-Oye, tu disfraz es muy ridículo, ¿quién eres?
-¿Que quién soy? Mua ja ja ja- y su risa retumbó como si hubieran estado en un cañón y el eco hubiera rebotado en muchas paredes; además tenía una extraña cualidad acuática. La sangre del Boogy-Boop se heló y se quedó paralizado boqueando como pez fuera del agua. Se quitó la capucha blanca en un acto de desesperación y quiso gritar, pero se le hizo un nudo en la garganta y empezó a temblar y a pensar en su mamá. A lo mejor intentó disculparse balbuciendo algo, quién sabe. El tipo sabía que se iba a morir, por mala suerte o por destino. Varios meses antes habían empezado las misteriosas desapariciones de personas que aparentemente “no tenían ninguna conexión”. Luego de la cuarta víctima la policía tuvo que admitir que si bien el motivo era obscuro aún, el modus operandi era el mismo: las víctimas morían envenenadas con una extraña y poderosísima pócima y eran halladas en el río en ropa interior cubiertas de una repátina verde y una cola de castor encima. No hubo ningún testigo hasta el segundo mes, después de la puntual muerte sabatina. No es que hubiera escapado, fue más bien incidental, andaba por allí, y lo que describió era espantoso: un enorme y peludo oso de dos metros, capaz de volar, con pico de pato y enormes garras azules. Al principio creyeron que estaba loco, no era más que un viejo chocho de 57 años, mas la imagen monstruosa corrió de boca en boca hasta crear una bestia abominable y sembrar la histeria colectiva. Sin embargo, el efecto se desvaneció a las pocas semanas porque, cosa rara, ese pueblo es una joya de la inconciencia y la negación, si no lo nombras no existe o a mí nunca va a pasarme. Se creyó que era una maldición, el párroco dijo que estaban expiando sus pecados, otros más dijeron que era una extraordinaria criatura prehistórica y otros sostuvieron la teoría de un extraterrestre, pero ninguna de las suposiciones, como suele suceder, era cierta y no se dieron cuenta hasta que un policía, no muy avispado, no muy amable, puso atención en las colas de castor. Esa no era una zona de castores, así que esas colas sólo podían conseguirse en la peletería. Fue, preguntó y en efecto, le dijeron que el hermano del conductor del camión de los domingos encargaba todos los jueves en la tarde una cola de castor y que iba a recogerla el sábado por la mañana. Fue una brigada completa armada hasta los dientes a la casa del hermano del conductor del camión de los miércoles, lo arrestaron en medio de una memorable alharaca, lo metieron al tambo en medio de vítores y las desapariciones cesaron. Las primeras planas en los periódicos cubrieron de gloria y laureles al valerosísimo cuerpo policial, salvaguarda de la seguridad de la nación y llenaron de denuestos al horripilante asesino. Una sola nota apareció sobre él en particular y en ella se lamentaba de haber sido descubierto por las “pinches colas de castor, que eran las más tontas del disfraz”. Él hubiera preferido que lo descubrieran por las aletas azules, esas sí que eran difíciles de conseguir, había que pedirlas hasta Australia y debían ser de especímenes (¿qué serán especimenes?, se preguntó el reportero de lentes redondos y churrito cayendo en la frente, muy conquistador, amo de la noticia y heraldo de las buenas y malas nuevas, vivaz y valiente y veraz y vien arriesgado en pos del bien de la humanidat. ¿Vendrá de especie?, se preguntaba mortificadísimo) de agua dulce y luego para pasarlas por la aduana, de por sí eran bien caras y además ya se le estaba acabando el dinero, así que había estado muy bien que lo agarraran, pero, ¡¿por las colas de castor?! Por Dios, ya no había ningún respeto al esfuerzo, al ingenio, a los buenos modos. Cuando Amo de la Noticia le preguntó que por qué había cometido esos horrendos crímenes de lesa humanidat respondió que porque era divertido y porque siempre había querido ser super héroe.
-Soy el hombre ornitorrinco- y le dio unas cachetadas con las aletas venenosas al Boogie-Boop.
