lunes, 25 de octubre de 2010

Horrores anarquistas

Ah, sí, sí estaba escuchando. A menudo hago eso, pretendo que estar absorto pensando en algo lejano o muy profundo, pero siempre escucho. Hasta tengo esa mirada perdida y no me muevo para nada, pero me doy cuenta y escucho perfecto cuando me hablan. Es una pequeña maldición doble: mi pretensión y mi estado de alerta. Claro que lo hago para parecer ido porque ayuda mucho a esta idea que tiene la gente de mí de fantasioso y poético y distraido. De artista, pues. Los empujo nada más. No pienso que sea una broma, me lo tomo en serio. Pueden darse cuenta de cuán farsante soy por eso. No me he presentado. Hasta ahora he obligado a mis personajes a decir las cosas por mí o al revés, no estoy tan seguro. Soy un narrador. Soy el narrador José Bernardo Olmedo Ledesma. Miento muy seguido, contradigo por sistema. Declaro que hoy, mientras venía caminando con Raúl por Escobedo, me encontré una moneda de cinco pesos con la efigie de Mariano Matamoros y que no existo. Empieza a castrarme esto. El tono impersonal y al mismo tiempo íntimo de esto es una farsa insufrible. Es la voz de un niño en mi cabeza. Me fastidia, me hace encabronar. Es como un niño burlón y cínico. Me vengo en su insustancialidad. He tratado de reflexionar sobre mi propio narrador, el narrador que soy y no soy al mismo tiempo. Pienso en la posibilidad de unicidad barata. Me pregunto si mis personajes son yo o si yo soy mis personajes o cómo funciona. Como pensaba que los escritores eran personas que se limitaban a escribir, no me había detenido mucho en eso hasta últimamente. Por supuesto que mis personajes están impregnados de mi ideología, pero no sé si son herramientas que uso o seres autónomos que van y vienen en mi cabeza. ¿Dicen lo que yo quiero que digan?, ¿son muestras inevitables de mi torcido interior?, ¿los conozco?, ¿hasta qué punto son lo que no me atrevo a decir yo como Bernardo?, ¿o existen porque ser un único personaje sería aburrido? A veces siento que floto. Venía caminando por Corregidora escuchando Sigur Ros y pensé que era el ruido de fondo. Mi música la llevo adentro y el sonido exterior es ajeno a mí. Es una frase declarativa de fácil inversión. ¿Cuál es la banda sonora?, ¿la canción adentro o el ruido afuera? Me hace sentir que no estoy aquí escuchar música en la calle. Me hace sentir solo o algo así, me da una sensación de encierro tibio y me alivia al mismo tiempo, me siento especial. Es una emoción que se interioriza, como si el único que importara fuera yo. Lo disfruto enormemente, otra de mis frases. Ahora mismo me preocupa que el tono, el revoltijo de voz que escribe esto no es mío. Es mi yo narrador. Lo leo y nunca lo imagino como mi voz, no lo leo como yo. Es una voz más aguda, un poco nada más. Y como indulgente, suave, afeminada. Estoy condenado a no escribir nunca yo. Algo que parece que sí es cierto es mi miedo a pronunciarme de manera absoluta frente a cualquier cosa. Dudo, titubeo. Antes no tenía ningún problema para hacerlo. De hecho lo hacía todo el tiempo. Mi voz adquiría un tono soberbio insoportable y daba cátedra. Ahora dudo siempre, no me atrevo a decir: es esto. Digo: yo pienso que puede ser esto, aunque también existe esta otra posibilidad o alguna jotada como esa. Es lo que hace el conocimiento: que sabes que puedes errar y a mí me recaga equivocarme. I'm sort of mild. Me hice considerado o sensato o algo así, aunque en el fondo no dejo de ser un hideputa. Extraño estar triste. Un chingo. ¿Hago hablar a los personajes porque tengo miedo de decir que soy yo quien lo dice?, ¿es lavarme las manos y tener la posibilidad de decir: era broma, es sarcasmo? La posibilidad de retractarme, de no ser responsable. Al menos para mí es así. Es mi mediocridad rampante. Mediocre, me encanta el final: crrrrrre. Nohemí diría que mi miedo a comprometerme. Le daría la razón, es algo que ya sé y que no niego. Esa es otra de mis cosas: soy un culero conscientemente. Diana me lo dijo. Ella uso “patán”, pero al caso da lo mismo. Yo advierto: soy así y así y así y te voy a lastimar, te voy a hacer daño. Hacerlo libera mi consciencia. Advertir que harás algo es un alivio, te exime de la culpa, te permite echársela al otro: no me hizo caso, fue su decisión, ya lo sabía. Pero soy yo quien lo hace, soy yo quien decide ser ojete al final. No niego mis incongruencias ni mis contradicciones, al contrario, las muestro demasiado rápido, las ondeo, me siento orgulloso de ellas. Siempre puedes poncio pilatear y decir: así soy, soy una contradicción, ni modo. Y te libras del juicio. Te excusas. Es muy mierda todo eso. Me siento mal después, pero no dejo de hacerlo. Sé bien que no cumplo lo que me digo. Así es, mostrarte mierda y esas cosas te disculpan, te escudan. Pero no dejan de ser pretextos mierda. Es molesto, asqueroso: cubrirte de la mierda con más mierda. Ahoga. Y esta disposición