Era una broma, una pesada: convocar al dulce y necio fantasma de la nostalgia. Fue demoledor. Su omnipresencia me tragaba. Empecé a contarme historias y entonces se hizo inevitable buscar. Buscar poseído, sin descanso. En los árboles, los botes de basura, el cielo de nubes infinitas, en la remebranza posible en las caras, las expresiones. La nostalgia tiene un olor pecualiar, penetrante; es el ser más fantasmagórico del mundo, se alimenta de algo que no existe, lo único que nos queda, y aun así nos desholla. Existe por sí y para sí. La convocó sin conjuros, sin palabras, la atrajo adrede, a sabiendas de que me mataría o por lo menos me dejaría triste como piedra o que me convertiría en recuerdo. Saludó cortés. La barrunté desde lejos, sin haberla visto y de todos modos era invisible, inmisericorde. Era perfume olor a palomitas con mantequilla. Su papá es químico y ese es el único modo en que puedes conseguirlo. No lo venden. Lo hizo por crueldad, por probar que el pasado prevalece sobre sus inexistentes hermanos, señores de nombres presente (muere cuando lo nombras) y futuro (falsa promesa). Me dio por explicar, por buscar las pruebas de lo que llevaron al incendio. Me convertí, inevitablemente, en un coleccionador de laberintos, de recuerdos precisos, de teorías nebulosas. Cuando tratamos de olvidar nos consumimos en el intento, nos fagocita lo innombrable, lo que no va a regresar, lo que no podremos saber. Volví al lugar en busca de manchas, de cenizas, de indicios probables, para hallarme con un nuevo y resplandeciente edificio anulador de ese día. Su brillo era una negación, una manera de sepultar. Una tumba horrorosa, gigante, imponente. Pero yo sólo pude ver, en la noche, una fachada, un intento de borrar lo imborrable: mi memoria vívida de las llamas bailando su cadencioso ritmo, devorando sin piedad , lamiendo las paredes, precipitando el techo. El fuego come y se hace pesado como lápida y por eso se derrumban las casas incendiadas, caen bajo el peso de las lenguas siseantes, de los dedos entrometidos que alcanzan hasta el mínimo resquicio. Es una danza macabra, una danza de luz que sume lo que toca en la negrura, un festivo augurio de un futuro carbonizado. Ahí estaba la prueba: intentamos olvidarnos cuando sabemos que nos alcanzará y se cobrará el intento. Volví a sentir, mi corazón vibrante despertó y fue cruel, minucioso, exacto. El fulgor reflejado en sus ojos volvió. Y la odié con todo mi llanto empolvado. Cuando me saludó el olor me latigueó con fuerza la nariz, una pequeña inundación subía desde mi estómago sin reparar en la circunstancia. Vomité un líquido amargo en un prado. El olor de las palomitas sólo es apenas un acicate controlable, pero sobre la piel humana adquiere una cualidad completamente distinta, tibia. Robó el último de mis reductos: la calle. Me hizo vulnerable. Quiero que acabe la provocación, el rastro que se insinúa atrás de todo lo que veo, la irreparable nostalgia de mirar una y otra vez la misma película, de escuchar los gritos, la irreprimible imaginación de sus cuerpos achicharrándose, su carne y sus huesos carbonizándose como todo lo demás, de sus vidas tragadas por el fuego maldito, reducidas a la uniformidad de las cenizas y el humo y el polvo triste que cubre todo cuando pasa suficiente tiempo. No nos queda más que la imagen perdida y el vacío inexplicable, el alarido entrecortado con que decimos: buenos días, qué tal, no lo sé, mañana paso, cuánto cuesta, nada más dos, mucho gusto, ¿me pasa la sal, por favor? Y la densa nostalgia de lo irremediable.
El blog tiene como propósito nomás poder sacar mi obsesión por todo, no tiene mayores pretensiones. Entiendo que lo que pongo puede desagradar y que peca de simplista. Son cuentitos medio raros de gente medio simple. Por cierto, yo no hago literatura, yo hago cuentitos. Salut!
jueves, 30 de septiembre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
Sé Lest
Soy tu fans número uno aunque no me lo creas ni en cien años. Te sigo a todas partes, congresos, tertulias, conferencias, ponencias, simpósiums, charlas de café, lecturas públicas. Me das mucha tristeza, esa es una de las razones. Otra es que no tengo mucho que hacer. La escuela es aburrida, se la pasan hablando de las mismas idioteces todo el tiempo, intentando hacer entrar lo que sienten en pesadas estructuras, lineamientos insalubres y conceptos aplastantes. Asi que dispongo de largas horas que matar, mucho ocio qué entretener y muchas reliquias qué guardar. Lo hago porque tengo un espíritu altruista y porque alguien tiene qué hacerlo, ¿no? Me disgusta la gente remilgosa que no puede pronunciarse en favor o en contra. Yo estoy decididamente en tu contra. Hay algo en ti que encuentro repulsivo; sin embargo no puedo imaginar el paso áspero de los días encerrado en un cuarto sin ti. Estoy encadenado como esclavo negro, pues. Una cosa más triste que tú. Más odiosamente triste. Pero aunque esto te suene a queja, no lo es. Es un reconocimiento. O una piedra, como lo quieras ver. Una piedra a los que te asesinamos sin misericordia. Tal vez prefieras nuestro llanto, nuestra desesperación para consumirla lentamente en tu horno eterno de desgracias y vicisitudes o nuestro aliento. No sé, rara vez entiendo qué quieres de mí. Eres como una puta, una bella puta. Te entrega uno su sudor y tú a cambio te llevas el dinero. No está bien hacer eso, ¿sabes? Es inmoral, altamente inmoral. Indecente, barbárico. Pero supongo que tú te sentirás muy a gusto con eso. Así debe ser, así debe ser.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Svo Hljótt
Miraba la lista de futuros ultimados, imaginaba cómo serían sus caras cuando ascendieran al patíbulo y qué brillaría en sus ojos como última imagen para llevarse al infierno de los condenados a morir sabiendo la fecha. Sentí pena por ellos, una profunda pena porque los entendí desposeídos de uno de los poquísimos beneficios de existir: no saber la hora del cese, caminar con la conciencia salvaje y definida de que eso que veían y sentían y olían y saboreaban era lo último. ¿Cómo pretenden indultarles la muerte inesperada a cambio del conocimiento terrible de lo fútil y maravilloso que es respirar, de saber de cierto que mañana serán cadáveres? No importan los pretextos, no hay atenuante que mitigue el dolor de saberse muerto de antemano. Y la dignidad del cadalso ya pueden metérsela por el culo. Fui de visita con Circe a la tarima y ya estaban allí las cestas de mimbre en donde depositarían las cabezas. Las cestas eran nuevas y me puse a pensar que también es un desperdicio porque se ensoparán de todos modos. Luego recordé al verdugo. No hay personaje más cobarde que el verdugo, que usa capucha porque no se atreve a mostrarse ante su víctima en el momento del tajo. Es como decirle: lo siento, no soy yo, no soy yo, son ellos que me obligan a hacerlo. Patrañas. El verdugo tiene problemas con su esposa, que se niega a lavarle la ropa salpicada de sangre. Ninguna mujer quiere ser esposa de un cobarde que no tiene cara ni nombre ni puede pronunciarse a favor ni en contra. Circe dice que de algún modo todos somos verdugos de algo o de alguien. No quiero pensar en eso, imaginaría mi reflejo encapuchado y tenebroso y no podría dormir durante varios días o quizá semanas. Habrá una banda de viento. Los cadáveres de mañana eran importantes