El blog tiene como propósito nomás poder sacar mi obsesión por todo, no tiene mayores pretensiones. Entiendo que lo que pongo puede desagradar y que peca de simplista. Son cuentitos medio raros de gente medio simple. Por cierto, yo no hago literatura, yo hago cuentitos. Salut!
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Sent you to sleep...
Is it wrong, is it wrong to want to stay?
I can't take it anymore,
Because I know if I had the choice I'd never let you go,
Do you know, do you really want to know?"
(The Cranberries).
Quédate conmigo hasta que pase el horror, el vacío a mi alrededor, y si no quieres buscar pretextos para irte, entonces dame la única razón que ambos sabemos ya tiembla en tus labios. Mierda, ya volví a morderme las uñas. Pero la película lo ameritaba: la señora más fea del mundo plus la señora más mala del mundo, con su maldad tan sincera y tan inexpugnable. En verdad que todo me parece una tontería.
Informativo de la tarde.
El día de hoy, en medio de una hueva m o r t a l, hice algunos cambios y le metí un nuevo elemento al blog. Las modificaciones son dos: una, que es híper evidente, es que cambié la plantilla a un color azul casi psicodélico y la otra es que el orden del archivo del blog (la lista de entradas y eso) se ha invertido, es decir, ahora aparecen primero las entradas más viejas, para que las lean más o menos en orden de aparición, aunque no estoy seguro de que eso sea una mejora. El novísimo elemento es una opción con la que pueden "calificar" la entrada. Está justo debajo de la etiqueta del testo y quería ponerle como mil opciones, pero sólo me cupieron tres que me parecen no tan ambiguas: Máso, Qué Hueva y Me gustó. Quejas y sugerencias con su mami.
Ah sí, otra cosa. Hasta ahora me había negado a repartir la dirección en un acto de temor a someterme al escarnio público y un poco por egoísmo y un mero instinto de autopreservación. Pero daaaa, que sea lo que Dios nuestro señor quiera. Si gustan pueden rolar la dirección entre amigos y conocidos y demás. Y esto siempre lo di por sentado, pero creo que es mejor decirlo: si a alguien, por alguna extraña razón, le interesa algún texto para hacer de él alguna cosa (también misteriosa, tal como exponerlo para hacer una demostración de cómo no se debe escribir o cosas por el estilacho) puede tomarlo con completa libertad. Me caga ese asunto del copirait. Vale, itekimasu.
Epileptric Attack!
Me levanté de un genio desastre y no me dan ganas de encerrarlo en una lamparita, como sugiere mi mamá. Mi cabello es muy sedoso como en los comerciales de champús. Mi cabeza da vueltas como el mundo: sobre su propio eje y me siento taaaan agotado, mi cuerpo pesa toneladas. Muy grave este asunto, movimiento súbito y acabo en el suelo revolcándome, viene rápido Francisco y se burla de mí. Pinche epiléptico (me escupió). Pinche fenómeno (le dije yo). Ya no me dieron ganas de revolcarme y me levanto muy sucio. Abro la boca como imbécil, boqueo como pescado recién salido de la red. Recuerdo cuando fuimos a Janitzio.
¡Cuento cuento!
Tuvo un momento de distracción, mismo que yo, como chavo de mundo, aproveché para ponerme a las parejas con la susodicha Monada y la besé y le agarré el pecho, que no era tan firme como yo creía. Me dejó levantarle la playera y sus senos me sorprendieron de tan blancos. Estaban tibios y me puse a besarle los pezones que eran de dos cafés diferentes y estaban rugositos. Olía muy rico y su brasier era verde. Se estremeció y yo, como chavo de mundo, supuse que era por la excitación, pero pasaron dos minutos y hacía unos ruidos muy raros. Me incorporé despacio. Se cubría la cara con sus finas manos y descubrí que el estremecimiento eran sollozos. ¿Qué pasa? (Quise ser educado y comprensivo). Nada, es sólo que... y sollozos más violentos. No pude hacer nada y la abracé sin reacomodar su playera ni su brasier. Estuvimos así un rato hasta que se recompuso y se separó suavemente. Acomodó su brasier y yo traté de mirarla a los ojos, pero no pude: sus senos eran hermosos. No movió su playera. Se enjugó las lágrimas como niña chiquita y sacó papel del pantalón y se secó la cara. ¿Nunca te ha pasado que no sabes qué lugar ocupas en el mundo y te das cuenta y te da muchísima tristeza y no puedes sino llorar? (Para mí una sorpresa). La verdad no (le dije muy en serio). Entonces el mundo no es justo (yo pensé que estaba borracha). Lloró otro poquito, muy lento y sin hacer ruido. Su cuerpo se movía como si le dieran escalofríos y sus senos subían y bajaban. Me puse un poco triste, me hallé sin nada que decirle, sólo me daban ganas de besarla, pero ella se volteó y en medio de unas arcadas violentísimas vomitó todos los cacahuates y chicharrones que se había comido y ya no me dieron ganas de besarla. Se acomodó la playera y yo le pregunté: ¿quieres que te lleve a tu casa? (Estaba decidido a demostrar que yo era un chavo de mundo). Sí, por favor. La llevé al carro sosteniéndola del brazo y me sonrió. Me gustó esa sonrisa. Cuando íbamos ya en la avenida me iba diciendo muy animadamente algo sobre el reflejo de la luna y lo feo que era el alumbrado público. Yo me sentí muy animado también y le platiqué que cuando era niño quería ser maestro. Le sorprendió mucho mi confesión y como yo no había comido ni cacahuates ni chicharrones y como ella había vomitado todos le pregunté que si quería ir a comer algo. Algo en la cabeza le hizo clic y repentinamente me preguntó por los demás (es decir, los demás amigotes). Le respondí que se habían quedado allá. Lamentó no haberse despedido y aceptó mi invitación a comer. Pasamos por un restaurante chino con luces de neón rojas y entramos. Estaba casi vacío y para mi muy grande sorpresa estaba atendido por gente de ojos rasgados y chistoso acento eleseado. Pedimos fideos asados y pollo agridulce y res con verduritas. Comimos muy contentos y creo que puedo decir que we enjoyed ourserlves. Dejé una generosa propina. La llevé hasta la puerta de su casa y me invitó a pasar a tomar una taza de café y tuve que declinar su invitación porque no tomo café y ella pareció desilusionarse de mi respuesta, pero le dije que una taza de té estaría bien y volvió a sonreirme. Entramos a su casa y en su sala tenía unos animales disecados colgando en las paredes laterales, dos oso y un venado. Bueno, sólo las cabezas. Las de osos eran muy intimidantes porque tenían las fauces abiertas y una expresión f e r o z. Nos desvestimos sin prisa vigilados por los osos y no hubo penetración ni tampoco tazas de té porque se le habían acabado los sobrecitos. Me dejó besarle los pezones y ver sus calzones, que tenían unos búhos estampados.
Blanco.
Cada paso es un potencial hundimiento, la presión que detonará el macanismo de la mina terrestre, misma que explotará expulsando humo y tierra mientras mi cuerpo se despedaza y habrá lluvia de polvo y pedazos de carne chamuscada y algunos pedazos frescos, turgentes. Afortunadamente no estás instruida en el peculiar arte de Isis por lo que los gusanitos comerán carne asada (¡qué manjar es éste!, gritarán, ¡qué considerado de su parte!, dirán a media voz, ellos que no están acostumbrados a ese tipo de banquetes) y aún si dominaras ese arte yo me rehúso a andar por ahí sin pito.
16 de Marzo.
Yo en tu cuello y en tu abdomen, en tu oscuridad (que me hace brillar), yo destrozado, regados los pedazos de mi inhumanidad por doquier, expuestos a los animales de carroña. El dulce en tu boca y la amargura en mi cuarto (que viéndolo bien no es tan pequeño). Yo y mi corazón que es una fogata apagada, pero que de vez en cuando arde unos momentos. Creí en él, le dije te alimento, aquí tienes hojas, mas no me hizo caso y se fue a tomar agua argumentando sed. Después vino el hambre y el no saber quién es, quiero destruir el tú que me habita, desespero porque no me quieres, me siento muy mal, ¿qué sentido tiene querer cosas que no se pueden alcanzar? Quisiera fluir en vez de desplazarme. Yo en tus días (aunque no me ves), yo sin boleto en tu vida, con muchas ganas de quedarme, con ninguna posibilidad de que voltees y digas yo también. Yo en tu cuello y en la desgracia de ser yo, tan estúpido, tan fatuo, tan invisible para tus ojos...
Ni idea.
No te mueras que aún te deseo. Si huyes por el pasillo de los ojos rojos a lo mejor te topas conmigo, pero prometo dejarte pasar aunque en el fondo quisiera atraparte. Y si llegas con los labios derretidos y las manos hechas de caramelo voy a besarte hasta que se acaben. ¿Por qué no recorrer tus piernas como el agua? ¿Por qué no dormir en tu pecho como almohada?
Sin fecha.
