sábado, 25 de septiembre de 2010

"El tiempo es un microbus que solo pasa una vez por esta breve y absurda comedia".

Para empezar no quiero que piensen que quiero aburrirlos y aventarles la fastidiosa plática de qué deben hacer y qué es mejor para ustedes. Lo hago por encargo, Australia ha insistido tanto que no puedo negarme ahora, aparte de que a ella nunca le niego lo que me pide. Lo segundo es que NO se van a burlar de su nombre ni a hacer chistes ni a pensar que es una película o un continente. Le encabrona mucho si uno hace eso y no quieren verla encabronada, ¿no? Según el director de la revista donde apareció este pequeño relato autobiográfico lo que más le faltaba es rigor académico, pero Australia dijo que si intentaba cambiarlo me dejaba de hablar y no queremos eso, ¿no? Sobre todo algo del lenguaje, dijo el director, que los muchachos tienen que irse acostumbrando a un lenguaje selecto. De todos modos no podría cambiarlo, no sé otro modo de decir las cosas. Pero bueno, se supone que les cuente lo que me pasó hace ya tres semanas.
Escogí la botarga de vaquero porque pensé que era la más fácil. Ya sé que pude haber escogido la de policía y tener un par de buenas pistolas o la de doctor y ayudar a un montón de gente, pero no me sentía muy altruista ni muy violento en ese momento. Así que escogí la de cowboy. La rutina ya se la saben ustedes, pero no está de más repasarla. Hay que ponerse a la salida de la casa de juegos y sonreír y saludar a todos los niños y acaso tomarse instanáneas cuando los padres traen un obturador. Entonces es que vino el primer problema. Que yo sonreía todo el tiempo y al segundo día en la tarde ya me dolía la quijada y no pude sonreír más. Intenté entonces sonreír sólo cuando había alguien a la vista y funcionó bastante bien hasta que un niño le preguntó a su papá en un momento que descansaba la boca: ¿por qué este vaquero nunca deja de sonreír? Fue difícil asimilarlo. Cuando dejé la botarga en el sillón esa noche, antes de ir a la expendedora a cambiar mis boletos, me di cuenta de algo que me dio una sensación de ridículo inmensa: la botarga estaba sonriendo siempre. Había estado sonriendo inútilmente durante tres días completos. Me desilusioné, por supuesto. El segundo problema fue el calor. Adentro de la botarga hace un calor endemoniado y suda uno mucho. Además no te puedes rascar la nariz ni hablar. Si hablas tu voz retumba y aturde y da esta sensación molesta de soledad. Es en serio. Así que hablé con el director del centro y me dijo que ni hablar, no podía hacer nada por mí, tenía que usar la botarga como era, que así eran todas y que nadie se quejaba, que era mi primer oficio productivo y que ya me acostumbraría. Ya saben que las botargas tienen un visor integrado, espacial y calórico, y que no tiene un solo orificio. Cuando no puedes hablar con nadie muchas horas te pones a pensar en demasiadas cosas y el tiempo avanza muy lento. Australia ha estado en varios oficios productivos (el de marciano me mataba de risa) así que le pregunté qué hacer para remediar la soledad y el calor y esas cosas. Estábamos jugando ajedrez y me dijo que me diría sólo si la dejaba ganar. Eso que ella llama predicamento es la cosa más molesta que se puedan imaginar. Verán, soy adicto al jaque mate, simplemente eso. He jugado ajedrez desde los 8 años y no he perdido más que cuatro veces. No sé cómo explicarlo, pero no puedo aceptar no decir: ¡jaque mate!, es como si tuvieran encima una máquina demoledora y al grito de jaque mate desapareciera liberándome del peso enorme, ¿entienden? Odio cuando los jugadores fuerzan el empate. Son los peores jugadores del mundo, ponen una cara de satisfacción irritante y además se dan el lujo de decir: ni modo, ya será la próxima. Lo malo es que sucede de cuando en cuando porque no puedo negarme a un duelo, nunca lo he hecho y no lo