Miraba la lista de futuros ultimados, imaginaba cómo serían sus caras cuando ascendieran al patíbulo y qué brillaría en sus ojos como última imagen para llevarse al infierno de los condenados a morir sabiendo la fecha. Sentí pena por ellos, una profunda pena porque los entendí desposeídos de uno de los poquísimos beneficios de existir: no saber la hora del cese, caminar con la conciencia salvaje y definida de que eso que veían y sentían y olían y saboreaban era lo último. ¿Cómo pretenden indultarles la muerte inesperada a cambio del conocimiento terrible de lo fútil y maravilloso que es respirar, de saber de cierto que mañana serán cadáveres? No importan los pretextos, no hay atenuante que mitigue el dolor de saberse muerto de antemano. Y la dignidad del cadalso ya pueden metérsela por el culo. Fui de visita con Circe a la tarima y ya estaban allí las cestas de mimbre en donde depositarían las cabezas. Las cestas eran nuevas y me puse a pensar que también es un desperdicio porque se ensoparán de todos modos. Luego recordé al verdugo. No hay personaje más cobarde que el verdugo, que usa capucha porque no se atreve a mostrarse ante su víctima en el momento del tajo. Es como decirle: lo siento, no soy yo, no soy yo, son ellos que me obligan a hacerlo. Patrañas. El verdugo tiene problemas con su esposa, que se niega a lavarle la ropa salpicada de sangre. Ninguna mujer quiere ser esposa de un cobarde que no tiene cara ni nombre ni puede pronunciarse a favor ni en contra. Circe dice que de algún modo todos somos verdugos de algo o de alguien. No quiero pensar en eso, imaginaría mi reflejo encapuchado y tenebroso y no podría dormir durante varios días o quizá semanas. Habrá una banda de viento. Los cadáveres de mañana eran importantes cuando vivían y habrá una banda de viento. Dicen que en un lugar lejos de aquí hay hombres negros que cargan los ataúdes por la calle y que en la procesión hay músicos tocando, generalmente trompetistas. Imagino sus dientes blancos, sus manazas y sus brazos enormes color tierra de abono. No me dan miedo, pienso que adentro de sus pieles lustrosas y sus cuerpos imponentes como torres hay algo delicado, un corazón palpitante como el de los demás. Circe dice que los negros tienen el corazón mucho más duro y resistente, pero no le creo. Sus corazones deben ser gentiles y bondadosos si cargan esos ataúdes por la calle, si llevan sobre sí el peso muerto e inerte de un envase vacío sólo por llevarlo, porque sabemos que es inútil todo cortejo fúnebre. Lo que llevan cargando no es más una persona, es un saco oloroso y semi podrido, pero aún así tienen la delicadeza de sentir algo por el saco, de rendir un último tributo a un ser que jamás volverá a sentir, a un ser que ha dejado su condición ontológica para evaporarse en el hastío de una tarde o en la tormenta de una noche. El alguacil nos dijo que nos retiráramos, que no debíamos estar ahí, que podía producirnos una impresión muy desagradable. Le dije que la antelación no cura nada, que sabíamos qué iba a pasar y que no nos importaba, que para nosotros ya estaban ejecutados. Circe supone que mi renuncia a la fe es producto de mi necedad de contradecir a la gente. No es cierto. Mi renuncia existe porque sé que hay un otro extremo donde no existir es una posibilidad. Pero no hablamos de eso seguido, sólo cuando yo insisto y estamos bajo un árbol tupido de gruesa sombra. También pienso que esos que ya no son hombres se resisten. Deben imaginar que algo puede pasar aún, que serán librados milagrosamente, que el corazón de sus vecinos se ablandará, que considerarán lo animal de presenciar la ejecución. Pero ya saben también que a la gente no puedes privarle de un placer que le has prometido, se irían contra ti, te destrozarían. Así es por aquí al menos. Supongo que su segundo final ha pasado ya muchas veces. Hay uno que me cae bien. Era director de la banda de viento. Dijo en el juicio que si no era mucho pedir prefería ser decapitado a solas y a oscuras, que le parecía inmoral ser un objeto de morbo para el público y que la llegada inevitable de la vieja dama era un acto inobjetablemente íntimo, que era indecente hacerlo a la vista de todos. Sus mismas palabras. Pero la gente de aquí no es muy susceptible a esas cosas. Después de la tarima fuimos a la cárcel para juntar moho. No nos dejaron acercarnos a las paredes. Cada que vamos, Circe dice que podemos contraer enfermedades respiratorias con el moho y aunque sé que lo dice en serio, sé también que lo dice por decir algo o por presumir porque de todos modos seguimos yendo. Nos gusta el olor húmedo a guardado del moho y los colores que se hacen a contra luz y que es muy terso, suave y delicado como terciopelo. Algunos días lo ponemos en nuestros cabellos y su papá nos dice ninfas y nos pregunta si tenemos planeado subir a las Pléyades. El viaje a las Pléyades es muy largo y para hacerlo tenemos que prescindir del cuerpo y por eso no quiero. Hemos tratado de reunir suficiente moho para hacer una cama y tirarnos por el placer de hacerlo, pero nunca hay bastante y el moho deja de ser moho muy pronto, como si le doliera que lo arrancáramos de las paredes. Después de la cárcel regresamos a casa y le pedí que pasáramos una vez más a ver la lista. Quiero aprenderme sus nombres.