Pongamos que el reloj ya no dará más vueltas y que tienes la oportunidad de nacer de nuevo para cometer los mismos errores. Pongamos que los amantes que se refugian en el descanso de las escaleras que llevan a mi casa no van a darme envidia, que no voy a ponerme triste ni a sentirme herido y solo, que no va a darme miedo caminar entre la gente. Pongamos que no voy a olvidar, que vas a venir y que muy a tu pesar volteaste y encontraste algo que te gustó, que no voy a ponerme estúpidamente celoso de todos y por todo. Pongamos que me perteneces y que bebo del río que fluye en tu cuerpo y que emana de tu boca, que las mariposas negras y malolientes que se descomponen en mi estómago cuando te veo no incubarán más y más huevecillos, que las mil sierpes de mi cabeza medusa van a mirarte para convertirte en piedra para que pueda verte a mi antojo sin sentirme apenado, que los soldados pez van a secuestrarte (y no por orden mía sino por antojo) y te llevarán a la corte de su rey loco, un tiburón que come arrecifes. Pongamos que eres tan hermosa como un triste acorde de guitarra arrancado a los pordioseros que tocan en las calles, que prefieren que tú les sonrías a que les tires una moneda. Tocaré mi triste y tonta tonada para ti, pondré la gorra y quizá, si tengo suerte, tocarás mi mano. Pongamos que voy a sentirme cálido, que va a llover sobre nosotros. Pongamos por segunda vez que te...
03 de Mayo
Cuando no estaba sobrevolando cielos límpidos y diáfanos corría o caminaba por estrechas y miserables callejuelas o se perdía en callejones que siempre tenían salida. Y es que quién necesita del mundo cuando se puede morir a cada rato, sin complejos, si se puede fluir en el intenso silencio o bien viajar elevado por un enjambre de las libélulas resplandecientes de la música. (Te invadió y se enroscó en tu cuerpo en forma de olor dulce y persistente, qué puede hacerse cuando enfrente se tienen las alas de Ícaro, que en vez de plumas están hechas de desechos industriales). Hasta que se encontró de frente con la libertad y un terrible miedo le sacudió las entrañas. Tenía ganas de vomitar tanta destrucción, el asco escaló por su garganta y salió mutado en grito. Frente a esa larguísima línea blanca e interminable, peor que cualquiera de los laberintos que solía deambular prefirió sentarse y llorar desolada. Ja, mentí y mentiste. Se acercó un perro color verde, un perro árbol, a hacerte sombra y a lamerte la mano ensangrentada; la luna había estado roja, pero se fue. Te cortaste con tu contradicción y mi sinsentido (¿de quién demonios es esto?). Es como si todas fueran una misma, como si mi estupidez no importara y no me doliera estar aquí. Quisiera arcilla para modelarte a mi antojo y verte mojada. Mi inseguridad dará vueltas como las llantas de carro que empujábamos por las escaleras y volveremos a interceptar a los transeúntes poniendo redes de sedal o cintas de caset, minaremos los caminos con juguetes, destruiré lo que traigas entre las manos, tus hondonadas quedarán anegadas de fluidos extraños, de colores chillantes, destrozaré tu cuerpo imperfecto, mis velas de luz negra te alumbrarán hacia ningún lado, con toda la ansiedad que me provocas navegaré tus turbulentos mares. Y no voy a pensar que te mato, ni ahora ni nunca. No es verdad, sí voy a pensar que te mato.
Las creaciones inconcretas.
martes, 29 de diciembre de 2009
Sí ya ni modos...
Yeah, beibe.
Bernie and da tecnoloyi.
Lo que sí es muy cierto es que un día, revisando mi lap, hallé en la parte de abajo un loguito como de tres olas y un orificio pequeño y yo asumí que había que echarle agua para aquello de el enfriamiento. Le echaba lo de una jeringa hasta que me dijeron que no mamara. Pero no se chingó ni nada, aunque ya no le echo, por si las moscas.
lunes, 28 de diciembre de 2009
¿Por qué no lloverá?
Uno se halla cada cosa...
http://www.musicapacheca.com/, un blog sin desperdicio, caramba, yo quiero uno así). Lo curioso es que el post es de un señor del que nunca pensé que volvería a saber: Hugo García Michel. Sí sí, el director de la desaparecida La Mosca (aún lloró por su desaparición, esa revistuca prácticamente formó mi gusto musical aunque al final sí estaba muy pinche), lo que me sorprendió y no por otra cosa sino porque reafirma la idea de que el mundo es un pañuelo moquiento.
Aaaaaah, sí, claroooo. ¡Felices Fiestas! (Las que quedan, porque ya es un poco tarde. Jodeee, ya empieza el 2010 y ni me di cuenta de cómo es que se acabó el año O_O).
viernes, 18 de diciembre de 2009
Trago monedas desas viejas...
Berthe Trépat.
- ¿Y a dónde piensas ir, eh?
- Tengo que ir a recoger unas cosas al Impala.
- Ahhh, ¿y no me llevas?
- Mmmm, pues si quieres venir... - y ¡zás!, se le prende el foco.
- ¿Me quieres llevar a un hotel?
- Si quieres venir...
- ¡¿Me quieres llevar a un hoteeeel?!- qué bien finge indignación.
- Si no quieres venir no vengas y ya- ni siquiera se molestó en escuchar ésto último, ya había entrado en su papel, me miró resentida, apretó los labios y meneó la cabeza.
- ¡No puedo crees que hayas querido llevarme a un hotel! ¡A mí, a un hoteeel!
- Ayy, chingado, tú me preguntaste si no te llevaba- no me hacía el menor caso.
- ¡¿Oyen, señores, lo que dice este vago?!-
Me hubiera gustado que usara "sátrapa", apenas ayer se la había enseñado y aún no la había usado. Por lo demás, nadie pasa por la calle. ¿Quienes son los "señores"?
- ¡Quiere llevarme a un hotel! Pero quién te has creído que soy- agaché la cabeza y el cabello me cubría la cara- A mí no vas a tratarme así, canalla, yo soy una joven de-cen-te, ¿me oyes?, tengo buen apellido- manotea.
Pienso en lo de ayer. Quedamos de vernos a las tres, discutimos un poco porque yo quería ir a ver una obra de teatro y ella no, dijo que tenía "algo" planeado. Quedamos de vernos en el quicio de mi puerta (porque en el suyo no da sombra), en el segundo escalón (siempre el dos)a las tres con cinco. Salí con "Los Once de la tribu" aunque sé que le caga que lea en su presencia. Quizá precisamente por eso. Esperé un rato leyendo y volteando de cuando en cuando a la calle para ver si venía. Jugué con mis llaves, conté los árboles (17) varias veces, caminé hacia su casa, me detuve una cuadra antes, regresé a mi quicio, vi pasar 4 carros rojos, 3 azules, 1 negro y 1 gris. Leí otra vez, caminé otro rato, fui por un vaso de agua (corriendo). Las tres cuarenta y tres en el reloj de la compu. Cuando estaba tomando agua escuché unos pasos, salí corriendo. Por fín, pensé, pero no era ella. Una niña vestida de naranja, moños, zapatitos blancos, calcetas blancas. Una vecinita que llora por todo. Qué fastidio, y se queja siempre de que yo soy impuntual. Leí el segundo capítulo. La sombra amenaza con irse, debe pasar de las cuatro, ¿irá a venir? Mira, qué cagado, el Villoro le va al Necaxa. Pfff, la sombra cumple su amenaza, ya está muy cerca la luz.
Vinieron Tito y Tacha, que iban al cine y a comprar unos tenis. Fui con ellos después de pensarlo sin decir nada. No quisieron pasar por la librería, Tacha más que nadie.
- ¿Y ahora a dónde vamos?
- Por 'ai, tú vente- anduvimos vagando, haciéndonos pendejos nomás. Me agrada eso. Pasamos por una cancha de pasto sintético y vimos un segundo tiempo aburrido, nomás un gol de los de verde. No compraron los tenis, quedaba lejos. Qué risa. Nos vemos luego ¿no iba a venir Char? No sé cámara sobres. Fue divertido.
Y vino a reclamarme enfadadísima cuando le conté que me había ido con ellos.
- No jodas, pasaba de las cuatro.
- Y eso qué. Te hubieras esperado aunque se hiciera de-no-che.
- ¿Para qué? De seguro ni viniste.
- No, no vine.
- ¿Por qué? ¿a dónde fuiste?
- Qué te importa, no eres mi mamá.
- ¿Entonces por qué me estás chingando? Tú me dejaste plantado.
- Ajhá- me emputa su ajhá- pero te fuiste a divertir, ¿que no? Ahhhh- y hace un gesto de desesperación- te hubieras quedado triste y sólo porque no vine, no hubieras hecho nada, hubieras pensado que sí iba a venir aunque fuera a las 10 de la noche. No tenía derecho a irte, ¡era mí tarde! No tenías derecho a salir y mucho menos a divertirte sin mí. ¡Me hubieras esperado!- y hace berrinche y se le aguan los ojos, manotea, me pega en las manos, me pellizca. Silbo, para castrarla aunque en el fondo estoy contento, significa que soy importante o algo así, no estoy seguro. Se calma misteriosamente. Siguió diciendo que la hubiera esperado, que cómo era posible, que no tenía palabra ni modales, que no tenía derecho etece.
- Ahh, chale, ya me voy...
- ¿Y a dónde piensas ir, eh?- y el blablabla ese de su dengue. - Tengo buen apellido...-
Un par de señores, uno de ellos encorvado, pasaron y se detuvieron. Uno de ellos preguntó amable:
- ¿La está molestando, señorita?
