo vaso para los dos y aprenderé a perdonar". Pero no te diré nada de eso porque tú no tienes la culpa de nada, de esto que siento ("amor" aún hace que me salgan ronchas, tendrás que ser paciente) tan a lo loco, tan a lo enfermo, de que quiera verte a cada rato y quiera no dejarte respirar. Y es que hay una diferencia entre causante y culpable, entre pretexto y razón.

¡No me acuerdo!

En definitiva, hoy es el día de la esclusividat. Voy a poner los más culeros nomás para ver si escarmiento. Este no me acuerdo como se llama...

Fue de por sí extraño que una mujer solicitara hacer las pruebas, más aún que las pasara. Se corrió rápidamente el rumor entre los checadores.
- ¡Llevas 11 de la 37! Dicen que hay una ñora que se apersonó con la mera mera 'pa entrarle al jale.
- ¡Llevas cinco de la 68! Simón, dicen que está bien buena.
Antes de subirse a manejar la ruta ya era famosa aunque pocos la habían visto. Le tocó la 44, una medio floja, ni mucho pasaje, apenas pasaba por una escuela. Empezó el lunes. Todos preguntaban: ¿ya estuvo? ¿Ya anda trepada la ruca?
- Sí, papá, la pasé hace rato. ¿Eh? Pues dos dos, pero a eso de las doce va a caer la palomita.
Se oyó por el radio, en el canal 2:
- Hola, chicooooos, soy la nueva.
Tenía una voz cachonda, gruesa.
- Hola, mamiii, que tranzita.
- Hola, bonbón, ¿dónde andas?
-Hola, tesorito, ¿te puedo ayudar?
- Jajaja, hola, bizcochito, a ver si nos vemos de rato...
Y blablabla.
- Jajaja, gracias, niños. Fíjense que sí necesito un poquito de ayuda. Estoy directa en la 57, pero un pendejo se me cerró y me tocó. Es la 86, denle un lleguesín por mí, ¿sí?
- Claro que sí mami rica a ese wey yo lo topo sobre central.
- Simón mamacita yo lo topo en Zaragoza al puto.
- Ándale salió perra la lobita.
- Pues yo igual le doy un llegue al marrano la trael Vichi ¿no?
- Sí la trae el suavecito siempre la hace de pedo.
- Sócrates Tiburcio cámara.
- Jajajaja, gracias niños. Otra cosa, ¿verdad que para pasar por la escuelita esa tengo que agarrar la prolongación de Zaragoza?
- Sí mami ai tevas derecho hasta que topas el letrero.
- Gracias gracias.

Contrario a todas las predicciones y apuestas, la palomita sobrevivió al primer día y llegó nomás ocho minutos tarde al corral. Cuando se bajó del camión con su uniforme caqui todos los demás estaban afuera de las oficinas, esperando. Le chiflaron un chingo y dijeron muchas obsenidades. Agitó su melena negra, lo que provocó que chiflaran más y que gritaran más porquerías.
- Hola, mis niños, ¿ya cansaditos?
- Naaahh, apenas listos ¿vives lejos? te puedo llevar...
- ¡Eh eh puto! No acapare ¿dónde vives linda?
- Cállense cabrones.
- Un chilito nomás...
- Mira nomás ese culito...
- Ahh, jajaja, gracias niños, vivo en la Remolacha, pero me voy a ir en taxi, tengo un amigo que...
- No no no como vaser eso yo te llevo me queda de pasada.
- Jajajaja, oi este pendejo tu vas 'pal otro laredo yo sí pasó por ai nomás tengo que dar una desviadita.
- Jajaja este zorrita nombre tú jalas 'pa central no te queda ni cerca yo paso por la Remolona por la Espapiritos...
- Gracias niños, pero ya quedé con el, mañana será.
- Ya déjenla ir cabrones.
"Hasta mañana ricura mamacita sabrosa bizcochito nalguita mmi ricura blablabla..."

Se fue haciendo adios con la mano levantada, meneándose. Al otro día fue casi lo mismo, todos atentos tratando de hacerla reir, diciendo naturalmente porquerías, ella riendo y haciendo plática, diciendo: ¿a poco? Nombre... ¿sí?
Lo realmente interesante ocurrió el miércoles, día de tránsito insoportable, el día más pesado. Todos sabían el canal, todos hablaban al mismo tiempo, una desmadre que sonaba como estática de radio. Al principio nadie lo notó. Eran las 12: 30 de la tarde, salida de los escuelantes, una pitadera, gritos, las calles atascadas. Algunos empezaron a hacer shhhhshhhh y luego gritaron ¡cállense pendejos! Uuuyy papá que florecita salis... Empezaron a callar. Algo parecido a un gemido salía de los radios.
- Qué pedo qué pedo.
- ¿Alguien ha visto la 44?
- ¿Alguien?
- No, no la he visto.
- la vi hace una hora en la prolongación.
- Tú la topas rana ¿ya la pasaste?
- Nel.

Sí, eran francos gemidos. Ooohhh síííí aaahahaahhha. Era taaan excitante, una voz aterciopelada que parecía arrastrar cada sonido y jugar con el. OOohhhohohh. Ahora viene lo divertido. A la 41 le dieron un madrazo por no avanzar, a la S también, la 29 se pasó un rojo, la 14 de plano se orilló, montones de niños bajando, señoras corriendo y gritando.
- ¡Abran las puertas!- algunos acercándose al radio, rodeando al conductor. Sorpresa total, un caos vial y una mujer masturbándose por la radio de la 44. Aaaahhhahahaa sííííí mmmmmmm oooohohhhho. Choques, gente gritando, policías sonando desesperadamente sus silbatos, pitazos, mentadas de madre tuputamadrecabrónpendejodemierda. Un ruido ensordecedor, desquiciado, mágico, total. Y una mujer se masturba por radio. Pipiiiiiiiiii pipiiiiiiiiiiiiii óraleputosavancenquepasadilequesemuevaadondevantodos. Mmmmm sssíiíiíííí´ohohohohhhoooo que ricoooo mmmmmm. La ciudad se detuvo, atascadas sus propias entrañas, saturadas sus venas de asfalto por su sangre de metal. Taaaaanta desesperación. Una mujer lo mira desde una azotea y sonríe al tiempo que gime. Todos llegaron tarde a todo, nadie sabe qué pasó. Fue un momento perfecto, el gran rugido de la gran ciudad, la enorme bestia exasperada y llevada al extremo de su locura. Hallaron la 44 en un parquecito, vacía, con los espejos retrovisores rotos. Sin radio.

Salto de la cama...

... y me pongo mi pijama, decidido a dormir todo el día para soñarte. Salgo a encontrarte y me pierdo. Soñé contigo y se vuelve recurrente. ¿Has sentido que cuando sabes que alguien está ahí todo está simplemente bien o que nada importa y flotas y nada pesa demasiado? Viva la locura. Hay demasiadas cosas que no sabes, que ni imaginas. Mariposas que preguntan ¿quién? (adios a la mesura), mi voz que grita en mi cabeza aquello de ¿a dónde iré? Una antena de radio especial que capta las frecuencias de tus ondas de existir, monigotes que ríen estúpidamente, frutas que chorrean algo que no es jugo, la locura que dirige una orquesta que suena admirablemente armoniosa, leones que engullen a sus domadores de postre, rejas que se abren y se cierran, contabilizadores de billetes falsos que toman daiquiris y comen pasta, montones de relojes que se pelean entre ellos discutiendo sobre la hora exacta y cada uno da una diferente y chocan para destrozarse, mis ojos que ruegan por ti y el ensueño que dice regresa a dormir (en el momento justo en que desperté pensé en... ¿tú quien crees? e iba a dormir otra vez, pero sentí algo calientito en mi mejilla. No estaba ni dormido ni despierto, más bien entre esos dos. Sentí calientito porque creí que estaba recargado en tu hombro). Hay más de la locura: compra globos de helio y come una paleta, se trepa a un árbol y me grita:
- ¡No seas puto!- pero la ignoro. Da vueltas, muere en el jardín de afuera de mi salón, pero resucita en las calles y está en las letras de los anuncios, en el olor de las torterías, en mis pensamientos de ti. La locura está en una fonda comiendo un bacalao y se atraganta con los huesos. Es vecina de la muerte y son amigas y platican de los chismes y son las más graciosas que hayas visto, no las hallas tan alegres en ningún otro lado. La vida también es su vecina, pero es cosa seria, frunce el entrecejo y habla entre dientes. A punto está la locura, junto con mi deseo de verte, de materializarte en medio de mi salón cuando le digo:
- Basta ya, esto es demasiado- Ella ríe locamente y replica:
- La vida es por sí sola un exceso-
Me divierte y le digo:
- Vale, vale, pero nada de magia y humo- y sale corriendo haciendo aspavientos, tirando butacas y armando un desmadre. Yo suspiro. Por ti.

