Es que les dije un día que los Esmeishin Pomkins eran como cuando después de un buen rato te exasperas de no escuchar más que estática en los aparatos radiales que invaden la ciudad y que los carros muy estúpidamente tienen al ladito del tablero, que dicho sea de paso, no es sino un horrible artefacto redundante, ¿no? O algo así, no me acuerdo y el cabrón nomás responde: no wey, es que el cáncer es epidémico. Con ganas de patearle los tanates, ¡¿qué chingados tienen qué ver los Esmeishin con el cánceeeeer?! Y luego la puntada de "estoy harto de los muertos". Pienso que tal vez, sólo tal vez, se refería a los muertos estilo Malaparte, si no su comentario hubiera sido bien estúpido. Total que nos fuimos dejando ir en la empinadota y pensé: la merga, cuando queramos regresar... pero no me permito ya ese tipo de pesimismos y le pedí que descansáramos y que sacara las latas de elotitos y los atunes porque no aguantaba ya las patas, hinchadas de tanto andar. Unas ventilas de primaria nos hubieran hecho un buen paro. Te trepas y como patineta, aunque la patineta no se desliza, se desplaza porque tiene rueditas y las ventilas no, quedan bien lisas después. Se puso triste, con lo que me caga ver a la gente triste con sus aires melancólicos y cortadores de venas. Traté de hacerle plática y él necio sobre el mismo tema: que las huidas homéricas. Prefiero yo las virgilianas, tienen más estilo, ¿no? Aunque los viajes sí hay que reconocérselos al buen Homero. Y las bestias a Virgilio, cómo no. Decía que él estaba huyendo de lo inevitable y que no estaba bien prolongar más de lo necesario el fin, que en cuanto regresara la iba a terminar, que ya no soportaba coger con ella porque se deprimía y no lo entiendo todavía porque la nena está que se cae de buena. No pude hacerlo que hablara de otra cosa y eso que mi espectro de conversación es bien amplio, como el de los antibióticos. Cómo no llevamos unas bocinitas o una grabacha, aunque fuéramos retacados con los eslípines y la casa. Ya se estaba haciendo de noche, oséase como que nos estaba cayendo encima la negrura. Dimos cuenta de las latas y el muy cabrón sacó su espíritu ecológico e insistió en que nos las lleváramos, que el daño a los ecosistemas era irreparable y no sé que otras mamadelas. No puedo esperar a que ser ecoloco sea démodée, me castra su limpísima conciencia, sus ganas de salvar al planeta poniendo la basura en su lugar y consumiendo como campeones. Lo cagado fue que cuando ya casi llegábamos se suelta a recitarle al bosque: "Shall I compare thee to a Summer's day..." y riájatelas, que me cago de risa y me voltea a ver enojado y despreciativo: Chéikspier es inmortal, su obra vivirá aun cuando se acabe la humanidad. ¿Y la del Manquito, eh? ¿sobrevivirá a la próxima catástrofe nuclear? Deberíamos, por si acaso, tatuar todo el Quijote en un chingo de cucarachas o insertárselo en el código genético o algo así, digo, para asegurarnos de que algo quede. ¿No habrán pensado eso mismo civilizaciones anteriores? ¿no estará el mundo lleno de signos cifrados dejados por desaparecidas culturas? No digo los normales signos de piedra y papel y así, que eso se desgasta o se pierde o se quema o nomás se destruye por riñas imbéciles, como el Faro de Alejandría con todo e Hipatia, sino signos bien escondidos en cosas ridículas como el ADN de los ornitorrincos o en las capas superpuestas de células muertas de nuestras uñas. Digo, que todo fuera un inmenso libro que no hemos descifrado. Pero bueno, pusimos la casa de campaña entre unos árboles, cerquita del río y los enjambres de mosquitos se embarraban contra la lona y cuando amaneció estaba toda llena de puntitos negros. Nada de broucs bacs mountns. Creo que el muy joto no le ha dicho nada a la pobrecita niña. Asi pasa, que uno dice y el destino dispone, ¿o cómo era?
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