- No, no se meta, por favor- eso me da taaanta risa, su por favor enojado es de lo más cómico. Los señores se miran no sabiendo qué hacer, vacilan un leve, pero Sofía los mira fúrica y al final se van indignados meneando la cabeza (qué meneo, qué meneo) y murmurando. Chingaderas, de seguro, del estilo de "esta juventud de ahora, en nuestros tiempos blablabla..." Pienso que cuando llegue a viejo también diré cosas del estilo, pero qué decadencia, malditas brechas generacionales.
Empezó a decir no sé que madres, rápido rápido. Se puso roja y, cosa cagada, empezó como a revolotear dando vueltas y haciendo aspavientos (me gusta "aspavientos"). Yápata yápata yápata. La agarré y me la puse al hombro como cargando un costal. Lo bueno es que es liviana porque el Impala no queda tan cerca. Pataleó y me pegaba con las manos abiertas.
- ¡Que me bajes te digo! ¡Bájame bájameee! ¡Estamos haciendo el ridículo!
- Querías ir, ¿no? Pues ahora se chinga, jovencita.
Pataleó todavía un rato, pero sin fuerza, por puro compromiso. Se calmó y su cuerpo se estremecía. Ya valió madre, pensé, ya está chillando. Pero se estaba riendo. Y su estómago cálido en mi hombro, su cabello en mi brazo. De veras que es liviana. Pero yo no pensaba en ella, no era ella la que había hecho el dengue afuera de mi casa, era un realidad un robo a la Berthe Trépat de Cortázar. Y me pareció triste.
El de allá.
Es preferible borrar todo...
En verdad me da miedo, más bien me aterra. Qué pavo. Es una cosa absurdísima porque me pongo tan contento que no sé ni que pedo. No puedo evitar sonreir como imbécil cuando pienso en ti, aunque a veces también me pongo triste. Es mi estado de lasitud hiperactiva (no hallo otra mejor deficinición, si bien contento también podría entrar ahí) más prolongado. Qué raro, ¿no? El pedo es que todo esto que siento y que me pasa se pierde, se va a ningún lado. ¿Para quién chingados sonrío si no estás? Le sonrío a lo que me pasa, a esto tan extraño y tibio. Pero quien sabe (soy el chico de los peros, siempre lo he sido), a veces me entran celos enfermizos o una necesidad pesada pesada de verte. Es entonces preferible no pensar en la posibilidad. De tenerte y no tenerte, de poder besarte y no poder, de poder tocarte y no poder. Que pinche necedad masoca la mía. Estoy, como dice la canción de Nacha Pop "en ese lugar donde nacen las semillas de lo absurdo y lo genial". Todo es una putadaaaaaaa. Me entran mis ataques fúricos también. Es como leer un pinche libro de Cortázar sin saber gíglico y te das cuenta de que el gíglico no existe demasiado tarde y ya te quebraste la cabeza tratando de descifrarlo. No sé no sé. Nada. Desconfía de mííííí. Nunca confíes en mi contento, es cuando hago más idioteces.
Me parece que estás lejanísima, como andar en un viaje psicotrópico, muy muy loco. Un viaje cósmicooooooo. Tralalá. Como comer gorditas de migajas con queso escuchando King Crimson, así, muy bizarro. He estado recordando sensaciones viejas, otras personas, otros tiempos ya idos para toda la eternidad. Baaaaa, la eternidad no etsiste, no podemos concebirla y sin embargo la nombramos. Chale, ni la música triste me pone triste. Mi locura, mi paz y no hay ni merga de alivio, ni cómo estar tranquilo. Mi alegría sin ti es terrible, muy pendeja me parece.
Todo al traste laaaaalaaaaalaaaaa. Me revuelvo, le doy vueltas en mi cabeza a una tacita de té con bolsita, como desos McCormick. Me gusta el de manzanilla.
Bernardo (que se regala a ti como regalar una paleta en San Valentín).
jueves, 17 de diciembre de 2009
Y yo por qué, dijo Jox.
Historia de un taquero y una fuente.
Dejo mi ventana abierta para que entre el aire y por si te quisieras aventurar. Me describo con enfermiza insistencia, describo y describo a Sofía, una y otra vez, veo en nuestros gestos la vida. Describo (y escribo) para asegurarme de que existimos, que somos reales y no un vil invento de la fantasía de alguien más, que somos seres tangibles y que habitamos un espacio, que arañamos las paredes del mundo y que salimos también arañados. Ésta historia, ya sabes, es de cómo perdemos, cómo somos iguales y cómo somos tan distintos. Me pierdo y no me encuentro, pero siempre nos busco, en la boca, en los dedos, en las imágenes, en los momentos felices y en los que me ponen triste. Todos en éstas páginas existen. Quizá, como tú ya lo haces notar, no puedo dejar ir el pasado, me describo tanto porque soy egocentrista y hedonista. Pero también tienes que considerar la posibilidad de que lo haga porque necesito existir para alguien, pensar que al menos por medio de palabras alguien me conoce. Sí sí, ya sé que te suena a falacia porque no quiero enfrentarme a mí mismo, porque me da miedo la verdad. Y tienes razón, todo me da miedo. Piensa, por favor, que tal vez quiero hacer notar a los demás que valgo, que soy importante, que puedo ser divertido, que existo. Que quiero que me quieran.
Fui con Raúl a comer tacos a la plaza a la que casi nunca vamos. No sabíamos qué comer y yo pregunté qué quieres.
-No sé, lo que sea.
Decidimos por un señor que tenía gorra de los Raiders. Nos sentamos en las baquitas de metal y cuando apoyé los brazos en la barra noté algo raro, pero no supe qué. Siempre me ha gustado el huevo con jamón por las mañanas (sobre todo si hace frío) y ver a los taqueros hacer tacos. Seguimos platicando de no me acuerdo qué y pedimos:
-Tres de tripa y dos de chorizo- pidió Raúl.
-Yo le encargo tres de tripa y dos de suadero, por favor.
-¿Con todo?
-Sí- dijimos los dos.
Empecé a notar que los salseros y los trastes con verdura estaban perfectamente alineados y limpios, sin cebolla ni cilantro en los bordes, sin salsa derramada. Luego vi que el mandil tenía muy pocas manchas y que el señor estaba perfectamente afeitado. Ponía las tortillas muy juntas, una encima de otra y me pareció que le echaba calculadamente la misma cantidad de carne a cada taco. Su comal estaba ordenado por carnes, ni un pedacito de tripa en el bisteck, ni un pedacito de chorizo en el suadero, la cebolla muy en su lugar en una esquina, acomodada en cuadro. Cuando partía la carne le daba los mismos machetazos, cuando sacaba del pastor parecía medirlo. Conté los golpes, ocho cada vez. Y no es que le echara poquita carne, es sólo que parecía muy igual. Había también una señora ayudándole y un chavo muy moreno, los tres muy limpios. El señor tenía canas, su camisa era azul cielo.
-Aquí están, joven, tres de tripa y dos de suadero y tres de tripa y dos de chorizo.
Todos los limones estaban boca arriba (¿los limones tienen boca?). Me le quedé viendo un rato, sus manos limpias, su comunicación seca con la señora, su gorra que se veía limpísima, dividiendo se carne en montoncitos iguales, quitando un pedacito aquí, una allá, su pala limpia de mango rojo, la torre derechita de las tortillas, su media sonrisa.
-¿Qué? ¿no te gustó?
-No, no es nada- reaccioné.
Raúl los invitó.
-¿Cuánto va a ser?
-¿Todo junto, joven?
-Sí.
-A ver, 10 tacos, ¿refrescos?
-Dos- en su refri las hileras estaban perfectas, dos de cocas, naranja, toronja, manzana y sangría y abajo las aguas, a la derecha las chicas, luego las medianas y luego las grandes.
-66 pesos, joven.
-Pues estaban leves- dije cuando ya nos íbamos.
-Sí.
Nos quedamos platicando un toque, sentados en las bancas de adoquín. No puedo recordar sobre qué hablábamos, pero sí que reíamos a cada rato.
-Mira ese morro.
-¿Cuál?- preguntó.
-El que está sentado en el borde de la fuente- en esa fuente hay unas estatuas de perros que echan agua por la boca.
-¿El de suéter azul?- asentí- Ajá, ese qué.
-No sé, me dan como ganas de empujarlo para que caiga al agua.
-Jajajaja, no mames. Sobres, nos vemos mañana.
-Sobres, gracias.
Todavía me quedé un toque sentado viendo al morro platicar con, asumo, su novia. Se reían y se agarraban de la mano. Los tenis de ella me gustaron, azules con rayas blancas. Él traía un suéter azul chillón y un pantalón casi negro muy ajustado. Tendría unos 16, el cabello corto y relamido con gel. Juuumm, suspiré y caminé hacia ellos. Se calaron y me voltearon a ver.
-¿Qué pasó?
-Mmmm nada- y lo empujé con una mano, despacio. Hizo aspavientos, cagadísimo, queriendo recobrar el equilibrio, luego dio un gritito agudo y se oyó el esplaaassshhh. Su noviecita lo vio y me vio y le dio el brazo. A mí me dio la impresión de que sucedió muy rápido. Había un leve de gente y como el morro empezó a gritar vinieron, arruinando el momento.
-¡Pinche estúpido! ¡¿Qué te pasa, pendejo, eh, eh?!
-Por qué lo aventaste- me mira. Es la niña, enojada y sorprendida.