cuando vivían y habrá una banda de viento. Dicen que en un lugar lejos de aquí hay hombres negros que cargan los ataúdes por la calle y que en la procesión hay músicos tocando, generalmente trompetistas. Imagino sus dientes blancos, sus manazas y sus brazos enormes color tierra de abono. No me dan miedo, pienso que adentro de sus pieles lustrosas y sus cuerpos imponentes como torres hay algo delicado, un corazón palpitante como el de los demás. Circe dice que los negros tienen el corazón mucho más duro y resistente, pero no le creo. Sus corazones deben ser gentiles y bondadosos si cargan esos ataúdes por la calle, si llevan sobre sí el peso muerto e inerte de un envase vacío sólo por llevarlo, porque sabemos que es inútil todo cortejo fúnebre. Lo que llevan cargando no es más una persona, es un saco oloroso y semi podrido, pero aún así tienen la delicadeza de sentir algo por el saco, de rendir un último tributo a un ser que jamás volverá a sentir, a un ser que ha dejado su condición ontológica para evaporarse en el hastío de una tarde o en la tormenta de una noche. El alguacil nos dijo que nos retiráramos, que no debíamos estar ahí, que podía producirnos una impresión muy desagradable. Le dije que la antelación no cura nada, que sabíamos qué iba a pasar y que no nos importaba, que para nosotros ya estaban ejecutados. Circe supone que mi renuncia a la fe es producto de mi necedad de contradecir a la gente. No es cierto. Mi renuncia existe porque sé que hay un otro extremo donde no existir es una posibilidad. Pero no hablamos de eso seguido, sólo cuando yo insisto y estamos bajo un árbol tupido de gruesa sombra. También pienso que esos que ya no son hombres se resisten. Deben imaginar que algo puede pasar aún, que serán librados milagrosamente, que el corazón de sus vecinos se ablandará, que considerarán lo animal de presenciar la ejecución. Pero ya saben también que a la gente no puedes privarle de un placer que le has prometido, se irían contra ti, te destrozarían. Así es por aquí al menos. Supongo que su segundo final ha pasado ya muchas veces. Hay uno que me cae bien. Era director de la banda de viento. Dijo en el juicio que si no era mucho pedir prefería ser decapitado a solas y a oscuras, que le parecía inmoral ser un objeto de morbo para el público y que la llegada inevitable de la vieja dama era un acto inobjetablemente íntimo, que era indecente hacerlo a la vista de todos. Sus mismas palabras. Pero la gente de aquí no es muy susceptible a esas cosas. Después de la tarima fuimos a la cárcel para juntar moho. No nos dejaron acercarnos a las paredes. Cada que vamos, Circe dice que podemos contraer enfermedades respiratorias con el moho y aunque sé que lo dice en serio, sé también que lo dice por decir algo o por presumir porque de todos modos seguimos yendo. Nos gusta el olor húmedo a guardado del moho y los colores que se hacen a contra luz y que es muy terso, suave y delicado como terciopelo. Algunos días lo ponemos en nuestros cabellos y su papá nos dice ninfas y nos pregunta si tenemos planeado subir a las Pléyades. El viaje a las Pléyades es muy largo y para hacerlo tenemos que prescindir del cuerpo y por eso no quiero. Hemos tratado de reunir suficiente moho para hacer una cama y tirarnos por el placer de hacerlo, pero nunca hay bastante y el moho deja de ser moho muy pronto, como si le doliera que lo arrancáramos de las paredes. Después de la cárcel regresamos a casa y le pedí que pasáramos una vez más a ver la lista. Quiero aprenderme sus nombres.
Mañana llegará con la misma lentitud, el sol se acomodará perezoso en el cielo y es posible que las nubes lo opaquen antes de medio día. Los muertos andantes irán a la cabeza de la comitiva, la odiosa comitiva de los hombres cuya moralidad les permite creerse dueños de decidir la hora y el modo de finiquitar a sus semejantes. También deber ser difícil. Saberse dueño de tal poder deber ser pesado como una losa. ¿Qué hace mejor una hora a otra? ¿A las 2 a las 5? ¿Antes de la hora del mercado o después del servicio? ¿Cómo deciden? Saben que lo que sesgan es la vida, como si fueran manzanas y aún así no parecen muy mortificados. Sus caras son severas, indolentes. Atrás de ellos vendrá la banda tocando algo. Espero que sea algo alegre, no una despedida. Con ellos los familiares vestidos de negro, las esposas llorosas y los niños confundidos, los padres como arrastrados, incrédulos. Y atrás la muchedumbre, la horrible muchedumbre rumorosa, despierta, expectante. Se hará su putrefacta voluntad, pensarán que está bien, que lo merecían, que el castigo es inevitable a las malas acciones, que así funciona el mundo. Las ejecuciones fueron pensadas para hacerles creer eso, para hacerlos sentir invulnerables porque en ese momento no son ellos los que andan mirando lo último que verán, tratando de definir en dónde quieren posar su última mirada. Ellos son libres, intocables. La calle estará enlodada, ha llovido esta semana, y sus pasos retumbarán, se pelearán por ganar los mejores lugares. Gritarán ¡malditos! y ¡desgraciados! y ¡merecido lo tenían! y mirarán con animosidad a los que ya no son personas subir lentamente. Los desafiarán con su invulnerabilidad, con sus cuerpos que extenderán su caminar sobre la tierra por lo menos un día más. Los patibularios dirán: el sufrimiento terminará en unos instantes. Se hará el silencio pesado que antecede al filo cortante de la hoja, el verdugo acoplará fuerzas y la inercia de la caída desprenderá la cabeza del tronco. Algunas mujeres dirán que es horrible y algún pariente se desvanecerá creando un pequeño disturbio. Se escuchará el llanto de un niño. Después será igual, el primero es el más difícil. Terminado, se irán todos a sus casas comentando los pormenores, cómo salió la sangre, a quién salpicó, qué viuda lloró, qué dijo cada uno. No sentirán sino la cosumación de un hecho anunciado, la conclusión de algo que debía ser así. Se sentirán satisfechos de haber hecho las cosas bien y en el poste y la pared, la lista quedará pegada hasta que la lluvia lo despelleje o peguen un otro anuncio festejando un nuevo festival de horror. Yo olvidaré como siempre los nombres y Circe me dirá que ha encontrado un lugar donde hay bastante moho para hacer la cama. Pero eso dentro de una semana, cuando mi papá vuelva a presidir un juicio.
"El tiempo es un microbus que solo pasa una vez por esta breve y absurda comedia".
Para empezar no quiero que piensen que quiero aburrirlos y aventarles la fastidiosa plática de qué deben hacer y qué es mejor para ustedes. Lo hago por encargo, Australia ha insistido tanto que no puedo negarme ahora, aparte de que a ella nunca le niego lo que me pide. Lo segundo es que NO se van a burlar de su nombre ni a hacer chistes ni a pensar que es una película o un continente. Le encabrona mucho si uno hace eso y no quieren verla encabronada, ¿no? Según el director de la revista donde apareció este pequeño relato autobiográfico lo que más le faltaba es rigor académico, pero Australia dijo que si intentaba cambiarlo me dejaba de hablar y no queremos eso, ¿no? Sobre todo algo del lenguaje, dijo el director, que los muchachos tienen que irse acostumbrando a un lenguaje selecto. De todos modos no podría cambiarlo, no sé otro modo de decir las cosas. Pero bueno, se supone que les cuente lo que me pasó hace ya tres semanas.
