jueves, 17 de diciembre de 2009

Mango con chamoy.

Este cuentaco se ganó un segundolugar en un consursín de la escul. Se llama "Ya no quiero pollo". Neeeeel, se llama, así completo: "I'm feeling sinister: Historia de un chofer de grúa (educado) y una bailarina exótica (que le vale madres)", pero los frescos del jurado no le quisieron poner su nombre y se les ocurrió que era buena idea intitularlo "Sin título". Pero qué falta de estilooooo. No ya, pues me dieron libros así que se agradece harto. Está dedicado a Pushky y, hágame usté el favor, es "e r ó t i c o" (de risa loca).



-Oye, tú, hoy voy a salir más tarde, ven por mí después de las tres.

Escuchó el mensaje sin pensar demasiado y sin mirar buscó el botón en el aparato y lo presionó. La detestable voz metálica de acento gachupa dijo: usted-tiene-cero-mensajes.

-¿Y qué te piensas que voy a hacer hasta entonces?- pensó con fastidio. Se tiró en el sillón e inconscientemente empezó a acariciar el brazo aterciopelado con estampado de flores.

-Es muy cagado tu sillón.

-¿Por qué?

-Jajajaja -se rió con su risa más inocente, enseñando los dientes- Porque eres todo un macho y tu sillón es de florecitas.

-Está aterciopelao'.

-No hables así, háblame bonito.

-Este se me ocurrió ayer: Y tú me preguntas y me dices de algo que te emputa (¿o es de algún poema que te gustó?) y yo no tengo ni idea de qué estás hablando y miro tus labios, sigo su movimiento suave y húmedo y sé que tienen una intención y algo peculiar, pero no puedo entender nada de lo que tu voz dice. Quizá no digas nada, un largo espectro de blablablas y nadamás; sin embaaargo, me da la impresión de que lo dices más o menos en serio, de que es importante y otra vez sigo el movimiento de tus labios rosas. Yo quisiera que por un rato al menos pusieras el disco de Beirut, pero no me atrevo a pedírtelo para no interrumpirte, para no interrumpir el ir y venir de tus labios redondos. A veces imagino que te salen colores de la boca, como si fuera cinestésico, pero no ondas de color si no más bien hilos gordos, como el viejo truco del mago que se saca tiras y tiras de papel de la boca. Siempre me impresionó ese truco. Te salen muchos colores y tu voz se tuerce, pierdo por completo el sentido de lo que dices y cuando me preguntas enojada: ¡¿Me estás escuchando?! Yo te respondo que sí, porque sí te escucho, simplemente no pongo atención a las palabras, nadamás a los sonidos. Baaah, eso daría para una disputa semántica de si te escucho o te oigo, pero sería demasiado lío y te daría la razón al final, cuando empieces a ponerte roja de coraje ante mi necedad. Por supuesto, puedes también salirte con la tuya y decirme te quiero cuando no tengas nada que decir y eso sea lo único que se te ocurra y suene como si estuvieras lejísimos. O mucho mejor aún: que me digas "te quiero, pero es que eres muy necio..." Nunca he entendido a qué te refieres o si es algo bueno o malo, me da la sensación de que es algo final, definitivo, quien sabe porqué, simplemente no puedo replicar a eso. Sigues moviendo los labios y los humedeces con tu lengua, despacito, y cuando me miras te muerdes el labio de abajo. Se mueven y te salen colores, montones de colores.


A veces le gustaba que le hablara así aunque no entendiera todo. Otras se aburría terriblemente y pensaba en cualquier cosa, en el zoológico o en árboles gigantes y frondosos flotando en el espacio, sostenidos por una misteriosa fuerza. Viajaba en su cabeza, lejos de ahí, mecida por el sonido de sus palabras y creía que no pasaba nada de eso, que estaba sola en su casa mirando el sol entrar por la cortina verde de la ventana sin tener que pensar qué iba a responder, sin la angustia, lejos de ese cuarto en la semioscuridad y de su cuerpo tibio. Sobre todo porque se sentía incómoda, ajena a ese sitio, con la sensación de no pertenecer a ese orden ya establecido, porque detestaba la sensación de torpeza al moverse, el temor a desacomodar algo, a romper algún jarrón delicado aunque no hubiera ningún jarrón.
-Pues sí estaba enojada porque me moría de frío ahí afuera esperándote como idiota y te tardaste años.

