miércoles, 31 de marzo de 2010

El del estribo.

Historia de un ciego y su lazarillo que no sabe calcular distancias.

-¡Chingado, otra vez me dijiste mal Ahora esta dama me creerá un tonto- la susodicha dama se apartó sin decir pío.
-¡Que no te dije mal! Son como tres metros.
-A ver, ven. Cuéntalos, ándale. ¿Ya ves? Cuántos son.
-Tres y cachito, ¿no?
-Pero cómo vanaser tres y cachito'mbre. Ya te dije que imagines los pasos o que abras los dedos así y que hagas como compás, así. Si no es tan difícil.
-Pues así le hice, pero es que tus pasos son más cortos.
-Cómo va'ser, hombre, que no sepas cuánto mide, si tienes los dos ojos buenos.
-Pues te digo que tú das los pasos como brinquitos, así nunca le voy a atinar.
-No, Trebe, no se trata de atinarle, sino de cal-cu-lar, ¿entiendes? Caramba, mira, ya la dama se va, discúlpenos, madam- pero la madam de nuevo no dijo pío y se escuchó su clac clac clac- ¿Para qué te pago, pues?
-Emmm... pues no me pagas.
-Cómo no si te dan dinero en el centro para que me lleves y me traigas.
-No me dan un quinto, soy voluntario, nos dan hasta que hayamos pasado el mes de prueba.
-'Aistá. Pero bueno. A ver, vamos a calarle otra vez, ¿cuánto mide esta esquina de la plaza? Mídele bien.
-Tres por cuatro, tres a la derecha, cuatro 'padelante.
-¡Chingado! Si eso es lo mismo que me dijiste hace rato y me tropecé con el bote de basura.
-Pues eso es lo que es, ya te dije.

Segundo de la susodicha trilogía.

Risa escándalo (o: Personajes fantásticos de horror: el Hombre Ornitorrinco).