Escogí la botarga de vaquero porque pensé que era la más fácil. Ya sé que pude haber escogido la de policía y tener un par de buenas pistolas o la de doctor y ayudar a un montón de gente, pero no me sentía muy altruista ni muy violento en ese momento. Así que escogí la de cowboy. La rutina ya se la saben ustedes, pero no está de más repasarla. Hay que ponerse a la salida de la casa de juegos y sonreír y saludar a todos los niños y acaso tomarse instanáneas cuando los padres traen un obturador. Entonces es que vino el primer problema. Que yo sonreía todo el tiempo y al segundo día en la tarde ya me dolía la quijada y no pude sonreír más. Intenté entonces sonreír sólo cuando había alguien a la vista y funcionó bastante bien hasta que un niño le preguntó a su papá en un momento que descansaba la boca: ¿por qué este vaquero nunca deja de sonreír? Fue difícil asimilarlo. Cuando dejé la botarga en el sillón esa noche, antes de ir a la expendedora a cambiar mis boletos, me di cuenta de algo que me dio una sensación de ridículo inmensa: la botarga estaba sonriendo siempre. Había estado sonriendo inútilmente durante tres días completos. Me desilusioné, por supuesto. El segundo problema fue el calor. Adentro de la botarga hace un calor endemoniado y suda uno mucho. Además no te puedes rascar la nariz ni hablar. Si hablas tu voz retumba y aturde y da esta sensación molesta de soledad. Es en serio. Así que hablé con el director del centro y me dijo que ni hablar, no podía hacer nada por mí, tenía que usar la botarga como era, que así eran todas y que nadie se quejaba, que era mi primer oficio productivo y que ya me acostumbraría. Ya saben que las botargas tienen un visor integrado, espacial y calórico, y que no tiene un solo orificio. Cuando no puedes hablar con nadie muchas horas te pones a pensar en demasiadas cosas y el tiempo avanza muy lento. Australia ha estado en varios oficios productivos (el de marciano me mataba de risa) así que le pregunté qué hacer para remediar la soledad y el calor y esas cosas. Estábamos jugando ajedrez y me dijo que me diría sólo si la dejaba ganar. Eso que ella llama predicamento es la cosa más molesta que se puedan imaginar. Verán, soy adicto al jaque mate, simplemente eso. He jugado ajedrez desde los 8 años y no he perdido más que cuatro veces. No sé cómo explicarlo, pero no puedo aceptar no decir: ¡jaque mate!, es como si tuvieran encima una máquina demoledora y al grito de jaque mate desapareciera liberándome del peso enorme, ¿entienden? Odio cuando los jugadores fuerzan el empate. Son los peores jugadores del mundo, ponen una cara de satisfacción irritante y además se dan el lujo de decir: ni modo, ya será la próxima. Lo malo es que sucede de cuando en cuando porque no puedo negarme a un duelo, nunca lo he hecho y no lo haré. Así que vienen estos señores con sus folletines de jugadas y esas trampas detestables y me retan y acepto y fuerzan el empate. De todo modos, espero hasta que sean ellos quienes tiran al rey y me digo en voz baja: ¡jaque mate!, y respiro aliviado. Australia me recomienda que no juegue más con ellos, dice que lo hacen sólo por molestar, pero no soy ningún cobarde. Así que estaba en ese predicamento. Al final decidí que no y la ataqué sin piedad hasta que se asustó. De todos modos me lo dijo: que no había que quitarse la botarga para nada, que así te acostumbras más rápido. A la mañana siguiente me puse la botarga sabiendo que no me la quitaría en la noche. Tardé en acostumbrarme, cerca de dos semanas. Jugaba, comía, dormía, me bañaba con la botarga. Es increíble todo lo que se puede hacer adentro de ella. Le integré un codificador de voz y sonaba muy chistoso, pero bastó. Entonces, cuando ya estaba tan acostumbrado a ella, vino mi locura. Una tarde, cuando la noche se insinuaba, escuché una voz adentro de la botarga. Por supuesto que era imposible. Aunque no era mi voz, me daba la sensación de que la había escuchado antes. Era un susurro grave que variaba de tono, de repente sonaba muy triste y otras contenta, pero a veces sonaba como si tuviera mucho miedo. Me espantó. Le pregunté a Australia y dijo: vaya, qué le vamos a hacer, y nada más, cambió de tema y me dijo que ya pasaría. Pero no pasó. Ahora la escuchaba más veces y reconocía las palabras: eran órdenes y preguntas. Me preguntaba si ya había comido, por qué los niños no corrían, por qué no me quitaba la botarga. Me ordenaba bañarme, dormir, caminar. Me estrellé un día contra la taquilla y vino el director y me hizo muchas preguntas, que si estaba bien, que si se había descompuesto el visor espacial, que si me había lastimado, que si escuchaba una voz. Le dije que sí. Me dijo que me tomara un descanso, que me darían una semana. Me sorprendió mucho, pero después pensé que era la buena suerte que había tenido siempre. Cuando estaba solo en la casa esperando a Australia fue que empezó la verdadera locura. La voz ahora era bastante fuerte y pude reconocerla sin dudarlo: era la mía. Estaba hablando solo y no me daba cuenta. Entonces fue que tuve la idea más loca del mundo y la Mentira se instauró en mi cabeza, como dice la botarga doctor. Pensé que todos éramos botargas. En serio, eso pensé. Me dije: ¿y si todos somos una botarga?, ¿qué tal que nuestra piel es la capa de una? Pensé que hablamos solos todo el tiempo, que no podemos decirle nada a nadie y que hacemos lo mismo todos los días y que nunca vemos al que está adentro de la botarga, no sabemos si sonríe, si está triste o si se siente solo. Ni siquiera sabemos su nombre. Australia vino y le pregunté: Australia, ¿eres una botarga? Me miró muy triste y me dijo: no, Aurelio, no somos ninguna botarga. Ya puedes quitártela. Pero seguí pensando eso y no se me quitaba de la cabeza. Quitarme la botarga fue como decir: ¡jaque mate!, y aun así me sentía pesado y miraba a las botargas en la calle con la misma expresión siempre, los mismos ademanes, sin hablar, solos, adentro de una pesada piel que les carcomía los días y las noches. Me pregunté si hablaban en voz baja. Vinieron por mí y me explicaron todo, que era un pequeño problema, que tenía arreglo y que me iban a cuidar mientras me curaban, pero todavía no me curo, me sigo sintiendo pesado, como si trajera una máquina demoledora siempre, no importa cuántas veces grite: ¡jaque mate!, y también me siento encerrado y que nadie me escucha, que sólo puedo hablarme a mí mismo y que nadie sabe quién soy. Australia viene diario a jugar ajedrez y parece estar triste más cada vez y le pregunté de nuevo si era una botarga y dijo: si, Aurelio, soy una botarga, una delgadísima botarga.
lunes, 20 de septiembre de 2010
Oh, Milton, do help us all...
What a drag good old Paradise seems to be those days. En mi clase de Inglés Antiguo (de algo tiene que presumir uno) estamos traduciendo algunos textos ancianos, pero no cualesquier testos, The Fall of Man, from Genesis, for Christ's sake! Entonces me entró la duda sobre el paraíso judáico. Se supone que Adán y Eva nomás andaban guapeando por ahí en el paraíso y comían lo que querían y no hacían mucho más que holgazanear y alabar a Dios our creator. Entonces el Satanás se puso de sisañoso y que les da la manzanita. Quiero hacer una digresión boba: ¿por qué es una manzana en el imaginario popular? En la biblia dice que un fruto, nunca dice manzana. No sé si haya manzanas allá en la tierra de los judíos. Pero la manzana es roja y apetitosa, lujuriante de hecho. ¿No será que en vez de comer un fruto fue que le hallaron lo divertido a coger? No sé, que en su ocio se inventaran muchas posiciones kamasútricas. O que hayan descubierto el placer, por decir una cosa. Eso sí que tendría más sentido. O la eterna violación de las prohibiciones, que es algo sumamente placentero y appealing, ¿no? Total, que se comieron el fruto prohibido y se dieron cuenta de que andaban a ráiz, como decía mi abuelita. Y se escondieron y vino dios y vio que eran malos y que los destierra y que condena la tierra y que los hace trabajar para ganarse el pan o la fruta o lo que sea. Entonces es donde hay un verdadero problema: ¿qué es el paraíso? Porque dios creó a Adán con arcilla y a Eva de su costilla, es decir, tenían cuerpo tangible, no eran nomás puro espíritu. Y entonces, por fuerza el paraíso tiene que ser un lugar que existe materialmente. Puede, por gracia de su todopoderosidad, que dios dijera: bueno, pues ahora sólo van a venir sus almas, ¿no? Pero creo que lo importante de ir al paraíso es esta idea de regresar a un estado primigenio de pureza, es decir, a ser como Adán y Eva y huevonear por toda la eternidad. Venir a la tierra entonces parace un poco demasiado fácil. ¿Para qué querría dios enviarnos a la tierra un rato si luego vamos a regresar? No veo el punto. Que tenemos qué ganarnos el cielo, bueno, un buen pretexto, ¿pero para qué enviarnos si estando allá ya existimos y somos la mar de buenas gentes?, ¿para qué carnalizar algo tan bueno como el alma pura?, ¿para qué arriesgarla? Porque si dios es infinitamente misericordioso, ¿qué quiere probar? Además él ya sabe todo, el libro del destino ya está escrito y él sabe de antemano cómo y quién se va a salvar, ¿no? Y lo que es más insidioso: si tenemos un alma eterna estamos ahorita en el paraíso. La eternidad no es otra cosa que la atemporalidad, entonces ahorita mismo y antes y después y siempre, estamos en el paraíso, ¿no? Y además, qué chingados vamos a hacer en todo ese tiempo que dura la eternidad, ¿guapear?, ¿no coger?, ¿trabajar?, ¿albar a Dios our lord? La eternidad es un chingo de tiempo para no hacer nada. ¿Y qué pasó con Adán y Eva?, ¿se fueron al cielo o al infierno? Porque si es por su culpa que tenemos que venir a la tierra a derramar lágrimas y sangre, de menos espero que se estén rostizando sabrosísimamente en las llamas eternas, por habernos condenado a ser como ellos sin el beneficio de conocer el otro lado. Estoy seguro que habrá algún ateo que diga que prefiere mil veces la tierra al cielo, pero la diferencia principal entre estos dos es que el paraíso es todo inconciencia y felicidad, así que no veo por qué, teniendo la opción, elegiríamos la tierra. La verdad es que la elegiríamos porque es lo único que conocemos. It's all jammed in my head!