La sangre en la pader.

Ja, de este había yo dicho que jamás lo enseñaría a nadie que no fuera Wu, pero ni pedo.

Se estacionó al lado de la acera. Cuando bajó del carro todo parecía normal salvo por una mirada de determinación casi salvaje. Se movía lento.
- Quiero que te quedes aquí, no te muevas, pase lo que pase espérame dentro.
En la entrada de la privada había una casetita amarilla. Todas las casas eran color marrón. "Qué detestable" pensó. Había árboles y una reja franqueaba la entrada. En la caseta el vigilante veía una tele chiquita en blanco y negro. Son las tres de la tarde y hace un calor insoportable. El vigilante mueve la antena y se abanica con una libreta, se ve taaaan aburrido. El se acerca silbando, caminando despacio, muy campante, contento, se podría decir. Saca algo negro de su pantalón. Se asoma por la ventana.
-Buenas tardes, joven, que se le ofrr...- es interrumpido por un ¡bang! La sangre salpica el cristal y su rostro. Se forman figuras en la sangre escurriendo por la ventana, alcanza a distinguir un gato y un pez. En el carro ella se sobresalta, pero se queda inmóvil, conteniendo la respiración.

Abre la reja. Silba Wild World de Cat Stevens, hace gestos exagerados de una marcha, no se ha limpiado la sangre de la cara. Uuu baby baby it's a wild world lalalala. Se escucha un timbre, se abre una puerta, luego un ¡bang! Ella se sobresalta otra vez, tiene la mano en la manija. Tiene miedo y empieza a sudar. Cree escuchar un hola y después otro bang, más débil ahora. ¿Cuántos van? Tres bangs. Se muerde las uñas, quiere salir corriendo y ver qué pasa. Un grito, otro bang. Cuatro bangs. Se aferra al asiento, se entierra las uñas sin querer en su pierna derecha. Quizá no sin querer. Lo escucha acercarse silbando, pasando la mano por las hojas de los árboles.
- Son una estupidez, estos árboles son una estupidez- piensa despacio. Suspira. ¡Bang! ¡Bang! Bang bang (apunto a tu corazón) como un murmullo.

Llega al carro embarrado de sangre. Lo mira asustada, abre la boca. Es chistoso, parece que tiene hipo y no dice nada.
- Se ve tan bien, eso rojo es agua de culeid- piensa.
El se acerca al lado del copiloto, se recarga en la portezuela. Le tapa el sol.
- Acabo de matar a cuatro cabrones, todos pendejos y ojetes. Ahora, ¿quieres bajarte del carro? Juro que no te pasará nada, te habré olvidado pasado mañana.
Ella lo ve atónita, abre mucho los ojos, se muerde la uña del dedo meñique.
- No tengo mucho tiempo- y no parecía cierto.

No se baja, menea la cabeza y él mira sus ojos ahora aguados. Rodea el carro, le da un golpecito al capó. No sé si ella se quedó porque estaba paralizada por el miedo o porque realmente quería quedarse. Escucha el motor y el tráfico. No lo voltea a ver. Saca un pañuelo y titubea, pero al final le limpia la cara. Él no dice nada, mira fijamente el semáforo. De lo que ella no se entera es de que el mató a cuatro personas sólo para probarla, para desafiarla, para probar de cierto la peregrina idea de "amor" que quería deshechar. Nada importa ahora. Uuuu beibi beibi its a guaild guoooorld.

martes, 17 de noviembre de 2009

Soy un hombre del siglo XXI.

Hace un par de días entré en posesión de uno de esos maravillosos aparatitos que hacen posible que uno vaya por la calle escuchando música discretamente y que les caben montones de canciones. Me lo dieron y pensé que era muy mono, así cuadradito, muy pequeño, si consideramos la cantidad de información que le cabe, blanco. Pero el amor acabo casi en seguida: no sabía cómo funcionaba. Para mi suerte sólo tenía cinco botones y uno más en la parte de abajo, un par de entradas para cable (el de la compu y el de los audífonos) y pensé que sería muy simple de usar (que sí lo es). El verdadero problema (para mí) empezó cuando intenté meterle música y borrarle la que ya tenía. Madre Santa, creí que la cosa no servía y estuve tentado en llamar a la persona que amablemente me lo obsequió (¡Gracias, Yuyis!) para preguntarle, pero no quise verme inoportuno. Así que después de varios intentos logré hacerlo prender y mirar el contenido. Luego me enteré, con no poca angustia, que para poder meterle música tenía que descargar un programa que se llama iTunes y que yo en lo personal detesto. Supongo que mi encono hacia dicho programa (que otros consideran una verdadera maravilla) viene de que nunca lo he podido utilizar porque no soy un tipo metódico y esa cosa como que necesita de un poco de orden. Total que me decidí descargarlo e instalarlo. Se tardó como media hora. Lo abrí y empezó la verdadera tortura. No le hallé y tuve que consultar con Nachito, quien con gran habilidad me explicó cómo es que funcionan el aparatito y el programa. Más o menos entendí y ahora puedo escuchar mi música y enajenarme mientras voy felizmente por la calle. Mi encono hacia el iTunes no ha disminuido para nada y supongo que tendré que acostumbrarme y aprender de él (aarrrgggg). Lo que me parece realmente importante es que en nuestra época resulte tan indispensable conocer y saber utilizar la tecnología en detrimento de las relaciones sociales y el aprendizaje humanizado. Supongo que para allá vamos. La tecnología y yo no somos ni buenos ni malos compas, simplemente no lo somos. No es que sea yo cavernario o retrógrada (que sí lo soy, pero nomás tantito) sino que creo que la tecnología puede ser útil y eso, pero no tiene porqué ser absolutamente indispensable y no tenemos porqué depender de ella como único modo de vida. Que suena cagado de alguien como yo, que se reventó una relación de 7 meses sin siquiera conocer a la desafortunada, pues sí, pero, daaaa el amor en tiempos del msn.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Luz, es imposible.

Yo solía decirte de los géneros y de la importancia de catalogar las cosas, de tener un archivo mental preciso y presto a ser usado, de poner un orden en la cabeza porque si no uno va por el mundo sin un rumbo fijo, sin saber lo que quiere. Traté de inculcarte el respeto por ciertos personajes, por ciertos libros y sobre todo, por ciertos músicos. Te abrumaba con datos de fechas y vanguardias y nombres e influencias y la importancia de tal o cual, sobre lugares y de cómo había ido evolucionando cada uno, pero tú echabas a perder mis intentos con tu brutal inocencia y decías que la música no es un pensamiento, que es algo que se siente y que no es catalogable, se vive y ya. Tenías un encanto peculiar para decirlo y te negabas a tomar una postura crítica, sólo decías me gusta o no me gusta y cuando te preguntaba porqué me respondías que porque sí. Envidio cómo te conmovías con cosas que a mi me parecían malísimas. Te envidio porque yo no puedo, tengo que ponerle nombre, fundamentar lo que siento en razones.