-Oye, tu disfraz es muy ridículo, ¿quién eres?
-¿Que quién soy? Mua ja ja ja- y su risa retumbó como si hubieran estado en un cañón y el eco hubiera rebotado en muchas paredes; además tenía una extraña cualidad acuática. La sangre del Boogy-Boop se heló y se quedó paralizado boqueando como pez fuera del agua. Se quitó la capucha blanca en un acto de desesperación y quiso gritar, pero se le hizo un nudo en la garganta y empezó a temblar y a pensar en su mamá. A lo mejor intentó disculparse balbuciendo algo, quién sabe. El tipo sabía que se iba a morir, por mala suerte o por destino. Varios meses antes habían empezado las misteriosas desapariciones de personas que aparentemente “no tenían ninguna conexión”. Luego de la cuarta víctima la policía tuvo que admitir que si bien el motivo era obscuro aún, el modus operandi era el mismo: las víctimas morían envenenadas con una extraña y poderosísima pócima y eran halladas en el río en ropa interior cubiertas de una repátina verde y una cola de castor encima. No hubo ningún testigo hasta el segundo mes, después de la puntual muerte sabatina. No es que hubiera escapado, fue más bien incidental, andaba por allí, y lo que describió era espantoso: un enorme y peludo oso de dos metros, capaz de volar, con pico de pato y enormes garras azules. Al principio creyeron que estaba loco, no era más que un viejo chocho de 57 años, mas la imagen monstruosa corrió de boca en boca hasta crear una bestia abominable y sembrar la histeria colectiva. Sin embargo, el efecto se desvaneció a las pocas semanas porque, cosa rara, ese pueblo es una joya de la inconciencia y la negación, si no lo nombras no existe o a mí nunca va a pasarme. Se creyó que era una maldición, el párroco dijo que estaban expiando sus pecados, otros más dijeron que era una extraordinaria criatura prehistórica y otros sostuvieron la teoría de un extraterrestre, pero ninguna de las suposiciones, como suele suceder, era cierta y no se dieron cuenta hasta que un policía, no muy avispado, no muy amable, puso atención en las colas de castor. Esa no era una zona de castores, así que esas colas sólo podían conseguirse en la peletería. Fue, preguntó y en efecto, le dijeron que el hermano del conductor del camión de los domingos encargaba todos los jueves en la tarde una cola de castor y que iba a recogerla el sábado por la mañana. Fue una brigada completa armada hasta los dientes a la casa del hermano del conductor del camión de los miércoles, lo arrestaron en medio de una memorable alharaca, lo metieron al tambo en medio de vítores y las desapariciones cesaron. Las primeras planas en los periódicos cubrieron de gloria y laureles al valerosísimo cuerpo policial, salvaguarda de la seguridad de la nación y llenaron de denuestos al horripilante asesino. Una sola nota apareció sobre él en particular y en ella se lamentaba de haber sido descubierto por las “pinches colas de castor, que eran las más tontas del disfraz”. Él hubiera preferido que lo descubrieran por las aletas azules, esas sí que eran difíciles de conseguir, había que pedirlas hasta Australia y debían ser de especímenes (¿qué serán especimenes?, se preguntó el reportero de lentes redondos y churrito cayendo en la frente, muy conquistador, amo de la noticia y heraldo de las buenas y malas nuevas, vivaz y valiente y veraz y vien arriesgado en pos del bien de la humanidat. ¿Vendrá de especie?, se preguntaba mortificadísimo) de agua dulce y luego para pasarlas por la aduana, de por sí eran bien caras y además ya se le estaba acabando el dinero, así que había estado muy bien que lo agarraran, pero, ¡¿por las colas de castor?! Por Dios, ya no había ningún respeto al esfuerzo, al ingenio, a los buenos modos. Cuando Amo de la Noticia le preguntó que por qué había cometido esos horrendos crímenes de lesa humanidat respondió que porque era divertido y porque siempre había querido ser super héroe.
-Soy el hombre ornitorrinco- y le dio unas cachetadas con las aletas venenosas al Boogie-Boop.

Primero de la última trilogía.

Me cayó mal desde el primer momento en que lo vi y supe de inmediato que no nos llevaríamos bien. Llegué y lo vi de reojo cuando iba al baño. No sé por qué, pero sentí hacia él una animadversión incontenible. Cuando salí la plática insulsa -para qué lo quieres, ya necesitábamos uno, aahhh, salió barato, bueno, ¿no quieres comer?, sí- con mi mamá. Evité algunos días usarlo y a veces ni entraba en la cocina para no verlo, pero pronto se hizo inevitable el choque. Me di algunos golpazos, como era de esperarse, y él también se llevo sus patines y tallones, mentadas de madre y azotones ¡paaf! Gran paf. Me era imposible tolerarlo con toda su insolencia y petulancia, la cocina era muy chiquita y encima él ocupaba casi un cuarto del espacio. Ay sí ay sí, de dos puertas, baaah, una pavada, un insulto a la bella ciencia de la ergonomía. Por eso cuando supe que nos mudábamos y de que mi mamá iba a vernder todo “para empezar de cero” me puse muy contento y lo dije en su presencia: “ja, ¿lo ves? ¿no que no ibas a irte? Ja ja ja”. Pero, oh inverted -unfair world, no contaba con que mi mamá estaba muy encariñada con el puto refri, muy contenta con su desempeño “no hago escarcha y soy muy mono” y no quiso por nada venderlo y tuvimos que llevarlo a la nueva casa y encima a mí me tocó limpiarlo e instalarlo. Porquería.

Cuento interrumpido.

Ya encarrerado... pues...

