viernes, 18 de diciembre de 2009

Berthe Trépat.

¿No te da pena ser un libro, una historia ya contada, ya leida, ya pasada? Lo digo porque a mí me parte de risa... no, no es verdat, hasta pienso que lloraré.

- ¿Y a dónde piensas ir, eh?
- Tengo que ir a recoger unas cosas al Impala.
- Ahhh, ¿y no me llevas?
- Mmmm, pues si quieres venir... - y ¡zás!, se le prende el foco.
- ¿Me quieres llevar a un hotel?
- Si quieres venir...
- ¡¿Me quieres llevar a un hoteeeel?!- qué bien finge indignación.
- Si no quieres venir no vengas y ya- ni siquiera se molestó en escuchar ésto último, ya había entrado en su papel, me miró resentida, apretó los labios y meneó la cabeza.
- ¡No puedo crees que hayas querido llevarme a un hotel! ¡A mí, a un hoteeel!
- Ayy, chingado, tú me preguntaste si no te llevaba- no me hacía el menor caso.
- ¡¿Oyen, señores, lo que dice este vago?!-
Me hubiera gustado que usara "sátrapa", apenas ayer se la había enseñado y aún no la había usado. Por lo demás, nadie pasa por la calle. ¿Quienes son los "señores"?
- ¡Quiere llevarme a un hotel! Pero quién te has creído que soy- agaché la cabeza y el cabello me cubría la cara- A mí no vas a tratarme así, canalla, yo soy una joven de-cen-te, ¿me oyes?, tengo buen apellido- manotea.

Pienso en lo de ayer. Quedamos de vernos a las tres, discutimos un poco porque yo quería ir a ver una obra de teatro y ella no, dijo que tenía "algo" planeado. Quedamos de vernos en el quicio de mi puerta (porque en el suyo no da sombra), en el segundo escalón (siempre el dos)a las tres con cinco. Salí con "Los Once de la tribu" aunque sé que le caga que lea en su presencia. Quizá precisamente por eso. Esperé un rato leyendo y volteando de cuando en cuando a la calle para ver si venía. Jugué con mis llaves, conté los árboles (17) varias veces, caminé hacia su casa, me detuve una cuadra antes, regresé a mi quicio, vi pasar 4 carros rojos, 3 azules, 1 negro y 1 gris. Leí otra vez, caminé otro rato, fui por un vaso de agua (corriendo). Las tres cuarenta y tres en el reloj de la compu. Cuando estaba tomando agua escuché unos pasos, salí corriendo. Por fín, pensé, pero no era ella. Una niña vestida de naranja, moños, zapatitos blancos, calcetas blancas. Una vecinita que llora por todo. Qué fastidio, y se queja siempre de que yo soy impuntual. Leí el segundo capítulo. La sombra amenaza con irse, debe pasar de las cuatro, ¿irá a venir? Mira, qué cagado, el Villoro le va al Necaxa. Pfff, la sombra cumple su amenaza, ya está muy cerca la luz.

Vinieron Tito y Tacha, que iban al cine y a comprar unos tenis. Fui con ellos después de pensarlo sin decir nada. No quisieron pasar por la librería, Tacha más que nadie.
- ¿Y ahora a dónde vamos?
- Por 'ai, tú vente- anduvimos vagando, haciéndonos pendejos nomás. Me agrada eso. Pasamos por una cancha de pasto sintético y vimos un segundo tiempo aburrido, nomás un gol de los de verde. No compraron los tenis, quedaba lejos. Qué risa. Nos vemos luego ¿no iba a venir Char? No sé cámara sobres. Fue divertido.

Y vino a reclamarme enfadadísima cuando le conté que me había ido con ellos.
- No jodas, pasaba de las cuatro.
- Y eso qué. Te hubieras esperado aunque se hiciera de-no-che.
- ¿Para qué? De seguro ni viniste.
- No, no vine.
- ¿Por qué? ¿a dónde fuiste?
- Qué te importa, no eres mi mamá.
- ¿Entonces por qué me estás chingando? Tú me dejaste plantado.
- Ajhá- me emputa su ajhá- pero te fuiste a divertir, ¿que no? Ahhhh- y hace un gesto de desesperación- te hubieras quedado triste y sólo porque no vine, no hubieras hecho nada, hubieras pensado que sí iba a venir aunque fuera a las 10 de la noche. No tenía derecho a irte, ¡era mí tarde! No tenías derecho a salir y mucho menos a divertirte sin mí. ¡Me hubieras esperado!- y hace berrinche y se le aguan los ojos, manotea, me pega en las manos, me pellizca. Silbo, para castrarla aunque en el fondo estoy contento, significa que soy importante o algo así, no estoy seguro. Se calma misteriosamente. Siguió diciendo que la hubiera esperado, que cómo era posible, que no tenía palabra ni modales, que no tenía derecho etece.
- Ahh, chale, ya me voy...
- ¿Y a dónde piensas ir, eh?- y el blablabla ese de su dengue. - Tengo buen apellido...-
Un par de señores, uno de ellos encorvado, pasaron y se detuvieron. Uno de ellos preguntó amable:
- ¿La está molestando, señorita?
- No, no se meta, por favor- eso me da taaanta risa, su por favor enojado es de lo más cómico. Los señores se miran no sabiendo qué hacer, vacilan un leve, pero Sofía los mira fúrica y al final se van indignados meneando la cabeza (qué meneo, qué meneo) y murmurando. Chingaderas, de seguro, del estilo de "esta juventud de ahora, en nuestros tiempos blablabla..." Pienso que cuando llegue a viejo también diré cosas del estilo, pero qué decadencia, malditas brechas generacionales.

Empezó a decir no sé que madres, rápido rápido. Se puso roja y, cosa cagada, empezó como a revolotear dando vueltas y haciendo aspavientos (me gusta "aspavientos"). Yápata yápata yápata. La agarré y me la puse al hombro como cargando un costal. Lo bueno es que es liviana porque el Impala no queda tan cerca. Pataleó y me pegaba con las manos abiertas.
- ¡Que me bajes te digo! ¡Bájame bájameee! ¡Estamos haciendo el ridículo!
- Querías ir, ¿no? Pues ahora se chinga, jovencita.
Pataleó todavía un rato, pero sin fuerza, por puro compromiso. Se calmó y su cuerpo se estremecía. Ya valió madre, pensé, ya está chillando. Pero se estaba riendo. Y su estómago cálido en mi hombro, su cabello en mi brazo. De veras que es liviana. Pero yo no pensaba en ella, no era ella la que había hecho el dengue afuera de mi casa, era un realidad un robo a la Berthe Trépat de Cortázar. Y me pareció triste.

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