viernes, 29 de octubre de 2010

¡¿Quién es Cherloc Jolms?!

Este blog ya se agotó. Saludos.

 Lo leyó en voz alta y se tapó la boca.
-¿Qué es, mami?
-Nada nada, termina de desayunar.
Soltó el periódico sobre la mesa con el consecuente flap, que agradó mucho a Milly (el nombre atiende al mal gusto de la madre). Se concentró mucho como le enseñó su papá y leyó sílaba por sílaba, muy despacio: “mu-e-re-el-pa-ya-so-ti-em-po-at-ro-pe-ll-ad-o-por-el-ca-mi-on-de-la-ba-su-ra. Ya está, y al lado una foto en blanco y negro de un señor con círculos negros alrededor de los ojos (¡un mapache!) sosteniendo un reloj de cadena. Parecía triste, pero Milly rió divertida por lo del mapache. Decidió entre cucharadas de cereal que descubriría quién era ese payaso y por qué había muerto. Su mamá se fue y Milly metió dos paquetes de galletas, un jugo y su libreta en su mochila morada. Leyó otra vez la callé donde atropellaron al payaso (Galeana) y buscó en el listado de rutas. Contó cuidadosamente las monedas de dos en dos (sabe contar hasta 30) y las metió en la bolsa chiquita de la mochila. El tintineo le gustó y sacudió la mochila para escucharlo otra vez. Se puso su vestido azul de gamuza con sus zapatos blancos que brillaban de boleados y unas calcetas de colores, que fueron las primeras que encontró. Se amarró el cabello con un listón verde como le había enseñado su mamá, se puso la mochila y salió de la casa. El tic del cerrojo entrando en la ranura de la puerta -qué agradable, pensó Milly- y anduvo brincando las dos cuadras hasta la parada, donde había dos señoras del quehacer. El camión llegó e hizo cccffff, lo que desagradó a Milly. Las señoras del quehacer la miraron sorprendidas cuando subió los escalones y el conductor, un señor vestido de amarillo y beige, chino y con la cara grasosa, la miró con desconfianza, pero la niña la dijo resueltamente tengo ocho años y puso las monedas en la mano que ya se estiraba. Se sentó y sacó el cuaderno de la mochila. Revisó sus anotaciones y hasta entonces  cayó en la cuenta de que no sabía cómo era la calle Galeana, por lo que no sabría dónde bajar. Se acercó al conductor pasando el espiral del cuaderno sobre los tubos metálicos de los asientos.
-Señor, dijo con voz seria, ¿sería tan amable de indicarme cuando lleguemos a la calle Galeana?
-Bbrrff, sí.
El camión iba casi vacío y se sentó en el asiento de hasta adelante para asegurarse de que no se le olvidara. Trató de leer los anuncios en las pancartas enormes, pero no le daba tiempo de leerlos completos, sólo en los semáforos.
-Aquí es la calle Galeana, niña- dijo el chofer deteniéndose en una calle adoquinada y Milly se tapó los oídos para no escuchar el cccfffff.
-Muchas gracias, señor- y se bajó por la parte de atrás (así decían los letreros y las flechas) contando sus pasos y pasando el espiral del cuaderno contra los tubulares. No había nadie en la parada y no sabía hacia donde ir. Se decidió por el sentido contrario de los carros. Había bastantes restaurantes con toldos y marquesinas que decía restaurante café cenaduría bar ambiente familiar, tenían impresos nombres de señoras, comida rara en pizarrones, banderitas en las esquinas, dibujos de tazas humeantes, de ollas y cacerolas, de tenedores y cuchillos (ninguna cuchara. Pero qué injusto, pensó Milly). En un esquina había una casa que parecía normal, sin anuncios, con focos rojos en la entrada, con jardincito, que desentonaba con el resto de la calle. La gente, olorosa a muchas cosas, caminaba aprisa, pasándole de largo. Casi todas las señoras traían tacones haciendo tac tac tac tac y entraban en los restaurantes, casas para Milly, del brazo de señores que traían corbatas. Un olor confuso, mezcla de muchas cosas, flotaba en el aire. Un restaurante de fachada verde con lonita verde en una esquina atrajo su atención por el ruido que venía de una ventana abierta. Muchos platos chocando, los sartenes cayendo en una estufa larga de metal brillante, las cucharas tintineando, el siseo de las lumbres y un hombrecito lavaba trastes a una velocidad increíble y que abría y cerraba la llave chhhsss chhhsss. De un sartén se elevaba una vertical llamarada que la asustó. Se está quemando, susurró con los ojos muy abiertos, pero un señor le puso una tapa encima y la llamarada desapareció. Era muy agradable estar ahí escuchando, pero se dio cuenta de que aún no sabía nada del payaso Tiempo ni de las misteriosas causas de su muerte. Intentó preguntarle a los señores y señoras de raros peinados, pero sonreían y la hacían a un lado y una dijo: “qué mona” sin dejar de caminar. Decidió que eran como su madre y siguió caminando por la banqueta entre las estiradas piernas enfundadas en trajes mal cortaddos y zapatos opacos. Llegó al final de la calle sin haber investigado nada. De entre los depósitos de basura verdes y grises salían cuerpos en andrajos y entraban otros arrastrando periódicos y cajas grandes de cartón. Había visto a su mamá darles monedas en la calle y porque le parecían todos iguales, pensó que la recordarían y que podrían decirle. Pasó entre miradas perdidas y cuchicheos apagados hasta llegar a un bote de basura de donde asomaba una fogata. Estaban tres hombres alrededor asando ratas y hurgando en platos cerrados de unicel. Uno estaba sentado en una pila de tabiques y al lado de él un radio escupía, entre la estática, una canción que Milly nunca había escuchado, pero que le gustó. “Desde lazotea las macetas son la jungla de miiis sueñoooos, más allá del tendedero y del chuchiceo del lavadeeeeeroooo despeino eeeel cieeeelo”, cantaba una voz rasposa. Se acercó dando pasitos y preguntó simplemente:
-Señores, ¿serían tan amables de indicarme por favor quién era el payaso Tiempo?
Los hombres voltearon a verla hoscos y resoplaron los dos que estaban de pie. El que estaba sentado se rascó la cara y se echó a reír. “Me de por ver caaastillos eeen el viiiientooooo” Tarareó con una sutileza que encantó a la niña, que no se movía para nada.
-¿Te perdiste, niña?- preguntó sin dirigir su mirada el hombre sentado.
-No señor, he venido a investigar.
-Jajajaja, qué niña tan chistosa.
-¿Y cuál es, si es tan amable, esa canción que pasan en la radio?
-Aaah, tienes buen gusto, niña, muy buen gusto. Pero ni sé.
“Pero yo despeino el cielo mientras un escuincle ríe tras las nubes de mi peeeelo y es curioso que a esta edad se asome todavía por ahí...”.
Lo miró contrariada. Para Milly los adultos tenían que, por necesidad, saber todo.
-¿Para qué quieres saber de Hilario? Ya está muerto.
-Lo sé, lo leí en el periódico, por eso vine.
-¿Qué? Y tus papás. De seguro se están llenando el buche en uno de los restorantes de allá- dijo con muina alzando una mano en dirección a la calle.
-No, mi mamá se fue con sus amigas y mi papá está ocupado.
-¿Y te dejaron venir hastacá sola?
-Mi papá dice que la investigación es lo que importa.
Los hombres empezaron a despedazar la rata, un cúmulo negro ensartado en un alambre de púas, con los dientes y le ofrecieron al sentado, que negó con la cabeza y los otros se encogieron de hombros.
-A qué caray. Y por qué investigan a Hilario.
-Porque las circunstancias de su muerte no han sido esclarecidas.
-Aaah, mira tú.
La canción se acabó y un locutor anunció una pasta para limpiar lavabos. La estática, se dio cuenta Milly, le causaba pesadez y miedo. Estaba oscureciendo y las caras renegridas de los hombres se recrudecían, adquirían una cualidad malvada, sombría, con el avance de las sombras.
-Le ruego que me proporcione la información que amablemente solicito- insistió Milly y giró la mochila sobre su hombro. El roce, un sonido conocido, la calmó. -Podría remunerarle su ayuda- dijo sacando de la mochila las monedas. Contó las que necesitaría para el camión y las guardó. Se volvió al hombre que la miraba socarrón y le mostró en la mano abierta 17 pesos. El hombre la miró sorprendido y se recargó contra el bote rebosante de basura que estaba a su espalda. El bote se tambaleó y cayeron del tope botes de leche.
-Dile a Franco que se le olvidó este bote, que venga en chinga- dijo dirigiéndose a uno de los hombres que roía un pequeño hueso. Se limpió los restos de grasa de la boca con la manga mugrosa y se fue. Alrededor de ellos el bullicio crecía. Rodeados como estaban de botes y depósitos, Milly sólo podía escuchar las idas y venidas y los gritos.
-Pues bueno, a ver qué hacemos- y como si fuera una zarpa, atacó la mano de Milly aún extendida y ella se retrajo asustada. El hombre apenas le tocó la palma cuando le quitó las monedas. -Con esto no te puedo decir mucho.
-Por favor, murmuró con creciente temor la niña.
-Chingao', este cabrón no viene, se lo van a chamaquear. Mira, Hilario era un cabrón loco, ¿ajá?. No sé por qué chingados, pero le dio por hacerse payaso y le decían Tiempo porque hacía malabares con relojes, ¿entiendes?- de repente, ante la perspectiva de estar explicando a una niña que parecía un payaso en miniatura por qué le decían a Hilario tiempo, se botó de risa. -¿Entiendes? ¡Malabareaba con relojes! Jajajajaja- y se agarraba el estómago y se pegaba en las rodillas. Las carcajadas le gustaron a Milly por ser un sonido ronco, como el resonar de un tronco podrido. Se rió también tapándose la boca con la mano. -Y un día venía distraído o no sé qué chingados. Siempre llegaba tarde el cabrón, ¿entiendes?- y se botó de risa otra vez. -Total que era tarde y el hijo de la chingada del 3 traía las luces apagadas para que no nos diéramos cuenta que venía y que me lo rechinga, lo aventó como cinco metros y el Hilario se abrió la tatema y ahí quedó, agarrando su reloc. Y ya, nomás eso.