Me da risa que eres bien tonto y que te piensas que la tonta soy yo. La música me gusta, aunque no la halla compuesto Liszt o Mozart o cualquiera de los nombres raros que decías. El que de veras me gustaba era Beirut, porque no decía nada y porque creo que canta medio borracho. Quién sabe. Perdí el disco que me regalaste y no he ido a reponerlo, no me da tiempo. Ando muy ocupada en estos días con la mudanza y el tonto de Rogelio que no me deja en paz y quiere mudarse conmigo. Ya le dije que no, pero es muy necio. Ayyy, Eduardo, ni sabes que no quería irme. No entiendo mucho de música, ya sabes que es para mí muy complicado, pero me gustaba escucharte decir todas esas cosas que no son importantes porque las canciones están ahí y eso es lo que importa. A lo mejor las compuso un chango y tú ni te enteras. Me gusta tu cara seria seria, explicando con aspavientos y diciendo enojado que lo que hacen ahora es pura mierda inservible y que nunca jamás habrá compositores como ellos. Pero a quién le importa, cariño, si están bien muertos. Que Dios se ocupe de ellos. Había otros que me gustaban, creo que se llaman The Wailers.

¿Quieres ir al cine? Pasan un ciclo de la Nouvelle Vague.

sábado, 14 de noviembre de 2009

La celebración.

Te llevé al cine y en la oscuridad me dijiste que me querías. Una semana después te llevé a un concierto de Serrano y te enamoraste del tipo de dos filas adelante. Lo miraste embobada y yo no me di cuenta, te cantaba sentidamente “Eres” y tú mirabas al tipo y parecías muy concentrada. A razón de no sé qué chingados me dijiste que ése era el mejor concierto en el que habías estado, a lo que yo asentí, apreciativo y sonriente. Te encontraste con él en el baño y ahí le dijiste de tu amor imposible, de tu deseo descabellado de estar con él para siempre, que nunca te había pasado y que eras una tonta. Él, complacido, te dijo que eras muy bonita y consintió en besarte y en tocarte. Regresaste endiosada con un papelito en la bolsa del saco y yo, iluso, creí que era por la música. Cómo lo disfruté, cantándote las que me sabía y mirándote mirar hacia el frente, aplaudiendo rabiosamente y gritando ¡bravo! Le hablaste al otro día y fue una semana de pura felicidad. El domingo regresaste destrozada del supermercado y hasta entonces me di cuenta. Me senté en el sofá a consolar tu corazón roto y el mío hizo crac cuando te acariciaba el cabello. ¿Por qué me dijiste que me querías? Los días son amargos... Te has enamorado de tantos y yo tan enamorado de ti.

Los cazadores de soles.

Salimos al amanecer a cazar soles, uno tras otro. Cuando nos aburrimos tomamos licuado mirando el acuario que hay enfrente de la casa, aún sentados en la azotea que tiene unos ladrillos a medio deshacer en el borde. A mediodía comemos sánduiches con mucha mayonesa y ya no hay más que un sol, pero aún así nos ponemos muy felices y damos vueltas como pirinolas de puro contento y como nos mareamos casi siempre tenemos que descansar a la sombra de la casa contigua y tomar limonada. Hacia la tarde ya comienza a haber más soles y preparamos las redes de oscuridad y nos ponemos aún más contentos y reimos bajito y a veces, como ayer que anocheció más tarde, jugamos canicas. Hay soles que de plano no se dejan atrapar y batallamos y sudorosos seguimos, necios, reacios a rendirnos. Cuando ya hemos llenado nuestras cajitas de terciopelo nos ponemos un poco tristes y en nuestros ojos se dibuja una sombra que empieza en la esquina blanca y vítrea y que termina en nuestras pupilas negras que se cierran como el obturador de una cámara. Parpadeamos unas cuatro veces y empezamos a extrañar los soles que en la noche ya tililan lejos, muy lejos y no alcanzamos a verlos, sabemos que están ahí porque lo leimos en un cuento de hojas muy gruesas. A veces también leemos un diccionario viejo y deshojado, de tapa roja y raída y escupimos a la banqueta y la gente voltea para mirarnos feo y ¡toma!, les soltamos alguna palabra exótica como inane, futirse, maleficio, pan (que es de un exotismo claro) o contrapelo. Educadamente saludamos con la mano y regalamos nuestra sonrisa más dulce. Nos vamos a dormir muy temprano y salimos al amanecer a cazar soles, uno tras otro. No, no vamos a la escuela.


Yo estaba leyendo un libro cuando de repente ¡zás!

¿Qué es una librería durante la guerra? Un montón de basura. No obstante, en esta pequeña ciudad se convirtió en el centro social más importante. La gente empezó a comprar montones del libros, primero los usados porque eran más baratos y después los nuevos y en un ataque de ansiedad empezaron a comprar tantos como podían, temerosos de que se acabaran y no pudieran comprar más y se quedaran sin ellos. Pero comprar tal cantidad de libros exigía ciertos sacrificios: racionar la comida, aplazar la compra de de ropas, zapatos y demás lujos innecesarios y la venta de artículos superfluos. Pronto se dieron cuenta de dos cosas: una, que los libros no se acabarían, la bodega del librero parecía inagotable y mantenía constantemente los libreros llenos con nuevos ejemplares. Dos, que tantos libros ya no cabían en sus casas. Los pusieron abajo de las camas, fabricaron montones de libreros y los empotraron en las paredes, hicieron pilas en las mesas y sillas, en los roperos y en el suelo y eran columnas vacilantes con cierto desorden, los apilaron en las vitrinas y en el cuarto de los cachivaches. Podía encontrárseles leyendo a todas horas, comiendo un pan tostado con mermelada, en las reuniones familiares, en las calles y plazas, haciendo animadas mesas redondas y círculos de lectura, en las escuelas, alegando sobre tal o cual autor, riñendo sobre la superioridad de M. y la clara inferioridad de H., discutiendo acaloradamente sobre los temas más profundos y los más complejos tratados filosóficos, sobre técnicas de irrigación y arquitectura, sobre teorías intrincadísimas acerca de los orígenes del universo y el hombre, física y mecánica cuántica, sobre historia o la evidente imbecilidad de éste o aquel historiador, sobre poemas encendidos o novelas baratas. En fin, sobre todas las ideas producidas por el ingenio humano a lo largo de su historia, bellas y feas, ridículas y geniales, grandes e insignificantes, complejas y simples. Cosa curiosa: los libros con ilustraciones valían el doble que los que no tenían y el precio de todos los libros era único, sin importar edición ni editorial. La razón éste curioso fenómeno: ignota, como el fondo del mar. Las primeras cartas que llegaron desde el frente causaron cierta conmoción y se llenó la oficina de correos, pero poco a poco la emoción pasó y los voluminosos paquetes de cartas sin abrir fueron amontonándose en las entradas de las casas. Llegó el invierno y como nadie se había preocupado por ello, la provisión de madera para las chimeneas y ropa de abrigo era muy escasa. Algunos quisieron organizarse para ir a la capital a comprar lo necesario, pero todos estaban muy ocupados leyendo, así que nadie quiso ir y el plan fracasó. Las televisiones no se encendían nunca y hubo, poco antes de que empezara a hacer frío, una destrucción colectiva muy emocionante y viva en la calle El Rosario. La gente llegaba con su tele y la aventaba a una pila que empezó a crecer hasta que terminó por obstruir por completo la calle. Se prestaban palos y bats y la gente muy contenta arremetía contra las teles y al final quedó un montón de chatarra desperdigado que los camiones de la basura recogieron. Todos los días a las cinco, religiosamente, todos encendían las radios, único contacto con el mundo exterior. Daban los avances y victorias y la lista de los caidos. Algún suspiro y a veces un llanto sosegado salían de alguna casa de cuando en cuando. Llegó el momento en que el frío comenzó a ser insoportable. Las primeras víctimas fueron los gordos paquetes de cartas amontonados en las entradas. Las cartas con sus mensajes desconocidos, con todo su misterio y su dolor, eran alegremente arrojadas a la chimenea y la gente se acercaba al fuego extendiendo las manos y murmuraban gracias por el bendito calor. Pero pronto esta provisión de papel se agotó pues es bien sabido que las cartas, sobre todo las no leidas, se consumen especialmente rápido. El precio de un abrigo era de un libro y el de una cobija dos, no se aceptaba moneda corriente ni ninguna otra cosa y encima era difícil hallar quién quisiera vender un abrigo o una cobija, así que con reverente temor, la gente empezó a arrojar libros a las chimeneas. Primero los más viejos o gastados o los de los autores más odiados. Miraban el fuego asustados y un terror súbito los invadía cuando veían que la llama se extinguía. Mas ya se sabe que la gente es caprichosa y que sus deseos son incomprensibles. A la semana la ciudad se entregó muy locamente a una orgía de fuego. Los libros eran arrojados con éxtasis a las chimeneas y más y más eran sacrificados sin miramientos. Se organizó una gran fogata en la plaza principal y miles de libros se consumían y las mejillas se ponían rojas de excitación y contento, se intercambiaban saludos, bailaban, cantaban, reían y los libros volaban abriendo sus hojas, como pájaros torpes trompicando en el aire. Pasó el invierno y ya casi no había libros, terminó la guerra y regresaron los soldados, hijos padres hermanos esposos amigos suegros cuñados etece, y la librería se reabríó, pero muy pocos compraban libros y la ciudad, única intocada por la guerra, fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Omnívoros.