viernes, 10 de septiembre de 2010
Narrativa vomitiva II
Es que les dije un día que los Esmeishin Pomkins eran como cuando después de un buen rato te exasperas de no escuchar más que estática en los aparatos radiales que invaden la ciudad y que los carros muy estúpidamente tienen al ladito del tablero, que dicho sea de paso, no es sino un horrible artefacto redundante, ¿no? O algo así, no me acuerdo y el cabrón nomás responde: no wey, es que el cáncer es epidémico. Con ganas de patearle los tanates, ¡¿qué chingados tienen qué ver los Esmeishin con el cánceeeeer?! Y luego la puntada de "estoy harto de los muertos". Pienso que tal vez, sólo tal vez, se refería a los muertos estilo Malaparte, si no su comentario hubiera sido bien estúpido. Total que nos fuimos dejando ir en la empinadota y pensé: la merga, cuando queramos regresar... pero no me permito ya ese tipo de pesimismos y le pedí que descansáramos y que sacara las latas de elotitos y los atunes porque no aguantaba ya las patas, hinchadas de tanto andar. Unas ventilas de primaria nos hubieran hecho un buen paro. Te trepas y como patineta, aunque la patineta no se desliza, se desplaza porque tiene rueditas y las ventilas no, quedan bien lisas después. Se puso triste, con lo que me caga ver a la gente triste con sus aires melancólicos y cortadores de venas. Traté de hacerle plática y él necio sobre el mismo tema: que las huidas homéricas. Prefiero yo las virgilianas, tienen más estilo, ¿no? Aunque los viajes sí hay que reconocérselos al buen Homero. Y las bestias a Virgilio, cómo no. Decía que él estaba huyendo de lo inevitable y que no estaba bien prolongar más de lo necesario el fin, que en cuanto regresara la iba a terminar, que ya no soportaba coger con ella porque se deprimía y no lo entiendo todavía porque la nena está que se cae de buena. No pude hacerlo que hablara de otra cosa y eso que mi espectro de conversación es bien amplio, como el de los antibióticos. Cómo no llevamos unas bocinitas o una grabacha, aunque fuéramos retacados con los eslípines y la casa. Ya se estaba haciendo de noche, oséase como que nos estaba cayendo encima la negrura. Dimos cuenta de las latas y el muy cabrón sacó su espíritu ecológico e insistió en que nos las lleváramos, que el daño a los ecosistemas era irreparable y no sé que otras mamadelas. No puedo esperar a que ser ecoloco sea démodée, me castra su limpísima conciencia, sus ganas de salvar al planeta poniendo la basura en su lugar y consumiendo como campeones. Lo cagado fue que cuando ya casi llegábamos se suelta a recitarle al bosque: "Shall I compare thee to a Summer's day..." y riájatelas, que me cago de risa y me voltea a ver enojado y despreciativo: Chéikspier es inmortal, su obra vivirá aun cuando se acabe la humanidad. ¿Y la del Manquito, eh? ¿sobrevivirá a la próxima catástrofe nuclear? Deberíamos, por si acaso, tatuar todo el Quijote en un chingo de cucarachas o insertárselo en el código genético o algo así, digo, para asegurarnos de que algo quede. ¿No habrán pensado eso mismo civilizaciones anteriores? ¿no estará el mundo lleno de signos cifrados dejados por desaparecidas culturas? No digo los normales signos de piedra y papel y así, que eso se desgasta o se pierde o se quema o nomás se destruye por riñas imbéciles, como el Faro de Alejandría con todo e Hipatia, sino signos bien escondidos en cosas ridículas como el ADN de los ornitorrincos o en las capas superpuestas de células muertas de nuestras uñas. Digo, que todo fuera un inmenso libro que no hemos descifrado. Pero bueno, pusimos la casa de campaña entre unos árboles, cerquita del río y los enjambres de mosquitos se embarraban contra la lona y cuando amaneció estaba toda llena de puntitos negros. Nada de broucs bacs mountns. Creo que el muy joto no le ha dicho nada a la pobrecita niña. Asi pasa, que uno dice y el destino dispone, ¿o cómo era?
jueves, 9 de septiembre de 2010
Arremeter contra lo granítico de una idea y despellejarte la cabeza...
Que la vida hace crrrrrrrish crrrrrrash y que la profusión de añicos de vidrio de ventanas llenas de la vaharada que exhala la calle que te lacera la carne, que penetra tu piel caliente, no es otra broma de un señor creador sino la realidad mordaz, la verdad en forma de cristales diminutos entrando por debajo de tus uñas cuando cierras el puño y desgarras tu boca con un grito de dolor sordo y profundo. Que el fúrico aporrear de tus manos contra bultos y fguras pesadas no te romperá los nudillos en astillas de hueso perforando tu ardor sino que la masa, informe de tanto golpear, resultará en novísima forma tumefacta y que descargar así tu ímpetu cederá a un interregno brevísimo de calma. Que la estridencia que acalla tu voz no es una ilusión diseñada para aturdirte sino pedazos diseminados de un futuro siempre cercano pero nunca alcanzado y que las garras aceradas que te penetran las espalda dejando sangrantes marcas son sentimientos destilados en la ardorosa fuente que es el centro de tu interior y no un fortuito intento de una bestia de matarte como tú crees. Que el horrísono derrumbe de muros y más muros dejará un horizonte despejado y no un montón de escombros inútiles para construir nuevos muros y que el desgarre de la piel del mundo dejará entrada a nuevos mundos y no hoyos imposibles de llenar. Que el líquido viscoso que emana de tu boca no es podredumbre hediendo a fresca menta sino tu saliva, tu deliciosa saliva transformada en beso denso humectado y que lo que te sale de las entrañas no es vómito como te han hecho creer los que no creen en nada verdadero sino savia de tu árbol, alimento de más y más pajaritos de relucientes plumas y horroroso canto o al revés. Que la mano invisible que aprieta tu cuello no es un fantasma que te ahoga sino la pura y dura desesperación de no saberte vivo, de hallarte vacío de los ojos y que la angustia que te carcome el cerebro es un deseo de ir, de estallar y no un estado de locura transitoria. Que el filo cortante de los días, que la estela de amargura que vas dejando cuando caminas no es un intento de demostrar tu existencia sino lo contrario, la prueba infalible de que esto es un sueño y que a veces despertamos para ver lo que se esconde tras el velo espeso de una estructura vieja y herrumbrada que tenemos enfrente de nosotros y que la maraña negra de tus pensamientos apretujados contra sí mismos con violentas sacudidas no es una racionalización del exterior sino una expresión pura de lo que sucede adentro. Que la cuerda que el verdugo aprieta en feroces tirones no es para ti, no es para que después te veas colgar inanimada, mecida por el viento como un palo a merced del cielo, es para lo que viene luego, preparación meditada de un ahorcamiento de las ganas de salir corriendo en medio de este horror y esta literatura y que la furia, el flujo piroclástico que te recorre y hierve por debajo de una delgada capa de grasa en derretimiento saldrá en sonora explosión. Saldrá en forma de letra o de voz o de grito o de sangre o de feroz emoción en medio de un calle vacía de humanos y llena de autómatas. Que todo va a salpicarse cuando tu cuerpo se desmembre y chorros de líquido rojo empapen los adoquines y sean serpientes encolerizadas persiguiendo los rastros de la libertad por fin al alcance de la mano. Pero tú ya no verás nada.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Muerte anunciada de un mostro policéfalo, en busca de Yisus y la inevitable y sempiterna predominancia del kitch
Dedicado a Hugo Márquez, hermano y lámpara oscura.
