jueves, 30 de septiembre de 2010

Nostalgia de fuego

Era una broma, una pesada: convocar al dulce y necio fantasma de la nostalgia. Fue demoledor. Su omnipresencia me tragaba. Empecé a contarme historias y entonces se hizo inevitable buscar. Buscar poseído, sin descanso. En los árboles, los botes de basura, el cielo de nubes infinitas, en la remebranza posible en las caras, las expresiones. La nostalgia tiene un olor pecualiar, penetrante; es el ser más fantasmagórico del mundo, se alimenta de algo que no existe, lo único que nos queda, y aun así nos desholla. Existe por sí y para sí. La convocó sin conjuros, sin palabras, la atrajo adrede, a sabiendas de que me mataría o por lo menos me dejaría triste como piedra o que me convertiría en recuerdo. Saludó cortés. La barrunté desde lejos, sin haberla visto y de todos modos era invisible, inmisericorde. Era perfume olor a palomitas con mantequilla. Su papá es químico y ese es el único modo en que puedes conseguirlo. No lo venden. Lo hizo por crueldad, por probar que el pasado prevalece sobre sus inexistentes hermanos, señores de nombres presente (muere cuando lo nombras) y futuro (falsa promesa). Me dio por explicar, por buscar las pruebas de lo que llevaron al incendio. Me convertí, inevitablemente, en un coleccionador de laberintos, de recuerdos precisos, de teorías nebulosas. Cuando tratamos de olvidar nos consumimos en el intento, nos fagocita lo innombrable, lo que no va a regresar, lo que no podremos saber. Volví al lugar en busca de manchas, de cenizas, de indicios probables, para hallarme con un nuevo y resplandeciente edificio anulador de ese día. Su brillo era una negación, una manera de sepultar. Una tumba horrorosa, gigante, imponente. Pero yo sólo pude ver, en la noche, una fachada, un intento de borrar lo imborrable: mi memoria vívida de las llamas bailando su cadencioso ritmo, devorando sin piedad , lamiendo las paredes, precipitando el techo. El fuego come y se hace pesado como lápida y por eso se derrumban las casas incendiadas, caen bajo el peso de las lenguas siseantes, de los dedos entrometidos que alcanzan hasta el mínimo resquicio. Es una danza macabra, una danza de luz que sume lo que toca en la negrura, un festivo augurio de un futuro carbonizado. Ahí estaba la prueba: intentamos olvidarnos cuando sabemos que nos alcanzará y se cobrará el intento. Volví a sentir, mi corazón vibrante despertó y fue cruel, minucioso, exacto. El fulgor reflejado en sus ojos volvió. Y la odié con todo mi llanto empolvado. Cuando me saludó el olor me latigueó con fuerza la nariz, una pequeña inundación subía desde mi estómago sin reparar en la circunstancia. Vomité un líquido amargo en un prado. El olor de las palomitas sólo es apenas un acicate controlable, pero sobre la piel humana adquiere una cualidad completamente distinta, tibia. Robó el último de mis reductos: la calle. Me hizo vulnerable. Quiero que acabe la provocación, el rastro que se insinúa atrás de todo lo que veo, la irreparable nostalgia de mirar una y otra vez la misma película, de escuchar los gritos, la irreprimible imaginación de sus cuerpos achicharrándose, su carne y sus huesos carbonizándose como todo lo demás, de sus vidas tragadas por el fuego maldito, reducidas a la uniformidad de las cenizas y el humo y el polvo triste que cubre todo cuando pasa suficiente tiempo. No nos queda más que la imagen perdida y el vacío inexplicable, el alarido entrecortado con que decimos: buenos días, qué tal, no lo sé, mañana paso, cuánto cuesta, nada más dos, mucho gusto, ¿me pasa la sal, por favor? Y la densa nostalgia de lo irremediable.

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