Omnívoros... ¿No te suena a una viborísima gigantesca? Una cosa terrible. Tururuptuptup. Nobody believed in us and now we are taking off. Era un poco desconcertante mirarlos, él tan serio, tan pulcro, tan pálido, ella tan mariposa, tan desastre, tan fiesta. Chocaba a primera vista, uno entraba al vagón y era lo primero que llamaba la atención. Ella tan alegre, tan acomedida con él and he looked so bizarre, like someone lost, staring at some point in the window. Ella caminaba por el vagón, miraba por las ventanas cada dos o tres minutos y daba saltitos y reía y se tapaba la boca con la mano. Decía ¡mira! ¡mira! Y señalaba algo poniéndose de rodillas en el asiento y estirando el brazo. He would just nod affirmatively, pensively sometimes, like looking for the thing, the stupid thing, that had impressed her, but knowing that he wouldn't find any joy or surprise. Ella lo miraba y se perdía, le tomaba las manos y lo besaba sonriendo idiotamente, but he seemed to notice none of that. He fixed his eyes on her with a look of bitter tenderness, like watching something inevitable, like a dear monster he had to take care of so it wouldn't disappear or hurt itself. No había casi nadie en el vagón y ella cambiaba de asiento y hacía ooohhh and he would only stare at the window with an unexpressive look. Había amenaza de lluvia, nubarrones grises se movían despacio por el cielo y ella miraba algo verde y luego volteaba a verlo. A veces le decía: ven ven y él iba, walking straight, like a busy man. Entonces ella lo abrazaba and he stayed still, very still. Qué estupidez. Era curioso y los pocos pasajeros los miraban con curiosidad, pero con respeto. Su vestido hacía ruido de escoba cada que se movía y él acomodaba su moño o se quitaba alguna pelusa con un dejo de desdén. Ella recogía las enaguas del vestido, pero aún así se trompicaba cada rato y para entrar en el asiento era un lío. Hacía mucho ruido tratando de acomodar el vestido y él le ayudaba y le decía, cada vez: se va a maltratar tu vestido, y ella respondía, cada vez: qué importa. Después de algunos qué importa decidió ir al bar del tren.

-¿Tienes sed? Voy al bar, ¿quieres algo?

-Sí. Mmmm -lo miró pero no dijo nada- ¿un vaso de vino?- él puso cara de desaprobación. -No no, entonces no, sólo tráeme agua.

-Claro que no, si quieres vino te traigo vino.

-Pero tú no quieres.

-Si no me lo voy a tomar yo. Siéntate- y con un gesto que parecía innatural, casi mecánico, la ayudó a acomodarse. Iban en el último vagón del tren y había una puertita que daba a una baranda.

-No vayas a ir al barandal.

-No no- y sonrió como niña buena y él también. Ella tenía esa belleza que da la felicidad y sonreía con verdadero gusto y estaba la mar de bonita con su vestido.


Se detuvo en medio del vagón en una postura estática y sin mover nada más que sus talones fue girando hacia ella lentamente. Lo miró, tan raro, enfundado en ese traje negro con su camisa de seda y su moño, con la flor blanca en la solapa perfectamente acomodada. Pensó que se veía guapo, pero raro, su figura encajaba en el traje, pero no su actitud, como si no se diera cuenta del traje, de la restricción. Él se quedó mirándola, peguntándole ( o eso pensó ella) muchas cosas, indeciso en la mitad del vagón. Por fin asintió con la cabeza e hizo un gesto como de disparar con una pistola imaginaria. Se acercó caminando y ella se encogió de hombros sonriendo.

-Espera, tengo algo que contarte.

-Bueeeno.

-Mmmm. Es algo que soñé antier, antes de la boda -dijo él aún de pie a su lado. Le puso la mano sobre el hombro y ella se estremeció. -Es que... mmmm... Soñé contigo -ella arqueó la ceja, entre el asombro y el desprecio (por el “mmmm” que precedió al “soñé contigo”). -Estábamo en un centro comercial muy grande, con muchas escalera eléctricas y enormes ventanas de cristal. Había una fiesta, una graaan fiesta. Yo debía reunirme contigo ahí, pero no sabía dónde y te buscaba caminando muy rápido. Subía y bajaba las escaleras y la gente parecía ir y venir sin un destino fijo. Estaban también nuestros amigos, pero tampoco los hallaba. Es de esas cosas que sabes, mas no porqué las sabes. Empecé a desesperarme mucho y decidí dejar de buscarte. Me iba a sentar en una jardinera con pasto y algunas plantas cuando alguien tocó mi hombro. Era tu amiga Berta, que sin mediar tiempo ya se hallaba frente a mí. Tenía la sensación de que estabas atrás, pero no podía voltear. Berta decía algo que no consigo recordar y que sé que es importante. Yo hacía ademán de irme y ella me detenía. Decía algo más y entonces sí podía voltear y ahí estabas. Traías puesta una playera azul con estampado en rosa. Era un dibujo inscrito en un círculo de lineas gruesas. Las mangas tenían una línea rosa. Eras tú definitivamente, pero estabas más flaca, tus senos otrora redondos y llenos apenas se notaban, tus brazos eran unas tablitas, tu cara era más delgada y se notaban mucho tus pómulos. Lo que sí estaba igual eran tus labios, grandes y rosas. Desentonaban un poco con el resto y tú no decías nada, estabas parada frente a mí y hacías esa cara que haces de dame beso, así como boca de pescado. Había mucha gente alrededor, estábamos abajo de una palmera. Ahí se acabó, me desperté.

-Es un poco raro.

-Sí. Ya, eso era lo que iba a decirte. Espérame.

Le dio un beso en la boca y se fue al bar. Pero primero pasó al baño y la puerta se atoró y le entró un ataque de ansiedad claustrofóbica y empezó a patear la puerta y alguien por afuera le abrío y dijo gracias y se disculpó. El bar era en realidad muy chiquito y un camarero muy alegre atendía y le peguntó que qué quería y, como siempre, lo tuvo que pensar un rato antes de poder contestar. Ella se movía impaciente y decidió ir a buscarlo para pedirle mejor un jugo de manzana frío y caminó entre los vagones sin poder dar con el bar. No quiso preguntar y de repente llegó a un vagón que tenía unas ventanas muy grandes y que además podían abrirse. Encantada, se asomó.

-Quiero un vaso de vino y un jugo de manzana frío.

-Vino blanco o vino tinto.

-Este... tinto.

-Muy bien -escuchó cómo servía en los vasos desechables transparentes. -Aquí tiene -dijo el camarero con una sonrisa. -Felicidades, por cierto.

-Gracias y gracias.

