viernes, 29 de octubre de 2010

Último de los hilos estupidos

Pienso que es tiempo ya de rendirme al ejercicio de la explicación propia. Ante todo quiero entrever la posibilidad de librarme de mi soberbia exponiéndola como es, con su vaciedad. Hasta hace un año yo era horriblemente ingenuo cuando de escritores se trataba. Pensaba que escribían por escribir, que era algo “puro”, que no planeaban sus textos, que no querían decir algo de manera consciente y cuando me enteré de que eran seres bien pensantes y que hacían las cosas con mucha mala leche y que hacían y deshacían a su antojo, que proponían con toda la intención, me dije: he aquí un noble oficio. Fue un descubrimiento paulatino. Cuando leí en el apéndice del libro Cerca del fuego de José Agustín que los textos pasaban por correcciones pensé que revisarían en busca de faltas ortográficas o sintácticas, pero no se me ocurrió ni por error que de hecho reescribían los textos, como José Agustín apuntilló después. Fue un madrazo enterarme de eso. Supongo que habrá muchos textos que no son sometidos al rudo escrutinio del autor (sí al de los editores), pero al parecer una buena parte lo son. No entiendo cómo lo hacen. Después vino el descubrimiento más macabro. En un taller de lite impartido por la maestra Lucia Molatore, presenté, cándido como era y sigo siendo, un texto al que tuve la osadía de considerar un cuento corto. La maestra se tomó la molestia de leerlo y me dijo que estaba bonito y que quería leer lo que seguía. Me quedé como idiota. No sigue, eso es todo, le dije sonriente. Me iluminó con un gran rayo de luz. Me dijo que mi texto no era, por ningún lado, un cuento. El amable lector de este pobre blog puede constatarlo, el cuento es de la sección de Tres cuentos con casco y se llama El vehículo deslizador. La maestra continuó y hago una paráfrasis: no es un cuento, es más bien una escena, al menos no es un texto que pueda participar en ningún concurso como cuento. Se me abrió el mundo. Luego hablaron, había más participantes, de un libro de Calvino que se llama “Ciudades Fantasmas” y que son descripciones de ciudades, pequeñas escenas, como mi supuesto cuento. Esos comentarios me hicieron caer en la cuenta de que soy horriblemente pretencioso y quiero por lo menos aceptarlo. La mayoría de los textos que se leen en este blog son, a pesar del título "Cuentos para dormir...", sólo escenas, bosquejos, escayolas letrísticas de historias a veces descabelladas que me pasan por la cabeza, historias que siempre me estoy contando para buscar lo que me subyace y como toda narración, son explicaciones hechas de lenguaje y éste más que decir, oculta, empobrece, dimensiona. Las palabras son todo lo que no se eligió, lo que quedó afuera de ellas, el mundo circundante que cercenan para existir; dan nombre segando las otras infinitas posibilidades y eso son mis relatos, todo lo que no sucede, lo que queda al margen, lo que se murió ante la carga ontológica del lenguaje, todo lo que no dije. En un principio el blog iba a ser una colección de escenas o cuasi cuentos para niños. Cuando recién empecé a garabatear en mi libreta de la prepa me daba por hacer eso, historias más bien bobas que no tenían respeto alguno por el estilo o la estructura y que eran ideas e imágenes que atascaban mi cabeza y que no hallaron mejor modo de salir para empezar a morir que en borrones de tinta. Luego vino mi inevitable pretensión ecritural y quise ponerme serio y escribir cosas “más adultas”. No creo haberlo logrado y mi postura flacucha de estructura y estilo es producto de mi ignorancia, no de otra cosa. Me disculpo entonces y reitero, no son cuentos, la mayoría son escayolas y bocetos. Por cierto que sigo sin saber bien qué hace a un cuento tal. Alguna cosa tendré que investigar estos fines de semana.

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