Milly, que había sacado su cuaderno, escribía tan rápido como podía sacando la lengua y cuidando de recordar las palabras exactas del testigo.
-¿Alguien vio el suceso?
-¿Qué? Ah, el Chirris, pero ahorita nostá. Lo mandé por el aluminio.
-¿Y levantaron la respectiva denuncia?
-¿Qué? ¿Por qué chingados haríamos eso? Fue un accidente, pasa seguido y si nos ponemos pendejos, esos cabrones son capaces de dejar de venir y nos morimos de hambre, ¿entiendes?- la mirada ahora feroz del hombre obligó a Milly a concentrarse más en su cuaderno. Siguió garrapateando y marcó su última palabra en la hoja.
-¿Me da su nombre por favor?
-Para qué lo quieres- preguntó con recalcitrante desconfianza.
-Para reunir datos y esclarecer la situación.
-Mira, niña, me importa una chingada qué quieras hacer o quién seas, pero déjanos en paz. Si te mandaron los hijos de la chingada de la procu y tienes como 30 años y eres enana me vale madres, pero párale ya si no quieres que entre todos te madriemos, ¿entendiste?
-Sí señor, agradezco su tiempo y su...
-Ya ya, a la chingada. ¡Emi! ¡Ven a llevar a la damita a sus papás! Él te lleva, no te preocupes, no es malo- dijo esbozando una sonrisa macabra y Milly estaba a punto de llorar. Llegó un muchacho que la miró con desprecio. Estaba andrajoso como los demás y apretaba los labios.

Caminaron de en el sentido de los carros y Emi no dijo una sola palabra, no le preguntó a dónde iba ni nada, se limitó a seguirla. Cuando llegaron a la parada, Milly le dio las gracias amablemente y le sonrió, segura bajo la luz del anuncio de la NFL. Emi abrió la boca y un hoyo negro de dientes podridos se despidió de ella. Se asustó y el muchacho se retorció como si estuviera riendo, pero no emitía ningún sonido.

Antes de llegar a su casa advirtió el alboroto y vio las luces giratorias de las patrullas. Entró y en la sala estaba su mamá llorando en el sillón y su papá hablaba con un policía que aparentaba escucharlo y otro anotaba cosas en la libretita. Su papá la miró y puso su cara de severo regaño, fue a donde su mamá, que tenía las manos en la cara y estaba despeinada. Le tocó el hombre y señaló a Milly con la cabeza. La señora levantó la vista y se abalanzó hacia su hija. Se arrodilló y la apretó fuerte y poderosos sollozos le sacudían todo el cuero. El llanto de su mamá le parecía a Milly muy desagradable por el tono agudo y la nota de farsa que podía reconocer. Pero esta vez su mamá lloraba sin hacer mucho ruido. Su papá estaba de pie frente a las dos y miraba hacia abajo. Milly sabía que una andanada de reproches era la única posible consecuencia. Y lo fue. Su mamá le preguntó qué había hecho, por qué se había ido, por qué le hacía eso y la llamó malcriada, desagradecida, mala hija y le dijo a su marido que todo eso era su culpa, que él le metía ideas estúpidas en la cabeza y que estaba harta de su trabajo y de sus estupideces y que no aguantaba más, que la iban a matar y que no les importaba. Su papá no dijo nada. Aguantaron ambos el vendaval y cuando su mamá se calmó se fue a su cuarto y dio un portazo. El señor despidió afectuosamente a los policías y los encaminó a la puerta agradeciendo su apoyo.
-Para lo que quieras, tú nomás dinos.
-Bien bien, gracias, mañana nos vemos entonces.
Volviéndose a Milly, la miró intentando no sonreír.
-¿A dónde fuiste, Emilia?
-Fui a investigar- y sacó de su mochila la libretita.
-¿Caso cerrado?
-Inconcluso.
-¿De qué se trata?
-Un accidente.
-Dime.
-A un payaso lo atropelló el camión de la basura- dijo seriamente- ¿Sabes que le decían Tiempo?
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-Porque hacía malabares con relojes. No entiendo eso.
Su papá se rió con ganas y la levantó en vilo y se sentaron en el sillón.
-Y además siempre llegaba tarde.
-Y lo atropelló el camión de la basura, ¿eh? Qué poético.
-¿Por qué?
-¿Sabes qué es el tiempo, pequeña?
-No, tú dices que una cinta de Moebius, pero nunca lo he visto.
-No te preocupes ya porque se murió. No hay nada más qué hacer. Al tiempo, malabarista de relojes, lo atropelló el camión de la basura.
-Se llamaba Hilario.
-Bueno, a dormir ahora.
-Hasta mañana- se besaron ambas mejillas y su papá dijo en voz alta:
-¿Qué hacía una niña de ocho años jugando a Sherlock Holmes, vestida de gamuza azul, sin pipa, sin saco de tweed oscuro y sin la boina a cuadros, tan necesaria a quien se precie de ser un buen detective?

Último de los hilos estupidos

Pienso que es tiempo ya de rendirme al ejercicio de la explicación propia. Ante todo quiero entrever la posibilidad de librarme de mi soberbia exponiéndola como es, con su vaciedad. Hasta hace un año yo era horriblemente ingenuo cuando de escritores se trataba. Pensaba que escribían por escribir, que era algo “puro”, que no planeaban sus textos, que no querían decir algo de manera consciente y cuando me enteré de que eran seres bien pensantes y que hacían las cosas con mucha mala leche y que hacían y deshacían a su antojo, que proponían con toda la intención, me dije: he aquí un noble oficio. Fue un descubrimiento paulatino. Cuando leí en el apéndice del libro Cerca del fuego de José Agustín que los textos pasaban por correcciones pensé que revisarían en busca de faltas ortográficas o sintácticas, pero no se me ocurrió ni por error que de hecho reescribían los textos, como José Agustín apuntilló después. Fue un madrazo enterarme de eso. Supongo que habrá muchos textos que no son sometidos al rudo escrutinio del autor (sí al de los editores), pero al parecer una buena parte lo son. No entiendo cómo lo hacen. Después vino el descubrimiento más macabro. En un taller de lite impartido por la maestra Lucia Molatore, presenté, cándido como era y sigo siendo, un texto al que tuve la osadía de considerar un cuento corto. La maestra se tomó la molestia de leerlo y me dijo que estaba bonito y que quería leer lo que seguía. Me quedé como idiota. No sigue, eso es todo, le dije sonriente. Me iluminó con un gran rayo de luz. Me dijo que mi texto no era, por ningún lado, un cuento. El amable lector de este pobre blog puede constatarlo, el cuento es de la sección de Tres cuentos con casco y se llama El vehículo deslizador. La maestra continuó y hago una paráfrasis: no es un cuento, es más bien una escena, al menos no es un texto que pueda participar en ningún concurso como cuento. Se me abrió el mundo. Luego hablaron, había más participantes, de un libro de Calvino que se llama “Ciudades Fantasmas” y que son descripciones de ciudades, pequeñas escenas, como mi supuesto cuento. Esos comentarios me hicieron caer en la cuenta de que soy horriblemente pretencioso y quiero por lo menos aceptarlo. La mayoría de los textos que se leen en este blog son, a pesar del título "Cuentos para dormir...", sólo escenas, bosquejos, escayolas letrísticas de historias a veces descabelladas que me pasan por la cabeza, historias que siempre me estoy contando para buscar lo que me subyace y como toda narración, son explicaciones hechas de lenguaje y éste más que decir, oculta, empobrece, dimensiona. Las palabras son todo lo que no se eligió, lo que quedó afuera de ellas, el mundo circundante que cercenan para existir; dan nombre segando las otras infinitas posibilidades y eso son mis relatos, todo lo que no sucede, lo que queda al margen, lo que se murió ante la carga ontológica del lenguaje, todo lo que no dije. En un principio el blog iba a ser una colección de escenas o cuasi cuentos para niños. Cuando recién empecé a garabatear en mi libreta de la prepa me daba por hacer eso, historias más bien bobas que no tenían respeto alguno por el estilo o la estructura y que eran ideas e imágenes que atascaban mi cabeza y que no hallaron mejor modo de salir para empezar a morir que en borrones de tinta. Luego vino mi inevitable pretensión ecritural y quise ponerme serio y escribir cosas “más adultas”. No creo haberlo logrado y mi postura flacucha de estructura y estilo es producto de mi ignorancia, no de otra cosa. Me disculpo entonces y reitero, no son cuentos, la mayoría son escayolas y bocetos. Por cierto que sigo sin saber bien qué hace a un cuento tal. Alguna cosa tendré que investigar estos fines de semana.

Cuento número 4

-¿Tienes hambre?
-No. Me dio mucha hambre.
No sé qué hacíamos en la cocina, en mi casa, tan temprano.
-Pues hay champiñones, si quieres los hago.
-Mmmm, ¿los sabes hacer?
-Sip- me levanté y los busqué. Saqué la tabla y el cuchillo.
-¡¿No los lavas?!- preguntó alarmada.
-Mmmm, no, éstos se hierven, no es necesario.
-¡Qué bárbaro!- y yo pensé que lo bárbaro era su estúpida manía por la limpieza.
-Es extraña la vida en las mañanas, pasa muy lento...
-No pasa lento y es normal la mañana, tú porque te despiertas siempre después de mediodía por vago y botarate... - ¿qué será botarate? Me pregunté.
-Nel nel, es más lenta la vida- y es una silla con las patas rotas o una niña repantingándose en ese sillón o una ramera dadivosa, ve tú a saber. No dejé que lavara los champiñones y mientas los corto (me fascina cortarlos, se siente rico, como cortar plastilina y huele rico, a tierra mojada) escucho “Encantamiento inútil” y me viajo y pienso y filosofo como sofista creyendo tener la verdad del mundo, la neta profunda blablabla y entre todo me detengo a pensar en la gente que vive en horarios con roperos acomodados y feng shui, como tu mamá, y siento algo cercano al asco.