Regresó despacio mirando los vasos, cuidando que no se fueran a derramar. Fue un lío abrir las puertas porque las manijas eran duras y alguien que pasaba le abrió y dijo gracias y siguió caminando lento. Un vagón antes de llegar miró a su derecha y vio algo blanco pasar. Se asustó. Ya no se fijaba en los vasos, caminaba aprisa y el vino se derramó en el pantalón. Apuró el vaso de jugo y lo estrujó con espanto. Desesperado tiró el vaso y abrió la puerta. No estaba ella. Con el vaso de vino aún en la mano salió a la baranda y no estaba, regresó a su asiento y alguien abrió la puerta y suspiró aliviado, pero no era ella. Se asustó aún más y le preguntó al señor de dos asientos adelante si no había visto a su esposa. El señor sonrió amable y le dijo que se había salido hacía unos minutos. El tren, que casi llegaba a la estación, empezó a aminorar la marcha y él, sin soltar el vaso, fue de vagón en vagón buscándola. Le dieron ganas de gritar su nombre, de mirarla en su vestido blanco, radiante y hermosa. ¿Dónde dónde estás? Por dios, ¿dónde estás? Y llegó al vagón de las ventanas grandes y vió una abierta en el lado derecho y su zapato (recordó con nitidez supernatural cuando le dijo: me queda guango éste zapato. El izquierdo) en el asiento. Se asomó por la ventana. Corrió y entre tropiezos y atropellos llegó al barandal del último vagón y sin dudar, saltó. Aún tenía el vaso en la mano. Cayó y perdió el equilibrio y aleteó. Corre corre, que se ha caído por descuidada. Corre corre que te espera llorando, sentada sobre el suelo, doliéndose de su pie. Corre corre, no pierdas más tiempo.

Más pendejadas.

¡A la merga! ¡Me está entrando el pavor! "Ten a bien recibir de mi parte un abrazo de amigo". Por eso mejor pongo a Sabina o a Elliot Smith y el pad de la compu ya sirve otra vez. Todo termina por descomponerse y ahuevo que sirve el proceso, lo que está de la chingada es que el aprendizaje es como un insulto de tanto desparpajo, una afrenta tajante y en la cara a mi letrero de No siento ni madres. Y ni modo de decir la mamada de Bogart de "Siempre nos quedará Paris". Por cierto que soñé con Paris y otras cosas medio epstrañas, pero el París jodido, con callesitas estrechas y cloacas apestosas (lo cagado es que nunca he ido). Iba en un carro azul escuro con un señor pelón y su señora a quien por azares incomprensibles del destino yo conocía muy bien. Las casitas jajajajaja. "Qué quieres saber de tu prima, primero debajo luego encima" y luego sale el señor Sabina con eso de "la noche se agavilla como un ave a punto de emigrar" y está para escupirle a los miles de poetas que pululan por el mundo. ¡¿Por qué chingados no soy Joaquín Sabina o Julio Cortázar?! Sigo con el mello, la oscuridat como cobija culera.

viernes, 13 de noviembre de 2009

La cera de Ulises.

Haces mal en pensar que sé en dónde has estado. La verdad es que no tengo ni idea y tampoco es que me interese, más bien me da hueva, ya sabes, la reiteración de lo cotidiano y las salidas continuas de cualquier cuadro. De mi visión o como si fueran pinturas renacentistas y de repente tuvieran un gran hoyo en el centro y no uno rasgado sino uno perfectamente delineado, como hecho con las garras de Gatúbela (recuerda la película de Batman en la que Nicholson hace de Guasón y que sale Gatúbela y a ti te encabronó de manera exagerada y nunca me has dicho que es lo que te enerva), y ya no digamos que una fisura grande grande, como un resquebrajar de los huesos cuando comes el tuétano y a tu sobrinito le da asco y te dice canibal. Piensa por ejemplo que es como ser el gato de Chesire: sonríes con una amplitud desmesurada y luego desapareces lentamente, difuminándote despacio en el espacio vacío, otrora lleno de tu presencia. Porque todo iría mejor si no fuera porque llenas hasta los espacios más infinitos con tu sola presencia y por eso cuando te vas es como perder algo, una sensación de sofoco y de terrible soledad. Volviendo a lo del gato de Chesire: de seguro ya se te metió la idea de querer ser el gato. Imagino que te las verás figurillas para pintarte a rayas moradas y lilas o rosas o según la calidad del DVD o la tele en la que veas la película. Sólo para molestarte: el cabello también te lo tendrías que pintar. Aunque siento que te iría mejor el papel de la reina (cruel) de corazones, así toda roja y gritona y mal pedo queriendo que le corten la cabeza a todo mundo. Te iría mejor, si bien tú escogerías a Alicia sólo porque es la principal y porque te gusta ponerte el delantal blanco. Como sea, no insinúes que te espío, no tengo ni el tiempo ni la disposición. Acepto que un par de días investigué entre los amigos que si dónde estabas, que si con quién, pero me canse rápido porque hay que ser muy metódico con ese tipo de cosas y yo no soy un tipo de método sino todo lo contrario: adoro el caos y voltear todo patas 'parriba. Que sí quieres saber de la ida. Pues las calles son un laberinto más o menos indescifrable para mí, ando sin mucho rumbo y los nombres de las calles me dan mucha risa, atravieso las avenidas sin que me importe el color de los semáforos (recuerdo que insistías en que había un dios de los semáforos y te sentías bendecida cuando te tocaban casi puros verdes y me decías y a mi me encantaba tu manera de decir esas tonterias) y una señora que se iba pintando casi me atropella y se asustó un montón y yo tuve que calmarla aunque al principio me haya mentado la madre. Es que la pobrecita se puso pálida y luego me dijo llorando que ya había atropellado a un niño y que por eso la asustaba tanto el asunto de las atropelladas. Ya no miro al cielo tan seguido. Los días que lo he hecho ha estado tan despejado que te sorprenderías, pero aún así no puedo hallar las constelaciones que te decía, las que me enseñó Michel. Traté de leer un mapa celeste (a saber cómo le dirán en la vida real los señores astrónomos porque cuando le pregunté a la dependienta me dijo que no estaba de humor y tuve que explicarle que era una hoja muy grande que traía los dibujos de las constelaciones y dijo aahhh y fue al fondo de la papelería, que era muy chiquita, y me trajo el mapa), pero no pude entender nada de nada y luego intenté con un telescopio y fui a la tiendota a comprar uno, pero no me alcanzó y pues ni modo, de puro coraje me compré en la libreria que queda en el camino de regreso un libro de Cortázar. Aún no lo he acabado y recuerdo que te dije que iba a leerte Rayuela algún día justo porque lo detestas sin siquiera haberlo leido. Me levanto más temprano, me mudé de casa y me tocó cuarto con un balcón que da al mercado, así que ya te imaginarás el lío que me armo en las mañanas. Compraré unas orejeras para sentirme en el polo norte. O unos desos taponcitos que hay en los aviones, lo que sea. Recuerdo por eso la historia de Ulises que se puso cera en los oidos para no escuchar a las sirenas y no mames, cómo le habrá hecho el cabrón, lo intenté y me di una quemada de la chingada. A lo mejor usó de otra cera o, como sugiere Clara, la traducción está mal hecha y usó otra cosa. Ya me harté. No, no lo paso bien sin ti.

Yo y mis mamadas.

I want to change my useless heart for a ticking bomb. I want to kill you just for fun. You said you don't love me anymore, and I just kept saying "they call me night, they call me night". Without a reason you said you wanted some water and then you went away. You left me alone with all your light, you entered a dark place (my heart) and made it shiny. Now I want my darkness back.

Amarashi amarishi.

Creo que hay un nuevo cuento que nunca escribiré. Amaba los desiertos, lo seco y lo caliente. Detestaba en cambio la lluvia y el agua, lo frío y lo metálico. Alguna vez se metió a un baño y ya en la regadera sintió que se ahogaba, que la coladera iba a tragársela. Desde ese día (hace mucho) pasa una toalla apenas humedecida por su delgado y frágil cuerpo (que extrañamente nunca suda) y trepa a los árboles cuando no está en sus desérticos humores. Conoció a un hombre moreno en el mercado, le ayudó un día a cargar unas cajas. Ella no creía que ningún olor pudiera impregnársele, pero al final él se acercó y le dijo:
- Jajaja, hueles mucho a tomate verde.
Por primera vez se sintió avergonzada y se ruborizó. A el le pareció gracioso y la abrazó fuerte. Ella era un poco bajita y pensó:
- Quizá si trajera mis calcetines gruesos sería tan alta como para besarlo.
Dio un brinco y se agarró fuerte de su cuello.
- Quiero oler siempre a sandía, no a tomate verde.
Silencio. El responde:
- Pues tu boca sabe como a sandía, pero yo preferiría que fuera a mango, ¿no quieres uno?
- No, yo quiero saber a sandía, tu hueles a ciruela y me gusta mucho.
Pues bueno, que a veces (milagrosamente) también en el desierto llueve y se pueden sembrar sandías y ciruelas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Ya nada de eso es cierto.

