miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuento interrumpido.

Ya encarrerado... pues...

Te voy a querer siempre siempre, hasta que no haya colores y las estrellas dejen de tililar allá arriba en el cielo y no haya más que humo y polvo. Te querré siempre siempre aunque ahora no me importes y ¿sabes cómo lo sé? Porque este momento en que no hay nadie más que tú en mi cabeza se alarga una eternidad, fuera del tiempo y te pienso con una ternura salvaje y aterradora. Te quiero más que a mis libros y a mis discos, más que a la carlota y a la cajeta y a la sandía y no consigo entender por qué es importante. ¿Sabes también qué quiero? Salir a la calle en medio del sol de la tarde, de este sol reverberante que hace que el aire sea un tufo caliente imposible de calificar como sofocante ahora, como si fuera un liviano velo húmedo que empapa todo y que dificulta la respiración. Dueles tanto como clavarse espinitas en las manos, como correr sin ganas sin poder detenerte, por una inercia humillante o algo así de feo. Me desgasta hasta lo indecible pensar en ti, intentar ponerte en viles palabras lo que en mi pecho es una llama abrasadora, un trozo de hielo hiriente y esas cosas que decía Quevedo. Incluso estaría dispuesto a jamás volver a leer a Cortázar si te materializas en medio de mi cuarto y no puedo ser consecuente con lo que hago y quiero que te mueras un rato, que desaparezcas unos cinco minutos para abandonarme al vacío más idiota. O no, mejor nada, pero estaría muy bien que ese tonito imbécil saliera de mi cabeza y no llenara todo lo que escribo. Puta, y cantarte miles de canciones que te reservo en los labios, sacudirme esta modorra que permea mi vida como una película (o repátina) finísima y no contarte cuentos, vivírtelos, acomodarlos en los fines de semana y destrozar el aipod a dentelladas o algo así de ridículo. ¿Por qué, niña, escribiré tan feo? En verdad que no lo entiendo, si hasta en mi cabeza suena bonito. Será porque estás tú y en esta pantalla sólo hay luz y un reflejo y el teclear que resuena monótono y apenas audible. ¿Mi bocina sabrá que de ella salen las más dulces melodías? Es una bocina chiquita, el volumen es poco y no quiero ponerme los audífonos porque me siento enajenado y eso está muy bien en la calle, pero no ahora, no aquí. Blaaa, qué lío este el de la sensatez y la consideración para con los demás. ¿Quiénes son los demás? ¿Qué les importa a ellos lo que yo quiera o haga? ¿Qué te importa a ti? Porque apenas encuentres quién te haga reir te irás sin el más mínimo escrúpulo y yo te lo celebraré en esas fiestas sardónicas que me armo debajo de la piel, que es lo mismo que decir que no lo celebraré, sólo pretenderé que lo celebro y puede que hasta contrate algún sonido malísimo desos que ponen música más abominable que el hombre de las nieves y luego te contaré este cuento:

Cada lunes, apenas escuchaba las primeras notas de la canción entraba en un estado incomprensible de terror sordo y mudo. Pasaba la combi y todos los niños se arremolinaban y la música nunca paraba y se repetía infinitamente. Su único momento de alivio (que disfrutaba como si fuera un bálsamo mágico) era cuando la canción acababa y tardaba un par de segundos en volver a empezar. Luego de los gritos y las embarraciones bajaba la combi pintarrajeada ronroneando por la empinada calle. Miraba desde su ventana petrificado por ese morboso placer que provoca el horror y los vecinos lo invitaban y alguna vez le trajeron helado de mantecado y el lo guardó en el refri y su hermana se lo comió antes de irse a la escuela a pesar de la prohibición de su mamá de no comer nada dulce antes del desayuno. Pero qué más da, si la combi ya se aleja y su tétrica canción se eleva como una estridente queja en el aire y el pavoroso sonido se difumina como sombras de color en una pared deslavada por torrenciales lluvias veraniegas. Y nunca entendió de dónde venía ese insoportable horror y se lo preguntó millones de veces (¿has intentado contar millones de veces? Él sí, y apunta las veces y sí llegó al millón y quizá tengas razón cuando digas que entonces pluralizarlo sea una exageración, pero niña, todo es una tonta exageración) sin poder hallar el traumático evento que determinó que se conviertiera la canción del señor de los helados en una petrificadora sensación que abarcaba cada vibrante fibra de su cuerpo (al final ese mismo cuerpo era un ajado amasijo de colgante piel y sobrecogedora soledad, pero en ese entonces estaba en la lozanía de su juventud y me da por pensar en que dos personas me han dicho que me aman y siento un poco de asco por mí mismo) y que lo obligaba a no vivir los lunes a eso de las cinco.

Puede también que se me olvide el cuento y que no te cuente nada, que esto se termine mañana o en nueve minutos o que hagamos aaaahh y eso sea lo único, perdidas nuestras expresiones en la búsqueda de algo que decir, algo que no recordamos y que sabemos importante. Que nos callemos para siempre sin una sola palabra para consolarnos del intenso dolor de vivir, sin una sola expresión para cantar la inmensa alegría de vivir. Imagínate que tuviéramos que comunicarnos con recortes del periódico o de revistas. A mí me daría mucha risa porque sé que tu te emperrarías en que lo hiciéramos con unos monos y portátiles pintarrones, pero yo me negaría tan rotundamente que tendrías que aceptar que si quieres decirme algo deberías recortar y pegar en hojas blancas palabras de tinta como cualquier secuestrador del siglo pasado mandando mensajes amenazadores. Ahora usan celulares, qué falta de estima a su trabajo. Todo decae y mientras yo te imagino tijereteando con una pericia insuperable para hilvanar las historias de mercado y los chismes más frescos (lechuguescos, podría yo bromear) de los amigos. El momento ha durado ya demasiado, casi un disco completo de Mecano. Por favor vete o ven, pero no te quedes parada a la mitat.

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