Tú pelas una toronja y te mueves, abres cajones, husmeas entre las cacerolas, me preguntas y me hablas de nosequé, no entiendo ni madres, vivo para lo extraordinario que resulta el que estés aquí. Andas desatada y me da risa, pienso que nunca habías estado tanto tiempo en una cocina, hay trastos que no sabes ni para qué sirven y hay que decirte aunque hagas ahh, sí, ¿y qué es capear? Te respondo y te digo qué comidas se hacen. Casi saltas, prendes y apagas la luz, pelas despacio la toronja y cada cáscara la acomodas en una esquina de la mesa, mides la cocina dando pasos pero qué chiquita es. Yo nomás sonrío. Es cagado porque las veces que vienes a mi casa bajas la cabeza, saludas muy sonriente pero corres a mi cuarto o a Ningún Lugar tratando de evitar toparte con mis papás o mis hermanas. Pero ahora eres otra, mariposa en nuevo campo que no sabe dónde posarse. Te pegas en la barbilla con el dedo índice y haces mmmm inquisitivamente.
-No no no no, así no se hacen.
-¿Qué?
-Los champiñones, así no se hacen, se les echa... mmmm... desto- agarraste el primer frasco, que resultó ser la pimienta negra. Jugaré, pues.
-¿Sí? No lo sabía... ¿a qué hora se la echo? ¿molida cuando se sazonan o entera ahorita que hiervan?- me dan ganas de reir.
-Mmmmm- y pones esa cara de que sabes- ahorita que hierva, échale cinco bolitas.
Casi reviento, pero sé que si me río se acabará la diversión.
Empiezas a pasarme frascos y con algunas preguntas: ¿éste cómo se llama? No me acuerdo... y yo re respondo: clavo, orégano, mejorana blablabla. Me dices cuánto echarle, hasta tratas de adivinar si ya están cocidos, levantas la tapa y hueles. No alcanzo a decirte que el vapor quema. Te quemas y sueltas la tapa que hace mucho ruido al caer. A cualquiera le pasa, te digo y dices sí sí, soplándote. Ya rio un poquito.
-Sí, ya están- y quito la cacerola- ¿Los escurres, por favor? Mientras yo preparo lo demás- me miras asustada, pero estás empeñada hoy.
-Sí, claro, ¿qué tienes para escurrir?-
Finjo cara seria:
-Ahí está el colador azul, agarra ese. No, no, en el fregadero. Dejas poquita agua. Ahí colgadas están las agarraderas.
-Sí, sí, ya sé- dices indignada. Qué risa.
Te escucho vaciar con cuidado, y con una cuchara, los champiñones en el colador. Te quemas un par de veces con el agua. Aaooo sssss. Te ves la mar de linda, concentrada, moviéndote despacio, hasta te pusiste un delantal sucio (imagino que llegarás a bañarte como 10 veces por sólo haberlo tocado). Empiezas a tararear y a mí casi se me quema la mantequilla. Volteas y me ves como quien ve a alguien que no sabe nada y hay que enseñarle lo más elemental.
-Asshhh, no le eches tanta y bájale al fuego- jajajaja, le dices fuego a la lumbre- Ya échale lo otro.
-¿Qué otro?
-Pues lo otro... asshhh, eso que tienes en la tablita.
-Ahhp, sí- le echo la cebolla y el ajo. Me gusta el sonido que hace la cebolla cuando se fríe. Acabo de acordarme que no te gusta. Ni modo.
-Ésto ya está, pásame los champiñones.
-Ya voy, ya voy, rey de las setas- jajajajaja- no me apures.
Me los pasas extrañamente acomodados, como en filas. Te dejo que los eches en el sartén. Lo haces con cuidado, con la mano, como echando peces en una pecera.
-Yap, listo- te dejas caer en la silla, suspiras, agotada, pienso y me hace gracia. Vuelves a tu toronja, le quitas la piel despacito, te salen los gajos perfectos y los pones en un platito, acomodados. Eres un Gran Festejo. Muevo los champiñones y te alcanza para decirme que le ponga esto y aquello y no lo aguanto más, se me sale la carcajada. ¡Apio a los champiñones! Jajajajaja. Ríes conmigo, sin entender, pero ríes. Sirvo los champiñones  y los comes moviendo la cabeza, tarareando “me escurriré como agua de entre la retículaaa”. No saben taaan mal, pero... son mis champiñones, ésto ya es terribilísimo, irreversible.

lunes, 25 de octubre de 2010

Horrores anarquistas

Ah, sí, sí estaba escuchando. A menudo hago eso, pretendo que estar absorto pensando en algo lejano o muy profundo, pero siempre escucho. Hasta tengo esa mirada perdida y no me muevo para nada, pero me doy cuenta y escucho perfecto cuando me hablan. Es una pequeña maldición doble: mi pretensión y mi estado de alerta. Claro que lo hago para parecer ido porque ayuda mucho a esta idea que tiene la gente de mí de fantasioso y poético y distraido. De artista, pues. Los empujo nada más. No pienso que sea una broma, me lo tomo en serio. Pueden darse cuenta de cuán farsante soy por eso. No me he presentado. Hasta ahora he obligado a mis personajes a decir las cosas por mí o al revés, no estoy tan seguro. Soy un narrador. Soy el narrador José Bernardo Olmedo Ledesma. Miento muy seguido, contradigo por sistema. Declaro que hoy, mientras venía caminando con Raúl por Escobedo, me encontré una moneda de cinco pesos con la efigie de Mariano Matamoros y que no existo. Empieza a castrarme esto. El tono impersonal y al mismo tiempo íntimo de esto es una farsa insufrible. Es la voz de un niño en mi cabeza. Me fastidia, me hace encabronar. Es como un niño burlón y cínico. Me vengo en su insustancialidad. He tratado de reflexionar sobre mi propio narrador, el narrador que soy y no soy al mismo tiempo. Pienso en la posibilidad de unicidad barata. Me pregunto si mis personajes son yo o si yo soy mis personajes o cómo funciona. Como pensaba que los escritores eran personas que se limitaban a escribir, no me había detenido mucho en eso hasta últimamente. Por supuesto que mis personajes están impregnados de mi ideología, pero no sé si son herramientas que uso o seres autónomos que van y vienen en mi cabeza. ¿Dicen lo que yo quiero que digan?, ¿son muestras inevitables de mi torcido interior?, ¿los conozco?, ¿hasta qué punto son lo que no me atrevo a decir yo como Bernardo?, ¿o existen porque ser un único personaje sería aburrido? A veces siento que floto. Venía caminando por Corregidora escuchando Sigur Ros y pensé que era el ruido de fondo. Mi música la llevo adentro y el sonido exterior es ajeno a mí. Es una frase declarativa de fácil inversión. ¿Cuál es la banda sonora?, ¿la canción adentro o el ruido afuera? Me hace sentir que no estoy aquí escuchar música en la calle. Me hace sentir solo o algo así, me da una sensación de encierro tibio y me alivia al mismo tiempo, me siento especial. Es una emoción que se interioriza, como si el único que importara fuera yo. Lo disfruto enormemente, otra de mis frases. Ahora mismo me preocupa que el tono, el revoltijo de voz que escribe esto no es mío. Es mi yo narrador. Lo leo y nunca lo imagino como mi voz, no lo leo como yo. Es una voz más aguda, un poco nada más. Y como indulgente, suave, afeminada. Estoy condenado a no escribir nunca yo. Algo que parece que sí es cierto es mi miedo a pronunciarme de manera absoluta frente a cualquier cosa. Dudo, titubeo. Antes no tenía ningún problema para hacerlo. De hecho lo hacía todo el tiempo. Mi voz adquiría un tono soberbio insoportable y daba cátedra. Ahora dudo siempre, no me atrevo a decir: es esto. Digo: yo pienso que puede ser esto, aunque también existe esta otra posibilidad o alguna jotada como esa. Es lo que hace el conocimiento: que sabes que puedes errar y a mí me recaga equivocarme. I'm sort of mild. Me hice considerado o sensato o algo así, aunque en el fondo no dejo de ser un hideputa. Extraño estar triste. Un chingo. ¿Hago hablar a los personajes porque tengo miedo de decir que soy yo quien lo dice?, ¿es lavarme las manos y tener la posibilidad de decir: era broma, es sarcasmo? La posibilidad de retractarme, de no ser responsable. Al menos para mí es así. Es mi mediocridad rampante. Mediocre, me encanta el final: crrrrrre. Nohemí diría que mi miedo a comprometerme. Le daría la razón, es algo que ya sé y que no niego. Esa es otra de mis cosas: soy un culero conscientemente. Diana me lo dijo. Ella uso “patán”, pero al caso da lo mismo. Yo advierto: soy así y así y así y te voy a lastimar, te voy a hacer daño. Hacerlo libera mi consciencia. Advertir que harás algo es un alivio, te exime de la culpa, te permite echársela al otro: no me hizo caso, fue su decisión, ya lo sabía. Pero soy yo quien lo hace, soy yo quien decide ser ojete al final. No niego mis incongruencias ni mis contradicciones, al contrario, las muestro demasiado rápido, las ondeo, me siento orgulloso de ellas. Siempre puedes poncio pilatear y decir: así soy, soy una contradicción, ni modo. Y te libras del juicio. Te excusas. Es muy mierda todo eso. Me siento mal después, pero no dejo de hacerlo. Sé bien que no cumplo lo que me digo. Así es, mostrarte mierda y esas cosas te disculpan, te escudan. Pero no dejan de ser pretextos mierda. Es molesto, asqueroso: cubrirte de la mierda con más mierda. Ahoga. Y esta disposición natural a pensar que eso recibiré: mierda. El león piensa que todos rugen igual. Tampoco tengo empacho en decir que tengo novia y que fantaseo con otras mujeres. He encontrado que la sinceridad cínica es muy efectiva. Lo mismo de antes. Pienso a veces en dejar a Carla por la adrenalina de sentirme “libre” de nuevo, de no tener que pretender que soy un buen chico, respetuoso y eso. En mi cabeza soy un verdadero marrano. ¿Somos lo que pensamos o lo que elegimos decir?, ¿qué pesa más?, ¿si en mi cabeza soy un ojete pero en mis actos no tanto soy un imbécil reprimido y mesiánico o en verdad no soy tan ojete y es parte de la “insoportable condición de ser”? Ese tipo de preguntas me revientan. Sé que eventualmente tendré que decidir, pero me molesta tener que decidir. Esto de vivir es adaptarse, qué joda. Y qué estupidez. ¡No entiendo ni madres! A veces a mis compañeros se les ocurre pensar que soy inteligente y yo pienso que no lo soy, que ellos son muy tontos y luego me digo: pero tienen otros conocimientos. Me molesta que se preocupen por cosas que me parecen idiotas y supongo que ellos sentirán lo mismo algunas veces. ¿Es realmente importante saber qué son los hoyos negros y el catálogo entomológico?, ¿de qué sirve saber que Platón escribió República y etece?, ¿de qué sirve saber que la revolución francesa empezó en 1989?, ¿de qué sirve saber los precios de los zapatos, del estilista, de las verduras en el mercado, los chismes de la escuela?, ¿de qué sirve saber? Eso es lo que en verdad me revienta. La verdad es que lo único que importa es lo que le importa a uno, así, a secas. El resto es un feo papalote. El resto es una mentira. ¿El alivio de la conciencia es una cuestión de egoísmo? Pongamos que hasta las labores más altruistas y filantrópicas tienen un trasfondo egoísta, que la gente que ayuda lo hace para sentirse bien, no porque en verdad quiera ayudar; es decir, sí quieren ayudar, pero porque los hace sentir bien, mejores, que cumplen con un deber, que muestra que están agradecidos, que son civilizados y considerados y no porque verdaderamente les importe a quien ayudan. Pongamos que alguien ayuda a una mujer violada. Pongamos que lo hace no porque le importe que violen o no a la mujer, ni siquiera sabe quién es. Que lo hace porque su civilidad, su idea de heroísmo y proteger al débil lo impelen. La mujer es irrelevante y sin embargo se arriesga para no fastidiarse en la noche diciéndose: pude ayudarla pude ayudarla. Simplemente para no sentirse cobarde, para poder mirarse al espejo y no sentir arrepentimiento. ¿Es o no su acto un acto de egoísmo? Y si lo matan y violan a la mujer,  ¿valió la pena?, ¿era necesario?, ¿a quién le hizo un bien?, ¿convirtió al violador en asesino o el violador lo hizo él solo?, ¿no se vio el violador impelido a hacerlo, a defenderse?, ¿era dueño de sí cuando lo hizo?, ¿quién tiene la culpa? Evidentemente que el violador, pero ¿y si el otro no se hubiera entrometido?, ¿no fue la situación un desperdicio estúpido e innecesario? Como la situación es toda hipotética, no acepto un: no pasó así. ¿O es eso lo que mueve al mundo?, ¿lo que realmente importa?, ¿cómo juzgaremos al hombre muerto?, ¿un héroe o un idiota?, ¿el que haya hecho lo que creyó correcto lo exime de su culpa o convierte su acto en significativo y poderoso?, ¿nos muestra que no todo esta perdido, que en este mundo lleno de inmundicia aún quedan personas que valen la pena, que son humanos? ¿Y qué pasa con todo lo no dicho? Eso también me fastidia. Hay un número infinito de maneras de relatar algo y sin embargo sólo se puede de una, de la manera en la que de hecho se hace. ¿Y qué pasa con el resto, con las infinitas posibilidades desechadas?, ¿en verdad decimos algo cuando escribimos o cuando hablamos?, ¿no será un exceso de soberbia?, ¿nombrar no marca en sí un derrotero único?, ¿no es dirigir con nuestras palabras?, ¿delimitar un mundo particular, una situación dada?, ¿encerrar, coartar?, ¿tener el poder de decidir, de crear, de sabernos exclusivos poseedores? Porque cuando relatas una historia estás dando tu punto de vista, estás delimitando lo que se  sabe y lo que no, lo que se ve y lo que se ignora, estás explicando cómo y cuándo y a veces por qué. Y nunca absolutamente nada está acabado, absolutamente nada es total, la complitud es imposible de suyo. Escribir para mí pasa más por la voluntad que por la “inspiración”. Generalmente hay alguna historia en mi cabeza. Algunas las olvido rápido, otras se quedan días y hay algunas que puedo escribir, delimitar lo bastante como para encerrarlas en palabras. Rara vez son mis favoritas. Mis historias favoritas me las cuento a mí mismo, como private jokes y por eso me río en la calle a veces. Soy muy divertido para mí mismo, aunque a la gente no piense igual. Como no sé cómo terminar, les regalo tres puntos suspensivos . . .