Hay cosas en el mundo que me gustan. Como la parte negra del trasfondo de los champiñones, la música, el olor de los libros, el cielo, tú (un pequeño montón de cosas favoritas). No es que hagas del mundo un lugar diferente, es nomás que me haces verlo diferente, no tan feo, no tan cruel, no tan absurdo, no tan triste. Y no dejo de preguntarme si lo que siento es real y cómo es posible. Vamos a acabarnos, una y otra y otra y otra vez, hasta que no quede nada y no necesitemos ser nada. Hay tanta música que quiero compartir contigo...

La ciudad parece dormida en la cara de las gentes andando de aquí para allá. Ya deberías saber que siempre tengo la culpa. Mi mano tiembla, ¿qué pretexto me darás tú?
Tenía una cara de pavor.
- ¿Tienes mucho miedo?
- No, tengo frío.
- ¿Quieres mi cobija? Deberías abrigarte bien...
- Y tú no deberías ser tan condescendiente.
- ¿Y por qué?
- Porque qué.
- Por qué tienes frío.
- No sé, así soy: friolento.
- Aahhhh.
- Ya me aburrí aquí.
- ¿Quieres ir a otro lugar?
- No podemos ir a ningún otro lugar...
- ¿Todas esas luces son la ciudad?
- Sí.
- Podríamos fugarnos en medio del frío.
- También podríamos quedarnos aquí calientitos.
- Creí que tenías frío...
- No importa, prefiero quedarme aquí.
- Bueno, si tú quieres yo quiero.
- Yo no quiero nada.
- No digas eso, es muy feo.
- Huuummmmm...
- ¿Y si hacemos el amor vestidos?
- Qué fastidio, creo que me voy a ir.
- Eres malo.
- Eres muy pendeja.
Se echó a llorar diciendo eres malo muy malo.
- Ya ya, no lo dije en serio.
- Claro que sí, te gusta hacerme sufrir sob sob sob.
- Que no. Mejor hay que quedarnos callados, no vayan a venir.
- ¡Pues que vengan!- y empezó a gritar.
- ¡Ssshhh!
- ¡Y no me callo y no me callo! ¡Eyyy eyyy, acá estamoooss!
Le tapo la boca con la mano y lo mordió.
- ¡Aaaayy! ¡No me muerdaas!
- Pues tú no me quieres...- Se acercó a la ventana haciendo lalalalala en voz alta. Exhaló en el cristal de la ventana y se puso a escribir su nombre en el vaho. Siguió haciendo lalalala en voz baja.
- Ya no hay luz.
- Te quiero tequierotequierotequiero- fue diciendo en una tonadilla hasta que su voz se hizo un hilillo.
- Cómo quisiera al menos un poco de música.
- Yo podría cantar para tí.
- No.
- Mira miraa, una polilla. Pobre, ha de tener frío- se puso a jugar con la polilla.
- Déjala en paz.
- Lalalalala.
- Qué frío hace.
- Lalalalala.

Sopas, el primero.

- A veces olvidas tus alas, quizá sea que olvidas que tienes alas y das saltitos queriendo alcanzar el foco. A veces olvidas que haría y daría casi cualquier cosa por tí.
- ¿Por qué hablas así? No tentiendo. Además eres un mentiroso, nunca haces nada ni me das nada.
- Ahhh, es que no lo decía para tí -sí soy un mentiroso- solo pensaba en voz alta.
Pensaba en que se le veían bien sus calcetas de arocoiris aunque rompían con toda posible armonía.
- No te creo. Asshhh, ya no me gustó cómo se ven mis calcetas, parezco caja fuerte.
- ¿Caja fuerte?- pregunto idiotamente.
- Sí, no me hallas la combinación.
Se ríe, pero yo sólo hago aahhh. Para mí no es armoniosa, para ella es que no anda "combinada". Que estupidez. Me pongo serio y estoy a punto de pedirle que me acompañe a la biblioteca cuando le da un ataque de risa. Instantáneamente se me quitan las ganas de hacer nada (¿o es incorrecto y debería decir: me dan ganas de no hacer nada?). Me acomodo en el sillón verde de gamuza desgastada. Viene y se sienta en los... ahhh, como se llamen esas cosas donde uno apoya los brazos. Sigue riendo, pero como raro. Se ríe un poco y se calma, vuelve a reirse un poco y vuelve a calmarse. Cruza la pierna y ve hacia la ventana. Sin mirarme busca con su mano mi cara. Ahora tiene esa mirada que parece que está ciega (no está ciega, es culera). Pasea su mano lento, cuando pasa por mis labios me da un escalofrío y casi salto, pero no quiero estropear el ambiente, éste es de los momentos que quiero que se alaaaarguen. Por otro lado quisiera levantarme y escapar de su embrujo, son este tipo de cosas las que me frustran. Decido quedarme. Juega con mi cabello, me aprieta la nariz, me jala las orejas, sigue la linea de mis pocas arrugas (son como surcos, en realidad). Empieza a murmurar, no sé si está diciendo algo o qué. Busco ansioso en sus labios una palabra, mi nombre tal vez, pero hallo precisamente el nombre que NO quería hallar. Me enfado y mi mente asegura que sólo lo está recordando, o peor, que piensa que soy él o me confunde con él. Qué enfado. ME levanto bruscamente para preguntarle, pero sigue con la mirada perdida, murmurando. Mi mente lo interpreta como que tenía razón. Casi corro a la puerta y trato de no azotarla, pero no logro evitarlo. Que se quede ahí si quiere, qué me importa.

Cuento triste de un día no tan triste.

Me afeité. Dejemos en paz las palabras, las historias que cuento son hechos aislados siempre, cuestiones ordinarias que magnifico porque creo que en los detalles está la vida, porque soy necio. Quisiera un día escribir un buen cuento, no sentirme mal luego de que suelto la pluma, no sentirme extraño en todos lados.

Podría ser sobre la habilidad de mi hermana para bajarle a la perilla de la estufa y poner la lumbre en el punto preciso, cosa que a mi se me dificulta una barbaridad, o tal vez sobre cómo es que todos tenemos un vaso propio, pero prefiero hacerlo sobre la noche.

Cuando éramos más niños viviamos en una casa viejísima de dos pisos, muy alta y techo de lámina que era como los techos clásicos de los dibujos, casi como una A. Había marquesinas en el extremo del lado que daba al patio interior, pero estaban rotas y terminaron por caerse. En la noche empezó a llover y el sonido de las gotas azotando la lámina me daba un poco de miedo, como si de pronto la casa fuera a deshacerse. En el patio había montones de trastes tirados, latas de atún, botes de yoghurt y cubetas y había varias desas cosas justo donde caía el agua del techo, así que había sonidos de montones de gotas golpeando montones de pequeños tambores. Era un concierto bastante caótico y me exasperaba a ratos, pero estaba muy calientito en mi cama y no quería levantarme a quitar los botes sobre todo porque me mojaría los pies. Siempre sé que va a llover poquito antes de que llueva, la temperatura baja poquito y hay un olor peculiar y ¡plaaaap! caen los primeros goterones, solitarios como un niño corriendo bajo la lluvia mientras su mamá lo corretea y le grita: ¡Deja que te agarre, cabrón y entonces sí vas a saber lo que es chillar! De repente toda parece remoto, cubierto por un halo de vapor, por el vaho que se forma en los cristales de los carros. Cada gota tenía una historia que contar, incluso escribí algunas de ellas, pero apenas les daba tiempo de decir Hola o Yo me llamo tal antes de estrellarse contra el suelo, contra un cubeta, contra el techo de lámina, haciendo ¡plap! o ¡tac!. Imagina un concierto de plas tacs inmediatos aparentemente sin ninguna coordinación, sin ritmo, mas si esperas un rato y escuchas con mucha atención, si esperas a hallarle forma al laberinto, si tamborileas tus dedos contra el suelo o la cabecera de la cama, quizá hallarás que es una canción que al principio es trepidante y que al cabo de un rato se convierte en un rumor suavecito y totalmente armonioso. Quizá, como el niño de este cuento, halles que es muy triste y te den ganas de llorar, aunque espero que no.

