viernes, 29 de octubre de 2010

¡¿Quién es Cherloc Jolms?!

Este blog ya se agotó. Saludos.

 Lo leyó en voz alta y se tapó la boca.
-¿Qué es, mami?
-Nada nada, termina de desayunar.
Soltó el periódico sobre la mesa con el consecuente flap, que agradó mucho a Milly (el nombre atiende al mal gusto de la madre). Se concentró mucho como le enseñó su papá y leyó sílaba por sílaba, muy despacio: “mu-e-re-el-pa-ya-so-ti-em-po-at-ro-pe-ll-ad-o-por-el-ca-mi-on-de-la-ba-su-ra. Ya está, y al lado una foto en blanco y negro de un señor con círculos negros alrededor de los ojos (¡un mapache!) sosteniendo un reloj de cadena. Parecía triste, pero Milly rió divertida por lo del mapache. Decidió entre cucharadas de cereal que descubriría quién era ese payaso y por qué había muerto. Su mamá se fue y Milly metió dos paquetes de galletas, un jugo y su libreta en su mochila morada. Leyó otra vez la callé donde atropellaron al payaso (Galeana) y buscó en el listado de rutas. Contó cuidadosamente las monedas de dos en dos (sabe contar hasta 30) y las metió en la bolsa chiquita de la mochila. El tintineo le gustó y sacudió la mochila para escucharlo otra vez. Se puso su vestido azul de gamuza con sus zapatos blancos que brillaban de boleados y unas calcetas de colores, que fueron las primeras que encontró. Se amarró el cabello con un listón verde como le había enseñado su mamá, se puso la mochila y salió de la casa. El tic del cerrojo entrando en la ranura de la puerta -qué agradable, pensó Milly- y anduvo brincando las dos cuadras hasta la parada, donde había dos señoras del quehacer. El camión llegó e hizo cccffff, lo que desagradó a Milly. Las señoras del quehacer la miraron sorprendidas cuando subió los escalones y el conductor, un señor vestido de amarillo y beige, chino y con la cara grasosa, la miró con desconfianza, pero la niña la dijo resueltamente tengo ocho años y puso las monedas en la mano que ya se estiraba. Se sentó y sacó el cuaderno de la mochila. Revisó sus anotaciones y hasta entonces  cayó en la cuenta de que no sabía cómo era la calle Galeana, por lo que no sabría dónde bajar. Se acercó al conductor pasando el espiral del cuaderno sobre los tubos metálicos de los asientos.
-Señor, dijo con voz seria, ¿sería tan amable de indicarme cuando lleguemos a la calle Galeana?
-Bbrrff, sí.
El camión iba casi vacío y se sentó en el asiento de hasta adelante para asegurarse de que no se le olvidara. Trató de leer los anuncios en las pancartas enormes, pero no le daba tiempo de leerlos completos, sólo en los semáforos.
-Aquí es la calle Galeana, niña- dijo el chofer deteniéndose en una calle adoquinada y Milly se tapó los oídos para no escuchar el cccfffff.
-Muchas gracias, señor- y se bajó por la parte de atrás (así decían los letreros y las flechas) contando sus pasos y pasando el espiral del cuaderno contra los tubulares. No había nadie en la parada y no sabía hacia donde ir. Se decidió por el sentido contrario de los carros. Había bastantes restaurantes con toldos y marquesinas que decía restaurante café cenaduría bar ambiente familiar, tenían impresos nombres de señoras, comida rara en pizarrones, banderitas en las esquinas, dibujos de tazas humeantes, de ollas y cacerolas, de tenedores y cuchillos (ninguna cuchara. Pero qué injusto, pensó Milly). En un esquina había una casa que parecía normal, sin anuncios, con focos rojos en la entrada, con jardincito, que desentonaba con el resto de la calle. La gente, olorosa a muchas cosas, caminaba aprisa, pasándole de largo. Casi todas las señoras traían tacones haciendo tac tac tac tac y entraban en los restaurantes, casas para Milly, del brazo de señores que traían corbatas. Un olor confuso, mezcla de muchas cosas, flotaba en el aire. Un restaurante de fachada verde con lonita verde en una esquina atrajo su atención por el ruido que venía de una ventana abierta. Muchos platos chocando, los sartenes cayendo en una estufa larga de metal brillante, las cucharas tintineando, el siseo de las lumbres y un hombrecito lavaba trastes a una velocidad increíble y que abría y cerraba la llave chhhsss chhhsss. De un sartén se elevaba una vertical llamarada que la asustó. Se está quemando, susurró con los ojos muy abiertos, pero un señor le puso una tapa encima y la llamarada desapareció. Era muy agradable estar ahí escuchando, pero se dio cuenta de que aún no sabía nada del payaso Tiempo ni de las misteriosas causas de su muerte. Intentó preguntarle a los señores y señoras de raros peinados, pero sonreían y la hacían a un lado y una dijo: “qué mona” sin dejar de caminar. Decidió que eran como su madre y siguió caminando por la banqueta entre las estiradas piernas enfundadas en trajes mal cortaddos y zapatos opacos. Llegó al final de la calle sin haber investigado nada. De entre los depósitos