Te voy a querer siempre siempre, hasta que no haya colores y las estrellas dejen de tililar allá arriba en el cielo y no haya más que humo y polvo. Te querré siempre siempre aunque ahora no me importes y ¿sabes cómo lo sé? Porque este momento en que no hay nadie más que tú en mi cabeza se alarga una eternidad, fuera del tiempo y te pienso con una ternura salvaje y aterradora. Te quiero más que a mis libros y a mis discos, más que a la carlota y a la cajeta y a la sandía y no consigo entender por qué es importante. ¿Sabes también qué quiero? Salir a la calle en medio del sol de la tarde, de este sol reverberante que hace que el aire sea un tufo caliente imposible de calificar como sofocante ahora, como si fuera un liviano velo húmedo que empapa todo y que dificulta la respiración. Dueles tanto como clavarse espinitas en las manos, como correr sin ganas sin poder detenerte, por una inercia humillante o algo así de feo. Me desgasta hasta lo indecible pensar en ti, intentar ponerte en viles palabras lo que en mi pecho es una llama abrasadora, un trozo de hielo hiriente y esas cosas que decía Quevedo. Incluso estaría dispuesto a jamás volver a leer a Cortázar si te materializas en medio de mi cuarto y no puedo ser consecuente con lo que hago y quiero que te mueras un rato, que desaparezcas unos cinco minutos para abandonarme al vacío más idiota. O no, mejor nada, pero estaría muy bien que ese tonito imbécil saliera de mi cabeza y no llenara todo lo que escribo. Puta, y cantarte miles de canciones que te reservo en los labios, sacudirme esta modorra que permea mi vida como una película (o repátina) finísima y no contarte cuentos, vivírtelos, acomodarlos en los fines de semana y destrozar el aipod a dentelladas o algo así de ridículo. ¿Por qué, niña, escribiré tan feo? En verdad que no lo entiendo, si hasta en mi cabeza suena bonito. Será porque estás tú y en esta pantalla sólo hay luz y un reflejo y el teclear que resuena monótono y apenas audible. ¿Mi bocina sabrá que de ella salen las más dulces melodías? Es una bocina chiquita, el volumen es poco y no quiero ponerme los audífonos porque me siento enajenado y eso está muy bien en la calle, pero no ahora, no aquí. Blaaa, qué lío este el de la sensatez y la consideración para con los demás. ¿Quiénes son los demás? ¿Qué les importa a ellos lo que yo quiera o haga? ¿Qué te importa a ti? Porque apenas encuentres quién te haga reir te irás sin el más mínimo escrúpulo y yo te lo celebraré en esas fiestas sardónicas que me armo debajo de la piel, que es lo mismo que decir que no lo celebraré, sólo pretenderé que lo celebro y puede que hasta contrate algún sonido malísimo desos que ponen música más abominable que el hombre de las nieves y luego te contaré este cuento:

Cada lunes, apenas escuchaba las primeras notas de la canción entraba en un estado incomprensible de terror sordo y mudo. Pasaba la combi y todos los niños se arremolinaban y la música nunca paraba y se repetía infinitamente. Su único momento de alivio (que disfrutaba como si fuera un bálsamo mágico) era cuando la canción acababa y tardaba un par de segundos en volver a empezar. Luego de los gritos y las embarraciones bajaba la combi pintarrajeada ronroneando por la empinada calle. Miraba desde su ventana petrificado por ese morboso placer que provoca el horror y los vecinos lo invitaban y alguna vez le trajeron helado de mantecado y el lo guardó en el refri y su hermana se lo comió antes de irse a la escuela a pesar de la prohibición de su mamá de no comer nada dulce antes del desayuno. Pero qué más da, si la combi ya se aleja y su tétrica canción se eleva como una estridente queja en el aire y el pavoroso sonido se difumina como sombras de color en una pared deslavada por torrenciales lluvias veraniegas. Y nunca entendió de dónde venía ese insoportable horror y se lo preguntó millones de veces (¿has intentado contar millones de veces? Él sí, y apunta las veces y sí llegó al millón y quizá tengas razón cuando digas que entonces pluralizarlo sea una exageración, pero niña, todo es una tonta exageración) sin poder hallar el traumático evento que determinó que se conviertiera la canción del señor de los helados en una petrificadora sensación que abarcaba cada vibrante fibra de su cuerpo (al final ese mismo cuerpo era un ajado amasijo de colgante piel y sobrecogedora soledad, pero en ese entonces estaba en la lozanía de su juventud y me da por pensar en que dos personas me han dicho que me aman y siento un poco de asco por mí mismo) y que lo obligaba a no vivir los lunes a eso de las cinco.

