viernes, 30 de abril de 2010

Cuento corto

-Dijo que mejor se regresaba.
-Adónde.
-No me dijo.
-Y tú que le dijiste.
-Nada.
Los sonidos se acercan como si fueran a tragarme y no consigo ni siquiera un poquito de inspiración, siento que ya he dicho lo que tenía que decir y me siento seco de palabras. Todo lo que tengo, todo lo que me queda para darte es este corazón amortajado y este recuerdo perdido que por alguna razón se vuelve nítido y recurro a él ante tu más pura ausencia.
"Cuando era niño vivía enfrente de un solar baldío y jugábamos ahí en las noches. Generalmente la temperatura bajaba en las noches y uno podía respirar sin que olas de aire caliente inundaran el pecho y lo quemaran. Las olas de calor eran visibles si se ponía atención. Eran una especie de vaporcillo transparentísimo que se elevaba de los techos y las calles. A veces parecía que era un velo que ondeaba enfrente de los ojos de uno. Jugábamos a cualquier cosa, pero por lo general a la roña, a las escondidas o al bote salvado. Una noche de Mayo parecida a esta no pudimos juntarnos por no me acuerdo qué cosa. Estaba sentado en el escalón de la entrada de mi casa, miré hacia el solar y lo que vi se me ha quedado grabado con ese sentimiento de que nada vuelve a suceder como la primera vez. Había un montón de puntitos verdes que aparecían y desaparecían de forma intermitente. En mi vida había visto eso y al principio pensé que eran fosfenos. Me acerqué y traté de capturar una de las lucecitas, pero era muy difícil, desaparecían enseguida, como luces de faro diminutas. Estaba todo a oscuras, el foco de las escaleras estaba fundido desde hacía tiempo. Y estas lucecitas verdes fluoreciendo ahí en medio de la noche, yendo de aquí para allá. Por fin pude atrapar una y la encerré en mi puño. Corrí a mi casa, mi grande y vieja casa que está viniéndose abajo, y con sumo cuidado deposité al animalito en un vaso de plástico transparente. Dejó de brillar por un rato y agité el vaso con violencia. Volvió a brillar ante mi maravilla. No podía dejar de verlo. Le pregunté a mi mamá que qué eran y me dijo que se llamaban luciérnagas. Las luciérnagas, por si no lo sabes todavía, hacen brillar su barriguita para atraer compañera y poder procrearse en ese infinito rito que es la preservación de toda especie. Pero de eso me enteré mucho después leyendo un libro de entomología. La noche fue haciéndose más negra y mi luciérnaga empezaba a no brillar. Brillaba, sí, pero muy poquito y enseguida se apagaba. Sin luz, el insecto me parecía de lo más vulgar. Creo que me harté un poco y la saqué con cuidado de su vaso. Sin querer la despanzurré y mis dedos quedaron manchados de su fluorescente vida. Froté su color entre mis dedos y vi cómo iba difuminándose la brillante manchita. Quedé muy decepcionado. Volví al solar a cazar más luciérnagas, pero por alguna razón me sentía triste por la muerte de la primera y no pude conseguir ninguna otra."

sábado, 24 de abril de 2010

"Apáguese la luz en esta escena"