-Ya te dije que hubo un choque sobre Marte y ni modo de no ir.

-Además no entiendo porqué siempre venimos a tu casa. ¿Por qué nunca vamos a la mía?

-Porque aquí me siento a gusto y porque nunca me has pedido que vayamos a la tuya.

-Preferiría ir a un hotel.

-Si quieres vamos- y se levantó con desgana del sillón.

-No no, hoy no pongas música.


Tirado en el sillón recordó la primera vez que la vio bailar. Parecía moverse con descuido, con cierta displisencia en sus ojos, mirando sin mirar los rostros de los “cerdos enfermos con sus caras de deseo” (como los había llamado Angélica), “de puñeteros compulsivos” (Julia). Uno que otro decentito, los más niños asustados y ansiosos, con prisa, turbados al principio, pero luego de algunas cervezas muy libres, muy gritones de porquerías, tan contentos, tan sintiéndose hombres. Bailaba para ella misma, disfrutando su propio cuerpo, sus piernas largas, sus pies pequeños, sus manos suaves y fuertes, su cuello grácil y flexible.

-Hola, ¿cómo te llamas?

-Dania.

-Hola, Dania -había dicho sonriendo.

-¿Es privado o de mesa? -preguntó con precisa indiferencia.

-Ninguno de los dos. Quiero que te quedes aquí un rato.

-¿Tienes los boletos?

-Sí, tengo cinco, ¿para cuánto me alcanza?

-Para cinco canciones.

-Está bien -la había sentado al lado suyo y apenas si le había tocado la mano. Estaba un poco desconcertada, tanto que había intentado subir su pierna en la de él, pero la apartó sin mirarla y sonreía al escenario con una sonrisa extraña, como muy... ascéptica. Eso es, sonrisa de doctor limpísimo, casi siniestra. Se sintió ofendida, ignorada.

-Oye, si no quieres que esté aquí mejor me voy, ten tus boletos.

-¿Me vas a regresar los cinco? -ella lo miró encabronada.

-No, nada más cuatro -volteó a verla apenado y dijo:

-Entonces quédate, por favor.

Lo había mirado con sorpresa reprimida , sin mucha idea del porqué. Cuando se terminó la canción volteó a mirarla y sonrió, pero no con la sonrisa siniestra, sino una boba, muy chistosa. Le dio risa y sonrió también. Él se acercó, la rodeó con el brazo y le besó la mejilla. Se puso roja y platicaron de cualquier cosa, del lugar, de los estrobos y el mal gusto de algunas, del clima de la ciudad “uuy, yo ya llevo varios años viviendo aquí” y él le contó unos chistes tan malos que ella se carcajeó, más que nada por la cara hiper seria que ponía, como de niño grande. Nunca le quitó el brazo y a veces se acercaba a su oído para decirle alguna cosa, pero aparte de eso no la tocó y la obligó a mirarlo. Ella estaba casi maravillada y cuando le dijo “te estoy robando” no supo a qué se refería y pensó que se la llevaría lejos de allí en un caballo a su castillo color gris de tres torres, que la depositaría en una cama de velos y damascos, con montones de cojines y sábanas blanquísimas, suaves, deliciosas y habría un gran ventanal y el olor a humedad y él tan solitario y ella tan fiesta, tan recatada y...

-Ya van seis canciones -se rompió el encanto cual burbuja. Qué cabrón, pensó, pero sólo le salió:

-Ahhh.

-Ya no tengo más boletos -la besó otra vez en la mejilla y lo detestó un rato.

-Bueno, adiosito -se había levantado hasta con cierto dolor, su piel hizo como velcro al despegarse del sillón. Lo hizo lenta y deliberadamente para no recibir de golpe el humo, las luces, el estruendo de la música. “Él es diferente” pensó. Esa noche se movía con suavidad, con una especia de lasitud pegajosa, completamente sexual. Lo buscó con la mirada, pero ya se había ido.