Puede también que se me olvide el cuento y que no te cuente nada, que esto se termine mañana o en nueve minutos o que hagamos aaaahh y eso sea lo único, perdidas nuestras expresiones en la búsqueda de algo que decir, algo que no recordamos y que sabemos importante. Que nos callemos para siempre sin una sola palabra para consolarnos del intenso dolor de vivir, sin una sola expresión para cantar la inmensa alegría de vivir. Imagínate que tuviéramos que comunicarnos con recortes del periódico o de revistas. A mí me daría mucha risa porque sé que tu te emperrarías en que lo hiciéramos con unos monos y portátiles pintarrones, pero yo me negaría tan rotundamente que tendrías que aceptar que si quieres decirme algo deberías recortar y pegar en hojas blancas palabras de tinta como cualquier secuestrador del siglo pasado mandando mensajes amenazadores. Ahora usan celulares, qué falta de estima a su trabajo. Todo decae y mientras yo te imagino tijereteando con una pericia insuperable para hilvanar las historias de mercado y los chismes más frescos (lechuguescos, podría yo bromear) de los amigos. El momento ha durado ya demasiado, casi un disco completo de Mecano. Por favor vete o ven, pero no te quedes parada a la mitat.

Otro viejito

25-Nov-09
Para Mariana, que cree que soy amargado:

No es para defenderme, por lo general mis posturas son indefendibles por sí solas, es más bien la chiclosa patología mía de no ser lo que los demás creen ni lo que yo mismo creo sino ser sólo esto, este espacio vacío que se llena con mi voz y mi carne. Es que pienso que encasillar lo que nos viene de dentro resulta un ejercicio no sólo fútil, sino incluso nocivo.

La felicidad, creo yo, la llevo dentro, la cargo conmigo todos los días y la belleza externa la detona, como si mis sentimientos fueran una bomba de pólvora negra y el mundo de afuera una chispa. Los sentimientos no me vienen de fuera, me nacen desde el interior. Pongamos un ejemplo: hoy que regresaba de la escuela me topé con una señora chaparrita y gordita. Tenía el cabello oxigenado, los labios rojísimos y traía una blusa rojo brillante y una chamarra y falda de mezclilla deslavadas. Olía a perfume barato, pero era un olor suave, no el usual olor agresivo del alcohol y quedó en mi nariz media cuadra. Resultaría enfadosamente ordinaria y vulgar si no fuera porque sonreía con una amplitud que me asustó. Platicaba con otra señora y se veían tan feliz, tan verdaderamente contenta que me sentí contento también. No es que me haya pasado o contagiado su felicidad, solamente detonó la que yo llevo a cuestas. Era tan hermosa en ese momento. Mi felicidad es como una llama pequeñita y se alimenta de ese tipo de cosas. Quizá haya momentos en que se me olvide y la llama sea apenas perceptible, pero siempre está ahí. No es una fiesta llena de alborozo como la tuya y tampoco hay fuegos artificiales, pero es constante y, creo yo, inextinguible. No sé si suceda así para todas las personas, pienso que es poco probable porque a final de cuentas todos somos nuestro propio mundo.

La justicia es implacable.