-¿Que quién soy? Mua ja ja ja- y su risa retumbó como si hubieran estado en un cañón y el eco hubiera rebotado en muchas paredes; además tenía una extraña cualidad acuática. La sangre del Boogy-Boop se heló y se quedó paralizado boqueando como pez fuera del agua. Se quitó la capucha blanca en un acto de desesperación y quiso gritar, pero se le hizo un nudo en la garganta y empezó a temblar y a pensar en su mamá. A lo mejor intentó disculparse balbuciendo algo, quién sabe. El tipo sabía que se iba a morir, por mala suerte o por destino. Varios meses antes habían empezado las misteriosas desapariciones de personas que aparentemente “no tenían ninguna conexión”. Luego de la cuarta víctima la policía tuvo que admitir que si bien el motivo era obscuro aún, el modus operandi era el mismo: las víctimas morían envenenadas con una extraña y poderosísima pócima y eran halladas en el río en ropa interior cubiertas de una repátina verde y una cola de castor encima. No hubo ningún testigo hasta el segundo mes, después de la puntual muerte sabatina. No es que hubiera escapado, fue más bien incidental, andaba por allí, y lo que describió era espantoso: un enorme y peludo oso de dos metros, capaz de volar, con pico de pato y enormes garras azules. Al principio creyeron que estaba loco, no era más que un viejo chocho de 57 años, mas la imagen monstruosa corrió de boca en boca hasta crear una bestia abominable y sembrar la histeria colectiva. Sin embargo, el efecto se desvaneció a las pocas semanas porque, cosa rara, ese pueblo es una joya de la inconciencia y la negación, si no lo nombras no existe o a mí nunca va a pasarme. Se creyó que era una maldición, el párroco dijo que estaban expiando sus pecados, otros más dijeron que era una extraordinaria criatura prehistórica y otros sostuvieron la teoría de un extraterrestre, pero ninguna de las suposiciones, como suele suceder, era cierta y no se dieron cuenta hasta que un policía, no muy avispado, no muy amable, puso atención en las colas de castor. Esa no era una zona de castores, así que esas colas sólo podían conseguirse en la peletería. Fue, preguntó y en efecto, le dijeron que el hermano del conductor del camión de los domingos encargaba todos los jueves en la tarde una cola de castor y que iba a recogerla el sábado por la mañana. Fue una brigada completa armada hasta los dientes a la casa del hermano del conductor del camión de los miércoles, lo arrestaron en medio de una memorable alharaca, lo metieron al tambo en medio de vítores y las desapariciones cesaron. Las primeras planas en los periódicos cubrieron de gloria y laureles al valerosísimo cuerpo policial, salvaguarda de la seguridad de la nación y llenaron de denuestos al horripilante asesino. Una sola nota apareció sobre él en particular y en ella se lamentaba de haber sido descubierto por las “pinches colas de castor, que eran las más tontas del disfraz”. Él hubiera preferido que lo descubrieran por las aletas azules, esas sí que eran difíciles de conseguir, había que pedirlas hasta Australia y debían ser de especímenes (¿qué serán especimenes?, se preguntó el reportero de lentes redondos y churrito cayendo en la frente, muy conquistador, amo de la noticia y heraldo de las buenas y malas nuevas, vivaz y valiente y veraz y vien arriesgado en pos del bien de la humanidat. ¿Vendrá de especie?, se preguntaba mortificadísimo) de agua dulce y luego para pasarlas por la aduana, de por sí eran bien caras y además ya se le estaba acabando el dinero, así que había estado muy bien que lo agarraran, pero, ¡¿por las colas de castor?! Por Dios, ya no había ningún respeto al esfuerzo, al ingenio, a los buenos modos. Cuando Amo de la Noticia le preguntó que por qué había cometido esos horrendos crímenes de lesa humanidat respondió que porque era divertido y porque siempre había querido ser super héroe.
-Soy el hombre ornitorrinco- y le dio unas cachetadas con las aletas venenosas al Boogie-Boop.
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