domingo, 24 de octubre de 2010

Más contrariedad

-Amor, por favor no te demores, quiero estar contigo. Aquí te esperaré... siempre- dejó mensaje en el celular. Su voz sonaba suave y el siempre tenía una dejadez que le dio escalofrío. No lo esperó. Llegó al café y la buscó con la mirada sin dar con ella. Fue a la mesa habitual, se quito despacio la gabardina y con cuidado la puso en el respaldo de la silla. Halló uno nota: LO SIENTO, con tinta negra. La esperó un rato y se levantó molesto. Pasaron días y meses y la buscó. No quería que la encontrara, así que no lo hizo. Lo que nos ocupa, este diálogo, sucede nueve años después, cuando coninciden en el mismo café, la misma mesa donde no se hallaron.
-Hola.
Casi escupe el café y tiene qué pasárselo caliente.
-Hola.
-Qué coincidencia, ¿no?- la mira frunciendo el cejo y responde, sin saber qué responder:
-Sí.
-Cómo has estado. Ahh, no me digas que bien, por favor.
-Mmmmm... estoy muy bien, muy bien, ¿y tú?
-Bien también, no me quejo- se instala el silencio.
-¿Me puedo sentar?
-Ah, perdón, por supuesto- quita apresurado el maletín de la silla.
-Cuéntame, cómo has estado, qué has hecho.
Él, en un instante, se harta, le parece un mal teatro y se enfada porque no puede voltear a verla, mira perdido la mesa, el diseño romboidal.
-Déjate de pendejadas, qué haces aquí.
-Pasaba y te vi por la ventana. No has cambiado casi nada- por primera vez él voltea y la mira fijo, con incipiente furia. Ella se sobresalta.
-Tú sí.
-Ya, no me veas así.
-¿Por qué chinggg...? Ahhh, no vale la pena- suelta su taza de café, que le salpica la mano. Se inclina para tomar una servilleta con mano temblorosa.
-Perdón. Tienes razón.
-Vete, por favor.
-No- le toma la mano caliente que se crispa. La retira, brusco.
-Qué quieres, ¿chingarme? ¿burlarte?
-No- dice arrastrando su voz débilmente. Él vuelve a mirar la mesa.
-Para mí eres un fantasma- suspira largo.
-Si te digo la verdad no vas a creerme- un resorte se le activa y salta, haciendo ruido y derramando el café-. Siéntate.
-¿Vas a decirme por qué te fuiste?- pregunta con tono burlón.
-Sí, y es la pura verdad, lo creas o no- toma aire-. Me fui con el repartidor de pizza, el que te caía mal. Me enamoré como tonta un día y creí que había encontrado al amor de mi vida- carraspea-. Me llevó en su moto, en la parte de atrás, como el cuadro en la película de Temporada de Patos. Me sentí así. El primer día fue muy bonito, pero se fue diluyendo  y me se fue fastidiando hasta que a los dos meses me echó, literalmente. Estaba deshecha, pero no por él. Por ti, por mí.
-Tenías razón, no te creo nada. Eso es una mamada muy mala hasta para mí. ¿Cómo vienes a decir que estabas deshecha por algo que botaste? Tus búsquedas siempre me desquiciaron.
-Era lo que te gustaba, ¿no? Que buscara, que creyera que todavía había cosas puras y utópicas.
Suspiró y contestó:
-Sí, supongo que sí. Hubieras regresado, a lo mejor te perdonaba.
-Es que no había nada qué perdonar. Además me sentía tan humillada, no podía ni salir al principio, me dio delirio de persecución. Cuando me corrió me fui a la casa de Fer. No, no la conoces, y ahí me pasé como tres meses chillando y lamentando . Después me fui de la ciudad en un autobús estrella roja y he andado de aquí para allá haciendo trabajos de free lance, viajando, aprendiendo. Regresé a buscar a los viejos amigos- y lo miró sin querer.
-Vete a la chingada, por mí te hubieras quedado perdida con tu cementerio de cosas inexistentes. La muerte de un puro idea, deberías hacerte una novelita y ponerle así. Te iría bien. Y no soy tu amigo, sólo viejo y barrigón.
Se rie y su cara brilla por un momento.
-Es cierto, te ves viejo, pero por lo menos no estás calvo. Todavía estás guapo.
-Cállate- pausa-. Bueno, ya nos vimos, nos hablamos, adiós entonces.
-No seas así.
-Así cómo, ¿ojete? ¿maleducado? Siempre lo he sido.
-No, no te vayas, quería verte.
-¿Para recordar viejos tiempos y platicar y reír y ser todos muy felices y nostálgicos?
-No no, sólo quería verte.
-Ya me viste.
-¿Y a ti cómo te ha ido?
-Pocamadre.
-Cuéntame.
-No soy tu pendejo cuenta chistes.
-En serio, dime.
-Ahhh... me casé hace tres años, tengo un chavito re listo, una casa que yo mismo levanté y tengo plaza en la Universidad y trabajo en una prepa también. Tengo mi carrito, mis clases, mis medidas ambiciones... en fin, soy un pequeño burgués clasemierdero, pero no me quejo.
-Qué gusto. Y cómo se llama tu hijo.
-Javier, como Javier Solís.
-Noooo, ¿en serio?
-Sí.
-Me alegra mucho que estés bien.
-No estoy bien. No quiero verte más.
-Sólo esta vez, ándale, desaparezco rápido.
-Eres buena para eso.
-No. ¿Y cómo te va en la escuela? ¿son públicas?
-La prepa es privada y pues la UAQ creo que todavía es pública. Me va bien.
-¿Y eres feliz?
-No empieces con las ofensas.
-¿Eres feliz?
-Nunca lo he sido. ¿Y tú?
-Tampoco. ¿Por qué no eres feliz?
-Déjame pienso... esta es una opción: la única mujer que creí, escucha, creí, que amaba un día se fue por un hoyo en la tierra con un pendejo repartidor de pizza a coger y nunca tuvo los huevos de decirme nada, sólo se borró del mapa. Ni nos vemos lueguito. Por lo menos nos dispensamos el drama. ¿Y tú?
-Porque no te tengo.
Soltó una carcajada rasposa.
-Ahí sí perdóname, pero chinga tu madre.
-No importa, mi mamá ya se murió.
-Qué pena que haya bailado las calmadas.
-No te burles, no tiene mucho.
-Cuando fui a buscarte a tu casa parecía muy apenada, la pobre.
-Debió estarlo, con la hijita que le salió. Te quería, creo, o por lo menos no te ponía peros.
Se relajó, abrió las manos hasta entonces apretadas y se sobó entre los dedos.
-Y qué vas a hacer.
-Todavía no sé. A lo mejor me quedo, me gusta la ciudad.
-No, no te vas a quedar, te vas a largar.
-¿Supones o me estás diciendo qué hacer?
-Hago predicciones, soy adivino.
-No. ¿Y de qué das clases en la uni?
-Universidad. Literatura Moderna Hispanoamericana e Historia.
-Creí que no te gustaba la literatura moderna.
-No, no mucho, pero no es tan difícil, le agarra uno gusto y siempre les doy una embarrada de literatura de principios del siglo XX.
-Yo hago traducciones y, a veces, dependiendo de dónde estoy, doy clases también. He aprendido mucho, en Mazatlán tuve un buen maestro.
-Ahhh, te siguen gustando los maestros- dice malicioso.
-No seas tonto. Te sorprendería saber que no he salido en serio con nadie- aquí empieza otra vez la furia, en un crescendo, como olas previas a la tormenta-. Después de “eso” se me quitaron las ganas. Salí algunas veces- se reclina en la silla-. Me di cuenta desde el principio que quería estar contigo, ¿por qué no llegaste antes ese día?- le da golpecitos a la mesa, cierra los puños. Ésa, está seguro, fue una pregunta retórica, así que no le dice: porque estaba haciendo un examen, culera.- Tuve un noviecito en Pirácuaro y pensé que estaba bien y lo llevé a mi casa y en verdad quería hacerlo, pero cuando me estaba quitando la ropa me solté a llorar como idiota pensando en ti- da un golpe que sacude la mesa y se vuelve a derramar el café, pero ella no para- y no pude para de llorar hasta el otro día y supe que te necesitaba. Recordé muchas cosas- está agitado y se muerde el labio inferior y la mira con ojos que se van inyectando de coraje. Ve venir al mesero y de súbito se calma, se reacomoda en la silla y sonríe complacido. Ella se da cuenta y se siente perdonada, no sabe por qué. El mesero llega y limpia la mesa sin mirar a ninguno de los dos. Cuando va a irse, él lo agarra del brazo.
-Ven, Emilio, quiero presentarte a alguien. ¿Te gusta esta señora? Bueno, quiero sentar el precedente, para que luego no digan que soy egoísta. Así como la ves de seriecita, a esta señora le gusta a veces escapar con desconocidos buscando el único y verdadero amor y se los lleva a coger y lo mejor de todo es que luego se le pasa, se desilusiona pronto- ella quiere llorar, pero está inmóvil, mirándolo sin mirarlo- y tan tan, la botas, sin remordimientos. Es un buen negocio: vas, coges, te aburres, la botas y listo. Gratis, sin líos, sin reclamaciones. Negociazo. Bueno, ahora ya se conocen. No no, no me agradezcan. De paso le traes un cafecito cargado, dos de azúcar.
-Descafeinado, sin azúcar, tráeme sustituto- Emilio se va turbado, sonriente.
-Cómo cambia la gente. Pero qué mal, qué bárbara, ni lo saludaste. A lo mejor no es tu tipo, pero conozco más, no te preocupes. Pizzeros sí no conozco, ya como en casa, pero estos igual valen, ¿no?
-No tenías por qué hacer eso.
-Tú tampoco tenías por qué largarte con toda mi puta alegría por la vida y sin embargo lo hiciste, así que ya ves, todo el mundo hace lo que le da la gana.
-Vuelve conmigo- dice con gesto desesperado.
-Estás pendeja- dice sobresaltado.
-Antes no eras tan vulgar.
-Disculpa. Antes... bueno, no, ni madres.
-¿Por qué no? ¿amas a tu mujercita?
-Mi esposa. Aunque no la amara, no soy tan idiota como para volver contigo.
-¿Por qué?
-¿Es en serio? Qué chistosa te has vuelto.
-Dime por qué no.
-Porque no puedo vivir pensando que un día te vas a enamorar de pinche cartero y te vas a largar dejándome muerto, sin nada, sin ti, sin mi hijo.
-Nunca más voy a irme. Voy a esperarte siempre, ¿recuerdas?
-Para siempre te duró como una hora. Ya vete.
-No me han traído mi café. Además aún te espero y no tienes por qué renunciar a tu hijo.
-¿En verdad crees que puedes venir y decirme eso? ¿Crees que voy a dejar todo por tu veleidad? ¿Crees que puedes desarmar mi vida sólo porque no tienes nada mejor qué hacer? Los viajes te han dañado bastante. ¿Cómo se te ocurre que puedes hacer de mí lo que quieras, como antes?
-Sí, porque me amas y yo también.
-Estás jodida, pero muy jodida. Lo que éramos tú lo chingaste solita, lo torciste. Ahora no hay vuelta de hoja, Superman.
-¡Sí la hay! Siempre se pueden corregir los errores.
-Mi familia no es un error. Esto, on the other hand, es un error.
-A qué le tienes miedo, ¿eh?
-No tengo miedo, lo que me faltan son ganas. No quiero estar contigo. Ya no.
-¡Estás mientiendo! Sabes que tenemos que estar juntos. Me amas a mí.
-No.
-¡¿A no?! Dímelo, ándale, ¡dime que no me amas!
-No te amo- dice con voz quebrada, sin poder mirarla. Ella se levanta apresurada y corre.
-Emilio, no seas malito, apúntamelo, mañana pasó.