Ahora mismo hace un chingo de calor, sudo y me recompongo, trato de no pensar en ti. Trato de no pensar en nada y me siento atraído hacia el teclado con una urgencia extraña. Ya no te escribo cuentos, te escribo crónicas en las que busco tu boca y persigo tu cuerpo y te vas a la chingada. O a algún lugar así de feo y vago. Quiero reventarte los días que no vienen, escuchar las cosas que no me dices, hallar la cadencia maltrecha de las palabras que como filosas navajas hienden el espacio y se incrustan en mi piel tan delgada. No quisiera platicarte nada (ayer ensayaban unos tipos de rondalla cerca de donde estaba -planta baja del museo ellos, planta alta yo- y la música de rondalla me da risa al principio, pero luego me encabrona por lo repetitiva y tediosa que es. O reconstruirte mis primeras impresiones en Jalpan, la sensación de perdidez y desasosiego que luego fue reemplazada por el desánimo cuando leí el periódico) y sin embargo siento que necesito tenerte enfrente, barruntar tu presencia cerca, adivinarte en las ondas tibias que flotan en el aire, en las cortinas y en el sonido del agua. O espetarte: no te necesito para nada, vete, ándate a otro lugar, no me importunes, pero por favor procura cuidarte y comer bien. Qué estupidez, ¿no? Procura procurarme amor y alivio, narrar todo preciso, hablar sólo de cosas concretas. Procura mandarme una postal, no escucharme cuando me estoy quedando dormido, que es cuando digo las verdades más negras y vastas de mi interior. Procura vivir hasta que esté contigo. Yo por ahora me conformo con salir bajo la reverberación de este salvaje sol.

Viejitooooo

21-Oct-09
Y uno va leyendo fastidiado los letreros de la calle o los formularios de las oficinas de gobierno con sus letras chiquitas. Los sillones nunca serán suficientes, mucho menos estas sillitas incómodas y excesivamente cuadradas. O lee los instructivos, los reversos de productos en apariencia inservibles, como el aplanador de uñas, la marquesina automática o los letreros de neón con forma de flamingos o los controles remoto con sus muchos idiomas e incontables botoncitos. Lo malo es que no se les halla forma, son montones y montones de arañitas bailando muy rígidas, muy parejas, sin decir nada, con una especie de sorna muda e incomprensible. Con los señalamientos viales es distinto porque me las veo figurillas para no entenderlos porque sus figuras negras son demasiado uniformes, demasiado como la vida en estado estático. Por curiosidad robé uno. Es un poco pesado y hace ruido como de charola de pan. Lo puse en mi cuarto y ahí está, se asemeja a una familia de brutos colgando de pinzas en la pared o una estampa adherida a una trepadora. Una noche me pareció que la niña con lonchera se revolvía juguetona e inquieta, tirando de la mano de su papá (si es que realmente es su papá), que estaba muy renuente a moverse y la mamá parecía indecisa o quizás sólo apática, indiferente al barullo de su hija (si es que realmente es su hija). La sombra contra el muro, el punto de luz reflejándose en una esquina. Una luz completamente estúpida, sin chiste con su brillo opaco. Las etiquetas de ropa son un poco más interesantes, sobre todo los pictogramas, que de ordinario no entiendo, como el que son unas olas, tres hileras y que tienen una X, ¿significa que no se debe lavar? Cuando era niño quería inventar una tela que fuera anti-adherente para que se le resbalara la mugre y no hubiera que lavarla, pero pensé que debía ser aceitosa y no me agradó demasiado la idea, así que dejé eso por la paz.


martes, 16 de marzo de 2010

¿Quién está enojado?