El miércoles pasado fui con Carla al Museo de la Ciudad a ver una película (cuyo nombre, gracias a una saludable costumbre mía, no recuerdo) que daban como inauguración del ciclo de Cinema Catalá. No me detendré en la película. La importancia de la propuesta catalana es que redunda. Presenta una situación pecualiar, sí, pero el trasfondo esencial es el mismo que el que desde hace varios años el cine europeo tiene. La generalización puede ser perdonada y no quiero entrar en esas honduras. Dije que la redundancia es importante porque (¡Oh, señor, escúchanos!) revela un "problema generalizado". Cuando el inconsciente o incluso el consciente colectivo aborda los mismos temas desde distintos ángulos, una de las razones más probables es que ese problema sea compartido. Considerar a la Europa como un organismo y no como diversos países, y todo lo que eso conlleva, es un error necesario. Es un error cierto, por decirlo así, lo mismo que es llamar Latinoamérica a Latinoamérica y considerarla también un organismo. La verdad que se trasluce en las últimas películas europeas que he visto y los poquísimos libros que he leído y las noticias que se cuelan en los medios masivos: la vieja y sabia Europa se está muriendo. Toda ella. Está podrida, chocha, cansada, obsoleta, sus fundamentos siguen siendo los mismos y lo más curioso es que ya se dio cuenta y con gran dignidad se dirige al cadalso, no importa el escándalo que parece hacer. Como un extranjero (todos somos extranjeros para alguien), mis opiniones tienen que estar por supuesto muchos más sesgadas que las de ellos. Pero no pueden negar que lo dicen, no pueden negar que ellos mismos están conscientes de su futuro holocausto. Desde la visión más optimista uno puede esperar que sea el desastre que precede a un cambio, que después del derrumbe vendrán una nueva Europa y por ende, aunque nos duela a todos, un mundo de verdad nuevo. Mi eurocentrismo tiene una raíz simple: Europa sigue siendo el referente, al menos en lo que respecta a América. Y el que no esté de acuerdo no cambia las cosas. Yo propugnaría por que América fuera América y no un, generalizo otra vez, constante copiar, el espejo lleno de vaho. El día en que nos libremos de Europa será un gran día y empezará también para nosotros un derrumbe, pero como dudo que eso pase en lo que espero vivir, seguiré con mi fantasía utópica de una América americana, considerada como tal por una mayoría americana.
Las razones por las que la Europa está como está son bien reconocibles e inevitables. La primera (no en orden de importancia) es que está habitada por humanos que son europeos. O dejémosle por humanos. La segunda es el gran falo de nuestros tiempos. Sobre esto me he tomado muchas veces la molestia de hablar. El Gran Falo del mundo contemporáneo es, señoras y señores, La Velocidad. El poder y sus inefables amigos siguen ahí, pero considerando que el poder es el ultimum abstracto y que es en realidad el Falo de Todos Los Tiempos, lo dejamos de ladito por ahora. La velocidad es la constante de nuestros tiempos y casi todo está medido en torno a ella. Se ha convertido en un referente de poder. Todo emana del pinche poder, carajo. Si volteamos a cualquier lado nos encontraremos con que entre más rápido y expedito (cómo me encanta esta palabra en boca de la burocracia) sea algo, es mejor. Sin miramientos. Las máquinas, los hombres, la tecnología, los ritmos de trabajo, la duración del placer (uno de los ejemplos más evidentes del poder increíble del falo). Quien no me crea sigue creyendo que la Iglesia nos va a salvar. Y hay muchas razones más, pero soy muy perezoso y no conozco tantas. La velocidad es, como falo, una herramienta del hombre europeo (quien piense que los gringos no son europeos sigue creyendo que los políticos nos van a salvar. Son más o menos lo mismo, pero torcido). Di como razón al hombre porque el hombre es esencialmente un animal soberbio. Soberbia más velocidad más consecuente imbecilidad igual a ya nos cargó la verga a todos. Me da muchísima risa. Sobre la europidad de América quisiera ahondar un poco más para que no me estén chingando que soy un lamehuevos con complejo de inferioridad (lo último muy cierto). ¿Qué otra cosa necesitamos para evidenciar nuestra europidad aparte de nuestro lenguaje? Lo poco que nos queda de no europeos lo estamos masacrando para robarle las tierras y unirlo a la calesita esclavizadora. Y aún más. Ahora viene, oh Dios de las paradojas, el Gran Kitch. El kitch americano explicará por sí solo el kitch europeo, que a su vez explicará el kitch occidental, que tal vez explique el kitch humano. El gran kitch Americano, herencia profunda de los conquistadores, es el Dios Occidental. Pam pam pam paaaam (poner la músiquita macabra). El dios occidental es una contradicción. Como el dios que nos gobierna ahora es, por más que lo neguemos, el dio judío, cabría darle un espacio en este texto. El dios judío es el kitch más extraño y por eso el más esperable. Los judíos están bien pinches locos, en serio. ¡Imaginar a un dio a su imagen y semejanza! Válgame. Pero se supone que somos nosotros los que fuimos creados a su semejanza. Los problemas superficiales que eso crea son ingenuos, pero son los más importantes precisamente por eso. La ingenuidad es la más grande cuestionante porque carece de prejuicios. De niño, cuando me dijeron eso, creía que dios era hermafrodita. Después viene lo asqueroso: ¿dios tiene ano? ¿dios caga? ¿dios coge? ¿dios se excita? ¿dios se enferma? Y la peor de todas, que es después de eso: ¿dios tiene cuerpo? Porque si no cómo chingados fuimos creados a su semejanza. Las preguntas son infantiles, pero son las más duras, son de las que tienen más carga de duda ontológica. La gente jamás, jamás, habla de eso, lo evitan, lo esconden, lo reprimen en los estratos más profundos de su ser. ¿Por qué? Porque cuestiona los fundamentos mismo de toda la cosmogonía occidental, es decir, su postura frente al mundo. ¿Lo divino convertido en mundano? ¿lo perfecto crea algo imperfecto? ¿lo correcto crea algo incorrecto? Esos son los postulados de la biblia y en general de las religiones. Unos seres superiores crearon unos seres inferiores, ¿pero para qué?. A-la-mer-ga. Si Dios creó al mundo y vio que era bueno y si somos entonces buenos, ¿cómo carajos somos lo que somos? Quien piense que puede escapar de la religión me da pena. Incluso la negación de la religión es un pensamiento religioso. Para negar algo, tienes que considerar primero la posibilidad de su existencia. Dios nos ampare. Y heredamos eso de Europa, la cosmogonía, nada más. Qué risa.