No digo nada, acaso sonrío, me quedo inmóvil disfrutando enormemente sus caras de estupidez e incredulidad. El niño se sacude.
-¡Contesta! ¡Yo no te he hecho nada!- como no contesto sólo me miran, sé que no tienen idea de qué pasa. Sigue con los pies adentro de la fuente. Es cagadísimo, empieza a temblar y decido que es momento de irme. Ya hay un montón de gente pendeja y metiche alrededor. Camino entre ellos y alcanzo a escuchar yasevayasevaquépasó. Me da risa y sigo caminando. Pobre niño, tragado por la multitud sin tener ni la más remota idea de qué es lo que acaba de pasar, mucho menos el porqué. Yo comparto sus dudas. Cuando paso por la miscelánea se escucha esa canción cagada de: “Soy tan baratoooo, ooooh, que nadie me quiere compraaaar”.
Despedida.
La voz de contestador.
Imagino una mano gigantesca que agarra un hoyo negro y lentamente se lo lleva hasta la boca de dientes blancos.
-Deja pasar el primer momento y llámame en la mañana porque no voy a estar y quiero. Por favor no fumes que quiero besarte, luego si ya no te apetece el desayuno, ven a mi casa, te hago unos jótqueics con mermelada. No se te olvide cerrar la puerta ni borrar este mensaje- y sonó el biiip de la contestadora. Lo había escuchado en la mañana y no le pareció importante, le dio borrar y la voz de despertador con su insoportable acento español gachupa le dijo: usted-tiene-cero-mensajes. Con qué crueldad imaginó los mensajes y sus codos sobre la mesa y pensó que era ridículo. Debió sacudir la cabeza para olvidarse y dio el pie:
-No, el señor de Ocaña ha dicho que no puede hacerlo sino hasta mañana...
Trató de no pensar más, de concentrarse en la obra, de no mirar hacia el público, de decir bien sus lineas. Siguió el silencio y miró a su compañero mover la boca, pero no lo escuchó. Qué pasa, porqué no hablas, quiso decirle con la mirada y carraspeó. Su compañero lo miró como esperando algo y se movió hacia la derecha. Qué raro, no pudo escuchar el sonido sobre el tablado. A lo mejor se le olvidó, a veces pasa. Y dijo otra vez:
-¿No me ha escuchado, caballero? Le he dicho que el señor de Ocaña no puede hacerlo sino hasta mañana.
Su compañero movió otra vez la boca, pero escuchó nada. Pensó que el otro tartamudeaba y Eulalia, vestida de campesina española del siglo XIX, pasó justo al lado de él y lo pellizcó en el antebrazo. ¿Qué chingados les pasa? Sin poder evitarlo volteó al público y vio el desconcierto, la expectación. Caminó hacia Alfredo, vestido con su traje de cortesano y le dijo bajito:
-Wey, te toca, porqué chingados no hablas.
Y Alfredo gesticuló y caminó hacia el otro lado del escenario. ¿Por qué no escucho sus pasos? Caminó y no pudo escuchar sus propias pisadas. Dio un golpe fuerte y seco al entablado y nada. “Deja pasar el primer momento y llámame en la mañana...” Al diablo esta estupidez. ¡Alfredo, háblale a Rodríguez! gritó y se bajó del escenario. La gente lo miró y trató de averigüar qué pasaba y seguro murmuraban y reían y se levantaron de sus asientos. La compañía lo rodeó y era notoria la prisa, la sorpresa, los labios moviéndose rápido, los brazos levantados, Rodríguez casi en su cara, escupiendo. Trató de leerles los labios, pero le pareció muy absurdo. “...porque no voy a estar y quiero.”
-¡No puedo oir nada!- y Rodríguez saliendo a pedir disculpas al público o a conseguir un doctor.
-No, no tengo nada, quítense, sólo no puedo oir- se formó un semicírculo alrededor y se miraban unos a otros, apreciativos, moviendo la cabeza no no no y Francisco riendo, a saber porqué. Rodríguez regresó, rojo y de seguro mentando madres.
-Y a media pinche obra, hombre, con la sala llena. Cómo va a ser, si nunca le había pasado.
-Y qué vamos a hacer, la gente ya se va.
-¿Ya llamaron un doctor?
-Fue Eulalia.
-Cómo va a ser, hombre, y tanto que habíamos ensayado.
-Pues a mí no me importa mucho, todavía ni salía.
-¿Crees que sea grave?
-Yo que sé, hombre, a lo mejor nada más está aturdido y se le pasa. ¿No ha dicho nada?
-No, y mira que le hemos preguntado.
-Cómo eres bruto, pues si no escucha nada.
-A lo mejor nomás se hace pendejo.
-A ver cómo le hacemos, esta función hay que recuperarla mañana. ¿Ya, Eulalia?
-Sí, que lo mandan ahorita. No me preguntaron qué tenía.
La conferencia a su alrededor y ya ni se molestó en tratar de leerles los labios, los miraba alternativamente, sin ganas. “Por favor no fumes que quiero besarte” ¿Y si resulta que es lo último que escuchó de ella? A veces quisiera ser sordo, pero entonces no habría música y daría al traste con todo. “No olvides cerrar la puerta ni borrar este mensaje”. Qué bonito pronuncia jótqueics.
El reinado del terror.
Éste también es de una clase con Selene. Es que me inspiraba, qué bárbaro.
Eres el holograma de un futuro apocalíptico. Contabas un cuento con tal descaro que de inmediato me gustaste y ni qué decir de tu voz robótica, tan metálica y suave. El mundo no va a acabarse, contabas, y pensé: baahh, qué tristeza. -¿Somos pues eternos? - pregunté sin poder evitarlo, pero tú me ignoraste sacando el tema de las armas. Ya no usamos armas ruidosas ni violentas, somos un mundo pacífico y bello ¡alegraos, hombres del pasado! Pronto habrá paz, todos los problemas quedarán resueltos. Como no queriendo la cosa informaste de cómo se lograba esa paz social. Estamos todos unidos bajo un sólo gobierno que se hereda de padre a hijo. Al momento de nacer se le implanta a cada individuo un microorganismo que es controlado por eficientes autómatas. Si un individuo comete algún crimen grave, el microorganismo es destruido y el individuo silenciado, pagando así su deuda con la sociedad. No hay cárceles ni contaminación, hemos logrado la paz absoluta. -¡Un puto y verdadero asco!- grité -¡El reino del terror absoluto! No seremos dueños ni de nosotros mismooooos- aquí pensé en que no lo somos ahora, pero lhaaaa. Nadie me escuchó, todos gritaban de emoción (o espanto). Ya no me gustastes tanto. Y lo más extraño de todo es que cuando yo silbé (la canción de Wild World), tú silbaste (pero la de Here comes de sun).
Éste es de una clase de Selene T_________T
Tenía un sillón re divertido.
¡Necesito liberarme! (“Y mientras yo recibo tu llamada y tú no dices nada pensando que yo no sé que estás ahí”). I blushed because you blushed, then we both laughted because you were so ambarrased. Mi mano se duerme y mi pie derecho también. De repente la fuerza de mis dedos sale a pasear a algún sitio desconocido (alguien grita: ¡Yo soy un desconocido!). Diablos, siempre me voy chueco (chueco rima con eco). Ahhh, ya no es divertido. En algún momento va a dolerme la cabeza y vas a mofarte de mis ganas de verte. El tiempo se refiere a ti como mil espejos superpuestos que se reflejan uno a otro infinitamente (o eso parece). Te gustaba ir a que te cortaran el cabello para ver a los espejos hacerse más chicos y porque tu mamá decía que los ojos te cambiaban de color. ¿Estás cansado? No, mi corazón late más rápido o más lento, según le plazca (es como un tirano que gobierna con demasiada flojera). ¿Estás triste? No, es que no tengo nada que hacer y no puedo poner mi mente en blanco. ¿Estás enojadito? Mmmm, quizá. No, no en realidad. Me quiero pirar, enloquecer cerca de cualquier lado tuyo, pero el problema es que nunca se está cerca tuyo, es como cazar rayos de luz. Deja las analogías, ¿ahora sí estás cansado? Sí, un poco. No, más bien adormilado. “Pues yo no te creo mucho”. Había un cuadro chueco que me obsesionaba. Lo quería acomodar, pero el chiste y el arte del pinche cuadro era justo eso. También había un reloj que marcaba siempre las 4:23 pm y no estaba descompuesto, era que su dueño pensaba que era una buena hora para vivir (¿y morir cuándo?). El reloj hacía toc-toc, tocando a la puerta de un latiente sandwich de queso con salsa roja que se estremece a cada respiro como la casa del niño de la película Bienvenidos a Belleville. ¿Ahora sí estás triste? Aún no. Había un sillón color crema (quizá fue blanco alguna vez, pero le va bien el crema) en perfecto estado, con su respaldo y esas cosas donde uno pone los brazos muy brillosos. Daban ganas de salterle encima o de usarlo de mecedora o de quedarse dormido ahí. Tenía un extraño tejido circular y triangular. Dejé que me dominara la mente. Una cucaracha pasó rápido y se quedó inmóvil un instante. Me vio, estoy seguro. Era bastante sorprendente. ¿Ya estás enojadito? No, hastiado por tus pendejadas. Había ruidos apenas perceptibles y un haz de luz. Es curioso como la luz crea una columna de polvo dorado que se mueve lento. Quisiera regalarte un haz de luz para que hagas dorado el polvo o esa materia que flota tan inconciente. Y si le pasas la mano se forman torbellinos y se acelera el tiempo. No sientes al polvo como algo “sucio”. No querías moverte para no interrumpir la calma y la lasitud y esa sensación de vacío y paz.