Me pregunto qué habrás sentido cuando abrazaste este cuerpo que es un futuro muerto, un actual consumidor, un número bailoteando en las encuestas. Pero sobre todo lo primero, un incipiente cadaver, blanco esqueleto que aún no queda al descubierto. Podría regalártelo, dedicarte mi muerte, la última imagen que veré, todos los regalos que daré. No pienso que sea un mal regalo, después de todo es de lo poco que es mío. Regalarte mis piernas ya cuando estén inertes, cuando no pueda hacer nada, regalarte toda mi pretensión de escritor, mi soberbia y mi estupidez. Lo que sí jamás voy a darte es lo que siento por dentro. Nunca, ni a punta de navaja. Puedes tomar mi sexo si quieres, mi saliva, mis ganas, mi negro deseo, eso es lo de menos. Arrancarme mi propia ausencia, mis ideas particulares sobre esto o aquello, mi eterna prisa. No estaría tan mal.
Me pregunto qué pensaste cuando besaste esta boca que es futura comida de gusanos, cuando recibiste esta saliva que algún día habrá de secarse. ¿Pensaste en algo? ¿te acomodabas el brasier? Luego me cargaste las pistolas y yo disparé pum pum, balas de miedo directo a tu zona intercostal. Extrañé el chasquido, eso sí. Pero no había que esperar mucho, la cuestión era precaria como todo equilibrio que se precie de ser tal. ¿Qué pensamiento acudió a tu mente cuando te quitaba la ropa? A mí un montón de las más obscuros presentimientos, figuras llenas de horror y mentiras, llenas de historias que no viviremos, fantasmas burlones del pasado y del porvenir, todo junto en el mismo tono: así no. Después volver al potro de castigo, a las ocho letras más perras de toda la filosofía. Como emerger del mar lleno de sal, tragando peces de colores que en realidad estaban en peceras. Emerger culpable, malditamente culpable, odiosamente culpable. Lloroso, tal vez, queriendo borrar lo acaecido, diciendo: oh no no no, estas no son tarántulas arrastrándose.
Me pregunto en quién pensabas cuando te reiste. ¿A quién soñabas cuando dijiste mi nombre en la penumbra? Yo imaginaba un pan (no sé por qué siempre un pan) mientras pasaba mi mano por tu abdomen. Mi mano de extraterrestre sobre tu vientre de pan. Una mestiza o una semita. ¿Sabes? Creo que pensé fugazmente en el chiste que me contó Hugo, ese en el que dos hormigas se pierden en el cuerpo de una mujer y los pechos son montañas altísimas. Rodeadas por una aureola, la aureola de todos los cielos, de cualquier infierno imaginable. Por favor, déjame usar esta palabra: paradisiaca. Aplicada a la estela de tu olor. Tu sexo huele bien fuerte.
Dime si imaginabas esto, si barruntabas que iba a quitarte la ropa interior tan apresurado, si previste que estaría dentro de ti este ser de carne y hueso que carga consigo cada día su muerte en estado lárvico. Porque a mí se me antoja extraordinario. Un futuro manjar de zopilotes entrando en un actual templo de perdición. Se me pasa la referencia bibliográfica, tal vez no la hay, tal vez sea una de mis poquísimas ideas originales. ¿Qué quisiste decir cuando dijiste buenos días? ¿qué quisiste decir cuando dijiste: no lo puedo creer? Y yo me pregunto por qué evitaste verme desnudo y por qué te tapaste con la cortina. Las mentiras son adornos demasiado ostentosos en tu boca. Estoy seguro de que se lo dije a otra mujer, pero no recuerdo a quién. ¿Esta vez sí me dirás algo? No sé, responder a la luz, salir al jardín, mirar películas. Hablar francés.
Quisiera saber qué cantabas cuando abrí la puerta, cuando me burlé del acomodo de los muebles. ¿Estabas ya excitada cuando mencioné la ancha cama? Yo sí, bastante. La sola idea, aunque algo menguada por el anticipo, me tenía ya dispuesto a desenterrar los dedos fríos e irremisibles de la Catrina de Posadas. No sólo los dedos, carajo, hasta el sombrero. Y pensé: a esta sí se la regalo para que haga una exposición en Bellas Artes: La auténtica y original Catrina de Posadas a precio de liquidación. Porque es verdad que no quedan muchas. Aunque pienso que te la comprarían mejor en la Alameda, junto a las papitas. Toda exposición es una venta. Yo por eso jamás expongo el corazón de la lotería, no sea que haya confusiones. Ya no sé ni lo que digo. Mejor será irse despidiendo, mejor será que nos vayamos yendo yo y esta muertecita mía que tanto quiero. Que tanto quiero. "Tocarme puedes, soy de carne y hueso".

Vamos a partir del supuesto.

Mi mamá dice que soy especial y que reconvenir a la gente es cosa fea. Yo digo que no a ambas cosas aunque lo de reconvenir (resabio que me queda de mi vocación de sacerdote) lo reconsidero. No sé bien a bien qué debo hacer. Tal vez dedicarte las Cosas en un gesto idiota porque sé que no lo entenderás. Porque no te importa más que nada. No te importa ni te importará, vives dentro de un cascarón. O podríamos partir del supuesto de que no hay nada que llene este vacío, nada para calmar la ansiedad ni las ganas premurosas de vivir. Empezaré por dejar de lamentarme por las vidas que no he vivido y luego observaré el lento morir de tus manos como aves, de mis miles de amigos imaginarios. Me comeré a todos tus muertos. Todos tus muertos todos tus muertos.