natural a pensar que eso recibiré: mierda. El león piensa que todos rugen igual. Tampoco tengo empacho en decir que tengo novia y que fantaseo con otras mujeres. He encontrado que la sinceridad cínica es muy efectiva. Lo mismo de antes. Pienso a veces en dejar a Carla por la adrenalina de sentirme “libre” de nuevo, de no tener que pretender que soy un buen chico, respetuoso y eso. En mi cabeza soy un verdadero marrano. ¿Somos lo que pensamos o lo que elegimos decir?, ¿qué pesa más?, ¿si en mi cabeza soy un ojete pero en mis actos no tanto soy un imbécil reprimido y mesiánico o en verdad no soy tan ojete y es parte de la “insoportable condición de ser”? Ese tipo de preguntas me revientan. Sé que eventualmente tendré que decidir, pero me molesta tener que decidir. Esto de vivir es adaptarse, qué joda. Y qué estupidez. ¡No entiendo ni madres! A veces a mis compañeros se les ocurre pensar que soy inteligente y yo pienso que no lo soy, que ellos son muy tontos y luego me digo: pero tienen otros conocimientos. Me molesta que se preocupen por cosas que me parecen idiotas y supongo que ellos sentirán lo mismo algunas veces. ¿Es realmente importante saber qué son los hoyos negros y el catálogo entomológico?, ¿de qué sirve saber que Platón escribió República y etece?, ¿de qué sirve saber que la revolución francesa empezó en 1989?, ¿de qué sirve saber los precios de los zapatos, del estilista, de las verduras en el mercado, los chismes de la escuela?, ¿de qué sirve saber? Eso es lo que en verdad me revienta. La verdad es que lo único que importa es lo que le importa a uno, así, a secas. El resto es un feo papalote. El resto es una mentira. ¿El alivio de la conciencia es una cuestión de egoísmo? Pongamos que hasta las labores más altruistas y filantrópicas tienen un trasfondo egoísta, que la gente que ayuda lo hace para sentirse bien, no porque en verdad quiera ayudar; es decir, sí quieren ayudar, pero porque los hace sentir bien, mejores, que cumplen con un deber, que muestra que están agradecidos, que son civilizados y considerados y no porque verdaderamente les importe a quien ayudan. Pongamos que alguien ayuda a una mujer violada. Pongamos que lo hace no porque le importe que violen o no a la mujer, ni siquiera sabe quién es. Que lo hace porque su civilidad, su idea de heroísmo y proteger al débil lo impelen. La mujer es irrelevante y sin embargo se arriesga para no fastidiarse en la noche diciéndose: pude ayudarla pude ayudarla. Simplemente para no sentirse cobarde, para poder mirarse al espejo y no sentir arrepentimiento. ¿Es o no su acto un acto de egoísmo? Y si lo matan y violan a la mujer,  ¿valió la pena?, ¿era necesario?, ¿a quién le hizo un bien?, ¿convirtió al violador en asesino o el violador lo hizo él solo?, ¿no se vio el violador impelido a hacerlo, a defenderse?, ¿era dueño de sí cuando lo hizo?, ¿quién tiene la culpa? Evidentemente que el violador, pero ¿y si el otro no se hubiera entrometido?, ¿no fue la situación un desperdicio estúpido e innecesario? Como la situación es toda hipotética, no acepto un: no pasó así. ¿O es eso lo que mueve al mundo?, ¿lo que realmente importa?, ¿cómo juzgaremos al hombre muerto?, ¿un héroe o un idiota?, ¿el que haya hecho lo que creyó correcto lo exime de su culpa o convierte su acto en significativo y poderoso?, ¿nos muestra que no todo esta perdido, que en este mundo lleno de inmundicia aún quedan personas que valen la pena, que son humanos? ¿Y qué pasa con todo lo no dicho? Eso también me fastidia. Hay un número infinito de maneras de relatar algo y sin embargo sólo se puede de una, de la manera en la que de hecho se hace. ¿Y qué pasa con el resto, con las infinitas posibilidades desechadas?, ¿en verdad decimos algo cuando escribimos o cuando hablamos?, ¿no será un exceso de soberbia?, ¿nombrar no marca en sí un derrotero único?, ¿no es dirigir con nuestras palabras?, ¿delimitar un mundo particular, una situación dada?, ¿encerrar, coartar?, ¿tener el poder de decidir, de crear, de sabernos exclusivos poseedores? Porque cuando relatas una historia estás dando tu punto de vista, estás delimitando lo que se  sabe y lo que no, lo que se ve y lo que se ignora, estás explicando cómo y cuándo y a veces por qué. Y nunca absolutamente nada está acabado, absolutamente nada es total, la complitud es imposible de suyo. Escribir para mí pasa más por la voluntad que por la “inspiración”. Generalmente hay alguna historia en mi cabeza. Algunas las olvido rápido, otras se quedan días y hay algunas que puedo escribir, delimitar lo bastante como para encerrarlas en palabras. Rara vez son mis favoritas. Mis historias favoritas me las cuento a mí mismo, como private jokes y por eso me río en la calle a veces. Soy muy divertido para mí mismo, aunque a la gente no piense igual. Como no sé cómo terminar, les regalo tres puntos suspensivos . . .

No hay comentarios:

Publicar un comentario