Mañana llegará con la misma lentitud, el sol se acomodará perezoso en el cielo y es posible que las nubes lo opaquen antes de medio día. Los muertos andantes irán a la cabeza de la comitiva, la odiosa comitiva de los hombres cuya moralidad les permite creerse dueños de decidir la hora y el modo de finiquitar a sus semejantes. También deber ser difícil. Saberse dueño de tal poder deber ser pesado como una losa. ¿Qué hace mejor una hora a otra? ¿A las 2 a las 5? ¿Antes de la hora del mercado o después del servicio? ¿Cómo deciden? Saben que lo que sesgan es la vida, como si fueran manzanas y aún así no parecen muy mortificados. Sus caras son severas, indolentes. Atrás de ellos vendrá la banda tocando algo. Espero que sea algo alegre, no una despedida. Con ellos los familiares vestidos de negro, las esposas llorosas y los niños confundidos, los padres como arrastrados, incrédulos. Y atrás la muchedumbre, la horrible muchedumbre rumorosa, despierta, expectante. Se hará su putrefacta voluntad, pensarán que está bien, que lo merecían, que el castigo es inevitable a las malas acciones, que así funciona el mundo. Las ejecuciones fueron pensadas para hacerles creer eso, para hacerlos sentir invulnerables porque en ese momento no son ellos los que andan mirando lo último que verán, tratando de definir en dónde quieren posar su última mirada. Ellos son libres, intocables. La calle estará enlodada, ha llovido esta semana, y sus pasos retumbarán, se pelearán por ganar los mejores lugares. Gritarán ¡malditos! y ¡desgraciados! y ¡merecido lo tenían! y mirarán con animosidad a los que ya no son personas subir lentamente. Los desafiarán con su invulnerabilidad, con sus cuerpos que extenderán su caminar sobre la tierra por lo menos un día más. Los patibularios dirán: el sufrimiento terminará en unos instantes. Se hará el silencio pesado que antecede al filo cortante de la hoja, el verdugo acoplará fuerzas y la inercia de la caída desprenderá la cabeza del tronco. Algunas mujeres dirán que es horrible y algún pariente se desvanecerá creando un pequeño disturbio. Se escuchará el llanto de un niño. Después será igual, el primero es el más difícil. Terminado, se irán todos a sus casas comentando los pormenores, cómo salió la sangre, a quién salpicó, qué viuda lloró, qué dijo cada uno. No sentirán sino la cosumación de un hecho anunciado, la conclusión de algo que debía ser así. Se sentirán satisfechos de haber hecho las cosas bien y en el poste y la pared, la lista quedará pegada hasta que la lluvia lo despelleje o peguen un otro anuncio festejando un nuevo festival de horror. Yo olvidaré como siempre los nombres y Circe me dirá que ha encontrado un lugar donde hay bastante moho para hacer la cama. Pero eso dentro de una semana, cuando mi papá vuelva a presidir un juicio.
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