de basura verdes y grises salían cuerpos en andrajos y entraban otros arrastrando periódicos y cajas grandes de cartón. Había visto a su mamá darles monedas en la calle y porque le parecían todos iguales, pensó que la recordarían y que podrían decirle. Pasó entre miradas perdidas y cuchicheos apagados hasta llegar a un bote de basura de donde asomaba una fogata. Estaban tres hombres alrededor asando ratas y hurgando en platos cerrados de unicel. Uno estaba sentado en una pila de tabiques y al lado de él un radio escupía, entre la estática, una canción que Milly nunca había escuchado, pero que le gustó. “Desde lazotea las macetas son la jungla de miiis sueñoooos, más allá del tendedero y del chuchiceo del lavadeeeeeroooo despeino eeeel cieeeelo”, cantaba una voz rasposa. Se acercó dando pasitos y preguntó simplemente:
-Señores, ¿serían tan amables de indicarme por favor quién era el payaso Tiempo?
Los hombres voltearon a verla hoscos y resoplaron los dos que estaban de pie. El que estaba sentado se rascó la cara y se echó a reír. “Me de por ver caaastillos eeen el viiiientooooo” Tarareó con una sutileza que encantó a la niña, que no se movía para nada.
-¿Te perdiste, niña?- preguntó sin dirigir su mirada el hombre sentado.
-No señor, he venido a investigar.
-Jajajaja, qué niña tan chistosa.
-¿Y cuál es, si es tan amable, esa canción que pasan en la radio?
-Aaah, tienes buen gusto, niña, muy buen gusto. Pero ni sé.
“Pero yo despeino el cielo mientras un escuincle ríe tras las nubes de mi peeeelo y es curioso que a esta edad se asome todavía por ahí...”.
Lo miró contrariada. Para Milly los adultos tenían que, por necesidad, saber todo.
-¿Para qué quieres saber de Hilario? Ya está muerto.
-Lo sé, lo leí en el periódico, por eso vine.
-¿Qué? Y tus papás. De seguro se están llenando el buche en uno de los restorantes de allá- dijo con muina alzando una mano en dirección a la calle.
-No, mi mamá se fue con sus amigas y mi papá está ocupado.
-¿Y te dejaron venir hastacá sola?
-Mi papá dice que la investigación es lo que importa.
Los hombres empezaron a despedazar la rata, un cúmulo negro ensartado en un alambre de púas, con los dientes y le ofrecieron al sentado, que negó con la cabeza y los otros se encogieron de hombros.
-A qué caray. Y por qué investigan a Hilario.
-Porque las circunstancias de su muerte no han sido esclarecidas.
-Aaah, mira tú.
La canción se acabó y un locutor anunció una pasta para limpiar lavabos. La estática, se dio cuenta Milly, le causaba pesadez y miedo. Estaba oscureciendo y las caras renegridas de los hombres se recrudecían, adquirían una cualidad malvada, sombría, con el avance de las sombras.
-Le ruego que me proporcione la información que amablemente solicito- insistió Milly y giró la mochila sobre su hombro. El roce, un sonido conocido, la calmó. -Podría remunerarle su ayuda- dijo sacando de la mochila las monedas. Contó las que necesitaría para el camión y las guardó. Se volvió al hombre que la miraba socarrón y le mostró en la mano abierta 17 pesos. El hombre la miró sorprendido y se recargó contra el bote rebosante de basura que estaba a su espalda. El bote se tambaleó y cayeron del tope botes de leche.
-Dile a Franco que se le olvidó este bote, que venga en chinga- dijo dirigiéndose a uno de los hombres que roía un pequeño hueso. Se limpió los restos de grasa de la boca con la manga mugrosa y se fue. Alrededor de ellos el bullicio crecía. Rodeados como estaban de botes y depósitos, Milly sólo podía escuchar las idas y venidas y los gritos.
-Pues bueno, a ver qué hacemos- y como si fuera una zarpa, atacó la mano de Milly aún extendida y ella se retrajo asustada. El hombre apenas le tocó la palma cuando le quitó las monedas. -Con esto no te puedo decir mucho.
-Por favor, murmuró con creciente temor la niña.
-Chingao', este cabrón no viene, se lo van a chamaquear. Mira, Hilario era un cabrón loco, ¿ajá?. No sé por qué chingados, pero le dio por hacerse payaso y le decían Tiempo porque hacía malabares con relojes, ¿entiendes?- de repente, ante la perspectiva de estar explicando a una niña que parecía un payaso en miniatura por qué le decían a Hilario tiempo, se botó de risa. -¿Entiendes? ¡Malabareaba con relojes! Jajajajaja- y se agarraba el estómago y se pegaba en las rodillas. Las carcajadas le gustaron a Milly por ser un sonido ronco, como el resonar de un tronco podrido. Se rió también tapándose la boca con la mano. -Y un día venía distraído o no sé qué chingados. Siempre llegaba tarde el cabrón, ¿entiendes?- y se botó de risa otra vez. -Total que era tarde y el hijo de la chingada del 3 traía las luces apagadas para que no nos diéramos cuenta que venía y que me lo rechinga, lo aventó como cinco metros y el Hilario se abrió la tatema y ahí quedó, agarrando su reloc. Y ya, nomás eso.