Consideremos ahora algo de suma importancia en la religión judía y que es la razón por la que yo personalmente creo que es tan popular (en toda la extensión de la palabra): la muerte. La muerte ha existido como la única verdadera constante en el mundo humano. Lo que hace a la religión judía tan especial es el carácter amable y redentor con que recubre el acto de estirar la pata. La muerte es la gran hermanadora del hombre en la religión jeovaística. Cuando morimos todos vamos al mismo lugar. O a dos posibles lugares: si eres malo y no sigues los mandamientos de diosito, te vas al infierno a quemarte por toda la eternidad (la fijación piromaniaca del judío es también algo digno de notar) y si eres buenito y sigues los mandamientos, derecho al paraíso. Lo que hace de ambos lugares una verdadera joda es que ahí todos somos iguales. A-la-mer-ga. Pero cómo, se pregunta el soberbio hombre europeo, ¿yo igual a un indio miserable, mitad animal? ¿yo igual a un negro incivilizado y sucio? Y aristócratas y burgueses se preguntan angustiadísimos: cómo, ¿yo igual a un pobre harapiento? ¿yo igual a un apestoso y mugriento pordiosero? Y comparto su profunda desazón. Por eso los pobres son tan religiosos, por eso la religión cundió primero en ellos y se esparció, porque los pobres eran inmensa mayoría. Una religión como esa sólo podía salir de un pueblo oprimido. Bien oprimido. En el reino de los cielos el pobre cobra venganza, en el reino de los cielos el opresor se la pela. ¿Pero qué pasa mientras en el reino de la tierra? Que todos morimos, sí, peeeeeeeeero, ¡no en las mismas circunstancias! Pos ahuevo. Un rey muere encamado entre seda y chingos de mamadelas del estilo, calientito, bien cebado, con su pase de entrada al cielo garantizado. El jodido muere de hambre o frío o asesinado o qué voy yo a saber. ¿Me esplico? El kitch de la religión es omnipresente. Dios es un gigantesco kitch. El kitch es todo aquello que elimina lo desagradable, lo que no nos gusta, lo que no podemos aceptar dentro del kitch de bienestar, lo que va en contra del fabuloso kitch de lo aceptable. El kitc esencial es la idea de mejorar, de hacer mejor las cosas (los alemanes me amarán). Eso se lo copié casi igual a Kundera. Pero como es kitch describir el kitch, me retiro amablemente de futuras definiciones.
Todo lo anterior es lo que ha llevado, incubado desde su nacimiento, a la sociedad europea a la ruina. La acumulación de riquezas, la velocidad como falo, la creencia de un posible y cómodo paraíso en la tierra y etece etece etece. Uno pensaría: caray, por qué entonces no salirnos del kitch y preservarnos más tiempo, alargar nuestra pútrida existencia, ¿no? Porque no se puede, jojojojo. Es lo maravilloso del hombre, que no puede escapar de sí mismo. Sobre esto me extiendo: hay millares de kitches. También de Kundera: para que el kitch sea tal, tiene que ser aceptado por un montón de gente, si no, ni siquiera importaría. Hay el kitch de las revoluciones, el de las religiones, el de los partidos políticos, el de las ideas progresistas (a lo mejor el mismo que el de las revoluciones), el del arte (penosísimo y hermoso) y así hasta el infinito. Todo es kitch de algo. El hombre es el Gran Creador del kitch. Merde, ya dije esa palabra como cien veces. Me gusta harto. A lo largo de la historia occidental, ha habido grandes pensadores que se dieron cuenta y trataron de evidenciarlo, es decir, se dieron cuenta de que, pongamos este ejemplo, el kitch capitalista era nefasto. Así que propusieron otro. Ay, Marx. Y pongamos también el caso del arte. Hacia el final del siglo XIX y principios del siglo XX surgió una deliciosísima corriente de movimientos vanguardistas. Lo que hacían estos movimientos era salirse del kitch que había permeado la humanidad durante siglos. Lo criticaron, lo hicieron pedazos, lo evidenciaron, lo transformaron algunos y así. Pongamos el movimiento Dadá, que simplemente negó el arte y a Joyce, que se sale de todo lineamiento canónico y escribe Ulysses. Qué felicidad. Algo nuevo en el mundo. Síííí. Debo apuntalar algo: kitch igual canon. Lo curioso de estos movimientos, de las teorías de Marx y Engels y de los nihilistas rusos y las vanguardias europeas y latinoamericanas (ahuevo, ya era hora) es queeeeeeee: ¡se conviertieron en kitch! Jajajajajaja. Algo que iba en contra de lo aceptado se conviertió en aceptado, Joyce se ha convertido en un autor del canon y el movimiento Dadá se convirtió arte pop. En eso consiste la gran preminencia del kitch: absorbe todo y lo descagada. La sociedad, insuperable kitch. Mua ja ja ja. Pienso que un tal Andy Warhol se dio cuenta de eso. ¿Y qué hizo? Hizo el arte más kitch de la historia. Un arte hecho de kitch. Yo pienso que quiso hacerle una broma a la humanidad y la humanidad no se rió, se la tragó toda. Admiro harto a Warhol por eso, porque nadie se rió. Y lo mismo pasa en la música (Debussy es un músico del canon ahora, lo mismo que Schriabin), la política (la izquierda es casi la misma mierda que la derecha) y la sociedá (todo el desmadre del rock y el jazz como movimientos de repercusión social, lo mismo que las modas vanguardistas, o mi ejemplo favorito: ser naco es chido, acuñado por los Botellita de Jerez).
Actualmente estamos empezando el movimiento pendular. Pienso que es punto menos que imposible que el hombre se de cuenta cabalmente de qué es lo que pasa en el momento histórico en el que vive. Luego vendrán los historiadores a decirnos qué fue. Por ejemplo, dudo que los frances, al iniciar su revolución, pensarán que tendría las consecuencias que tuvo para el mundo. Ahora nos llamamos a nosotros mismos sociedad postmodernista y aparte del nombre tenemos poco. Es una repetición o negación de la historia humana, no hay nada nuevo bajo el sol. Hiperpecialización nó es igual a progreso. Las futuras generaciones, si es que hay tales, nos llamarán "los postmodernos" y tendrá un significado completamente distinto al que tiene ahora. Seremos el pasado. No podemos describirnos con precisión, no ahora. Tenemos los precursores, las intentos de descubrir qué pasa en el mundo. El hombre, entendido como sociedad, no puede definirse a sí mismo mientras está viviendo lo que intenta definir. En el presente todo es pasajero. Ahora podemos darnos cuenta de la borrasca por el vano intento, evidentísimo, de mover el péndulo hacia el otro lado. Hay ahora, junto a la desesperada carrera por ser diferentes y globales al mismo tiempo (la gran contradicción del hombre cosmopolita moderno), una intención de volver a viejas tradiciones. La comida, la ropa, la música (ritmos repetitivos esencialmente para bailar. Imagino a un hombre de las cavernas con un sintetizador), las ideas religiosas, el regreso inesperado del esoterismo y el necesario "largo etcétera". Me encanta la idea y el sonido de "movimiento pendular". Una última cosa: la ciencia es un escape del kith porque la ciencia va siempre antes que al sociedad, es decir, que el kitch, aunque ya luego los impensables y denostados avances científicos se conviertan en la norma. Subirse a la cresta de esta ola de tufo a muerte y esperar al té deum de la vieja Europa para ver si dan galletitas y café.
El miércoles pasado fui con Carla al Museo de la Ciudad a ver una película (cuyo nombre, gracias a una saludable costumbre mía, no recuerdo) que daban como inauguración del ciclo de Cinema Catalá. No me detendré en la película. La importancia de la propuesta catalana es que redunda. Presenta una situación pecualiar, sí, pero el trasfondo esencial es el mismo que el que desde hace varios años el cine europeo tiene. La generalización puede ser perdonada y no quiero entrar en esas honduras. Dije que la redundancia es importante porque (¡Oh, señor, escúchanos!) revela un "problema generalizado". Cuando el inconsciente o incluso el consciente colectivo aborda los mismos temas desde distintos ángulos, una de las razones más probables es que ese problema sea compartido. Considerar a la Europa como un organismo y no como diversos países, y todo lo que eso conlleva, es un error necesario. Es un error cierto, por decirlo así, lo mismo que es llamar Latinoamérica a Latinoamérica y considerarla también un organismo. La verdad que se trasluce en las últimas películas europeas que he visto y los poquísimos libros que he leído y las noticias que se cuelan en los medios masivos: la vieja y sabia Europa se está muriendo. Toda ella. Está podrida, chocha, cansada, obsoleta, sus fundamentos siguen siendo los mismos y lo más curioso es que ya se dio cuenta y con gran dignidad se dirige al cadalso, no importa el escándalo que parece hacer. Como un extranjero (todos somos extranjeros para alguien), mis opiniones tienen que estar por supuesto muchos más sesgadas que las de ellos. Pero no pueden negar que lo dicen, no pueden negar que ellos mismos están conscientes de su futuro holocausto. Desde la visión más optimista uno puede esperar que sea el desastre que precede a un cambio, que después del derrumbe vendrán una nueva Europa y por ende, aunque nos duela a todos, un mundo de verdad nuevo. Mi eurocentrismo tiene una raíz simple: Europa sigue siendo el referente, al menos en lo que respecta a América. Y el que no esté de acuerdo no cambia las cosas. Yo propugnaría por que América fuera América y no un, generalizo otra vez, constante copiar, el espejo lleno de vaho. El día en que nos libremos de Europa será un gran día y empezará también para nosotros un derrumbe, pero como dudo que eso pase en lo que espero vivir, seguiré con mi fantasía utópica de una América americana, considerada como tal por una mayoría americana.