Bajó al baño y seguía lloviendo. Cuando entró no hallaba el interruptor y al dar un paso el agua encharcada se mojó el pie izquierdo y dijo chingado en voz baja y lo sacudió y le dio un leve de frío. Prendió la luz y cerró los ojos. Mejor la apagó y orinó guiándose por el ruido. A veces un rayo se sacudía en el cielo con su resplandor que era como la luz de un estrobo y el trueno de los segundos después cimbraba su cabecita. Quiero dormir, pensó. Cuando pasó por el cuarto de sus hermanas escuchó algo así como un hipo. Se quedó recargado en la pared tratando de escuchar y al poco se dio cuenta de que era su hermana menor llorando. No supo que hacer y le dieron más ganas de llorar. Se quedó un rato recargado contra la pared y fue resbalando hasta quedar sentado. Se cubrió la cara con las manos. Si lo hubieras visto habríate parecido el niño más desamparado aunque en realidad ni siquiera estaba llorando, estaba pensando en porqué su hermanita lloraba y llegó a la conclusión de que era por los truenos. Recordó su pie mojado y le dio frío. Subió las escaleras midiendo los pasos. Con cada rayo se formaban sombras contra su pared y le daba miedo y se metía bajo las cobijas y cerraba fuerte los ojos hasta que veía miles de fosfenos diminutos. Despertó y el olor a humedad le atacó la nariz. Había también ese olor culero de flores de cedro podridas. Y su hermanita hacía unos huevos con jamón.
- Ni creas que te voy a dar, ¿eh?
- Ayyy, ¿por qué no?
- Nada, ya te dije que no te voy a dar, haste 'pallá.
- Al cabo ni quería, yo ahorita me hago unos- y le sacó la lengua.

Mañana...

... todo estará bien, te buscaré en mis libros viejos y en los discos que hace mucho no pongo. Quizá salgas de por ahí y seas como una mota de polvo que mis ojos son imanes de motas de polvo y entonces ahí te quedarás y todo lo que veré serás tú, nomás tú. Pido una disculpa por mi insulsa cursilería.

Mañana dormiré todo el día por puro enfado, por no saber que hacer. Mañana comeré melón, en la mañana tal vez. Dejaré, con suerte, de decir tanta pendejada. Ni conjugaré verbos en futuro simple. Quiero estar contigo y verte hacer tus monitos de papel craft y decirte este me gusta más, este parece nosequé. Y tocarte la mano como por accidente, pero no por accidente de veras, si no con toda la intención de tocarte. Que parezca accidental. Hacerte bromas pesadas, como embarrarme de pintura roja y decirte que algo feo me pasó o decirte: me voy... y dejar un suspenso ligero y mirarte directo a los ojos con mis ojos rojos y luego soltar: contigo a donde quieras el tiempo que quieras. O un día despertarte y decirte: estalló la guerra en tal o cual país, en China o en Eslovenia o en Venezuela o donde sea, quedémonos hoy aquí solos antes de que el mundo se desmorone. Y contarte un cuento para dormir canguros indefensos. O un día no decirte nada, besarte y abrazarte nada más. Y estás tan lejos y el tiempo es tan burlón. Llevo como cinco repeticiones de la misma canción y me acuerdo de lo de karaoke...

Ayer soñé contigo, pero no recuerdo qué. Es un poco fastidioso, estoy seguro que era algo que me causaba ansiedad. Hace un par de días tenía una idea clara de lo que iba a poner en tu carta, pero las ideas se me han ido con el hastío. Algo que tenía que ver con la felicidad, creo. Quizá de último momento me de por arrancar hojas del cuaderno. Aunque quien sabe, hay días que me levanto insistiendo en que quiero ser impredecible. No me decido por el sobre, ¿uno blanco? ¿Uno beige desos que tienen listón rojo? ¿Fabrico uno y le pongo laca? Me gusta lo antiguo, pero me falta habilidad para ese tipo de cosas. Pregúntame cosas, dime cosas, habla conmigo.


Bernardo (que sufre de ataques de diversos tipos de locura y enfermedat).

Convirtióse entonces...

... en un monstruo de mil cabezas pero era muy cagado porque era re asustable y escondíase tras un árbol flaco y él tan gordo. Me dio un ataque de tí, me encabrona no verte. La maestra hablaba de Saussure, de la gramática, que si la descriptiva o la diacrónica, que el uso pragmático, que Chomsky que qué divertido, que el "cognositivismo" (yo juraría que es "cognitivismo", pero no alegué nada deso). Y ¡zaz! que suelta lo de la gramática pivote (Pivot Open Class, cuánto caché, ¿no?). Hablaba muy interesantemente, era evidente que disfrutaba hablar de eso, pausado, moderado, regulando bien su respiración. Que la morfología, que la semántica, la sintaxis, que qué importante, que si el uso o la norma, que si teníamos preguntas, que si se adquiere el lenguaje con sustantivos o verbos, que si el discurso, que la gramática tradicional, que los de hueso colorado, que la gramática pedagógica. Bah, éramos poquitos, seis nomás. A la maestra no parecía importarle en lo más mínimo. Hablaba muy cortés, muy eufemística. No es que estuviera aburrido, de hecho estaba interesado en el asunto, pero me molesta ir por la vida sin que nadie lo sepa. Qué ignorancia más rampante y conformista. Que le digo:
- A ver a ver, cálmeme su pedo un toque, ¿a qué chingadamadre hora va a decir que quiero a Wu?- nota que hablé tan vulgarmente como pude.
Doce ojos muy abiertos voltearon a verme y seis bocas abiertas (todas de mujer) jalaban aire de más. La maestra balbuceó un poco y dijo:
-¿Perdón?
Y me di cuenta de lo que había dicho y me puse rojísimo.

Cortedades.

La culpa la tiene la música, estoy seguro. La culpa la tengo yo, por nunca saber nada y ser un mal tipo que espachurra hormigas. Vuelvo a suspirar y es de algo parecido al miedo. Hoy ha llovido toda la tarde, desde poco antes que saliera de la escuela. Me vine a la casa caminando bajo la lluvia. Mi mochila se mojó. Fue un buen paseo.


Bernardo (que no te sabe decir más).

Lo que era inevitable...