¿No quieres una sopa? De arroz, de fideos, de ideas descabelladas. Ay, niña, una sopa de supuestos. Ya sé. Te lanzaré notas como balas, montones de malditos mensajes sellados en aviones de papel. Soy más rápido, más fuerte, más inteligente. No sé qué más decirte.

martes, 20 de abril de 2010

Corazón.

Te olvidas de lo esencial: te amo. Y decirlo como si fuera ante el ejército de todas las máquinas del mundo, grabadoras, robots, lavadoras, refris, estufas, tostadoras, teles, devedés y el resto del ejército infernal de un Belcebú que apesta a sílices. Por fornicación, niña, por pura fornicación. O por la fornicadera, como tú mejor lo entiendas y saborees. Tal vez luego de este apocalipsis te de por querer encerrar el significado de cada palabra en una insolente emoción desas que le descarnan a uno los labios y las entrañas. Pero a pesar de todo lo que tú hagas o dejes de hacer, de lo que digas o calles, yo tengo esto: hoy tuve un sueño hermoso como ha ya mucho tiempo no tenía. Soñé con la libertad, que la olía, que la vivía. Ya después me encarcelaban, mas yo me aferraré con cada partícula de mi palpitante ser a este único sueño mío (porque es mío) que tuve hoy 20 de abril del año de nuestro señor 2010. Un sueño como los que sólo los grandes poetas tenían, un sueño que se me antoja viejísimo como el principio de la humanidad o el momento en que el primer ser vivo salió de la gran mar, lleno de seres fantásticos, de unicornios y aves fénixes. Voy también contando unos ciertos días muy peculiares, días que se arrastran sobre la tela cotidiana de ir medio viendo, medio amando, medio queriendo, medio intentando. Medio buscándote. Y es que muy aparte de que la búsqueda sea tema muy muy literario (se me ocurre por ejemplo Rayuela) yo la verdad sí te busco, pero en los lugares más insospechados, muy no queriéndote hallar. Ah, malhaya tu odio hacia mí mutado en simple rencor. Te extraño tanto, me enfurezco ante la sola idea de no verte más, de no pasear contigo por los muelles para buscar a Etienne que nos venda algún libro, de hacer el amor tendidos en la cobacha en que se ha convertido mi cuarto lleno de olor a sal y de rayos de un sol que se abalanza frenético sobre nosotros, pobrecitos humanos descabellados por la gana de perdurar, de no escuchar esos discos que tú tienes y que te has negado tan rotundamente a prestarme haciendo de ellos tu refugio, tu constante amenaza, tu bastión de paz y quizá el reducto mediante el cual estableces la no ruptura de nuestro delgado y fino lazo. Lazo como si fuéramos animales.

Te olvidas también de que me canso, de que me harto, de que me aburro con excesiva facilidad. Te olvidas de todo, en pocas palabras, a ver si ya me voy explicando bien. Por ejemplo de que en mi necesidad escasa reside lo que me mueve, lo que me empuja hacia adelante o hacia atrás, ya no sé si tengo yo complejo de cangrejo, o hacia los lados. Mi necesidad escasa lleva las letras que componen el nombre con que te llamo, las sílabas con que te nombro y te maldigo (al mismo tiempo). Simplemente no entra en mi cabeza que puede que seas un maléfico invento imaginario producto de mis noches en vela, una treta para no ahogarme en el universo mediocre de anuncios de neón y tienditas de escaparate. Y entonces riájatelas, ya estás tocando a la puerta porque quieres un poco de vino y que te preste mi cobija.