Cuaderno azul

Te fuiste dejándome solo y aterrado con este dolor que me abruma, con el mundo girando a una velicidad vertiginosa y lo peor del caso es que eres sólo un pretexto para sentirme mal, para poder decir amargamente: todo se está yendo al carajo o para deprimirme y confirmarme en mi apatía y desconcierto. Baaah, deberías al menos enviarme una tarjeta diciendo que lo sientes y que esperas pueda perdonarte, así serías igual a todas. No sé por qué demonios piden perdón, me parece una falta de decoro y de delicadeza. Tampoco es que yo sea muy decoroso, pero si uno se va a ir de bruces contra un cliché, mínimo hay que respetarlo en todos sus pormenores y mandar felicitaciones electrónicas que digan: ojalá estés bien, sabes que te quiero mucho y que me dolió... y el resto de esas estupideces. ¿Has imaginado alguna vez que llegas, digamos a la escuela, y que te encuentras con que tus amigos no son más tus amigos? Que no te conocieran, pero no como si les hubieran borrado la memoria sino como si a ti te hubieran implantado recuerdos falsos, que tu vida resultara un montaje (si partes de la suposición de que les borraron la memoria, se da por sentado que tu vida sí sucedió, lo que arruinaría todo efecto trascendental). O viceversa. Que llegas y te saludan, te palmean y te encuentras con tus amigos, a los que será la primera vez que ves. Que se pongan a platicar de lo que pasó el fin de semana y se rían y tu en la pendeja, sin tener ni idea, con ganas de librarte del horror de ser alguien más, una completa desconocida para ti misma. Apuesto a que te zurras, tú tan realidad, tan sobria y pulcra y en pos de lo tangible. A mí me pasa alternativamente y hay días que me parece gracioso. A ti no, estoy seguro, porque eres una pendeja.

Antes del empalme

De inmediato se puso en guardia.
-¿A dónde vas?
-Aquí cerquita, regreso rápido.
Andar contigo es como viajar en tren, hay un traqueteo oculto bajo las palabras y los pasos.
-Nel, no vas a regresar.
-¿Eh?, por qué lo dices.
-Porque ya no voy a estar.
-No vas a estar en dónde.
-Aquí, dónde más.
-Entonces vamos- no habrá fotos colgadas en la pared, sólo este espacio que se agranda inexorablemente. Busco tu boca.
-No no, ve, estaba jugando.
-Yo también.
-Tú no juegas- soy el hombre más serio del universo.
-Por esta vez sí- sonrío hipócritamente y me siento aliviado.
-Mmmm.
-Mejor me quedo, de rato voy a allá (al lugar secreto).
-Y qué vamos a hacer aquí obstruyendo el paso (ahora quiero que te vayas).
-Nos quitamos y ya (qué drama, ¿será bueno que me vaya ahorita?).
-Está bien (¿estará bien?, ¿no se irá a romper el aire?).
-Está bien (está bien, ¿no?).

Los olvidados para olvidar

El terror empezaba en las mañanas entre papelitos, bostezos y la delicia de estirarse. Era el mejor momento del día, nos sentíamos buenos y nos pasábamos la caja del cereal, platicaban sobre los niños y sobre el precio de las cosas en el súper las mujeres, mientras que los hombres lo hacíamos sobre política o religión. El encanto terminaba con el desayuno, cuando teníamos que ir a la oficina a recibir los nombres. Se hizo más y más deprimente con el paso del tiempo y por eso nosotros, los letales asesinos, élite de la Guardia Presidencial, el cáncer que carcomía ideales con su imparable poder, decidimos desaparecer. Entre todos asesinamos a más de 200 objetivos entre espías, jefes de estado y figuras incómodas para el régimen. Aunque justificábamos nuestras acciones con concienzudos análisis que arrojaban que de los males era el menor, asesinar es asesinar y empezamos a asquearnos y a aburrirnos, así que dejamos las armas de fuego y nos cargábamos a los objetivos con las armas menos ortodoxas: corcholatas, hilos dentales, cubos rubrik, saca corchos (no muy original, lo admito) y mi hermana tenía una colección de ranitas dardo doradas. Lo que nos hizo renunciar fueron las llamadas a media noche y las pésimas fotografías, además de la falta de vacaciones reales y como gota derramante del vaso, que el jefe se le insinuó a mi hermana (no la de las ranitas sino la segunda, la pirómana). Nos sentimos con necesidad de limpiar nuestra conciencia. Es triste asesinar gentes. Para poder realmente desaparecer tuvimos que matar a todos los que sabían de nosotros, que no eran muchos, pero sí poderosos, incluido el señor presidente. Se armó un buen lío, “el país quedó sumido en la desazón”, pero no nos quedamos a ver qué pasaba. Ahora todo es como solía ser en las mañanas, bostezamos y nos estiramos y nos pasamos la caja del cereal. Mi sobrinito Yoali hace poco asesinó dos pollos con un LP, lo que nos sorprendió bastante. Es un buen chico. Y está bien, si ustedes nos olvidan nosotros los olvidamos, ahora que si no quieren...

