Tanto tiempo pasado, tanto enredijo, tanto espanto. Miré tus huesos a través de rayos X y ahora intento descubrir el color de tus calzones mientras miro debajo de tu falda en tanto que tú subes las escalera negra de caracol con sus manchas de herrumbre aquí y allá. Siento el peso del libro bajo mi axila. Blancos. No hay mucho que decir, acaso recordar, abrir un gran paréntesis en mi cabeza sólo para darme cuenta de que no hay nada que valga la pena contar. Alargo la mano, la meto bajo tu falda, aprieto tu piernas firmes, semejantes a columnas desde aquí. Qué haces, me preguntas como ofendida y sonrío con mis sonrisa más hijoputa. Me desquito, pienso contestarte, pero no vale la pena arruinarme la última cogida. Me detengo un poco en una zona rugosa donde empiezan tus nalgas. Tienes la piel de gallina. Pareces sorprendida y sigues ascendiendo a tu hotel, tu castillo de escondidas, tu cuarto mugriento en las esquinas, recién trapeado, tu espacio oloroso a guardado. Intento, en vano porque te retiras brusca, tocar tus calzones.
Casi no tengo ganas, no sé por qué lo hago, algo me empuja, me orilla a seguir la estela de olor que yo insisto dejas por donde pasas. Te quito las llaves apenas las sacas, se me ha ocurrido que quiero cogerte en la entrada, a la vista de las señoras chismosas que ven novelas, pendejas historias mil veces repetidas y pésimamente actuadas. Logro ponerte contra la puerta, tu boca huele un poco a pescado, aroma oculto por el de la menta. Tu lengua mojada va y viene como si perforara mi boca. Levanto tu pierna sopesándola con mi brazo, tu rodilla está a la altura de mi bolsillo. Empujo, te escucho jadear y pedirme vamos adentro. No quiero, te masajeo los diminutos senos, ataco tu cuello con violencia, te tiro del cabello y tu cabeza choca contra el cristal, que resuena. Empujo más fuerte, mis manos se pasean por tus nalgas perfectas, por tu abdomen, te levanto la falda (tiesa tersura de la mezclilla), la tengo ya dura. Ay no ay no, dices y me quitas las llaves.
Te tragaste mi beca y parte de mi quincena. Está muy bien, sé qué esperas obtener y te lo doy. Es un castigo inflingido a mí mismo, mi autodestrucción canalizada hacia el dinero que gasto a manos llenas, te compro, te alquilo, te llevo, te pago. Piensas que no lo sé, me regalas baratos encantos que yo simulo agradecer. Qué nalgas, por Joyce, pienso mientras franqueas la puerta. Nunca escribiré como Joyce ni jamás haré un canción tan buena como la peor de Sabina. Lo sé y un profundo desaliento se insinúa en mi estómago acompañado de celos pasionales. Tú no lo sabes, ni siquiera los conoces. A lo mejor por eso me enfadas a veces, por tu necedad de no querer librarte de tu total ignorancia. Pero tu entrepierna... te sigo adentro, azotas la puerta, me recargo en el ropero, dejas tu bolsa, haces pfff, arreglas, quitas cosas de la cama para ponerlas en el burro de planchar y preguntas qué pasa con un tono más bien indiferente. Persigo mi propia inmovilidad. Supongo que es el mejor desperdicio, que quiero tirar lo que traigo encima porque no lo aguanto. Trabajar es venderse (y muy barato). Nada, me gusta verte, te digo. Sonríes. Me pregunto si creerás algo de lo que escupe mi boca en sonoros borbotones. Voy al baño, anuncias. Me dejo caer en la cama (rechinido) y trato de poner mi mente en blanco. No puedo, un poema de Bukowski se mezcla con una teoría de Frege y mejor decido escuchar atento tus ruidos. Abres la llave del lavabo (la dejas abierta), das tres pasos, abres el gabinete del espejo, sacas algo. Supongo que te desmaquillas, que te quitas esa máscara que no sabes te afea. Eres bonita sólo cuando estás desnuda y sudada, esa es la verdad. Sales y haces como que no me prestas atención. Pienso en ella y me permito culparla, increparla, imaginarla cogiendo con un violador anónimo. De perrito. O tal vez que la azotan o que huye de una banda de albañiles dispuestos a arrancarle las ropas. Me divierte y esbozo una débil mueca que no ves porque sacas algo del ropero. No prendas la luz, ven, y doy golpecitos sobre la colcha rojo vino de mal gusto. Te recuestas y miras el techo. Me apoyo sobre mi codo, meto la mano bajo tu falda y volteas a verme. A veces, sólo a veces, tu mirada puede ser muy franca, lo que me hace sentirme inhibido. Juego hasta sentir tu humedad, me encanta que lubricas litros y litros de poderoso líquido que empapa mis dedos que se huelen a moneda. Arqueas la espalda y cierras los ojos, te muerdes los labios. Me pregunto si en verdad lo disfrutas o si actúas telenovelescamente. Me veo precisado a quitarte la falda y te descalzo. Los zapatos salen haciendo un sonido peculiar, un sonido rasposo y seco a la vez. Eres una perfecta estudiante de conta, de la cabeza y sobre todo a los pies. Escalo por tus piernas despacio, disfruto su sedosidad (me depilé para ti, me dices sin dejar de mirar el techo. Por supuesto que no te creo), su maravillosa firmeza, su color cada vez más claro conforme me acerco a la zona que delimita el triángulo de tu ropa interior blanca. Quisiera determe más tiempo ahí, pero me apremia una urgente necesidad. No sé por qué te gusta verte a ti misma en la luna del ropero cuando cogemos. Giras la cabeza para verte y sonríes, mientras vas arriba y abajo, adentro. Tu sexo está siempre muy caliente. Mañana tal vez te diga que no voy a darte un quinto más, que pienso seguir siendo una excusa para no ver tu mediocridad. Que no pienso seguir siendo yo mismo en el mutuo reflejo de nuestras inperfecciones. Ahora prefiero echar mi dinero a las fuentes o pagarme unas clases para aprender a volar.