"Me dices: ahora ya estás advertido, no te fies de un animal herido..." A pesar de que no puedo ser consecuente y de que las veces que lo he sido me ha salido todo mal, intento de algún modo no dormirme en la clase y coordinar un poco mis ideas. Trato, ante todo, de no leer, de imaginar lo que dirán esas hojas (porque las hojas hablan) que se muestran ante mí llenas de palabras que no son mías, dichas por un señor aburrido u ocioso. O un señor inteligente, un genio de la talla de Virginia Woolf. Pero en general me aburro, escribo como acto represor, me ciño neciamente a las letras, a las cosas concretas, nombrables, a las que puedo indicar mediante sonidos. Es molesto en ocasiones, tan poco que decir y tanto gasto de nubes, de música y de saliva. Sólo algunas palabras tienen una razón de ser, un propósito no particular, pero sí directo, como decirle a Itzel ripiosas expresiones en un vano intento de que no se caiga del columpio nomás por inconciente. O tengo que pensar en La Cosa, en el segundo número, en que no quiero dejarme inundar de la medianía tan molesta en que descansa la ciudad y que tal vez todo intento es inútil, que soy tan ordinario que ni siquiera me doy cuenta. La clase no empieza y me entra mi abulia porque sé más o menos como va a desarrollarse: más que un análisis del libro de Kipling harán un resumen con alguna referencia hacia lo que piensan, pero nada más.se quedarán con lo que entendieron por las palabras, no por el concepto general del libro, no por lo que puede leerse entre líneas. Y supongo que está bien, después de todo uno sólo habla de lo que le interesa y leer ese libro es un compromiso, el precio de ser universitario y sentirse así. Deberíamos hablar de fiestas, de no ocuparse de mucho, de zapatos y las novedades. ¿Pero de libros? Pffff. Me siento entre policias, encerrado en su cuadradez y creo que ellos piensan que el cuadrado soy yo y quizá sea cierto, quizá todos seamos unos cuadrados idiotas que van por ahí con aires liberales y corazones dogmáticos, temerosos de tener ideas propias. No quiero citar a Torri. Debe ser que las ideas representan un cambio constante, la sensación de que somos más bien insignificantes. Qué fastidio para el queretano común sentirse insignificante, tan alzado como es, tan inculto y sintiéndose brillante. Porque para esta gente leer un libro los convierte de inmediato en claridosos pensadores. Y no cualquier libro, las más de las veces malos libros. Sentirse letrado por haber leído a Suskind o en el mejor de los casos a Carlos Fuentes. Qué aplastante su negación a reconocerse como someros buscadores, tontos oradores que leen para citar más tarde, conformistas acérrimos, brutales opresores. Alabada sea su doble moral. Y Señor Santiago, por qué no.

sábado, 13 de marzo de 2010

Calamaro es un dios.

Eeeeh, "te quiero, me dejaste el florero y te llevaste la floooor" o "te quiero, te llevaste el florero y me dejaste la flor". Apenas ayer menteré de que nunca jamás vas a regresar y me puse muy feliz. Una alegría saltarina, imprudente, me salía de la boca y gritaba eufóricamente al cielo teñido de caramelitos y ¡mocos! ¡tómala!, que te veo en la calle. Enmudecí de pura sorpresa, casi casi me da el soponcio ahí mismo. Pero mi sentido del ridículo evitó cualesquier tontera y me limité a saludarte con la cabeza y entré en la frutería. Escogí muy bien las manzanas y las peras (qué caro está todo hoy día), me hice una ensalada llegando a la casa. Me enojé un poco porque ya no había yogurt, de seguro mi hermano se lo acabó, atascado como es. Pero no importa. Pensé que sería buena idea ponerle naranja, le puse a dos pedacitos y el resultado fue una mínima arcada. Qué bueno era (no le escribiré más) para eso de las ensaladas. Hacía una con queso e higo que qué bárbaro, hasta se me hace agua la boca ahorita bajo este sol tremebundo. Dijeron en la tele que este será el año más caluroso de la historia (¿de cuál historia? ¿de la tierra? ¿de la humanidat? ¿de la mía? ¿de la dellos? Caray, mucha pregunta irrespondible) y no sé si creerles, pero lo que sí es que ya empieza a hacer un calor sofocante. "Aunque casi te confieso que también he sido un perro compañero..." Ash, Calamaro me fastidia después de un rato aunque el tarado ese podía pasarse el día escuchándolo sin mostrar el menor asomo de fastidio. Es taaan cobarde, tan "uy sí, el raciocinio, la lógica, la itelectualidad", pero caray, nunca sabe lo que quiere, de qué le sirve leer esas cosas y hasta se emociona, si ya lo imagino en su salón todo enojado alegando y levantando la voz, atropellando a los demás con sus palabras pretenciosas, como una máquina aplanadora. Me cae gordo que dice "qué triste, qué coraje o qué idiotez", pero nada más, ahí se queda, le anda destruyendo a uno las ideas y no propone nada. Me tocan el baño y la cocina, ¿no quieres hacerlo por mí? Te pago con mi cuerpo.