Globo aerostático

Tanto tiempo pasado, tanto enredijo, tanto espanto. Miré tus huesos a través de rayos X y ahora intento descubrir el color de tus calzones mientras miro debajo de tu falda en tanto que tú subes las escalera negra de caracol con sus manchas de herrumbre aquí y allá. Siento el peso del libro bajo mi axila. Blancos. No hay mucho que decir, acaso recordar, abrir un gran paréntesis en mi cabeza sólo para darme cuenta de que no hay nada que valga la pena contar. Alargo la mano, la meto bajo tu falda, aprieto tu piernas firmes, semejantes a columnas desde aquí. Qué haces, me preguntas como ofendida y sonrío con mis sonrisa más hijoputa. Me desquito, pienso contestarte, pero no vale la pena arruinarme la última cogida. Me detengo un poco en una zona rugosa donde empiezan tus nalgas. Tienes la piel de gallina. Pareces sorprendida y sigues ascendiendo a tu hotel, tu castillo de escondidas, tu cuarto mugriento en las esquinas, recién trapeado, tu espacio oloroso a guardado. Intento, en vano porque te retiras brusca, tocar tus calzones.

Casi no tengo ganas, no sé por qué lo hago, algo me empuja, me orilla a seguir la estela de olor que yo insisto dejas por donde pasas. Te quito las llaves apenas las sacas, se me ha ocurrido que quiero cogerte en la entrada, a la vista de las señoras chismosas que ven novelas, pendejas historias mil veces repetidas y pésimamente actuadas. Logro ponerte contra la puerta, tu boca huele un poco a pescado, aroma oculto por el de la menta. Tu lengua mojada va y viene como si perforara mi boca. Levanto tu pierna sopesándola con mi brazo, tu rodilla está a la altura de mi bolsillo. Empujo, te escucho jadear y pedirme vamos adentro. No quiero, te masajeo los diminutos senos, ataco tu cuello con violencia, te tiro del cabello y tu cabeza choca contra el cristal, que resuena. Empujo más fuerte, mis manos se pasean por tus nalgas perfectas, por tu abdomen, te levanto la falda (tiesa tersura de la mezclilla), la tengo ya dura. Ay no ay no, dices y me quitas las llaves.

Te tragaste mi beca y  parte de mi quincena. Está muy bien, sé qué esperas obtener y te lo doy. Es un castigo inflingido a mí mismo, mi autodestrucción canalizada hacia el dinero que gasto a manos llenas, te compro, te alquilo, te llevo, te pago. Piensas que no lo sé, me regalas baratos encantos que yo simulo agradecer. Qué nalgas, por Joyce, pienso mientras franqueas la puerta. Nunca escribiré como Joyce ni jamás haré un canción tan buena como la peor de Sabina. Lo sé y un profundo desaliento se insinúa en mi estómago acompañado de celos pasionales. Tú no lo sabes, ni siquiera los conoces. A lo mejor por eso me enfadas a veces, por tu necedad de no querer librarte de tu total ignorancia. Pero tu entrepierna... te sigo adentro, azotas la puerta, me recargo en el ropero, dejas tu bolsa, haces pfff, arreglas, quitas cosas de la cama para ponerlas en el burro de planchar y preguntas qué pasa con un tono más bien indiferente. Persigo mi propia inmovilidad. Supongo que es el mejor desperdicio,  que quiero tirar lo que traigo encima porque no lo aguanto. Trabajar es venderse (y muy barato). Nada, me gusta verte, te digo. Sonríes. Me pregunto si creerás algo de lo que escupe mi boca en sonoros borbotones. Voy al baño, anuncias. Me dejo caer en la cama (rechinido) y trato de poner mi mente en blanco. No puedo, un poema de Bukowski se mezcla con una teoría de Frege y mejor decido escuchar atento tus ruidos. Abres la llave del lavabo (la dejas abierta), das tres pasos, abres el gabinete del espejo, sacas algo. Supongo que te desmaquillas, que te quitas esa máscara que no sabes te afea. Eres bonita sólo cuando estás desnuda y sudada, esa es la verdad. Sales y haces como que no me prestas atención. Pienso en ella y me permito culparla, increparla, imaginarla cogiendo con un violador anónimo. De perrito. O tal vez que la azotan o que huye de una banda de albañiles dispuestos a arrancarle las ropas. Me divierte y esbozo una débil mueca que no ves porque sacas algo del ropero. No prendas la luz, ven, y doy golpecitos sobre la colcha rojo vino de mal gusto. Te recuestas y miras el techo. Me apoyo sobre mi codo, meto la mano bajo tu falda y volteas a verme. A veces, sólo a veces, tu mirada puede ser muy franca, lo que me hace sentirme inhibido. Juego hasta sentir tu humedad, me encanta que lubricas litros y litros de poderoso líquido que empapa mis dedos que se huelen a moneda. Arqueas la espalda y cierras los ojos, te muerdes los labios. Me pregunto si en verdad lo disfrutas o si actúas telenovelescamente. Me veo precisado a quitarte la falda y te descalzo. Los zapatos salen haciendo un sonido peculiar, un sonido rasposo y seco a la vez. Eres una perfecta estudiante de conta, de la cabeza y sobre todo a los pies. Escalo por tus piernas despacio, disfruto su sedosidad (me depilé para ti, me dices sin dejar de mirar el techo. Por supuesto que no te creo), su maravillosa firmeza, su color cada vez más claro conforme me acerco a la zona que delimita el triángulo de tu ropa interior blanca. Quisiera determe más tiempo ahí, pero me apremia una urgente necesidad. No sé por qué te gusta verte a ti misma en la luna del ropero cuando cogemos. Giras la cabeza para verte y sonríes, mientras vas arriba y abajo, adentro. Tu sexo está siempre muy caliente. Mañana tal vez te diga que no voy a darte un quinto más, que pienso seguir siendo una excusa para no ver tu mediocridad. Que no pienso seguir siendo yo mismo en el mutuo reflejo de nuestras inperfecciones. Ahora prefiero echar mi dinero a las fuentes o pagarme unas clases para aprender a volar.

Vacancy

Acodado en la reluciente barra de madera  maldijo por otra cerveza. De la rocola, una canción de The White Stripes salía estridente violando el silencio apocado de los escasos parroquianos  del medio día. Una fina pelusilla entraba por la puerta, dorado polvo arenoso de la calle que se filtraba en todo resquicio, columna de filigrana en la entrada. Un súbito estrépito interrumpe en la cantina. ¡Vaqueros! ¡vaqueros, a mí! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Fium pium crish crash bang vasos rotos líquido quescurre madera que se astilla alaridos bang silbando en las orejas uuaaan tú trí for teik thi eleveiror! Piuum sangre que mana de dos cuerpos tirados ¡uuuuug!, el rugido de adrenalina que escala por la cuerda del esófago hasta las vibrantes cuerdas vocales puuuum (¡una escopeta!) y más putas onomatopeyas gringas. Bocarriba piensa: mi vida está como rajada en cuadros de película, como si fueran tiras de comics. De niño fui cácaro de un cine ambulante. Qué calor, a qué horacabarán estos cabrones, a qué habrán venido. El hijo de la puta, sumido en la peor soledad, la de estar acompañado, mi vida está cortada en cuadros estáticos, no hay continuidad. Silencio, la rocola ha enmudecido, se escucha el correr de líquidos como si hubiera un copero fantasma escansiando caballitos en los vasos rotos. ¿Tequila? ¿ron? Bacardí. Cacardí. Siente la espalda húmeda. Se incorpora agarrándose del banco, resbalan las patas de madera y al suelo, mi estimado. Maldice, la puerta de dos hojas se bambolea, una de las hojas se despostigó y cuelga de un gozne. Un águila herida, ¿no? Qué cliché de western. Afuera, a un lado de la cantina “No Estacionarse” el letrero neón de vacancy en letras mayúsculas parpadea, un foco hecho pedazos. Ah, sí, ahora que lo pienso, no le dije a Lalo que había una muertita en el 12. El 13 es de mala suerte, ahora también el 12, qué joda. El pensamiento, mal estructurado como su cabeza, lo visita ya levantado mientras se acomoda en la barra. Está mojada y lame para ver qué es. Whiskito barato. Todo aquí es caro, menos las balas, esas te las regalan, te las cambian por un pedazo de pan o una botella. A esta gente le gusta la violencia, les gusta sentir la carne perforada por hirviente metal. Lalo entra en la cantina emputado, aunque su palidez delata miedo. ¡Qué chingados hiciste ahora!, vocifera desde el quicio, su cuerpo tapando el haz de luz. Yo no hice nada, aparecieron de la tierra y pum pum. Pero sí había hecho algo: mirar. Esta vez estuvo de suerte, un mudo espectáculo colorido e impúdico a través de una cerradura. ¿Habrá sido por la princesita? Si sí, qué buen gusto el de los matoncitos, esa mujer valía la pena mil hombres y el infierno ardiente. ¿Habrá leído a Dante este pobre diablo? Seguro que no, pero me divierte su acento norteño. Se vaenojar por las sábanas. Por lo general eran vulgares putas cogiendo con algo de entusiasmo dispuestas a robar la cartera al menor descuido. Ya las conocía a casi todas. Pero ésta, a plena luz del día. Qué visión. La perrita a horcajadas sobre un cuerpo imaginario, cortinas corridas, cabello corto, la pálida luz un reflejo contra su piel morena, contra su cuerpo menudo. Carita inocente. ¿Pasará de los 18? ¿De los 16? Su dedo yendo y viniendo, un gemido a punto de estallar en sus labios, se tocaba con una voluptuosidad casi obscena. Qué maestría, se revuelca en la cama, se mano es un arma poderosa que hiende su propio cuerpo, un cuerpo como de pan. El gemido por fin se abre paso por la flor abierta de sus labios, un gemido ronco, de animal encerrado. Abre las piernas y arquea la espalda mostrando con amplitud su sexo, una ofrenda para el cansancio, una invitación al infierno. Algo escurre por sus brazos, sus movimientos se vuelven frenéticos, acuciantes. Se voltea y se pone en cuatro, ofrece sus nalgas con un contoneo capaz de desquiciar a cualquiera. Gime despacito, como si saboreara el sonido, como tener en la boca un líquido caliente o el pezón de una mujer. Su espalda se extiende, sus piernas se alargan. El líquido es rojo. Disminuye la velocidad de sus movimientos, los prolonga hasta extremos de locura, como si nadara en un espeso líquido. Su pecho sube y baja, sus senos redondos se agitan, se mueven al ritmo de sus dedos en su sexo, adentro, adentro, hudiéndose en la rosada carne, su abdomen se tensa, la boca abierta, el cuello expuesto en una rápida reatracción de la cabeza. Su cuerpo ahora lánguido se recorta contra las sábanas manchadas. Lanza un largo suspiro, sonríe con una satisfacción difícil de imaginar. Un último estertor la sacude y se estremece, extiende los brazos y descansa inmóvil, envuelta en sueños, en la mugre del cuarto, en el olor a desinfectante, a olvido, a semen y jugos humanos. La sangre gotea y hace plop plop contra el suelo. Se forman dos charquitos de espeso vino a cada lado de la cama. ¡Qué hiciste, chingada madre! Nada, se quitó del ojo de la cerradura con una dolorosa erección y un resabio de asco, un asco extraño, como si no fuera de él. Asco de tanta vida desquiciada, de tanta porquería concentrada en un solo lugar.