Este ahuevo que es cuento.
En un severo ataque de soberbia y autosuficiencia:
Soy, niña, tu estatus en el facebook, los garabatos y dibujos en tu cuaderno, algo que hacer por las tardes cuando no hay nada más, un motivo de sorna entre tus amigas. Soy tu necesidad de querer, de imaginar a alguien. Mientras te dure va a ser igual, seré esto o aquello, para el sistema soy un número, pero para ti no soy yo, soy otro, uno inexistente. Soy el pretexto de tu edad, la necesidad social de que los demás te sepan enamorada, una válvula a tus enfados, algún pensamiento disuelto, colado por ahí, algo en que pensar, perdido en tu memoria, tus preguntas sobre sí o no. Soy Bernardo, pero no lo soy para ti.
Y ya que ando en eso de poner bestialidades...
They will be leading horses galloping across the street. “Last night all the horrible thing in life stormed through my dreams, and I just want to shut it up, shut it down, or shut it off”. Fue de explosiones y huesos rotos (¡crac, mi amor, crac!), sin sangre y angustiante. Aún no puedo sacarme de la cabeza tu imagen. Wu teniendo sexo (con x). A lo mejor nunca podré sacarla o quizá grite en plan epicúreo: ¡tienes que salir, muchacho! A buscarle tres pies a las gatas, a decir corriendito o ¿por qué no te vas? E invitar a mis amigos imaginarios a una fiesta imaginaria bajo el agua (en una cubeta) y esperar el plash plop y contar los latidos de mis sienes, uno a uno, sin conocimiento de causa y luego aburrirme terriblemente porque por más que pienso e imagino no te siento comigo, estás teniendo sexo con Juan de la Chingada y ¡sulfuro¡ ¡sulfuro! Como un demonio recién salido del horno del Vaticano, presto a huevonear por la tierra, sin más propósito que espantar. Vivir en un constante mareo, girar girar girar, como una roca cuesta abajo y ¡crac! (más más), estrellarse contra un muro granítico y decir: Hola, qué amable y quizá decir gracias como sólo yo sé hacerlo: con voz apagada y apenas audible. ¿Y si el muro no es granítico? Girar girar girar, vivir en un constante mareo. Qué risa, qué meneo. Se acabó. Paf. Esconderse de la sombra y... nada, ¡quitarme ésa imagen de la cabeza! Contrarrestar el efecto de la desvelada con un paseo en patines calle arriba, jadeando como tarado o como perro y enseguida poner un disco de Real de Catorce y viajar por espacios ignotos de interregna condición donde todo sea posible, hasta volar sin atorarse en el cableado público y reventarse como bomba de tiempo para luego reconstruirse, átomo por átomo, palmo a palmo, hasta ser un dinosaurio, un ornitorrinco, un álbatros o ¡super! Un super héroe taradito y sin chiste y sin traje y comer cucarachas asadas con salsita de tomate verde y girar girar girar, vivir en un constante mareo. Guacarear los viernes por la mañana y algunos martes aburridos, expulsar las tripas en un menjurge humeante y en el colmo del delirio salir de este laberinto, leer periódicos embarrados de sangre e iniquidades y arrojar... arrojar lo que sea. Viajar en un propulsor de único compartimiento a Gamínedes, a Ceres o a cualquier luna de Júpiter o a Neptuno, donde hace un chingo de viento y frío. Probar la calidad del asbesto industrial sin tapabocas o el asfalto con los cachetes, escribir en la tierra con saliva, merodear más que andar los espacios, no sentir nada y ser inconciente y no mirar nada alrededor. Ya no girar girar girar, vivir del constante mareo, mejor girar girar girar, acabar con tanto guacareo. Un escupitajo en la cara que resbala lento y viscoso.
Puse "Book of Saturday".
05-Julio-09
El futuro se cocina en un sartén lleno de aceite, hace ssss como una buena papa frita y no se decide si ser una papa frita o un puré super grasoso. Mientras él se hace retuerce yo voy caminando hacia ti, quizá muy despacito, a trechos muy aprisa. Te miro lejos, como el sol inalcanzable, te miro cerca, como mi brazo extendido. Estás en algún sitio y el futuro sigue ahí, plausible, en su sartén y yo canto la de Charly García: “por eso yo no voy entren, voy en avión, no necesito a nadie a nadie alrededor”. Y entonces ¡bam!: movimiento en falso que le da al mango del sartén que se vuelca derramando el aceite que quema mi cara y en medio del ardor el futuro queda flotando, suspendido como una papa frita en el espacio sideral y yo sigo gritando mas no hallo qué hacer porque también estoy flotando y no me puedo asir a nada. Qué cosa tan terrible, tan terrible, y estamos a miles de kilómetros de distancia, un oceano de por medio y no por ellos me siento más lejos, pero no deja de ser cagado. Todo se convierte en un movimiento en falso, como caminar sobre un suelo infestado de hormigas y no querer aplastarlas y entonces se da el primer paso de puntillas y se escucha un crujido suave y acolchonado y hállase después a un niño saltando como loco buscando ese sonido hasta que se cansa y hay montones de puntitos inmóviles en el suelo y jadea y mira lo que ha hecho y se arrepiente y además el crujido se ha ido porque estaba tan concentrado en saltar que se le olvidó. Tanta muerte, tanto movimiento en falso para nada. Es que uno va por ahí pensando que los nombres tales como Soponcio, Martirio, Benito (¡eeeehh, Benito, our son!), Herculano, Margarita, Telésfora, etece, son aceptados pero no bienvenidos y se espera un día poder gritar: “¡Encontré una epstraterrestre!” sólo para darse cuenta de que uno mismo es el chingado extraguau y que todos son de otro planeta y que el encanto se va por la coladera. Encanto es la palabra que tira del gatillo del pensamiento, como un hilito que se rompe, de ti desnuda. Sí sí, una cosa puramente sepsual, pero que me enternece hasta los huesos, como si tu desnudez te hiciera más y más vulnerable. Qué pavo, ya te has puesto la ropa y yo me voy a ensayar. Jo.
"All completeness in the morning..."
Mango con chamoy.
-Oye, tú, hoy voy a salir más tarde, ven por mí después de las tres.
Escuchó el mensaje sin pensar demasiado y sin mirar buscó el botón en el aparato y lo presionó. La detestable voz metálica de acento gachupa dijo: usted-tiene-cero-mensajes.
-¿Y qué te piensas que voy a hacer hasta entonces?- pensó con fastidio. Se tiró en el sillón e inconscientemente empezó a acariciar el brazo aterciopelado con estampado de flores.
-Es muy cagado tu sillón.
-¿Por qué?
-Jajajaja -se rió con su risa más inocente, enseñando los dientes- Porque eres todo un macho y tu sillón es de florecitas.
-Está aterciopelao'.
-No hables así, háblame bonito.
-Este se me ocurrió ayer: Y tú me preguntas y me dices de algo que te emputa (¿o es de algún poema que te gustó?) y yo no tengo ni idea de qué estás hablando y miro tus labios, sigo su movimiento suave y húmedo y sé que tienen una intención y algo peculiar, pero no puedo entender nada de lo que tu voz dice. Quizá no digas nada, un largo espectro de blablablas y nadamás; sin embaaargo, me da la impresión de que lo dices más o menos en serio, de que es importante y otra vez sigo el movimiento de tus labios rosas. Yo quisiera que por un rato al menos pusieras el disco de Beirut, pero no me atrevo a pedírtelo para no interrumpirte, para no interrumpir el ir y venir de tus labios redondos. A veces imagino que te salen colores de la boca, como si fuera cinestésico, pero no ondas de color si no más bien hilos gordos, como el viejo truco del mago que se saca tiras y tiras de papel de la boca. Siempre me impresionó ese truco. Te salen muchos colores y tu voz se tuerce, pierdo por completo el sentido de lo que dices y cuando me preguntas enojada: ¡¿Me estás escuchando?! Yo te respondo que sí, porque sí te escucho, simplemente no pongo atención a las palabras, nadamás a los sonidos. Baaah, eso daría para una disputa semántica de si te escucho o te oigo, pero sería demasiado lío y te daría la razón al final, cuando empieces a ponerte roja de coraje ante mi necedad. Por supuesto, puedes también salirte con la tuya y decirme te quiero cuando no tengas nada que decir y eso sea lo único que se te ocurra y suene como si estuvieras lejísimos. O mucho mejor aún: que me digas "te quiero, pero es que eres muy necio..." Nunca he entendido a qué te refieres o si es algo bueno o malo, me da la sensación de que es algo final, definitivo, quien sabe porqué, simplemente no puedo replicar a eso. Sigues moviendo los labios y los humedeces con tu lengua, despacito, y cuando me miras te muerdes el labio de abajo. Se mueven y te salen colores, montones de colores.