domingo, 18 de abril de 2010

Con música de los Temenacos

¿Te has fijado como la literatura es siempre la misma? Se repite a sí misma cada tanto tiempo y vienen críticos y conocedores a decir que un nuevo estilo, que un innovador escritor, que si la estética o la antiestética. Me tiene pendejo todo ese asunto. Es la misma caca, la misma realidad triste y ramplona. No somos más que humanos tratando de no morir en plan muy joyceano. Qué malos escritores habemos en el mundo, no deberían dejarnos siquiera empuñar la pluma, no deberían siquiera enseñarnos a hablar, en cuanto nacemos deberían decir: "este cabrón va a ser mal escritor, no hay que darle el arma del lenguaje porque seguro atentará contra él". Deberíamos también encontrar soluciones naturalistas a todo, ramitas para esto, raicitas para aquello. Podrirnos más de violencia porque esta pobre tierra ya no puede más, hay que darle el último empujón y luego... la limpieza, el silencio. Que paren este horror, que se terminen todos los ciclos, que la humanidad sucumba para salvarse a sí misma. Es la única solución que veo. Y que queden lo más cerdos, esos sí que sería divertido. Aunque en el fondo todos llevamos porquería, estamos ya contaminados, sin excepción, sin esperanza de un mejor final. Tengo una pregunta para Adriana: ¿cómo te las arreglas para escribir tan bonito? A veces me dan celos. Sobre todo porque a mí sí me importa, porque soy soberbio, porque mi imaginación nunca me alcanza. Qué cosa (y panties de las Chicas Superpoderosas). Eso último de... jajajaja, mi idea de proteger tu reputación.

Es todo lo que puedo pensar hoy.

Silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky silky.
Silky.
Silky.
Silky.
Silky.
Silky.
Silky.
Silky.
Silky.

Cuento de Erika (sin acento).

"No sé cómo me las arreglo para escribir tan feo".


-Hace mucho calor- dijo, abanicándose con las manos.

-El pedestal está roto- y había en sus ojos una mirada de desencanto tal que ella se estremeció.

-Ya sé ya sé que te decepcioné, no tienes por qué echármelo en cara- dijo enojada (¿pero con quién, nena, si las cagazones no le corresponden a nadie mas que a una burla maldita a la que solemos llamar “el flujo de las cosas”).

-¿Eh? A qué viene eso- reprimido un tono más alto.

-A lo que dijiste del pedestal, que caí de tu pedestal o una desas pendejadas que dices siempre- el enfado le trepó hasta los ojos.

-Hablo del pedestal del ventilador. Ayer se rompió- había una mosca volando alrededor y se posaba en su rodilla y en su brazo. Manoteaba molesta:

-¡Puta mosca!- mientras se acomodaba el cabello con furiosa insistencia. Una gotita de sudor bajó de su cuello a su espalda echando carreras con otra gota. Topó con un granito, lo rodeó y siguió bajando a toda velocidad por la línea de en medio rumbo a sus nalgas. Cuando llegó a la altura de sus caderas se la quitó desesperada. La sensación pegajosa en su mano la exasperó aún más. Él por su parte jugaba con sus manos usándolas de encuadre para sus ojos. “Qué hermosa se ve así, toda emputada, sin decidir a irse”. Las manos le sudaban un chingo, casi podía exprimirlas. Siempre le castró que le sudaran tanto las manos: cuando lo iban a regañar, en honores, cuando era parte de la escolta en la primaria, cuando le tocaba exponer, cuando se ponía nervioso sin ninguna razón, la primera vez que la tocó... Suspiró.

-Ya dime algo- pidió ella, sentada en la silla con respaldo. Evitaba a toda costa recargarse porque su piel se adhería al plástico de la silla y hacía un sonido molesto al despegarse, además de que le daba más calor. Él estaba recostado en la cama, con la espalda recargada en la cabecera, una pierna estirada y la otra recogida haciendo un triángulo que intentó medir como isóceles. La cama estaba tendida, la colcha verde con flores rosas (de mal gusto, había pensado cuando ella la llevó, pero no había dicho nada) estaba caliente y las arrugas lo molestaban, pero no quería moverse. Ella miraba a la ventana y a él alternativamente. La luz del sol entraba de lleno por la ventana y le daba en la cara. Él pensó que se veía bien con su cabello que extendía en sus ondas el brillo del reflejo de la luz. Incluso se atrevió a desearla con desesperación. Traía puesto su brassiere negro de tirantes negros (su favorito. Quizá por eso se lo había puesto) y sus calzones negros. Los bordes del bra le apretaban los senos blancos y los hombros suavecitos. Le dieron ganas de acercarse y besarla, de tocar el sudor de su pecho y su abdomen, pero imaginó otras manos haciendo eso y le dio asco. Se dedicó a mirarse los vellos hirsutos del plexo hasta que ella habló otra vez. Él sólo hizo: mmmm qué quieres que te diga.