Llegaron al motelito y dispararon contra el anuncio de vacancy. Muy buenos no eran, le atinaron sólo a una lámpara larga azul. Entonces empezó la fiesta, patearon puertas, gritaron, encañonaron sirvientitas y putas hasta que llegaron al 12 y un tieso cuerpo los saludo lívido desde la entrada. La cargaron como si fuera un maniquí manchado de sangre coagulada, inerte y frío. Y alguien indicó la cantina entre temblorina y vacilantes expresiones.
-No hice nada, nunca los había visto.
-Entonces quién chingadamadre eran- lo mira escrutador, desconfiado, no franquea la puerta.
-Yo que voya saber, yo sólo miré- responde y en miré insinúa malicia y un gastado guiño a la rápida excitación de voyeur nato que al otro le hace dar un respingo.
-Qué miraste- pregunta entrando, mal disimulada su avidez.
-Vi a la madre de Dios, ni más ni menos. Pero un traguito 'pal calor.
-Agarra lo que quieras, yo pago-
Sonríe como diciendo “si tu invitas”. Agarra una botella y la abre con la boca. Bebe a pico limpio. Lalo se acomoda para escuchar, un signo de urgencia y lascivia en la boca y los ojos. De su boca podrida salen espesas palabras, recortes de piernas y sexo, senos y boca, tasajos de carne turgente, relámpagos de movimientos y gemidos entrecortados. Lalo, sin la menor vergüenza, se masajea la verga enhiesta al tiempo que escucha, cierra los ojos y saborea un culo imaginario ante su cara, olor reconcentrado, casi a vinagre. El final del recuento esta vez es distinto:
-Estuvo muy raro, parecía que otra imagen se desprendía de la verdadera, como cuando la señal de la tele está mal y se superponen planos verdes y amarillos o como si fuera una mancha de aceite de carro en un río, y una mano gigante jalaba esta otra imagen fantasmagórica y la niña se movía, se movía temblando y yo imaginaba que un pito enorme entraba por la flor de sus heridas y ella seguía removiéndose, exhalando y gimiendo. Se quedó tendida como mármol rosa, con su sangre y su sudor.

Toma otra vez directo de la botella y luego lame la barra, una mezcla de tequila con brandy con vodka. Sabe a mierda, pero sigue lamiendo. Lalo no se da cuenta de nada, sigue con la mirada perdida. Un herido se arrastra por el suelo hacia la salida gimoteando de dolor, agarrándose el vientre con una mano. 

Cuento para dormir canguros

Se anunció con gran pompa, como siempre. Iba a hacer fuego esta vez. "De la nada", decía el cartel. Vino mucha gente esta vez. El último acto mágico fue muy gracioso, pero no espectacular. Hacía como que hablaba con una rana y cuando decía ¡salta!, la ranita saltaba. Ahh, ya llegaron mis vecinos. Hola, digo a todo el mundo, saludando educadamente, comod dice mi mamá. Siempre vengo, no tanto por la magia, si no porque tengo un lugar y viene mucha gente. Ja, piensan que soy "retardado", aunque no entiendo porque, llego temprano todas las veces. El espectáculo empieza, todos se callan, hasta la gorda del sombrero con plumas. Sale el "Modesto Mago mecánico" vestido de negro, con su capa negra y su sombrero chistoso de copa (negro). Habla abriendo mucho la boca. Hay una pila de maderitas (que yo le ayudé a juntar, de las más delgadas) y papel rojo en el centro. Invita a todos a ver las maderas y los: no, no hay nada, no se ve nada. Está haciendo trucos con la baraja y con papel, largas tiras de papel que salen de su boca, como si vomitara una víbora de colores. Siempre pone música bonita, a mi me gusta, aunque la señora flaca y vieja dice que es aburrida. Yo quiero al mago, a veces me da dulces rojos con blanco y me pasa la mano por el cabello. "Algún día serás yo" me dice. Aunque parece triste por las tardes, yo corro dando volteretas alrededor de él, imitando muchos animales. Él sonríe, qué amable es. Siempre le digo que me enseñe sus trucos, él dice que aún no es tiempo. Yo no sé cuando será el tiempo. Ah ah ah ah, ahora hace su baile con el bastón, lo gira. Eso sí que puedo hacerlo. Giro giro giro jajajaja. Hay estrellas hoy. Sííííí, ya anuncia el acto principal, ¡va a hacer fuego de la nada! Se prepara, uh uh uh, mueve mucho los brazos, hace como que se avienta a la pila de maderas. Dice: a la de trés: ¡Uno! ¡Dos! ¡Trééés! Fuuuum. Nada. Jajaja, se ve tan sorprendido, tan gracioso. Pienso que lo tenía preparado para hacer "suspenso", como el dice. Otra vez: ¡Uno! ¡Dos! ¡Tréééés! Y lanza sus brazos a la pila, pero... nada. Seguro es a la tercera. Jajajaja, ahora hace como mimo. Eso también lo puedo hacer. La tercera: ¡Uno! ¡Dos! ¡Trééés! Fuuuum, pero nada de nada. Mmmm, intenta otra vez... y otra vez. Pero el no luce nada contrariado (esa palabra me la enseñó él y me gusta). ¡Noooo! ¡¿Por qué no sale esa chispa?! ¡Si yo pudiera hacer el fuego! Los primeros buuus ya llegan y quiero callarlos. Él sigue intentándolo muy concentrado, con sus cejas juntas, ya no voltea a ver a la gente. Algunos ya se paran y se van haciendo ruido con las sillas. Sigue sigue. ¡Sal ya, maldito truco! Oohh, es tan triste. Ya quedamos muy pocos. Nadie hace buuuu. Sólo quedo yo. El mago viene hacia mí, me pasa la mano por el cabello. Huuum, se siente rico, el sol se va. Anda, me dice, vete a casa, la función se acabó. Y yo me voy brincoteando, pateando su bastón. Tengo muchos, cada que acaba una función me da uno. Seré un mago con montones de bastones, ya estoy pensando en mis primeros trucos (que no te diré, hay que mantener la "incógnita" jojojo). En la noche empezó a oler a humo, como cuando se queman papeles viejos para miércoles de ceniza. Todos corrían a las calles de arriba. Había fuego, mucho fuego, como un enorme fuego artificial recortado contra el cielo negrísimo y lleno de estrellas. En la casa del mago. Él estaba afuera con su traje de mago completo, también su sombrero. Había que ver su pequeña sonrisa. Y un nuevo bastón. Cuando ya había muchota gente alrededor (no dejo que nadie intentara apagar el fuego, era un desperdicio de agua, dijo) se quitó lentamente el sombrero e hizo una larga y pausada caravana (¡ya me enseñó a hacerla!). Sonrió con su sonrisa más grande, como cuando digo: ¡Seré un gran mago! ¡Seré un gran mago! Y se fue. Primero me regaló el bastón. Yo lloro a veces, cuando duermo.