A veces le gustaba que le hablara así aunque no entendiera todo. Otras se aburría terriblemente y pensaba en cualquier cosa, en el zoológico o en árboles gigantes y frondosos flotando en el espacio, sostenidos por una misteriosa fuerza. Viajaba en su cabeza, lejos de ahí, mecida por el sonido de sus palabras y creía que no pasaba nada de eso, que estaba sola en su casa mirando el sol entrar por la cortina verde de la ventana sin tener que pensar qué iba a responder, sin la angustia, lejos de ese cuarto en la semioscuridad y de su cuerpo tibio. Sobre todo porque se sentía incómoda, ajena a ese sitio, con la sensación de no pertenecer a ese orden ya establecido, porque detestaba la sensación de torpeza al moverse, el temor a desacomodar algo, a romper algún jarrón delicado aunque no hubiera ningún jarrón.
-Pues sí estaba enojada porque me moría de frío ahí afuera esperándote como idiota y te tardaste años.
-Ya te dije que hubo un choque sobre Marte y ni modo de no ir.
-Además no entiendo porqué siempre venimos a tu casa. ¿Por qué nunca vamos a la mía?
-Porque aquí me siento a gusto y porque nunca me has pedido que vayamos a la tuya.
-Preferiría ir a un hotel.
-Si quieres vamos- y se levantó con desgana del sillón.
-No no, hoy no pongas música.
Tirado en el sillón recordó la primera vez que la vio bailar. Parecía moverse con descuido, con cierta displisencia en sus ojos, mirando sin mirar los rostros de los “cerdos enfermos con sus caras de deseo” (como los había llamado Angélica), “de puñeteros compulsivos” (Julia). Uno que otro decentito, los más niños asustados y ansiosos, con prisa, turbados al principio, pero luego de algunas cervezas muy libres, muy gritones de porquerías, tan contentos, tan sintiéndose hombres. Bailaba para ella misma, disfrutando su propio cuerpo, sus piernas largas, sus pies pequeños, sus manos suaves y fuertes, su cuello grácil y flexible.
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Dania.
-Hola, Dania -había dicho sonriendo.
-¿Es privado o de mesa? -preguntó con precisa indiferencia.
-Ninguno de los dos. Quiero que te quedes aquí un rato.
-¿Tienes los boletos?
-Sí, tengo cinco, ¿para cuánto me alcanza?
-Para cinco canciones.
-Está bien -la había sentado al lado suyo y apenas si le había tocado la mano. Estaba un poco desconcertada, tanto que había intentado subir su pierna en la de él, pero la apartó sin mirarla y sonreía al escenario con una sonrisa extraña, como muy... ascéptica. Eso es, sonrisa de doctor limpísimo, casi siniestra. Se sintió ofendida, ignorada.
-Oye, si no quieres que esté aquí mejor me voy, ten tus boletos.
-¿Me vas a regresar los cinco? -ella lo miró encabronada.
-No, nada más cuatro -volteó a verla apenado y dijo:
-Entonces quédate, por favor.
Lo había mirado con sorpresa reprimida , sin mucha idea del porqué. Cuando se terminó la canción volteó a mirarla y sonrió, pero no con la sonrisa siniestra, sino una boba, muy chistosa. Le dio risa y sonrió también. Él se acercó, la rodeó con el brazo y le besó la mejilla. Se puso roja y platicaron de cualquier cosa, del lugar, de los estrobos y el mal gusto de algunas, del clima de la ciudad “uuy, yo ya llevo varios años viviendo aquí” y él le contó unos chistes tan malos que ella se carcajeó, más que nada por la cara hiper seria que ponía, como de niño grande. Nunca le quitó el brazo y a veces se acercaba a su oído para decirle alguna cosa, pero aparte de eso no la tocó y la obligó a mirarlo. Ella estaba casi maravillada y cuando le dijo “te estoy robando” no supo a qué se refería y pensó que se la llevaría lejos de allí en un caballo a su castillo color gris de tres torres, que la depositaría en una cama de velos y damascos, con montones de cojines y sábanas blanquísimas, suaves, deliciosas y habría un gran ventanal y el olor a humedad y él tan solitario y ella tan fiesta, tan recatada y...
-Ya van seis canciones -se rompió el encanto cual burbuja. Qué cabrón, pensó, pero sólo le salió:
-Ahhh.
-Ya no tengo más boletos -la besó otra vez en la mejilla y lo detestó un rato.
-Bueno, adiosito -se había levantado hasta con cierto dolor, su piel hizo como velcro al despegarse del sillón. Lo hizo lenta y deliberadamente para no recibir de golpe el humo, las luces, el estruendo de la música. “Él es diferente” pensó. Esa noche se movía con suavidad, con una especia de lasitud pegajosa, completamente sexual. Lo buscó con la mirada, pero ya se había ido.
Al salir le había dado mucho frío, no recordaba donde había dejado su carro y le preguntó al valet: al fondo del estacionamiento. Caminaba buscando las llaves en su bolsa, arrebujándose en su gabardina.
-¿Tienes frío? -levantó los ojos para descubrirlo recargado contra la portezuela del copiloto. Se asustó, pero se repuso en seguida.
-Algo -se hizo ese silencio incómodo del ahora qué. Ella se acercó, indecisa con sus zapatos de tacón hiper alto. Lo miró y se dio cuenta de que le temblaban las manos y le pareció muy tierno, tan tonto aparentando serenidad.
-¿Y ahora qué? -él no respondió, dio dos pasos y la besó en la boca, ccon torpeza, muy rápido. Sintió su boca caliente, su lengua desesperada, su aliento, se abrazó a él y suspiró. No se dio cuenta de cómo le desabrochó la gabardina. La besó en el cuello, la tomó de las manos y la puso contra el carro. Sintió la frialdad del metal y se estremeció. Cuando se dio cuenta de que tenía la gabardina abierta ya era muy tarde. Se aturdió. Él le tocaba el pecho, se movía despacio, besándola, desarreglándole el cabello. Le subió el brasier verde y al primer contacto con la piel blanca de sus senos exhaló. Le besó el pezón, de dos cafés diferentes. Sus senos eran redondos y llenos, suaves. Echó la cabeza hacia atrás y gimió. Cuando intentó buscarle el delgado resorte de su ropa interior tembló, cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, de que hacía frío y de que era igual a todos los hombres. Sin embargo, a pesar de la decepción y el asco no pudo moverse, un escalofrío le recorría la espalda, cerró los ojos y le dieron ganas de llorar. Entonces sonó su celular y sintió un alivio que le revolvió el estómago.
-Espera -dijo apartándolo -tengo que contestar. Él sólo dijo “claro, claro”, mientras se agarraba la cara. Metió las manos en las bolsas del pantalón. Ella colgó diciendo sí y lo miró con desprecio. Se hizo otra vez el silencio incómodo. Él no levantaba la mirada y pateaba guijarros y cuando por fin levantó los ojos sonrió estúpidamente, tanto que ella tuvo que taparse la boca.
-Ya me voy.
-A dónde vas -ella se ofendió. “Chamaco pendejo”, pensó.
-A mi casa, a dónde crees -sacó sus llaves y rodeó el carro.
-Bueno, pero... no puedes irte en tu carro -y se puso enfrente.
-Ah chingá, y porqué no.
-Pues es que está “parado”, ¿ves? -le señaló una nota que estaba en el parabrisas- lo tenías mal estacionado y pues me lo voy a tener que llevar.
-Cómo mal estacionado, si estamos en un estacionamiento.
-Esto ya no es el estacionamiento, es la vía pública.
-¿Qué? Mira, de veras no tengo ganas de soportar idioteces. Quítate.
-Lo siento madmuasel, pero esté auto ya fue consignado a las aut...
-¡Que te quites, te digo! -se quitó y ella dio un portazo violento. Arrancó y cuando pisó el acelerador sintió un tirón y se escuchó un ruido metálico. “En la madre, pensó, ya le di a un carro”. Se bajó y ahí estaba él, enfrente, recargado en una camionetota sin caja, con su sonrisa estúpida, cruzado de brazos, con una expresión de complacido.
-Se lo dije, señorita, pero es usted muy necia -ella se dio cuenta de que entre su carro y la camionetota, que tenía colgando un gancho muy grande, había una cadena.
Es curioso porque recordaba muy bien el póster extrañísimo que tenía pegado en el techo. No tenía una forma definida, era como difusa y de colores raros. Había una mancha que parecía un barquito y parecía que era un atardecer, pero era difícil saberlo con certeza. “Es del impresionismo, de Monet” le había dicho. En cambio, era incapaz de recordar cómo había dicho que sí, cómo habían salido a cafés (muy de mañana) y a comer y él trataba de enseñarle cosas perfectamente inútiles (sobre música más que cualquier otra cosa). Podía recordar el brillo que se reflejaba en el asfalto lleno de charcos, el sonido de las llantas como aspersores. No recordaba el “cógeme” ni cómo se había quitado la camisa (de botones negros) en la tarde, cuando él corrió las cortinas. Tenía sólo una remembranza de la tibieza de su cuerpo y de cómo su propio pecho subía y bajaba, agitado; tampoco sabía cómo la había tendido en la cama y le había quitado los calcetines y sin embargo podía adivinar con los ojos cerrados el póster, color por color. Tenía la sensación velada de que estaba medio dormida o por lo menos en un letargo que exasperaba su memoria. Sabía que la había besado en la boca mucho rato, muy despacio y que describía círculos con su mano sobre sus senos, sabía que su falda se había deslizado lentamente hacia arriba rozando su piel para dejar al descubierto sus piernas lisas y su ropa interior. Pero de pronto, mientras bailaba sólo para él, la bruma se fue. Recordó con nitidez el “cógeme” y se dio cuenta de que ella lo había pronunciado y evocó su prisa casi salvaje y la calma que vino después, su temblor, su “¿estás segura?”. Como ver una película vio cómo él se quitaba la camisa (azul) y la abrazaba, nervioso. Recordó el calor sofocante y la urgencia, lo miró bajar la mano hasta su sexo, la respiración agitada y cómo acariciaba sus muslos y besaba su estómago. Recordó el ardor terrible y cómo sentía que sus piernas y brazos eran larguísimos. Lo miró otra vez quitarle despacio los calzones y cómo había quedado absurdamente desnuda, la sensación de vulnerabilidad y entonces la calidez, el sonido rasposo de su propia respiración, su voz quebrándose, hecha pedazos en gemidos imposibles de reprimir. Lo imaginó otra vez bajo su cuerpo, el vaivén suave y acompasado, él cómo la miraba con los ojos muy abiertos y le acariciaba la espalda. Recordó que le había dado mucho sueño.