Milly, que había sacado su cuaderno, escribía tan rápido como podía sacando la lengua y cuidando de recordar las palabras exactas del testigo.
-¿Alguien vio el suceso?
-¿Qué? Ah, el Chirris, pero ahorita nostá. Lo mandé por el aluminio.
-¿Y levantaron la respectiva denuncia?
-¿Qué? ¿Por qué chingados haríamos eso? Fue un accidente, pasa seguido y si nos ponemos pendejos, esos cabrones son capaces de dejar de venir y nos morimos de hambre, ¿entiendes?- la mirada ahora feroz del hombre obligó a Milly a concentrarse más en su cuaderno. Siguió garrapateando y marcó su última palabra en la hoja.
-¿Me da su nombre por favor?
-Para qué lo quieres- preguntó con recalcitrante desconfianza.
-Para reunir datos y esclarecer la situación.
-Mira, niña, me importa una chingada qué quieras hacer o quién seas, pero déjanos en paz. Si te mandaron los hijos de la chingada de la procu y tienes como 30 años y eres enana me vale madres, pero párale ya si no quieres que entre todos te madriemos, ¿entendiste?
-Sí señor, agradezco su tiempo y su...
-Ya ya, a la chingada. ¡Emi! ¡Ven a llevar a la damita a sus papás! Él te lleva, no te preocupes, no es malo- dijo esbozando una sonrisa macabra y Milly estaba a punto de llorar. Llegó un muchacho que la miró con desprecio. Estaba andrajoso como los demás y apretaba los labios.

Caminaron de en el sentido de los carros y Emi no dijo una sola palabra, no le preguntó a dónde iba ni nada, se limitó a seguirla. Cuando llegaron a la parada, Milly le dio las gracias amablemente y le sonrió, segura bajo la luz del anuncio de la NFL. Emi abrió la boca y un hoyo negro de dientes podridos se despidió de ella. Se asustó y el muchacho se retorció como si estuviera riendo, pero no emitía ningún sonido.

Antes de llegar a su casa advirtió el alboroto y vio las luces giratorias de las patrullas. Entró y en la sala estaba su mamá llorando en el sillón y su papá hablaba con un policía que aparentaba escucharlo y otro anotaba cosas en la libretita. Su papá la miró y puso su cara de severo regaño, fue a donde su mamá, que tenía las manos en la cara y estaba despeinada. Le tocó el hombre y señaló a Milly con la cabeza. La señora levantó la vista y se abalanzó hacia su hija. Se arrodilló y la apretó fuerte y poderosos sollozos le sacudían todo el cuero. El llanto de su mamá le parecía a Milly muy desagradable por el tono agudo y la nota de farsa que podía reconocer. Pero esta vez su mamá lloraba sin hacer mucho ruido. Su papá estaba de pie frente a las dos y miraba hacia abajo. Milly sabía que una andanada de reproches era la única posible consecuencia. Y lo fue. Su mamá le preguntó qué había hecho, por qué se había ido, por qué le hacía eso y la llamó malcriada, desagradecida, mala hija y le dijo a su marido que todo eso era su culpa, que él le metía ideas estúpidas en la cabeza y que estaba harta de su trabajo y de sus estupideces y que no aguantaba más, que la iban a matar y que no les importaba. Su papá no dijo nada. Aguantaron ambos el vendaval y cuando su mamá se calmó se fue a su cuarto y dio un portazo. El señor despidió afectuosamente a los policías y los encaminó a la puerta agradeciendo su apoyo.
-Para lo que quieras, tú nomás dinos.
-Bien bien, gracias, mañana nos vemos entonces.
Volviéndose a Milly, la miró intentando no sonreír.
-¿A dónde fuiste, Emilia?
-Fui a investigar- y sacó de su mochila la libretita.
-¿Caso cerrado?
-Inconcluso.
-¿De qué se trata?
-Un accidente.
-Dime.
-A un payaso lo atropelló el camión de la basura- dijo seriamente- ¿Sabes que le decían Tiempo?
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-Porque hacía malabares con relojes. No entiendo eso.
Su papá se rió con ganas y la levantó en vilo y se sentaron en el sillón.
-Y además siempre llegaba tarde.
-Y lo atropelló el camión de la basura, ¿eh? Qué poético.
-¿Por qué?
-¿Sabes qué es el tiempo, pequeña?
-No, tú dices que una cinta de Moebius, pero nunca lo he visto.
-No te preocupes ya porque se murió. No hay nada más qué hacer. Al tiempo, malabarista de relojes, lo atropelló el camión de la basura.
-Se llamaba Hilario.
-Bueno, a dormir ahora.
-Hasta mañana- se besaron ambas mejillas y su papá dijo en voz alta:
-¿Qué hacía una niña de ocho años jugando a Sherlock Holmes, vestida de gamuza azul, sin pipa, sin saco de tweed oscuro y sin la boina a cuadros, tan necesaria a quien se precie de ser un buen detective?

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