martes, 19 de octubre de 2010

Primer encuentro

Yo decía: tengo que vivir de prisa porque me voy a morir pronto, pero he tenido la puta mala suerte de ver en su caja a casi todos mis amigos. Dijo, como quien no quiere la cosa: ya me bajó. Las sábanas eran blancas con grandes flores verdes. Tenían una gran mancha de sangre. Me puse a hallarle figuras a el líquido oscuro que ya empezaba a coagularse. Había un extraño olor dulce a anís y ella parecía muy cansada. Sacudí la cabeza y le dije: no, no te bajó, te estás desangrando. Aahh, contestó casi imperceptiblemente, desfallecida. Luego suspiró y estoy seguro de que quería decir algo, pero no dijo nada. Se veía tan hermosa en ese fondo verde y rojo. Parecía una muñeca de porcelana, delicada, deshacible al menor contacto, perdida en ese mar de color. Estaba pálida y la escasa luz que entraba en el cuarto parecía detenerse en su cara, recortarla contra la semipenumbra del cuarto. Entrecerró los ojos y haciendo un esfuerzo se inclinó hacia adelante y preguntó: ¿eres tú? Le dije que sí. Quería desesperadamente ser el que ella pensaba. Qué bueno, dijo aliviada. Me enamoré como se enamoraban antes, con sólo verla. Creí que esas pendejadas sólo pasaban en los libros. Tenía que sacarla de ahí, llevármela lejos, a donde el abandono y el dolor no se personificaran en su cuerpo de horrorosa fragilidad. Se me ocurrió que podíamos fugarnos, llegar a un país lejano donde nadie nos persiguiera, donde pudiéramos olvidarnos que estábamos solos, esperando a alguien más, alguien que no estaba y que no estaría. Otra vez las mamadas que pasan en los libros. Y tenía un chingo de miedo, sólo de recordar “que el diablo me lleve” me hacía latir el corazón con fogonazos de adrenalina. Ojalá el hijo de su puta madre se pudriera lento, así no tendría más deudas que pagar, me libraría de muertes ajenas.  Estaba recargada contra la cabecera y había mucho silencio. Quería decirle algo, mentiras, que todo iba a estar bien, que no se preocupara. Si no nos vamos te vas a morir, le dije por fin. Y qué, dijo, a lo mejor me quiero morir. Me enfadó. Yo no quiero que te mueras. Amárrate una sábana entre las piernas. Dibujó apenas una sonrisa y dijo: no sabes si sangro de ahí. Estoy seguro que sí, ¿puedes levantarte? Pensé que nada importaba más que no se me muriera, que su vida valía mil veces más que la mía. Te voy a cargar entonces. Se inclinó penosamente hacia adelante. No no no, ¿no dijiste que no podías salir? Y como si le hubiera costado mucho decir eso, se desplomó en la cama y se hundió. Le amarré la sábana. El contacto con su cuerpo me hizo temblar. Estaba fría y el hilillo de sangre que seguía escurriendo entibiaba sus piernas. Pensé que se iba a quebrar. La cargué. Pesaba apenas más que dos garrafones de agua. Abrí la puerta y eché a correr cerrando los ojos por instinto.Antes de que saliéramos me di cuenta de que sólo mis pasos resonaban contra las paredes descarapeladas del roñoso hotel. Sólo escuchaba mi respiración batiendo en mis pulmones. El puro alivio me hizo sentir triste. Imaginaba que Beto estaba afuera y que tendría que patearlo o derribarlo o matarlo para poder sacarla. Podía verme en el fragor de lo inmediato arrollando su cuerpo obeso, abriéndole una herida por donde la vida se le iría. Imaginaba el ardor heróico y la profunda impresión que le quedaría. Ahora me sentía idiota. Pero al menos podríamos llegar antes. Eché a correr otra vez y su nuca contra mi brazo hacía que que su cabeza estuviera suspendida y su cabello flotara como una medusa negra. Me asediaba la idea de fugarme con ella a cualquier lado, de protegerla de la maldad necesaria del mundo. Su cuerpo languidecía y me detuve sofocado en la salida. Su cara me dio la sensación de paz, de sueño, de dulce inconsciencia. Estoy seguro de que quería decir algo, pero sólo balbucía. Ya en la calle traté de adivinar qué quería decirme. Inventé miles de conversaciones posibles. Mirarla era como ver a una persona a través de un catalejo de papel: los colores alrededor son difusos, pero la imagen es muy profunda y nítida, parece estar levitando. No podía dejar de verla mientras caminaba. ¿Tienes seguro? Le pregunté y me sonó estúpido, mi voz se perdió en la calle. Empecé a sentirme cansado, su cuerpo me pesaba cada vez más. Había una clínica cerca y cuando entramos no sabía qué putas hacer. Respiré hondo y entré a la sala de espera olor a cloroformo. Señorita, se está desangrando por entre las piernas- le dije a la enfermera, que me devolvió una mirada inexpresiva, casi molesta. Levantó el teléfono y dijo noséqué y a mí: ahorita viene el doctor. Me quedé parado en medio, como estúpido, cargándola, sintiendo mi cabeza cada vez más pesada, más negra. Salió de la puerta un señor de bata blanca y expresión de fastidio y cansancio. La vio, me preguntó qué le pasó y gritó algo que no entendí. Llegaron otro señor  y una señora de blanco y me di cuenta de que querían llevársela. La sujetaron por debajo de mis brazos y tiraron. Sentí que debía defenderla, que si la dejaba ir nunca la volvería a ver. Me la arrebataron. Me dieron ganas de llorar y la luz del foco blanco empezó a girar. Me desperté asustado y pregunté: ¿a dónde se la llevaron? A quién, a quién, me preguntó sobresaltado Santo. Y no tenía la más puta idea. Vomité sobre las sábanas verdes. Un hilito caliente.

Despedidas

A veces me pongo en medio de una ventisca por el puro placer del viento y el polvo en su torbellino seco y triste. Otras veces me ando pegado de mi diccionario de tapa roja, voluminoso y desgastado, e imagino zoológicos llenos de las más extrañas criaturas, aunque más comúnmente imagino árboles frondosos y enormes que flotan en el espacio sostenidos por una misteriosa fuerza. Y no hay viento. A veces necesito escribir, aunque te parezca ridículo, y aprender nuevas palabras, como la de hoy, aféresis.

Death and her fine friends

She was called Death and was feared by everyone. In spite of she being kind and tender, nobody liked her. She could be found round a fire in the darkest nights, dancing alone merrily, singing loudly, full of excitement. Some times she was sad and wore a painful look, staring at nowhere, all silent, with downcast eyes. Some other times she didn't wanted to work. How lovely she looked in her blue dress, waiting and hoping for hundreds of guests to come to her cocktail party. But no one came and she sat on the porch steps and cried. Do not cry, my dear, eventually every one will come to you and you will be happy, but, sad thing, unemployed.

domingo, 17 de octubre de 2010

Otro cuento donde el personaje es perseguido

Y pensar: iiiii, te va a cargar la veeerga chavo con que te agarren con la prensa de sus manos de hierro. Exigir más a las piernas que ya te duelen para escapar de los putos policías que super pueblan esta ciudad. ¡Aventarles un libro! No te rías que pierdes velocidat. Pero sí, imagínate qué haría un poli con un libro. Se limpiaría la cola, el muy cerdo. Se te zafó un tennis y empiezas a cojear, se te entierran piedritas y las aristas de los adoquines en la planta. Duele, pero detenerte no, jamás, antes perdido que desaparecido por otras magias. No agarres Zaragoza. Ya ya ya. Lo que realmente te molesta es el ulular estridente de las señoras sirenas, te hacen sentir un gato correteado o un perro fustigado y tú prefieres las aves, ¿o me equivoco? Se siente tan bien poder estirar las piernas. Quítate de una vez el otro tennis. Recuerda: entra por la nariz, sale por la boca. Si no hiciera tanto calor. Sería sospechoso que entraras descalzo a una tienda o en cualquier lugar público, menos en, claro claro, ¡una fuente! Disimula el esplash, hazte bolita. Aahh, qué fresco. Mojado será aún más difícil que te pierdas, dejarás un rastro. Gran idea la fuente. Dirán por sus radios: un cabrón greñudo y mojado. Ni cómo errarle, hasta el más pendejo daría contigo. ¿Qué tal desnudo? Peor, llamarías más la atención, gritarían como ladrando. Las patrullas desaceleran al pasar por ahí, pero los gorditos se siguen ejercitando. Uno pasa cerca de plano echando el bofe, lo escuchas perfectamente. Te hace falta oxígeno, se pone nublado el paisaje celeste, pero ni modo de que te pongas a boquear. Es muy molesto reprimir las enormes bocanadas de aire que quieres llevarte a los pulmones. Te oprime el cuello, tu corazón bate como toquido seco. Cansadito questás. Sólo a ti se te ocurre. Bueno, a ustedes. ¿Quedaron de verse en algún lado? Ah, no pensaron que pudieran escapar, pero apenas vieron la ventana fue mucha tentación. La puta tentación de ser libre cuando ya te sentías preso. Imposible entregarse ahora con el viento en la espalda. Siempre es malo subestimar la ineptitud de los señores policías, que no vuelva a pasar. Pero más por miedo, ¿no? Jía jía jía, sus caras. Pobrecitas dependientas, a lo mejor a ellas les cobran. Y al guardia. Se entiende que haya sido Del Sol (por su horrorosa canción de que merece tu confianza), pero por qué tan temprano, hombre, en la tardecita hubiera estado mejor. Me gusta cómo suena cuando chorreas agua y como corres cerrando los ojos. Como ratón a la trampa. Tus trancos son largos, veloces, desesperados. Quieres agarrar algo inasible. Podrías correr hasta Guatemala. ¿Te imaginas tu carita de pendejo en la lista de los más buscados por la AFI? Con tu expresión de susto, de niño nuevo. Qué risa. Y luego que metan a la INTERPOL al desmadre. Te daría un chingo de viejas. Les gusta lo peligroso. Pero tú no eres peligroso, eres ingenuo. A lo mejor es lo mismo. Podrías saltar el charco de polizón, hacer ese viaje a Europa que tu corazón esnob tanto te pide. Putas sirenas, cómo no las apagan. Te dije que mojado ibas a llamar más la atención. ¡Corre!...

"She lost control again"

That would be, indeed, a good question for our beloved brothers. We should not ask, though, they shall be beaten silently. Whoever he or she is, it does not really matter, we shall perform our duties not arbitrarily, but indistinctively. In consequence, they shall be beaten tomorrow night. A traison you say, my dearest master. Well, I am afraid you do not make the calls anymore, and some blood shall be shed to satisfy our most longed desires. Of course I am certain they deserve it, and even more, they are looking forward to it, they shout with shrilling voices “please, do it!”. They are begging us, can't you see it, my dear master? Oh oh, I almost forgot you are dead. I am so sorry, I promise over your white bones and lovely memories that it will not happen again. I am not God, you are right, but, how can I help it? Justice is claiming for its rightful spot on the bench and we should consent. Do not be afraid, do not be ashamed, we will not show any trace of regret.

La puerta entreabierta...

Miro el contorno pálido de tu cuerpo en la oscuridad, la luz que se posa en la piel de terciopelo de tu costado. Negro. A veces quiero no escribir más con palabras prestadas de libros. Pero no pienso, miro la sombra que adorna tus hondonadas, el delicado movimiento de la cortina y escucho el goteo del baño, el eco que lento se propaga. ¿Arreglaré un día esa gotera? Negro. Creo en tu boca, en tu lunar, en tus manos extendidas, en tus piernas, en tu frente. No me atrevo a acercarme, barrunto tu figura en la imagen difusa, en la caricia de luz entrando por la ventana entreabierta. Las palabras se me antojan todas inútiles. Pero no pienso, mis ojos te buscan. Negro. Caen las gotas plop plop, me derrumbo de sueño. Dijiste en la mañana que se había ido el agua (respectiva mentada de madre a la municipalidad, culpable de todos los males del mundo). Recibo el ataque violento de la luz. Un charco en el suelo, bajo tu cuerpo exangüe. ¿Eres tú o te imagino?