No es que quisiera hacerlo, no tenía ganas y le pareció una estupidez, pero no pudo evitarlo, fue como si una mano gigante (e invisible) la empujara. Después pensó que era inevitable y que hacía tenía que ser; sin embargo no podía dejar de arrepentirse y de repetir el "me vale verga" que sonó como roto cuando él lo pronuncio. "Me vale verga" a pesar de sus disculpas y su desesperación y sus lágrimas. Incluso deseó poder volver al pasado y mandar a todos a la chingada y no hacer nada y borrar de su memoria la mirada criminal, los ojos entrecerrados y fijos en ella. Qué puto susto. No conseguía recordar el sentimiento (o la emoción) inmediato que la llenó cuando lo miró mirándola. No fue en realidad sorpresa, fue una especie de miedo irrevoclable y amargura, un chingo de amargura. Lloró un buen rato y su estómago se revolvió y vomitó y el vómito era amarguísimo y "me vale verga" como martilleo tactactac. Lo peor de todo era que sentía que no podía remediarlo y no obstante no sentía que hubiera hecho nada malo, era simplemente una estupidez y se daba cuenta de que no importaba. ¿Cómo es que hacemos algo "malo" sin la mínima intención de hacer "maldad"? No lo besó porque hubiera querido, sabía que no estaba bien y sin embargo lo hizo porque en ese momento hubiera estado fuera de lugar no hacerlo, no pudo evitarlo, estaba fuera de su control. Su ex-novio estaba en la fiesta y su novio no, se suponía que no iría. A todo mundo le pareció, cosa curiosa, que se veía muy bien con el ex-novio e incluso se hablaba de una reconciliación. Su mamá era la más entusiasmada con la idea. Ella no se enteró, estaba embriagada con la emoción y la alegría alrededor, no se daba cuenta de nada, sólo disfutaba. A la hora de partir el pastel apagó las velitas (18) y pidió su deseo: que él estuviera ahí con ella (¿recuerdas que te dije que hay que tener cuidado con lo que se desea?). Sintió una corriente calientita subiendo desde su estómago cuando pensó en él (por primera vez en la tarde). La sacudieron los gritos y las mañanitas y la alegría escandalosa otra vez. De repente su mamá empezó a gritar ¡beso! ¡beso! ¡beso! y no sabía a quién se refería y los demás gritaron también y alguien empujó a su ex-novio a su lado. Entonces le pareció inevitable: su ex-novio inclinándose para besarla, ella sin moverse y el primer contacto de los labios, los gritos, el paroxismo de la alegría, los aplausos y todo le pareció natural y aceptó el beso y correspondió y lo disfrutó por pura inercia, porque estaba contenta. Y entonces ¡pam! la sensación de ser observada. Por él. Alegría. Se separó brusca de su ex-novio y miró a la puerta. Ahí estaba, recargado contra el marco de madera, tapando la entrada. Se sintió tan contenta de que él estuviera ahí, tan inconciente. Corrió a abrazarlo y notó que la miraba raro, entrecerrando los ojos, la boca cerrada, esa forma peculiar de mirarla severamente, como desaprobando algo. Él la miró sonreir y pensó que se burlaba y se emputó más y puso su cara de super asesino serial. A medio camino se dio cuenta y le entró un terror sorprendente y súbito, se puso rojísima y dejó de correr. Para cuando llegó a él apenas caminaba, se le atoró la voz y él se puso sarcástico:
-Hola. Se ve que está buena fiesta.
No podía dejar de verlo y el resto desapareció, sus oidos zumbaban y tenía ganas de llorar. Él la arrastró hasta la puerta de la entrada, al pasillo iluminado por el foco morado. Ella balbució cosas inentendibles. Se quedaron como un minuto sin decir nada, él se recargó en la pared y dijo, emputado:
-¿Entonces?
-Yo no quería...
-¿Entonces por qué chingados lo besaste?
-No sé, no sé, ¡no sé!
-No mames.
En verdad no lo sabía, o a lo mejor sí, pero no se daba cuenta. Lo había besado porque todo mundo quería que lo besara, todos esperaban que lo hiciera y no por culeros ni nada, si no simplemente porque se suponía que era un cumpleaños feliz o completo o lo que sea. No pudo oponerse. La voluntad de la masa es increible, arrastra de modo invisible, pero insportable. Todo mundo sentía que debía besarlo y ella terminó por creerlo también. Y lo besó, sin más, no porque quisiera si no porque todo mundo quería que lo besara. Quiso llorar pero no podía, era demasiado tonto y ella no tenía la culpa.
-Te quiero- pudo decir y echó a llorar y a disculparse y a prometer que no lo volvería a hacerlo, que era una tontería, que no importaba y él no decía nada y le dijo no te vayas no fue nada soy una tonta por favor por favor perdón y lloraba y parecía feliz y se reía y él también y cuando se acercó y le agarró el brazo él se quitó y dijo:
-Me vale verga.
Y se salió. Ese fue el verdadero momento de estupefacción que le duró toda la fiesta y todo era un remolino sin sentido, tanto tanto desconcierto, y fue a sentarse a una silla y no se levantó hasta que todos se fueron y no tenía idea de nada y sólo se levantó para ir a vomitar.

Llegué a una tienda de puntos y seguido y la asalté.

Ah sí sí sí. Detesto mirarme. ¿Lo dices en serio? A thing with fetters. I thought you have said "I thing with feathers". No no, dije que grilletes, lo otro sería un pájaro. Y qué hay de "implume". Da caché. Seres implumes. Pronúncialo más despacio. No puedo, tiene como un ritmito rápido. Quita Camera Obscura. Suenan bien. Quizá demasiado complacientes. Un poco como Supergrass. Supergrass es más viejo. A Sergio le gusta mucho. Hoy quería ir al mercado. Llegué tarde a teatro y no había nadie. A lo mejor nadie fue o habían acordado. El qué. No ir a esa clase. No fui a la última clase. No voy a decir nada. Nada. Mejor mañana. ¿Usas preservativo? No me gusta. Condón. Sí, de mujer. ¿Has probado los parches? No. Me dio comezón. Me duelen las manos. Quiero agua. ¿Por qué? Qué. Preguntas: ¿me regalas un POCO de agua? No sé. Un poco es un poco. Un mucho. Una barbaridat. No no no. Sí sí sí. De otro planeta. Galaxia cercana. ET llama a casa. ET me daba miedo. Volaba en bici, sin pedos. Steven Spielberg no me gusta. Demasiado... Spielberg. Radical sin ganas de serlo. Innovador. Sí. Como Cortázar. Puntos suspensivos. ¿Ya dejaste de leer? ¿Haces tarea? Me falta lo de Tatay y lo de el script. No me dan ganas. Quiero salir. A la calle. A caminar. Mariana se enojó conmigo. No sé porqué. Se quedó los libritos de Mafalda. El 11 y el 12. Ojalá me los devuelva. Interesante. El cuento que leí hace rato. De maquetas. El título estaba muy suave. Algo así como Viajes de personas prudentes. ¿O precavidas? No sé, la revista es de Ruth. Está lejos. Soñaré con eso. Y contigo, por qué no. Me gusta soñar contigo. Despierto contento y alerta y a veces quiero dormir más. Pero ya no estás. Nunca nunca estás. Sí sí sí. No no no. Nunca estamos. Es un poco... ¡Deja "un poco! Es injusto, nunca estamos. Es bipar. "Yo soy tan solo uno de los dos polos, de esta historia la mitad" La mitad la mitad. Sustantivo común partitivo. Invariable en género: femenino. Variable en número: singular. Sustantivo primitivo. En esa clase te escribo más que en ninguna otra. Será porque sólo somos seis. Puedo ponerme en cualquier lado del salón. Y escribirte por gusto. Las otras clases están atascadas. De compañeros. Gramática del español. Wu. Dialecto chino, no muy popular (relativamente). Unos 100 mil hablantes. En el sur. Tú. La monita de... ¿cómo se llama? Algo de Jungle. ¿Sí? Dime que sí. Un día. Llega y dime: sí. Lo que sea. Que me amas más que a cualquier ser que habite la tierra. Lo saqué de algún lado. A lo mejor no. Mejor nomás "sí". Me odias más que a cualquier ser que habite la tierra. Peor sería que no te importara. Laaargo laaargo. No estás. Camera obscura. No tienes cámara. Con sangre lo pagará. Toma fotos bonitas. Mejor no pienso. Ni lo menciono. Ataque. Tocan bien, muy dulce. Disfrutable. Me mordí de más las uñas. Me duele el meñique izquierdo. Te ves bonita con luz amarilla. Con lo que sea. Enojada. Desconcertada. Sin ropa. ¿Te he visto bajo la luz del sol? Sí. Youtube. ¿Eres la misma? Al menos no son solemnes. Quizá son londinenses. ¿Cuál será el gentilicio londinense en inglés? London. A Lucy le gusta. Faucherre. Se acabó el disco. Imprecisión indecisa. Me molesta no saber qué poner. Guardo tus cartas. Las leo cuando peor me siento. Una y otra vez. Ahorita. Por gusto. Me siento incómodo. El mismo disco otra vez. Let's get out of this country. Deshago tu barquito. Me cuesta, soy torpe. Constantly alone. I like it. I push it. Voy a tirar todo a la basura. Todo es muy impreciso (más más más). Tiraré nomás lo que caiga. Plap. Los cuadernos. Creí que el plap sería más divertido. No caben en el bote. Plam plam, baila. No más. Buenas noches.