miércoles, 31 de marzo de 2010

Otro viejito

25-Nov-09
Para Mariana, que cree que soy amargado:

No es para defenderme, por lo general mis posturas son indefendibles por sí solas, es más bien la chiclosa patología mía de no ser lo que los demás creen ni lo que yo mismo creo sino ser sólo esto, este espacio vacío que se llena con mi voz y mi carne. Es que pienso que encasillar lo que nos viene de dentro resulta un ejercicio no sólo fútil, sino incluso nocivo.

La felicidad, creo yo, la llevo dentro, la cargo conmigo todos los días y la belleza externa la detona, como si mis sentimientos fueran una bomba de pólvora negra y el mundo de afuera una chispa. Los sentimientos no me vienen de fuera, me nacen desde el interior. Pongamos un ejemplo: hoy que regresaba de la escuela me topé con una señora chaparrita y gordita. Tenía el cabello oxigenado, los labios rojísimos y traía una blusa rojo brillante y una chamarra y falda de mezclilla deslavadas. Olía a perfume barato, pero era un olor suave, no el usual olor agresivo del alcohol y quedó en mi nariz media cuadra. Resultaría enfadosamente ordinaria y vulgar si no fuera porque sonreía con una amplitud que me asustó. Platicaba con otra señora y se veían tan feliz, tan verdaderamente contenta que me sentí contento también. No es que me haya pasado o contagiado su felicidad, solamente detonó la que yo llevo a cuestas. Era tan hermosa en ese momento. Mi felicidad es como una llama pequeñita y se alimenta de ese tipo de cosas. Quizá haya momentos en que se me olvide y la llama sea apenas perceptible, pero siempre está ahí. No es una fiesta llena de alborozo como la tuya y tampoco hay fuegos artificiales, pero es constante y, creo yo, inextinguible. No sé si suceda así para todas las personas, pienso que es poco probable porque a final de cuentas todos somos nuestro propio mundo.

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