Al salir le había dado mucho frío, no recordaba donde había dejado su carro y le preguntó al valet: al fondo del estacionamiento. Caminaba buscando las llaves en su bolsa, arrebujándose en su gabardina.

-¿Tienes frío? -levantó los ojos para descubrirlo recargado contra la portezuela del copiloto. Se asustó, pero se repuso en seguida.

-Algo -se hizo ese silencio incómodo del ahora qué. Ella se acercó, indecisa con sus zapatos de tacón hiper alto. Lo miró y se dio cuenta de que le temblaban las manos y le pareció muy tierno, tan tonto aparentando serenidad.

-¿Y ahora qué? -él no respondió, dio dos pasos y la besó en la boca, ccon torpeza, muy rápido. Sintió su boca caliente, su lengua desesperada, su aliento, se abrazó a él y suspiró. No se dio cuenta de cómo le desabrochó la gabardina. La besó en el cuello, la tomó de las manos y la puso contra el carro. Sintió la frialdad del metal y se estremeció. Cuando se dio cuenta de que tenía la gabardina abierta ya era muy tarde. Se aturdió. Él le tocaba el pecho, se movía despacio, besándola, desarreglándole el cabello. Le subió el brasier verde y al primer contacto con la piel blanca de sus senos exhaló. Le besó el pezón, de dos cafés diferentes. Sus senos eran redondos y llenos, suaves. Echó la cabeza hacia atrás y gimió. Cuando intentó buscarle el delgado resorte de su ropa interior tembló, cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, de que hacía frío y de que era igual a todos los hombres. Sin embargo, a pesar de la decepción y el asco no pudo moverse, un escalofrío le recorría la espalda, cerró los ojos y le dieron ganas de llorar. Entonces sonó su celular y sintió un alivio que le revolvió el estómago.

-Espera -dijo apartándolo -tengo que contestar. Él sólo dijo “claro, claro”, mientras se agarraba la cara. Metió las manos en las bolsas del pantalón. Ella colgó diciendo sí y lo miró con desprecio. Se hizo otra vez el silencio incómodo. Él no levantaba la mirada y pateaba guijarros y cuando por fin levantó los ojos sonrió estúpidamente, tanto que ella tuvo que taparse la boca.

-Ya me voy.

-A dónde vas -ella se ofendió. “Chamaco pendejo”, pensó.

-A mi casa, a dónde crees -sacó sus llaves y rodeó el carro.

-Bueno, pero... no puedes irte en tu carro -y se puso enfrente.

-Ah chingá, y porqué no.

-Pues es que está “parado”, ¿ves? -le señaló una nota que estaba en el parabrisas- lo tenías mal estacionado y pues me lo voy a tener que llevar.

-Cómo mal estacionado, si estamos en un estacionamiento.

-Esto ya no es el estacionamiento, es la vía pública.

-¿Qué? Mira, de veras no tengo ganas de soportar idioteces. Quítate.

-Lo siento madmuasel, pero esté auto ya fue consignado a las aut...

-¡Que te quites, te digo! -se quitó y ella dio un portazo violento. Arrancó y cuando pisó el acelerador sintió un tirón y se escuchó un ruido metálico. “En la madre, pensó, ya le di a un carro”. Se bajó y ahí estaba él, enfrente, recargado en una camionetota sin caja, con su sonrisa estúpida, cruzado de brazos, con una expresión de complacido.

-Se lo dije, señorita, pero es usted muy necia -ella se dio cuenta de que entre su carro y la camionetota, que tenía colgando un gancho muy grande, había una cadena.