Después se prepararon unos sánduiches de queso con mermelada y él le contaba entre bocados:
-El señor estaba despedazado, había un brazo en la portezuela colgando como si fuera de muñeco. Tenía la cabeza toda ensangrentada, de un rojo vino, ya coagulada. Pero lo peor eran los niñitos. No manches, eran tres, dos en el carro de la señora y uno en la camioneta. Una niña tenía la cara desfigurada en una mueca de terror y tuvimos que sacarla a jalones porque tenía un fierro atravezado en el estómago. Estuvo de la chingada, feo como un video de Soda Stereo... -y ella reventó en carcajadas y escupía migas de pan y se tapó la boca y luego empezó a retorcerse.
-Como un video de So sod -y se retorcía más y ya no escupía migas porque había escupido todas -Es que como un video de... pfff, espera- y siguió riendo con escándalo y se puso rojísima.
-Qué, no mames, no da nada de risa -y puso cara de Hiper Seriedad y a ella eso le dio más risa. Por fin se calmó y entre espasmos de risa le dijo:
-No te enojes, es que... jajajaja... no no ya, ya me calmo. Es que me da risa eso que dices de los videos de Soda Stereo porque sí son feísimos, son como señoras muy fodongas, como la de los tamales de por mi casa -él seguía mirándola con Imperturbable Seriedad.
-No sabía que veías esos videos...
-Sí sí, jíajíajía, los vi un día aquí en tu casa, en el bieichguan. Salieron varios seguidos y traían sus peinados de -e hizo un gesto con sus manos en su cabello y siguió riendo. Él la miró con algo de enfado y a ella no podía parar, le salía una risa ronca desde dentro que la sacudía. Él tratando de describirle una escena de lo más cruenta y ella retorciéndose, riéndose hasta las lágrimas. Pero qué barbaridat.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
"Y entonces entonaste dulces gritos, comenzó el más viejo de los ritos".
A veces pienso que vivir es un hecho incomprensible por sí solo, sin necesidad de adornarle con cosas ni flores de múltiples colores. Podría enajenarme completamente con la música. A veces me pongo mi pijama por el sólo gusto de andar en pijama y sentirme recién levantado. Recién levantado el estado de mis humores es irrelevante porque tiende a ser o bueno o malo y no hay matices, lo que lo hace casi perfecto. Luego se ensucian y no es que haya que limpiarlos, es sólo que es como una mancha en mi playera favorita, simplemente hay veces que no se ve bien. Pronuncio las palabras sílaba por sílaba y no me hago entender y por supuesto que es lo que intento, pero aún así, a pesar de que la glosolalia me parece una cosa elemental para el buen vivir, me canso enseguida de el eterno diálogo idiota conmigo mismo. La gente a veces tiene la peregrina idea de que soy un chico inteligente cuando en realidad soy sumamente idiota. Una vez leí que los humanos tenemos algo así como 6000 pensamientos al día. Yo me puse en mi plan de soberbio insoportable y dije: ni mergas, yo tengo como 6500 al día. El número es discutible, cierto, pero lo que resulta imposible de tolerar es la calidad y ésa sí que es discutible. De 6500 pensamientos (no dejaré mi soberbia de lado) 6490 son puras pendejadas. De nada sirve entonces pensar más si lo que se piensa no tiene ningún valor. Es como amontonar basura o carros viejos en un vertedero.
"Pasaste estos últimos inviernos al calor de un infierno".
martes, 1 de diciembre de 2009
Como las estrellas de Mario Bros.
jueves, 26 de noviembre de 2009
El origen de la maldad. Cuento para Adriana.
-El origen de la maldad se remonta al principio de los tiempos, cuando Luz Bel se envaneció y quiso ser como Dios, su propio creador. Dios decidió castigar su soberbia y enviarlo al Infierno, un abismo por el que...
No consigo entender bien a qué se refiere. Tengo ganas de que se calle y decirle:
-¡No! ¡Basta, ya cállese! El origen de la maldad no se remonta al principio de los tiempos sino a este momento, a este exacto segundo en que mi corazón hace crac crish crash crac. Mi corazón es el origen de toda maldad porque la maldad de Luz Bel es de él, no mía ni de usted ni de nadie. Mi corazón abyecto y esnobista, cruel y maléfico, tonto y engreido, crédulo y deleznable.
Pero decido no decir nada, estamos en medio de la clase y seguro que se enoja. Es siempre aburrido, sólo cuando habla de Abraham es divertido por cómo gesticula y escupe. Ayer hablé con el cocinero sobre un espagueti que no era a la bolognesa pero que teniá carne y me explicó a detalle cómo se hace. Espero no quedarme dormido esta vez. Adriana ya se levanta con su cara de asoladora suficiencia, me mira con su expresión de perra y se desliza suave por el espacio. Siento como si estuviera en un sueño psicodélico con musiquita esotérica. Preferiría soñar con otra cosa, con espejos sin caras o con largas columnas de humo o con esas mujeres desconocidas con las que he soñado últimamente. Quiero salir sin embarrarme del desconcierto, sin pensar en que hoy me estrellé contra un señalamiento de No Estacionarse por ir leyendo en la calle. Quisiera morir por un rayo fulminante del buen Dios, que cayera del cielo con gran estruendo e hiciera un hoyo en el suelo y me carbonizara. Sería muy agradable acudir a mi propio funeral y que pusieran la banda sonora que ya he preparado. Un féretro que huela a aserradero y que lleve un listón negro, montones de sillas plegables y que den té, ni una gota de café, y galletas con mermelada. Podría morir con dignidad, en silencio, pero creo que por ahora prefiero celebrar. Bueno, ya se termina la clase y el ruido de los bancos que arrastran me turba. ¡Vamos a celebrar! Qué fiestón es esta vida...
domingo, 22 de noviembre de 2009
Compañeros de masacre.
Hay un pueblo olvidado poco antes de llegar a M., destino turístico por excelencia. Se llama La Sabina, es muy pequeño, de calles polvosas, de casas largas, bajas y pintadas de blanco, de un calor del demonio. Es el último pueblo del desierto, con huizaches, ventanas siempre abiertas y puertas siempre cerradas, callado, tranquilo, de un sólo café con sillas verdes de plástico y carpa amarilla de Sol, de dos cantinas cantinas azul con banco de En México y el mundo la cerveza es Corona y una pequeña biblioteca, de calles angostas misteriosamente limpias, de esquinas con postes de luz, de techos de palma, de viento tibio. Aburrido, con gente que pone sus sillas en las tardes afuera de sus casas, gentes que platican de banqueta a banqueta, que hablan bajito, que usan sombreros de paja. Algunos pocos viajeros saben que es el mejor pueblo del mundo y guardan ese conocimiento como un pequeño tesoro, como yo cuando era niño y guardaba mis canicas abajo de un ciruelo. El pueblo en sí es insignificante, apenas aparece en el mapa. Lo valioso del lugar está en las afueras, en la última casa de este pueblo que nunca ha crecido, encerrada como perla en cajita de terciopelo. La casa es de ladrillo sin pintar, barnizado nomás, y techo de palma, tiene un foco morado en el pasillo de la entrada que da a la salita, cortinas de cuentas de madera, sin puertas y las cortinas hacen ese sonido agradable que hacen las cortinas de cuentas de madera cuando se mueven. La única puerta, la de la entrada, es blanca y hay dos ventanas y por una de ella se ve una pecera grande con peces de montones de peces de colores. Es la mejor ventana, tiene una cortina de tela verde casi traslúcida y se mueve despacio, ondeando como una ola del mar cercano. La otra ventana es de lo más ordinaria. Hay tres ventiladores de techo que zumban y calman los nervios, hasta hay una alfombra color beige con un camello en uno de los dos cuartos. Pero nada de eso importa, ni el mosaico que armoniza, ni las paredes lisas, ni el techo pintado con nubes, lo que realmente importa es una figura que se mueve lento y pausado, figura que atrapa todo y que no permite ningún otro pensamiento. A primera vista no hay nada que la haga especial, hay que esperar a que te mire con sus ojos que no ven a ningún lado perdidos en el vacío. Es un balazo a bocajarro, como si pudiera ver lo que nadie más y es cierto y lo sabes. Te saluda y apenas interrumpe lo que esté haciendo. Buenos días, buenas tardes o buenas noches según sea el caso aunque no importa. Hay que quedársele viendo un rato para apreciarla, esperar a que acabe para que seas tú lo único que existe. Cada movimiento es natural y jamás juzga, nunca pide nada, eres lo que eres y ella no va a cambiarte. No hay mayor alivio, dicen que muchos hombres han llorado con ella. Hombres duros y recios, amargados, cansados, malos, crueles, ojetes, buenas gentes, tiernos, dulces, etc. Siempre está contenta y está muy buena, usa shorts cortos y playeras sin estampado que se ajustan a sus senos redondos. Nunca hace más de una cosa a la vez, anda con desenfado, tararea. Tiene el cabello apenas abajo de los hombros y aunque rara vez se piena, ondea y parece quna medusa suave y negra flotando en el mar. Es muy amable, no importa quien seas (de todos modos no eres él), te regala su tiempo, un poco de su piel morena. Ya sabes, si hay un carro estacionado afuera ni lo intentes, nunca atiende a más de dos personas al mismo tiempo. También está la música, casi siempre escucha Cat Power, a cualquier hora, a un volumen bajito y la tararea y se mueve al ritmo de las canciones, como si bailara. Se dicen muchas cosas, pero rara vez habla de ella misma, es difícil saber si la historia de aquel viajero es cierta, si le preguntas sonríe y acaso suspira, pero guarda silencio.