-¡Que no estés mirándome así, acusándome y juzgándome! ¡Di algo!

-No tengo nada que decir. Te ves muy bonita a contraluz.

Un nudo en la garganta, contraía la cara y los ojos se le llenaron de agua caliente. “No voy a llorar no voy a llorar”, se dijo y gritó:

-¡Dime algo! Dime que estás enojado, rompe algo, lo que sea, avienta cosas...

Suspiró otra vez, la miró duro y:

-Ve te a la chin ga da- soltó despacio, pronunciando cada sílaba con sequedad. Ella hubiera preferido otra cosa, a lo mejor puta, pero sabía que él nunca la llamaría así, ni siquiera ahora. No quería irse. Sonó tan ojete su vetealachingada, le dolió como una cuchilla caliente entre las costillas. “No voy a llorar no voy a llorar” pero ya estaba sollozando y yendo hacia la puerta. Él se levantó rápido y la rodeó con los brazos. Sus pieles resbalaron la una contra otra, lo mismo que sus pies porque cuando él había derramado un poco de agua al servirse (hacia un rato) y olvidó limpiarla. Qué caliente está su cuerpo, pensó. Se quedaron abrazados y mudos un rato. La sensación pegajosa no la incomodó tanto como el calor.

-Voy a correr la cortina- se separaron y sonó como cuando se separan dos tiras de velcro. Él tenía una sensación de asco en la boca.

-Ya me voy, regreso de rato- y ella sintió que era mentira, que no iba a regresar. Pensó en su necedad, en sus decisiones drásticas, en su maniqueismo, en su manera de ser injusta y egoísta y sintió que era todo un error, como cuando sin querer rompes algo y lo ocultas y luego se arma un desmadre. “No regresarás”, le dijo a una sombra en la pared. Se quedó sola en el cuarto, mirando a todos lados. Se sentó en la cama y alisó las arrugas de la colcha. Decidió que iba a irse también, pero se quedó dormida. La despertó un toc toc en la puerta (soñaba que un topo se daba de topes contra una pared).

-¡Ya regresé¡ Se me olvidó la llave.

La voz sonaba muy lejos, más allá de la escalera, de otro planeta, quizá. El eco viajó hacia abajo, escuchó somnolienta cómo se apagaba el sonido. Le pareció desconocido, ¿quién era? Miró hacia la ventana, el sol era un gran disco anaranjado. Estaba sudando mucho...

-¡¿Estás?!- toc toc toc toc, cuatro tocs. Su cuello estaba muy pegostioso, su espalda mojada y la textura de la colcha húmeda la molestó. Miró al techo blanquísimo que él repintaba de cuando en cuando, obsesionado con las manchas de moho, y la bola de hilos verdes en forma de canastilla para el foco (ahorrador) que le daba al cuarto la apariencia de un gran pizarrón de geometría.

Se fue”, pensó asustado. Le entraron ganas de llorar, un dolor agudo se asentó en su pecho, un abatimiento pesado como la paila donde su tío hacía las carnitas se posó en sus hombros. La deseó otra vez, algo así como vorazmente, quiso destrozarla a mordidas y reclamarle como ella le había reclamado a él (conservaba las marcas de los arañazos en la espalda. “Déjame curarte, se te van a infectar”, había pedido ella sintiéndose culpable, pero el se negó hasta que le salió pus. Ese recuerdo lo guarda bien: acostado bocabajo, ella, con su playera de dinosaurios, sentada en la cama pasándole cuidadosamente un algodón ebrio de alcohol por la espaldo mientras le preguntaba con voz conmovida ¿te duele? Y sss a ah ah a, no, apenas lo siento).

-Puta madre- se le llenaron los ojos de agua caliente.

Adentro, ella seguía en su postura laxa, sintiendo el sudor correrle por los brazos, por las costillas. La voz ya no estaba. ¡La voz! ¡Dónde está la voz! Sólo escuchó pasos bajando escalones, alejándose. ¡Eres tú! Le dio un susto, abrió los ojos desmesuradamente (siempre quise usar esa palabra) y se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Corrió a la puerta.

