miércoles, 31 de marzo de 2010

La justicia es implacable.

Ahora mismo hace un chingo de calor, sudo y me recompongo, trato de no pensar en ti. Trato de no pensar en nada y me siento atraído hacia el teclado con una urgencia extraña. Ya no te escribo cuentos, te escribo crónicas en las que busco tu boca y persigo tu cuerpo y te vas a la chingada. O a algún lugar así de feo y vago. Quiero reventarte los días que no vienen, escuchar las cosas que no me dices, hallar la cadencia maltrecha de las palabras que como filosas navajas hienden el espacio y se incrustan en mi piel tan delgada. No quisiera platicarte nada (ayer ensayaban unos tipos de rondalla cerca de donde estaba -planta baja del museo ellos, planta alta yo- y la música de rondalla me da risa al principio, pero luego me encabrona por lo repetitiva y tediosa que es. O reconstruirte mis primeras impresiones en Jalpan, la sensación de perdidez y desasosiego que luego fue reemplazada por el desánimo cuando leí el periódico) y sin embargo siento que necesito tenerte enfrente, barruntar tu presencia cerca, adivinarte en las ondas tibias que flotan en el aire, en las cortinas y en el sonido del agua. O espetarte: no te necesito para nada, vete, ándate a otro lugar, no me importunes, pero por favor procura cuidarte y comer bien. Qué estupidez, ¿no? Procura procurarme amor y alivio, narrar todo preciso, hablar sólo de cosas concretas. Procura mandarme una postal, no escucharme cuando me estoy quedando dormido, que es cuando digo las verdades más negras y vastas de mi interior. Procura vivir hasta que esté contigo. Yo por ahora me conformo con salir bajo la reverberación de este salvaje sol.

No hay comentarios:

Publicar un comentario