sábado, 6 de marzo de 2010

¿Más?

Venga venga, se debería particionar el universo entero, planeta por planteta, asteroide por asteroide. Puede pensarse (en el mejor de los casos) que tal tarea consumiría la eternidad, pero primero hay que responder: ¿qué leches es el universo? ¿qué es la eternidá? Es comprensible entonces que es imposible, que es un devaneo inútil. Aún así pienso que debería intentarse, digo, si nos emperramos en ser los seres superiores de la creación, ¿por qué no particionar el universo? En un rato te diré que me gustas y casi me parece ridículo, como si no lo supieras ya. Me pregunto a qué te referías y no saco nada en claro y ya no quiero decirte nada por miedo de que todo se hunda (como barquito de papel tragado por la corriente de los mini ríos que se forman con la lluvia). Y no tanto porque lamente que se hunda, pero por la soterrada hipocresía que se necesita para sobrellevar con algo de sosiego estas situaciones y por la maldita incomodidad de provocar sueños sin estar interesado en absoluto. Lo digo porque iba a soñar contigo hoy, pero me desperté antes, casi obligado. Casi pienso que estás molesta y debe ser así, yo lo estaría. O no, quizá sea solo que no sabría que hacer. Olvido que detestas que piense por ti, pero no lo hago, en absoluto, pero necesito pensar que algo te pasa, que hay una reacción. La cuestión de error o acierto es cosa distinta. The wind whistles...

It is a strange policy, though, avoiding strong sensations (being interested only en weak emotions) only for the sake of solitude. Solitude, however, is an offense sometimes, and I am a very polite person. I don't like to offend life or the mere foundations of a particular world (the whole I don't care), and so, sometimes, I beg for your presence. Most of the times you don't notice it, or perhaps you just don't care, and it's only by chance that I can catch a glimpse of you (or a glance, I may say). "You are such a creatural sight".

A little strange, but it's OK I guess.

We wonder wheter we are right or wrong. It's still raining and I want you to be around, relieving me from this dreary feeling that you don't want to see more of me. I want you to be here to relieve me from this monotonous day. Again I am watching a lady explaining something to me through a camera. I am sure that all she says is important, that I need to know about it, but she seems to be so far away. Her lower lip slightly twitches and I can see the glare of the screen reflecting on her glasses. She is so white and I keep thinking about you, about your moral considerations, about what you said: "It wasn't me". I think it was you, but you trying to deny it makes me feel lost. I want your warm body next to me, I want to be lying in bed with you again, no matter what, no matter if you think it's wrong and if you feel you are someone else. You relieve me from my pain, you make the world go away and I feel so light, as if a burden was taken off my shoulders because when I am with you everything else just disappears to leave me alone with your so much liked company.


Todo esto es una mierda, si realmente no sientes nada no veo por qué tienes que embarcarte en tus dudas morales. ¿Por qué me dices que es sólo eso y luego empiezas a decir que está mal? ¿A qué le tienes miedo? Ambos sabemos, y de sobra, que no vas a enamorarte de mí y yo tendré cuidado de no hacer semejante estupidez otra vez. ¿No puedes entender que sólo quiero tus piernas alrededor? Tu cara enfrente de la mía para mirarme, para sorprenderme de tu sorpresa, de tu azoro y de cómo haces las cosas como impelida por una fuerza que parece ajena, pero que en realidad te viene de dentro. Y si es algo físico pues es algo físico, no hay que ponerle nombres, no tienes que preguntarme si estoy enamorado de ti. Y si simplemente no quieres verme más pues hay que decirlo.