-¡No te vayas!- y se descubrió en el pasillo, llorando en ropa interior. Escuchó cómo giró sobre sus talones y cómo empezó a subir de dos en dos los escalones, haciendo toc toc, como llamando a la puerta. Se recargó en el barandal para mirarlo subir. A medio camino él levantó la vista y se miraron. Se detuvo, indeciso, y se mordió el labio. Ella hizo el ademán de ven ven con la mano. Sonrieron y otra vez, escalones de dos en dos, toc toc, como llamando a la puerta.

Cuento de Itzel.

-Ya no quiero caminar- escribiendo al margen de lo que pasa, es como una niña en ininterrumpido berrinche.

-Buuu, si está bonito.

-Y eso qué las mantis con sus garrotas no mames las mantis no tienen garras pues como sea ¡Aldo, espérame! ¡Ya se vaventar! ¡Ya se vaventar!- revienta el plaf salpicador y todos corren a la poza.

-Pues que mira, ¿ves esos guijarros azules cállate pues serán patas el chiste es que se devora al macho con todo y exoesqueleto ¡no corras Luisito! (sandalias llenas de sal)?- se detienen un poco para poder escucharse. Aún ahí, en el hueco de la roca, risas viajando los alcanzan, gritos, plafs y esplashes y el rumor de la ribera.

-Qué tienen los güijarros.

-Nada, era para hacerte plática, siéntate jajajaja (la risa poderosa de Iván) ¡no mames! ¡salta! ¡salta! ¡salta! ¡ey! (plaf) jajajaja (diversos, distintos jasjasjás mezclados en desorden).

Ella juega con el resorte del traje de baño (su mamá la regañó, le dijo que estaba muy chica para andar enseñando -¿las partes pudendas?- y que además todos esos vagos -enfatizar el todos y pronunciar vagos con desprecio- eran malas compañías). Se quedan viendo y ella:

-No me veas ¡jajaja cayó de panzaso! Así.

-Cómo así.

-Así como ahorita.

-¿Así?- y la mira intimidante, pero sólo logra hacerla reír. Le agarra de los cachetes con una mano obligándola a hacer boca de pescado y se acerca. Ella no lo detiene, pero él se vuelve brusco y le da la espalda. Sonríe desilusionada mirándole la espalda, los brazos en jarro.

-¿No quieres ir?

-Adónde.

-Pues con ellos, tonta, ni modo que a dónde.

-Ah. Me aburre- y agrega una tardía n.

-Entonces por qué viniste- pregunta lleno de provocación y soberbia.

-Porque mis papás salieron.

-Mmchas, entonces mejor hubiéramos ido a tu casa.

-Nombre, estás loco, ustedes son bien aprovechados.

-¿Sabes qué?

-Qué- se acomoda en la parte lisa sin dejar de jugar con el resorte y lo suelta plis o tis.

-Me siento como en la secundaria.

-Qué bobo eres- ser ríe.

-En serio ¡salta! ¡salta! ¡salta! Cabrones, no se callan- se recarga en la piedra galaneadoramente con un brazo y cruza las piernas a la altura de la espinilla- Fíjate bien: nos salimos de la escuela, compramos atunes y pollos y andamos vestidos normal. Bueno, menos tú- ella se ruboriza y él la mira fija, escudriñadoramente- Y bueno... no sé, me siento así.

-Qué te jajajajaja (Iván ríe como cañón disparando) escapabas de la escuela en la secundaria?

-Uy sí, la secu estaba bardeada y había un hoyo en la malla por las canchas. El prefecto nunca lo halló ¡Benitoooo! ¡Benitocameloooo!

-Ya testás buscando.

-'Orita se cansa, me hablan para contarme alguna pendejada- empieza a cansarse del brazo, la coyontura del codo le hormiguea pero siente que retirarlo sería claudicar algo. Pura resistencia.

-¡Benito cabrón dóndestááás!- risotadas de exagerado volumen, tanto que suenan falsas- ¡Dóndestás lobo ferooooozzz!

-¿No que se iban a cansar?

-Parece que no. ¿No quieres ir?

-No, aquí tespero- y sonríe coquetísima y él vuelve a hacerle boca de pescado con la mano y parece arrepentirse y brusco se separa y ¡voy!

