El terror empezaba en las mañanas entre papelitos, bostezos y la delicia de estirarse. Era el mejor momento del día, nos sentíamos buenos y nos pasábamos la caja del cereal, platicaban sobre los niños y sobre el precio de las cosas en el súper las mujeres, mientras que los hombres lo hacíamos sobre política o religión. El encanto terminaba con el desayuno, cuando teníamos que ir a la oficina a recibir los nombres. Se hizo más y más deprimente con el paso del tiempo y por eso nosotros, los letales asesinos, élite de la Guardia Presidencial, el cáncer que carcomía ideales con su imparable poder, decidimos desaparecer. Entre todos asesinamos a más de 200 objetivos entre espías, jefes de estado y figuras incómodas para el régimen. Aunque justificábamos nuestras acciones con concienzudos análisis que arrojaban que de los males era el menor, asesinar es asesinar y empezamos a asquearnos y a aburrirnos, así que dejamos las armas de fuego y nos cargábamos a los objetivos con las armas menos ortodoxas: corcholatas, hilos dentales, cubos rubrik, saca corchos (no muy original, lo admito) y mi hermana tenía una colección de ranitas dardo doradas. Lo que nos hizo renunciar fueron las llamadas a media noche y las pésimas fotografías, además de la falta de vacaciones reales y como gota derramante del vaso, que el jefe se le insinuó a mi hermana (no la de las ranitas sino la segunda, la pirómana). Nos sentimos con necesidad de limpiar nuestra conciencia. Es triste asesinar gentes. Para poder realmente desaparecer tuvimos que matar a todos los que sabían de nosotros, que no eran muchos, pero sí poderosos, incluido el señor presidente. Se armó un buen lío, “el país quedó sumido en la desazón”, pero no nos quedamos a ver qué pasaba. Ahora todo es como solía ser en las mañanas, bostezamos y nos estiramos y nos pasamos la caja del cereal. Mi sobrinito Yoali hace poco asesinó dos pollos con un LP, lo que nos sorprendió bastante. Es un buen chico. Y está bien, si ustedes nos olvidan nosotros los olvidamos, ahora que si no quieren...
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