Sending an eight ("she solved the mystery", says she).

Estoy escuchando a la maestra hablar en inglés de Sintaxis. Quizá sea importante, todo ese asunto de las reglas que gobiernan el lenguaje, aunque prefiero pensar que esas reglas son una fantasía, que el lenguaje es un pajarito de brillantes colores. También sé que sostener tal teoría sería estúpido e inútil, pero las más de las cosas en teoría son estúpidas e inútiles. Lo interesante es que no entiendo nada, se me hace redundante, algo que ya escuché en algún lado, como escuchar una canción vieja que no puedo precisar dónde lo escuché. En general es así, no hallo cosas que sean realmente nuevas, que muestren algo desconocido. Diablos, me importa cada vez menos esto, sobre todo ahora que sé que te vas, que tienes cosas importantes que hacer. Me da un poco de curiosidad, las abstracciones que pretenden ser precisas, y que lo son, pero ¿por qué parece no importar? Están ahí, alguien o alguienes las hicieron, pero ¿y qué? Qué interesante, constituents and word categories are the same in Linguistics. Margaret Lubbers, a lady who's far away, is surprised because we have no questions. No questions at all. Do we care? Are we afraid? We shouldn't anyway. Nobody understands. "La luna se ha puesto roja, hay llamas en el altar, los obispos se santiguan, me van a excomuolgar... estúpidas despedidaaaaas... escribe un pasado nuevo y olvida el futuro ya, el cielo está en obras, nadie nos puede hallar... estúpidas despedidaaaaas...". Esta mañana al salir de casa pensé que tenía que ir a algún lugar, pero no tenía ni idea de a dónde y tuve que agarrarme del pomo de la puerta y luego me invadiste como un extraterrestre, taking control of every single part of mine y no pensé que estuviera mal, de hecho fue un alivio no tener que ser responsable de mí mismo y poder echarte la culpa de lo que pasa. It would be interesting, though, if you just will not cry out loud that I need you. That sounds stupid and makes perfect sense. De cualquier manera, pude liberarme del pomo de la puerta y decidí no pensar más por el resto del día. Hasta ahora sigues en calidad de invasora extraterrestre y yo en calidad de estúpido subyugado sin fuerzas ni ganas de recuperar su soberanía. Quiero pensar que este momentáneo alivio es en realidad un interregno de felicidad, un acomodamiento interno que me sofoca y voltea los sillones, como si buscara monedas o alguna cosa (¡una tortuga! Siii, quiero una tortuga) y no hallara nada y se enfurruñara y siguiera buscando a sabiendas de que no hallará nada (¿pero quién? ¿de qué chingados estamos hablando?). Ah sí, del acomodamiento, ¿o del pretendido interregno de jhtksbekxd? Da lo mismo, al final me enredaré lo suficiente para no entender. Mejor contar la historia de la tortuga. Charmander tenía una tortuga y la tortuga un día se lanzó desde la azotea. Cayó en pastito y sobrevivió, pero no cejó en sus intentos suicidas. Le gustaba salir a la calle a pasear, solita, y de milagro los carros no la atropellaron. Se perdía por periodos más o menos largos y luego regresaba. Era una tortuga de río, chiquita, como del tamaño de mi mano. Desapareció por tres meses y todos la daban por muerta, hasta que un día, buscando dinero en los intercisios, Charmander la encontró en el sillón. Ahí estaba, desde el principio, silenciosa, alimentándose de dios sabe qué. Poco después la mató un perro. Era verde oscuro, como casi todas las tortugas y era estúpida, como todas las tortugas. Pienso en Cats on Mars. Qué raro.