Escribo cada vez peor

Me quedé dormido en la cama de la derecha, la misma cama que es un ente vivo y transformable (mentira, sueño que estoy contigo), que un día es una superficie plana y otro (algo se traga al sol todas las noches, ¿no sabías?) es una auténtica Sierra Madre con sus montañitas y pendientes. La señora de los chicharrones y semillas ve series de anime conmigo. No no, qué digo, es mi amigo (Tito) y a veces me pongo los audífonos y no escucho nada, ¿será que me duele la cabeza? Hasta imagino que la sábana te extraña (¿o es que me duelen los ojos? Los tengo bien rojos). Sí, la historia se trata de que Dios se enojó y entonces pruuum, guerra y resplandor, bombas y cuerpos desperdigados (cuerpos solitarios, tristemente olvidados por los zopilotes). Creo que sí es la señora de los chich... ah la merga. Por la puerta acaba de entrar una sombra... pegajosa. Guac, viene deshaciéndose y a punto está de llegar a esta cama-Mystique... no lo logra. Una pena, se derritió demasiado pronto como para que me escame de a de veras. Ahora parece una caca en el suelo. ¡A la mergaaa! Es un ejército de sombras chicle derritiéndose. Entran una por una, formadas. Pienso en baldes de agua nulificándolas. Ppff, ha pasado la alucinación. Pero vienen más. Las espero escuchando a Sabina, removiendo las cosas de la cama (ahorita es la nube voladora) y alisando inútilmente las arrugas de la sábana, la misma que yo insisto te extraña. Ya veo las siniestras figuras escalando la baranda. Oh cielos, esto será un gran charco de seres imaginarios. Los compadezco y aún así el terror de a poco va subiendo a mi boca entreabierta. Quiero estar a tu vera, atino a suplicarle a tu cuerpo lejanísimo. Mis piernas tiemblan (¿será un terremoto?), el aislamiento me está poniendo loco. Todavía no termina, el astro rey se demora en su infinita sabiduría. Qué tranquilidad, qué parálisis para mi corazón. Chum, esto ya tiene demasiada rima. Girémosle. Ah sí, estaba yo... ¿dóndestaba? Carajo, me olvido tan pronto. No me quedan mostros para darte; además no me lo crees, piensas que lo invento. Vete a la mierda, entonces. ¿Exposciones de arte? De qué arte... desearte, querrás decir. Con patética precisión: boca, senos, nalgas, sexo. Duuu, qué aburridito. Masturbación, chaqueta, paja, auto amor, onanismo, oligofrenia, jalársela, hacerse justicia por propia mano. Nel, la justicia no existe, si no estarías retorciéndote en mi dolor, revolviéndote en dantesco infierno (como yo ahorita). Por jugar con mis pocos sentimientos. Venganza, cruel y agridulce venganza. Como el pollo chino. Hoy me dio mucho miedo morir, canté la de Farawell my black baloon. Te imaginé rígida, ocupada en representar a la perfección un rigor mortis maquillado. No me dio miedo eso, a lo más tristeza, mucha tristeza. Quise desangrarme y que me comieras en sabrosa morcilla con tortillas y salsa roja. Sin limón, por favor. Pero si es una limonada, joven. Y a usté qué le importa. A mí me importas, qué fastidio. Alivio para esta inquietud. Alivio.

Es mejor todo de madrazo

Es curioso verte desaparecer en mi cabeza, es curiosa la insinuación de lo posible, la línea que se extiende hasta el infinito, abrupta y plana. Y lo peor es que hay que ser gentil y soportarle con cierta dignidad, con “cantas” y “te doy la espalda para que me abraces”. También la mirada continua, hermosa y doliente, inalterable a pesar de los párpados, el ovillo de “estoy dormido y acurrucado” y la crueldad superlativa de “tespero”, la alharaca y tu silencio. Es curiosa la insistencia, la mar y los pecesitos, los esfuerzos inanes por perdurar y lo insoportable de “soy importante”, más aún cuando se presenta bajo malogrado disfraz de humildad. Una chacota por donde se le vea. La velocidad supersónica de mi pensamiento de ti, los interregnos de felicidad, espasmos terribles de un corazón ajado y somnoliento. La maravilla que se esconde en cualquier sitio, la búsqueda para calmar la sed de ser y saber y estar. Lo de “hoy no fui” u “hoy te marqué y no estabas”, todo sujeto al carácter volitivo de la fuerza invisible que nos empuja. No hay escape a la invalidez viscosa de lo absoluto ni a tu presencia chocolatosa cuando te sueño, ni a las etiquetas ni a “no quiero” o a la burda mentira de “quiero pero no puedo”. No se pueden evitar las palabras feas ni tampoco “no hay nada que desee más que estar contigo”. Punto

lunes, 5 de abril de 2010

Magnifier.