- Me gustan tus pezones.
- Ha, ¿por qué?
- No sé, están bien cafés y bonitos y rugosos- ella no dice nada, se lo piensa.
- ¿Tienes una grabadora por aquí?- pregunta él mientras busca en una mochila negra.
- Sí, ya es vieja- responde ella sin moverse.
- ¿Dónde está?- y sin moverse le indica. Busca dónde conectarla y halla un enchufe libre cerca de la pecera. Se le quedó viendo largo rato, adormilado por el movimiento de un pez blanco con naranja y de aletas sedosas. Reacciona y busca los botones, algunos ya borrados. Abre la caja y sopla en la cestilla donde se ponen los discos, limpiando con la mano la cajita del disco. La música empieza a salir. Dicen que llegó al pueblo caminando, sin sombrero, unicamente con una mochila negra (loco idiota, con ese calor). Se veía muy mal, tastrabillaba y atravesó el pueblo sin que nadie se le atreviera a acercársele. Tenía los labios secos y andaba sucio, su piel era color polvo, apenas podía abrir los ojos. Llegó, eso dicen, hasta la última casa y se desplomó cerca de la entrada y rodó hasta la puerta blanca en la tarde, con el sol atravesando su espalda, cocinándolo. Esa no es la verdad. Me dijo que lo atrapó el movimiento de la cortina verde y la pecera, que parecía el mar y que por eso llamó a la puerta. "Pasa" respondió una voz de terciopelo (no sé si terciopelo sea una cursi exageración, baah). Entró arrastrando los pies y la miró en la cocina partiendo limones. Enseguida pensó que qué idiota, ni siquiera sabía quien era y lo había invitado a pasar. Podría ser un ladrón o un asesino o un violador, pero luego se rió para sí mismo, en esas condiciones no podría hacer nada.
-Estoy haciendo agua de limón, siéntate mientras.
- Pero voy a ensuciar tu sillón- dijo con su voz seca y escupió polvo. Ella le dijo que no importaba, que de todos modos todo estaba lleno de polvo aunque no era cierto, todo estaba limpísimo y se dio cuenta de que cuando le había hablado ella se había detenido y había puesto cara de susto. Se tiró en el sillón sin subir los pies y volvió a mirar el ventilador. Que sabrozo airecito.
- ¿Te perdiste?
- Nop.
Se acercó con una jarra y dos vasos, se sentó y los llenó despacio, sin mirarlos, uno hasta la mitad, que fue el que le dio a él. "Qué maleducada" pensó. Ella rió poquito y dijo:
- No, no es mala educación, pero si tomas mucha agua ahorita vas a vomitar y no me gusta el vómito- sonrió y el se sintió apenado. Estiró la mano diciendo su nombre y quedó colgando unos segundos, como un trapo. Se sintió muy incómodo y ya retiraba la mano cuando de repente ella dijo:
- Ahhh, claro, disculpa, yo me llamo...- y estiró su mano, que chocó con la de él. Le costaba trabajo tragar el agua de limón, sentía que se hacía lodo en su garganta. La terminó por fin y ella ya había ido por una jarra de agua natural.
- No la tomes muy rápido- le dijo con su voz de terciopelo y se echó hacia atrás en el sillón de mimbre, estiró los brazos y cruzó la pierna, se le cayó una sandalia. La cortina se movía como su cabello. Se terminó la jarra y sintió retortijones en la panza, se dobló mordiéndose los labios tratando que pareciera que se inclinaba a amarrar sus agujetas. "Ahortia se te pasa, si quieres puedes bañarte". Lo enfadó un poco porque ni siquiera volteó a mirarlo, seguía viendo el techo. Dónde está el baño, preguntó apretando los dientes. Ella se levantó y lo llevó a través de las cortinas de cuentas de madera, que hicieron su ruido. Había una regadera y una taza y un lavabo y eran azules las paredes. Se sintió muy cansado. Abrió la regadera y sintió el alivio refrescante del agua. No se movió un buen rato, luego se pasó la manos por el cuerpo para quitarse las costras de polvo. El agua caía café y se iba por la coladera en un pequeño remolino, se tallaba los ojos, el cabello. Agarró el jabón y lo frotó hasta sacar espuma, se pasó el dedo por entre los dedos de los pies. Le dio tiempo a pensar que no tenía toalla ni ropa de cambio porque cuando se desnudó nomás había aventado su ropa en la esquina y ahora estaba mojada. Se sentó despacio en el suelo sin cerrar la llave de la regadera, estiró las piernas y echó la cabeza hacia atrás. Se escuchó un leve toc (su cabeza contra la pared), dejó la boca abierta. Ella estaba de espaldas recargada contra la pared escuchando el agua caer. Cuando escuchó el toc soltó un suspiro largo y fue por una toalla. Una café claro. Cuando lo llevaba arrastrando al cuarto suspiró otra vez. Ël estaba semi conciente y al otro día que despertó sintió la garganta seca como un cactus y el cuerpo muy pesado. Se levantó y fue a la cocina, donde ella partía una sandía. No le gustaba mucho comer sandía porque era molesto tener que quitarle las semillas de una por una, pero aceptó la rebanada que ella le ofreció. Se dió cuenta de que no le quitaba las semillas ni las escupía, escuchó un ligero crujido. Se las come, pensó y decidió no ser rudo y descortés y las comió también. Le gustó mucho el sabor y agarró otra rebanada y la comió vorazmente (jajajaja, mira que usar vorazmente).
- Eres muy bonita- y ella pensó: "ahhh, sí es como los demás"- me gusta tu clavícula- y ellá pensó que tal vez no era como los demás. Platicaron de cualquier cosa menos de ellos mismos, del pueblo, del calor, de los peces, de la casa, de M. destinoturísticoporexcelencia, de la comida, de su ropa. Etece. A ella le gustaba su tono insolente, a él su tono conciliador, su risa franca, sus piernas. Y así sin querer una cosa llevó a la otra, a quitarse la ropa, a besarse, a abrazarse. La cama era aguada, se podía rebotar y tuvieron sexo salvaje europeo, puro desenfreno y arrebato y mordidas y cosas que ninguno de los dos entendía. Sudaron mucho y se bañaron juntos, él la miraba y abría la boca, pero ella no lo miraba nunca y él, mamón como era, la agarró por los hombre y puso su cara frente a la suya y dijo ¡mírame! y hasta entonces se dio cuenta de que era ciega. Ella sonrió timidamente y se abrazó a él, que le besó el cabello y sintió culero y empezó a manosearla mientras ella no decía nada, se dejaba y le mordisqueaba poquito los hombros. Tuvieron sexo europeo salvaje (algo hay que variar xD) otra vez y el dijo:
- Todo llega tan tarde.
Ella no dijo nada, le acarició la cara y se fueron a la cama. Se tumbaron y él miraba el ventilador dando vueltas y trató de contarlas, pero se mareó y mejor cerró los ojos y puso atención al zumbido y a la respiración de ella, a su sube y baja. Ella tenía el brazo sobre su pecho y el otro colgando en el extremo de la cama. Se cerró la noche y ninguno se movió.
Desayunaron huevos con jamón y agua de sandía. Se besaron y esas cosas. Platicaron de sus vidas, pero sin decir nada importante. Luego vino lo de la grabadora y cuando empezó la música él cantó: "Metal heart you're not hiding, metal heart you don't worth a thing". A ella le gustó.
- Tengo que irme- dijo él mirando la pecera.
- Huuum, ¿por qué?
- Es mi maravillosa estupidez.
- Es como un nudo indesenredable de caset- hacía mucho que no escuchaba la palabra caset- ¿Volverás?
- Tal vez... yo creo que sí.
- No eches mentiras.
- Sí.
Y volvieron a hablar del clima y del polvo que es de oro cuando los rayos de luz, de las formas de las grietas, del diseño del mármol del baño, de cómo se pierden camiones, de qué traía su mochila, (de que te quiero, a lo bruto y a lo loco), de Cat Power, meral haaartt yur not jaiding meral haaaart yu dont guord a thing. Sí, de Cat Power y la música.