Me cayó mal desde el primer momento en que lo vi y supe de inmediato que no nos llevaríamos bien. Llegué y lo vi de reojo cuando iba al baño. No sé por qué, pero sentí hacia él una animadversión incontenible. Cuando salí la plática insulsa -para qué lo quieres, ya necesitábamos uno, aahhh, salió barato, bueno, ¿no quieres comer?, sí- con mi mamá. Evité algunos días usarlo y a veces ni entraba en la cocina para no verlo, pero pronto se hizo inevitable el choque. Me di algunos golpazos, como era de esperarse, y él también se llevo sus patines y tallones, mentadas de madre y azotones ¡paaf! Gran paf. Me era imposible tolerarlo con toda su insolencia y petulancia, la cocina era muy chiquita y encima él ocupaba casi un cuarto del espacio. Ay sí ay sí, de dos puertas, baaah, una pavada, un insulto a la bella ciencia de la ergonomía. Por eso cuando supe que nos mudábamos y de que mi mamá iba a vernder todo “para empezar de cero” me puse muy contento y lo dije en su presencia: “ja, ¿lo ves? ¿no que no ibas a irte? Ja ja ja”. Pero, oh inverted -unfair world, no contaba con que mi mamá estaba muy encariñada con el puto refri, muy contenta con su desempeño “no hago escarcha y soy muy mono” y no quiso por nada venderlo y tuvimos que llevarlo a la nueva casa y encima a mí me tocó limpiarlo e instalarlo. Porquería.
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