Las razones por las que la Europa está como está son bien reconocibles e inevitables. La primera (no en orden de importancia) es que está habitada por humanos que son europeos. O dejémosle por humanos. La segunda es el gran falo de nuestros tiempos. Sobre esto me he tomado muchas veces la molestia de hablar. El Gran Falo del mundo contemporáneo es, señoras y señores, La Velocidad. El poder y sus inefables amigos siguen ahí, pero considerando que el poder es el ultimum abstracto y que es en realidad el Falo de Todos Los Tiempos, lo dejamos de ladito por ahora. La velocidad es la constante de nuestros tiempos y casi todo está medido en torno a ella. Se ha convertido en un referente de poder. Todo emana del pinche poder, carajo. Si volteamos a cualquier lado nos encontraremos con que entre más rápido y expedito (cómo me encanta esta palabra en boca de la burocracia) sea algo, es mejor. Sin miramientos. Las máquinas, los hombres, la tecnología, los ritmos de trabajo, la duración del placer (uno de los ejemplos más evidentes del poder increíble del falo). Quien no me crea sigue creyendo que la Iglesia nos va a salvar. Y hay muchas razones más, pero soy muy perezoso y no conozco tantas. La velocidad es, como falo, una herramienta del hombre europeo (quien piense que los gringos no son europeos sigue creyendo que los políticos nos van a salvar. Son más o menos lo mismo, pero torcido). Di como razón al hombre porque el hombre es esencialmente un animal soberbio. Soberbia más velocidad más consecuente imbecilidad igual a ya nos cargó la verga a todos. Me da muchísima risa. Sobre la europidad de América quisiera ahondar un poco más para que no me estén chingando que soy un lamehuevos con complejo de inferioridad (lo último muy cierto). ¿Qué otra cosa necesitamos para evidenciar nuestra europidad aparte de nuestro lenguaje? Lo poco que nos queda de no europeos lo estamos masacrando para robarle las tierras y unirlo a la calesita esclavizadora. Y aún más. Ahora viene, oh Dios de las paradojas, el Gran Kitch. El kitch americano explicará por sí solo el kitch europeo, que a su vez explicará el kitch occidental, que tal vez explique el kitch humano. El gran kitch Americano, herencia profunda de los conquistadores, es el Dios Occidental. Pam pam pam paaaam (poner la músiquita macabra). El dios occidental es una contradicción. Como el dios que nos gobierna ahora es, por más que lo neguemos, el dio judío, cabría darle un espacio en este texto. El dios judío es el kitch más extraño y por eso el más esperable. Los judíos están bien pinches locos, en serio. ¡Imaginar a un dio a su imagen y semejanza! Válgame. Pero se supone que somos nosotros los que fuimos creados a su semejanza. Los problemas superficiales que eso crea son ingenuos, pero son los más importantes precisamente por eso. La ingenuidad es la más grande cuestionante porque carece de prejuicios. De niño, cuando me dijeron eso, creía que dios era hermafrodita. Después viene lo asqueroso: ¿dios tiene ano? ¿dios caga? ¿dios coge? ¿dios se excita? ¿dios se enferma? Y la peor de todas, que es después de eso: ¿dios tiene cuerpo? Porque si no cómo chingados fuimos creados a su semejanza. Las preguntas son infantiles, pero son las más duras, son de las que tienen más carga de duda ontológica. La gente jamás, jamás, habla de eso, lo evitan, lo esconden, lo reprimen en los estratos más profundos de su ser. ¿Por qué? Porque cuestiona los fundamentos mismo de toda la cosmogonía occidental, es decir, su postura frente al mundo. ¿Lo divino convertido en mundano? ¿lo perfecto crea algo imperfecto? ¿lo correcto crea algo incorrecto? Esos son los postulados de la biblia y en general de las religiones. Unos seres superiores crearon unos seres inferiores, ¿pero para qué?. A-la-mer-ga. Si Dios creó al mundo y vio que era bueno y si somos entonces buenos, ¿cómo carajos somos lo que somos? Quien piense que puede escapar de la religión me da pena. Incluso la negación de la religión es un pensamiento religioso. Para negar algo, tienes que considerar primero la posibilidad de su existencia. Dios nos ampare. Y heredamos eso de Europa, la cosmogonía, nada más. Qué risa.
Consideremos ahora algo de suma importancia en la religión judía y que es la razón por la que yo personalmente creo que es tan popular (en toda la extensión de la palabra): la muerte. La muerte ha existido como la única verdadera constante en el mundo humano. Lo que hace a la religión judía tan especial es el carácter amable y redentor con que recubre el acto de estirar la pata. La muerte es la gran hermanadora del hombre en la religión jeovaística. Cuando morimos todos vamos al mismo lugar. O a dos posibles lugares: si eres malo y no sigues los mandamientos de diosito, te vas al infierno a quemarte por toda la eternidad (la fijación piromaniaca del judío es también algo digno de notar) y si eres buenito y sigues los mandamientos, derecho al paraíso. Lo que hace de ambos lugares una verdadera joda es que ahí todos somos iguales. A-la-mer-ga. Pero cómo, se pregunta el soberbio hombre europeo, ¿yo igual a un indio miserable, mitad animal? ¿yo igual a un negro incivilizado y sucio? Y aristócratas y burgueses se preguntan angustiadísimos: cómo, ¿yo igual a un pobre harapiento? ¿yo igual a un apestoso y mugriento pordiosero? Y comparto su profunda desazón. Por eso los pobres son tan religiosos, por eso la religión cundió primero en ellos y se esparció, porque los pobres eran inmensa mayoría. Una religión como esa sólo podía salir de un pueblo oprimido. Bien oprimido. En el reino de los cielos el pobre cobra venganza, en el reino de los cielos el opresor se la pela. ¿Pero qué pasa mientras en el reino de la tierra? Que todos morimos, sí, peeeeeeeeero, ¡no en las mismas circunstancias! Pos ahuevo. Un rey muere encamado entre seda y chingos de mamadelas del estilo, calientito, bien cebado, con su pase de entrada al cielo garantizado. El jodido muere de hambre o frío o asesinado o qué voy yo a saber. ¿Me esplico? El kitch de la religión es omnipresente. Dios es un gigantesco kitch. El kitch es todo aquello que elimina lo desagradable, lo que no nos gusta, lo que no podemos aceptar dentro del kitch de bienestar, lo que va en contra del fabuloso kitch de lo aceptable. El kitc esencial es la idea de mejorar, de hacer mejor las cosas (los alemanes me amarán). Eso se lo copié casi igual a Kundera. Pero como es kitch describir el kitch, me retiro amablemente de futuras definiciones.
