Pongamos que el reloj ya no dará más vueltas y que tienes la oportunidad de nacer de nuevo para cometer los mismos errores. Pongamos que los amantes que se refugian en el descanso de las escaleras que llevan a mi casa no van a darme envidia, que no voy a ponerme triste ni a sentirme herido y solo, que no va a darme miedo caminar entre la gente. Pongamos que no voy a olvidar, que vas a venir y que muy a tu pesar volteaste y encontraste algo que te gustó, que no voy a ponerme estúpidamente celoso de todos y por todo. Pongamos que me perteneces y que bebo del río que fluye en tu cuerpo y que emana de tu boca, que las mariposas negras y malolientes que se descomponen en mi estómago cuando te veo no incubarán más y más huevecillos, que las mil sierpes de mi cabeza medusa van a mirarte para convertirte en piedra para que pueda verte a mi antojo sin sentirme apenado, que los soldados pez van a secuestrarte (y no por orden mía sino por antojo) y te llevarán a la corte de su rey loco, un tiburón que come arrecifes. Pongamos que eres tan hermosa como un triste acorde de guitarra arrancado a los pordioseros que tocan en las calles, que prefieren que tú les sonrías a que les tires una moneda. Tocaré mi triste y tonta tonada para ti, pondré la gorra y quizá, si tengo suerte, tocarás mi mano. Pongamos que voy a sentirme cálido, que va a llover sobre nosotros. Pongamos por segunda vez que te...
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