Porque podría viajar en el aire caliente o tomarme este vaso de clamato con cerveza que alucino me guiña un ojo. Podría mentirte, por supuesto, y corretearte e imaginar que estamos en una sabana planísima y que eres una gacela y yo un león o que eres una de bosta de res y yo un escarabajo pelotero presto a hacerte mi hogar habitable. Pero suena estúpido, forzado, incoherente. Y así es, las tres cosas, como cartas echadas al aire que se desperdigan sin orden ni concierto y luego esta eso de "cartografía del cosmos" o lo que dice Rosy Guevara y que yo a veces recuerdo muy bien. Las palabras que me dices suelen ser luego recuerdos vívidos inventados por mi imaginación, esta maldita imaginación gráfica con que me tocó nacer (¿te acuerdas que te platiqué de cuando imaginaba que te tirabas a toda la humanidad?). Vuelvo al principio de los círculos y casi sin querer vuelvo a encarrilarme a ellos, a repasarlos por masoca y por tarado, así que estás otra vez en mi interior. Podría acurrucarme entre tus brazos o simplemente dejarme caer, dejar que el fin empiece de nuevo o decir: "es hora de que nos vayamos yendo". Maldita sea, cómo quisiera que mis afectos fueran mutables, que no se quedaran tanto tiempo (¿linger on en español?), estancados, listos y dispuestos a arrancarme la calma que me barajo enfrente tuyo como si no estuvieras. Oh, Dios de los semáforos, líbrame de esta insidiosa sensación, de esta revoltura que no tiene pies, sólo cabeza medusesca de fiera intención. Líbrame sobre todo de las rimas. Ay, quisiera no hablarte nunca más, pero me llamas y hacia ti voy.

sábado, 3 de abril de 2010

¿Dónde estás?

No quisiera interrumpir tu insinceridad tan dulce en estos días y no obstante me veo obligado a decirte: cállate, por favor. Tal vez deseo, muy en el fondo, que desaparezcas un tiempo. De mi mundo, porque eso de la magia negra a lo más me llama la atención, pero me parece demasiado mal gusto esfumarte recurriendo a viejísimos encantamientos. Quiero un poco de alivio para mi cabeza, para mi corazón, y no hallo otro modo de lograrlo mas que desapareciéndote. Plis plas y ya no existes y no tendría que ensarzarme en pesados líos conmigo mismo, no discurrir inútilmente sobre las ventajas o desventajas de quererte (porque además es una estupidez, querer no tiene ventajas o desventajas, es más bien un estado de pérdida de equilibrio) ni lanzarme en imbéciles dilucidaciones morales y sobre todo, tendría enorme libertad de pensamiento (no me critiques de exagerado, considéralo un momento: relacionar cada cosa que pienso contigo es algo muy pesado y agotador). Maldita sea, esto no tiene ningún sentido y ni siquiera está bien escrito. A lo que realmente quiero ir es que quiero descansar de tu presencia, de la idea de que existes y de que eres bien importante para mí. Porque me harto, nada más por eso.

jueves, 1 de abril de 2010

Chururún.

You sent Death to me, but she hasn't come to pick me up yet. Thousand times you have cursed my name and I had beared it thanks to my funny spells. Now I am tired, lovely witch, fed up with your silent words and coarse disdains. You said you'd send me to hell and I'm still waiting to see your face (I hope you'll have the decency to cast your magic in front of me). Are you going to come soon? I can't be here forever (forever lasts so little), I can't call for you for so many days. Please, come and tear apart my body, end this painless misery. She, your friend, is too contemptous. Sometimes we hang around and have fun, but others I just don't want to be with her, she is a disruption to all dichotomies and I love contradictions. Don't you? Please, come, I want to be with you. Come to me! Or disappear, make your presence vanish from all the particles that surround this empty space. You can't keep your promises, can you? Drag me to the house you have in Antarctica, stop all this shit, all these lies, all this hypocrisy. Ya me fastidié.