Todo lo anterior es lo que ha llevado, incubado desde su nacimiento, a la sociedad europea a la ruina. La acumulación de riquezas, la velocidad como falo, la creencia de un posible y cómodo paraíso en la tierra y etece etece etece. Uno pensaría: caray, por qué entonces no salirnos del kitch y preservarnos más tiempo, alargar nuestra pútrida existencia, ¿no? Porque no se puede, jojojojo. Es lo maravilloso del hombre, que no puede escapar de sí mismo. Sobre esto me extiendo: hay millares de kitches. También de Kundera: para que el kitch sea tal, tiene que ser aceptado por un montón de gente, si no, ni siquiera importaría. Hay el kitch de las revoluciones, el de las religiones, el de los partidos políticos, el de las ideas progresistas (a lo mejor el mismo que el de las revoluciones), el del arte (penosísimo y hermoso) y así hasta el infinito. Todo es kitch de algo. El hombre es el Gran Creador del kitch. Merde, ya dije esa palabra como cien veces. Me gusta harto. A lo largo de la historia occidental, ha habido grandes pensadores que se dieron cuenta y trataron de evidenciarlo, es decir, se dieron cuenta de que, pongamos este ejemplo, el kitch capitalista era nefasto. Así que propusieron otro. Ay, Marx. Y pongamos también el caso del arte. Hacia el final del siglo XIX y principios del siglo XX surgió una deliciosísima corriente de movimientos vanguardistas. Lo que hacían estos movimientos era salirse del kitch que había permeado la humanidad durante siglos. Lo criticaron, lo hicieron pedazos, lo evidenciaron, lo transformaron algunos y así. Pongamos el movimiento Dadá, que simplemente negó el arte y a Joyce, que se sale de todo lineamiento canónico y escribe Ulysses. Qué felicidad. Algo nuevo en el mundo. Síííí. Debo apuntalar algo: kitch igual canon. Lo curioso de estos movimientos, de las teorías de Marx y Engels y de los nihilistas rusos y las vanguardias europeas y latinoamericanas (ahuevo, ya era hora) es queeeeeeee: ¡se conviertieron en kitch! Jajajajajaja. Algo que iba en contra de lo aceptado se conviertió en aceptado, Joyce se ha convertido en un autor del canon y el movimiento Dadá se convirtió arte pop. En eso consiste la gran preminencia del kitch: absorbe todo y lo descagada. La sociedad, insuperable kitch. Mua ja ja ja. Pienso que un tal Andy Warhol se dio cuenta de eso. ¿Y qué hizo? Hizo el arte más kitch de la historia. Un arte hecho de kitch. Yo pienso que quiso hacerle una broma a la humanidad y la humanidad no se rió, se la tragó toda. Admiro harto a Warhol por eso, porque nadie se rió. Y lo mismo pasa en la música (Debussy es un músico del canon ahora, lo mismo que Schriabin), la política (la izquierda es casi la misma mierda que la derecha) y la sociedá (todo el desmadre del rock y el jazz como movimientos de repercusión social, lo mismo que las modas vanguardistas, o mi ejemplo favorito: ser naco es chido, acuñado por los Botellita de Jerez).
Actualmente estamos empezando el movimiento pendular. Pienso que es punto menos que imposible que el hombre se de cuenta cabalmente de qué es lo que pasa en el momento histórico en el que vive. Luego vendrán los historiadores a decirnos qué fue. Por ejemplo, dudo que los frances, al iniciar su revolución, pensarán que tendría las consecuencias que tuvo para el mundo. Ahora nos llamamos a nosotros mismos sociedad postmodernista y aparte del nombre tenemos poco. Es una repetición o negación de la historia humana, no hay nada nuevo bajo el sol. Hiperpecialización nó es igual a progreso. Las futuras generaciones, si es que hay tales, nos llamarán "los postmodernos" y tendrá un significado completamente distinto al que tiene ahora. Seremos el pasado. No podemos describirnos con precisión, no ahora. Tenemos los precursores, las intentos de descubrir qué pasa en el mundo. El hombre, entendido como sociedad, no puede definirse a sí mismo mientras está viviendo lo que intenta definir. En el presente todo es pasajero. Ahora podemos darnos cuenta de la borrasca por el vano intento, evidentísimo, de mover el péndulo hacia el otro lado. Hay ahora, junto a la desesperada carrera por ser diferentes y globales al mismo tiempo (la gran contradicción del hombre cosmopolita moderno), una intención de volver a viejas tradiciones. La comida, la ropa, la música (ritmos repetitivos esencialmente para bailar. Imagino a un hombre de las cavernas con un sintetizador), las ideas religiosas, el regreso inesperado del esoterismo y el necesario "largo etcétera". Me encanta la idea y el sonido de "movimiento pendular". Una última cosa: la ciencia es un escape del kith porque la ciencia va siempre antes que al sociedad, es decir, que el kitch, aunque ya luego los impensables y denostados avances científicos se conviertan en la norma. Subirse a la cresta de esta ola de tufo a muerte y esperar al té deum de la vieja Europa para ver si dan galletitas y café.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
It's all I got left...
My dearest and all beloved:
I'm sad to inform you that I'm already dead. No good will you obtain by waiting for me to come back. This I hope you don't take it as a private joke. It seems life was a burden and I have decided to be realeased from it via cuting my wrists. You should have seen how the blood flowed, how it travelled throughout my arms, as a river climbing down, and how it finally soaped my t-shirt (I'm so sorry to inform you that I was wearing the one you gave me my last birthday). I feel well enough to ask of you not to forlorn all hope. It's just a little trouble before we can actually be together at the funeral. Do you remember I used to say we will end up all tangled up in some awkward, solemn celebration? This is my last gift for you: my funeral. I wish it to be you who arranges all the little things necessary for a pretty and smooth course of events, no matter how terrible and boring or distressing they might seem. My brother has already recognized my stiff body in the morgue, so at least I could spare you the gross sight of my lifeless limbs. For the night of the burial I have planned a little party: you will play entirely the Bohren's CD Dolores so everyone has an excuse to be sullen and gloomy and so they feel free to shed a couple of sad tears on some other matter they are not willing to accept they wanted to cry for. You will ask for a service of tea and buttered toasts with strawberry mermelade. I know you like it a little bit sour, but please, be thoughtful to our guests and don't put any fake-poison in it. They'll know that way that you appreciate them so much you have rendered to them your favorite blagues. For my casquet I ask very few considerations. I would like to happily rotten in a pine, rough casquet or, if you see yourself troubled by the task of going to the funeral's shop yourself, that my body shall be buried bare or wrapped in a sheet as a shroud (please do avoid any remarks on any Christ's features). As to my personal library, I would like you to set it on flames the very night I'm under the dirt and, I hope this is not too much, to stay there reflecting the fire on your lovely, pale face. I'm planning on being there just to watch the spectacle. I wish I had waved good bye before the world had crumbled.
Sincerely, truly, completely, and finally yours:
----
I'm sad to inform you that I'm already dead. No good will you obtain by waiting for me to come back. This I hope you don't take it as a private joke. It seems life was a burden and I have decided to be realeased from it via cuting my wrists. You should have seen how the blood flowed, how it travelled throughout my arms, as a river climbing down, and how it finally soaped my t-shirt (I'm so sorry to inform you that I was wearing the one you gave me my last birthday). I feel well enough to ask of you not to forlorn all hope. It's just a little trouble before we can actually be together at the funeral. Do you remember I used to say we will end up all tangled up in some awkward, solemn celebration? This is my last gift for you: my funeral. I wish it to be you who arranges all the little things necessary for a pretty and smooth course of events, no matter how terrible and boring or distressing they might seem. My brother has already recognized my stiff body in the morgue, so at least I could spare you the gross sight of my lifeless limbs. For the night of the burial I have planned a little party: you will play entirely the Bohren's CD Dolores so everyone has an excuse to be sullen and gloomy and so they feel free to shed a couple of sad tears on some other matter they are not willing to accept they wanted to cry for. You will ask for a service of tea and buttered toasts with strawberry mermelade. I know you like it a little bit sour, but please, be thoughtful to our guests and don't put any fake-poison in it. They'll know that way that you appreciate them so much you have rendered to them your favorite blagues. For my casquet I ask very few considerations. I would like to happily rotten in a pine, rough casquet or, if you see yourself troubled by the task of going to the funeral's shop yourself, that my body shall be buried bare or wrapped in a sheet as a shroud (please do avoid any remarks on any Christ's features). As to my personal library, I would like you to set it on flames the very night I'm under the dirt and, I hope this is not too much, to stay there reflecting the fire on your lovely, pale face. I'm planning on being there just to watch the spectacle. I wish I had waved good bye before the world had crumbled.
Sincerely, truly, completely, and finally yours:
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