Es curioso porque recordaba muy bien el póster extrañísimo que tenía pegado en el techo. No tenía una forma definida, era como difusa y de colores raros. Había una mancha que parecía un barquito y parecía que era un atardecer, pero era difícil saberlo con certeza. “Es del impresionismo, de Monet” le había dicho. En cambio, era incapaz de recordar cómo había dicho que sí, cómo habían salido a cafés (muy de mañana) y a comer y él trataba de enseñarle cosas perfectamente inútiles (sobre música más que cualquier otra cosa). Podía recordar el brillo que se reflejaba en el asfalto lleno de charcos, el sonido de las llantas como aspersores. No recordaba el “cógeme” ni cómo se había quitado la camisa (de botones negros) en la tarde, cuando él corrió las cortinas. Tenía sólo una remembranza de la tibieza de su cuerpo y de cómo su propio pecho subía y bajaba, agitado; tampoco sabía cómo la había tendido en la cama y le había quitado los calcetines y sin embargo podía adivinar con los ojos cerrados el póster, color por color. Tenía la sensación velada de que estaba medio dormida o por lo menos en un letargo que exasperaba su memoria. Sabía que la había besado en la boca mucho rato, muy despacio y que describía círculos con su mano sobre sus senos, sabía que su falda se había deslizado lentamente hacia arriba rozando su piel para dejar al descubierto sus piernas lisas y su ropa interior. Pero de pronto, mientras bailaba sólo para él, la bruma se fue. Recordó con nitidez el “cógeme” y se dio cuenta de que ella lo había pronunciado y evocó su prisa casi salvaje y la calma que vino después, su temblor, su “¿estás segura?”. Como ver una película vio cómo él se quitaba la camisa (azul) y la abrazaba, nervioso. Recordó el calor sofocante y la urgencia, lo miró bajar la mano hasta su sexo, la respiración agitada y cómo acariciaba sus muslos y besaba su estómago. Recordó el ardor terrible y cómo sentía que sus piernas y brazos eran larguísimos. Lo miró otra vez quitarle despacio los calzones y cómo había quedado absurdamente desnuda, la sensación de vulnerabilidad y entonces la calidez, el sonido rasposo de su propia respiración, su voz quebrándose, hecha pedazos en gemidos imposibles de reprimir. Lo imaginó otra vez bajo su cuerpo, el vaivén suave y acompasado, él cómo la miraba con los ojos muy abiertos y le acariciaba la espalda. Recordó que le había dado mucho sueño.


Después se prepararon unos sánduiches de queso con mermelada y él le contaba entre bocados:

-El señor estaba despedazado, había un brazo en la portezuela colgando como si fuera de muñeco. Tenía la cabeza toda ensangrentada, de un rojo vino, ya coagulada. Pero lo peor eran los niñitos. No manches, eran tres, dos en el carro de la señora y uno en la camioneta. Una niña tenía la cara desfigurada en una mueca de terror y tuvimos que sacarla a jalones porque tenía un fierro atravezado en el estómago. Estuvo de la chingada, feo como un video de Soda Stereo... -y ella reventó en carcajadas y escupía migas de pan y se tapó la boca y luego empezó a retorcerse.

-Como un video de So sod -y se retorcía más y ya no escupía migas porque había escupido todas -Es que como un video de... pfff, espera- y siguió riendo con escándalo y se puso rojísima.

-Qué, no mames, no da nada de risa -y puso cara de Hiper Seriedad y a ella eso le dio más risa. Por fin se calmó y entre espasmos de risa le dijo:

-No te enojes, es que... jajajaja... no no ya, ya me calmo. Es que me da risa eso que dices de los videos de Soda Stereo porque sí son feísimos, son como señoras muy fodongas, como la de los tamales de por mi casa -él seguía mirándola con Imperturbable Seriedad.

-No sabía que veías esos videos...

-Sí sí, jíajíajía, los vi un día aquí en tu casa, en el bieichguan. Salieron varios seguidos y traían sus peinados de -e hizo un gesto con sus manos en su cabello y siguió riendo. Él la miró con algo de enfado y a ella no podía parar, le salía una risa ronca desde dentro que la sacudía. Él tratando de describirle una escena de lo más cruenta y ella retorciéndose, riéndose hasta las lágrimas. Pero qué barbaridat.

3 comentarios:

  1. esta muy bueno...te lo tengo que reconocer...que tal un café... de esos a los que asisten los intelectuales en el dé efe?

    y gracias...

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  2. De nada. Tengo que reconocer que estás muy mal y que dices eso nomás de dientes para afuera y por la dedicatoria. Está culero y encima es un cuento feliz. Tralalá.

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  3. pss por lo menos me alegro el día...igual iremos al cafe...dije... por pastel...como la grande ... dije!!

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