Casi no tengo ganas, no sé por qué lo hago, algo me empuja, me orilla a seguir la estela de olor que yo insisto dejas por donde pasas. Te quito las llaves apenas las sacas, se me ha ocurrido que quiero cogerte en la entrada, a la vista de las señoras chismosas que ven novelas, pendejas historias mil veces repetidas y pésimamente actuadas. Logro ponerte contra la puerta, tu boca huele un poco a pescado, aroma oculto por el de la menta. Tu lengua mojada va y viene como si perforara mi boca. Levanto tu pierna sopesándola con mi brazo, tu rodilla está a la altura de mi bolsillo. Empujo, te escucho jadear y pedirme vamos adentro. No quiero, te masajeo los diminutos senos, ataco tu cuello con violencia, te tiro del cabello y tu cabeza choca contra el cristal, que resuena. Empujo más fuerte, mis manos se pasean por tus nalgas perfectas, por tu abdomen, te levanto la falda (tiesa tersura de la mezclilla), la tengo ya dura. Ay no ay no, dices y me quitas las llaves.
Te tragaste mi beca y parte de mi quincena. Está muy bien, sé qué esperas obtener y te lo doy. Es un castigo inflingido a mí mismo, mi autodestrucción canalizada hacia el dinero que gasto a manos llenas, te compro, te alquilo, te llevo, te pago. Piensas que no lo sé, me regalas baratos encantos que yo simulo agradecer. Qué nalgas, por Joyce, pienso mientras franqueas la puerta. Nunca escribiré como Joyce ni jamás haré un canción tan buena como la peor de Sabina. Lo sé y un profundo desaliento se insinúa en mi estómago acompañado de celos pasionales. Tú no lo sabes, ni siquiera los conoces. A lo mejor por eso me enfadas a veces, por tu necedad de no querer librarte de tu total ignorancia. Pero tu entrepierna... te sigo adentro, azotas la puerta, me recargo en el ropero, dejas tu bolsa, haces pfff, arreglas, quitas cosas de la cama para ponerlas en el burro de planchar y preguntas qué pasa con un tono más bien indiferente. Persigo mi propia inmovilidad. Supongo que es el mejor desperdicio, que quiero tirar lo que traigo encima porque no lo aguanto. Trabajar es venderse (y muy barato). Nada, me gusta verte, te digo. Sonríes. Me pregunto si creerás algo de lo que escupe mi boca en sonoros borbotones. Voy al baño, anuncias. Me dejo caer en la cama (rechinido) y trato de poner mi mente en blanco. No puedo, un poema de Bukowski se mezcla con una teoría de Frege y mejor decido escuchar atento tus ruidos. Abres la llave del lavabo (la dejas abierta), das tres pasos, abres el gabinete del espejo, sacas algo. Supongo que te desmaquillas, que te quitas esa máscara que no sabes te afea. Eres bonita sólo cuando estás desnuda y sudada, esa es la verdad. Sales y haces como que no me prestas atención. Pienso en ella y me permito culparla, increparla, imaginarla cogiendo con un violador anónimo. De perrito. O tal vez que la azotan o que huye de una banda de albañiles dispuestos a arrancarle las ropas. Me divierte y esbozo una débil mueca que no ves porque sacas algo del ropero. No prendas la luz, ven, y doy golpecitos sobre la colcha rojo vino de mal gusto. Te recuestas y miras el techo. Me apoyo sobre mi codo, meto la mano bajo tu falda y volteas a verme. A veces, sólo a veces, tu mirada puede ser muy franca, lo que me hace sentirme inhibido. Juego hasta sentir tu humedad, me encanta que lubricas litros y litros de poderoso líquido que empapa mis dedos que se huelen a moneda. Arqueas la espalda y cierras los ojos, te muerdes los labios. Me pregunto si en verdad lo disfrutas o si actúas telenovelescamente. Me veo precisado a quitarte la falda y te descalzo. Los zapatos salen haciendo un sonido peculiar, un sonido rasposo y seco a la vez. Eres una perfecta estudiante de conta, de la cabeza y sobre todo a los pies. Escalo por tus piernas despacio, disfruto su sedosidad (me depilé para ti, me dices sin dejar de mirar el techo. Por supuesto que no te creo), su maravillosa firmeza, su color cada vez más claro conforme me acerco a la zona que delimita el triángulo de tu ropa interior blanca. Quisiera determe más tiempo ahí, pero me apremia una urgente necesidad. No sé por qué te gusta verte a ti misma en la luna del ropero cuando cogemos. Giras la cabeza para verte y sonríes, mientras vas arriba y abajo, adentro. Tu sexo está siempre muy caliente. Mañana tal vez te diga que no voy a darte un quinto más, que pienso seguir siendo una excusa para no ver tu mediocridad. Que no pienso seguir siendo yo mismo en el mutuo reflejo de nuestras inperfecciones. Ahora prefiero echar mi dinero a las fuentes o pagarme unas clases para aprender a volar.
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