haré. Así que vienen estos señores con sus folletines de jugadas y esas trampas detestables y me retan y acepto y fuerzan el empate. De todo modos, espero hasta que sean ellos quienes tiran al rey y me digo en voz baja: ¡jaque mate!, y respiro aliviado. Australia me recomienda que no juegue más con ellos, dice que lo hacen sólo por molestar, pero no soy ningún cobarde. Así que estaba en ese predicamento. Al final decidí que no y la ataqué sin piedad hasta que se asustó. De todos modos me lo dijo: que no había que quitarse la botarga para nada, que así te acostumbras más rápido. A la mañana siguiente me puse la botarga sabiendo que no me la quitaría en la noche. Tardé en acostumbrarme, cerca de dos semanas. Jugaba, comía, dormía, me bañaba con la botarga. Es increíble todo lo que se puede hacer adentro de ella. Le integré un codificador de voz y sonaba muy chistoso, pero bastó. Entonces, cuando ya estaba tan acostumbrado a ella, vino mi locura. Una tarde, cuando la noche se insinuaba, escuché una voz adentro de la botarga. Por supuesto que era imposible. Aunque no era mi voz, me daba la sensación de que la había escuchado antes. Era un susurro grave que variaba de tono, de repente sonaba muy triste y otras contenta, pero a veces sonaba como si tuviera mucho miedo. Me espantó. Le pregunté a Australia y dijo: vaya, qué le vamos a hacer, y nada más, cambió de tema y me dijo que ya pasaría. Pero no pasó. Ahora la escuchaba más veces y reconocía las palabras: eran órdenes y preguntas. Me preguntaba si ya había comido, por qué los niños no corrían, por qué no me quitaba la botarga. Me ordenaba bañarme, dormir, caminar. Me estrellé un día contra la taquilla y vino el director y me hizo muchas preguntas, que si estaba bien, que si se había descompuesto el visor espacial, que si me había lastimado, que si escuchaba una voz. Le dije que sí. Me dijo que me tomara un descanso, que me darían una semana. Me sorprendió mucho, pero después pensé que era la buena suerte que había tenido siempre. Cuando estaba solo en la casa esperando a Australia fue que empezó la verdadera locura. La voz ahora era bastante fuerte y pude reconocerla sin dudarlo: era la mía. Estaba hablando solo y no me daba cuenta. Entonces fue que tuve la idea más loca del mundo y la Mentira se instauró en mi cabeza, como dice la botarga doctor. Pensé que todos éramos botargas. En serio, eso pensé. Me dije: ¿y si todos somos una botarga?, ¿qué tal que nuestra piel es la capa de una? Pensé que hablamos solos todo el tiempo, que no podemos decirle nada a nadie y que hacemos lo mismo todos los días y que nunca vemos al que está adentro de la botarga, no sabemos si sonríe, si está triste o si se siente solo. Ni siquiera sabemos su nombre. Australia vino y le pregunté: Australia, ¿eres una botarga? Me miró muy triste y me dijo: no, Aurelio, no somos ninguna botarga. Ya puedes quitártela. Pero seguí pensando eso y no se me quitaba de la cabeza. Quitarme la botarga fue como decir: ¡jaque mate!, y aun así me sentía pesado y miraba a las botargas en la calle con la misma expresión siempre, los mismos ademanes, sin hablar, solos, adentro de una pesada piel que les carcomía los días y las noches. Me pregunté si hablaban en voz baja. Vinieron por mí y me explicaron todo, que era un pequeño problema, que tenía arreglo y que me iban a cuidar mientras me curaban, pero todavía no me curo, me sigo sintiendo pesado, como si trajera una máquina demoledora siempre, no importa cuántas veces grite: ¡jaque mate!, y también me siento encerrado y que nadie me escucha, que sólo puedo hablarme a mí mismo y que nadie sabe quién soy. Australia viene diario a jugar ajedrez y parece estar triste más cada vez y le pregunté de nuevo si era una botarga y dijo: si, Aurelio, soy una botarga, una delgadísima botarga.

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