Que no, que tengo cosas que hacer, le dije olvidándome por un momento que mi imaginación te pertenece por ahora. Fue un gesto tonto e ingenuo que espero sepas perdonar. A veces me gusta pensar que puedo alejarte de lo que pasa en mi cabecita ordenándole que lo haga. Pero son cosas bien distintas. No puedo decir que ajenas, pero en lo que a ti concierne no tengo ya ningún imperio sobre lo que me pasa adentro. Vine a extrañarte para darme cuenta de eso. Y no sólo es una cuestión de distancia física, sino un distanciamiento que me jodió un día por asuntos existenciales. Es harto simple: estaba pensando que todo era una falsedad y que me engañaba al pensar que sentía algo por ti (después de todo en el engaño reside la verdad si se sitúa uno en el lado contrario). Le di vueltas y me puse serio, adquirí ese aire mío tan falso que es similar al de El Pensador de Rodin, pero en versión móvil y anduve así un rato, mientras me decidía a responder o no a la eterna pregunta que ahora mismo te escondo.
Te llevo adentro como si fuera yo la caja de la señora curiosa esa y tú fueras la Elpis brillante en el fondo. No quiero abusar de la mitología griega y por eso prefiero usar una alegoría ya conocida. Te sufro como el resquemor de las velas en mis dedos. Pensar que puedo sentir algo por ti sin sufrir equivaldría a ser más hipócrita. Lo que no entiendo es el tono de esto. Te llevo adentro del universo que es mi mano, marcada en las líneas y las ocurrencias de la tarde que se digna a llover un poco. Llegas a mi nariz por medio de un olor compartido y mi estómago salta. Te beso con mi boca húmeda (o intento que te beso) y resguardo del sol esto que estoy seguro explotaría en la soledad de un cuarto que ya dibujo en mis proyectos. Agradezco la ausencia que me hace extrañarte y detestarte a ratos porque tuviste a bien no materializarte en medio de la calle para salvarme del fastidio de no verte. Pero me quedo para ver si entre todas las partículas que nos forman algunas toman la forma caprichosa de tus manos y tus piernas y tu cara y tus ojos. No sé qué esperar. Tal vez te convertirías por acción del desarreglo en un dinosaurio que me perseguiría sin que yo pudiera entender que se trata de ti, la misma que mis pies corretean. O tal vez la naturaleza, la Gran Bromista, te convirtiera en una mancha de pintura que anuncia que el próximo sábado habrá un gran baile. ¿Te imaginas si no pudiera reconocerte en forma de una tacita de té con suficiente azúcar? O podría pasar también que te transformaras en el aire bochornoso de este pueblo. Te respiraría hasta la hiperventilación. Diría que me intoxiqué contigo adentro para salvar las apariencias que me acusarían de idiota. Pero ambos sabríamos que no. Es mejor, me lo dice la lógica, que me suba al camión de las siete y que llegue en la madrugada a verte, a tocarte la ventana y que se pudra tu casero. ¿O preferirías que te esperara en el jardín Guerrero para ver si de casualidad pasas? Me pondría a leer. O podríamos, ya encarrerados, embarcarnos en una relación como las de antes, epistolar. Te escribiría unas cartas que harían sonrojar a Laclos. De pura vergüenza, aunque no sería claro por qué. Díaz Mirón y Altamirano, desde sus santos sepulcros, me dictarían algunas. Te mandaría mechones de cabello y una foto estilo daguerrotipo dedicada. Te imaginaría estrechándola contra tu pecho y luego poniéndola en tu regazo mientras descuidadamente arreglas tu vestido con crinolina. Para no variar, propongo esto:
-Se conoce bien que no es de aquí.
-Sí, se le ve enseguidita ques fuereño.
-Se me hace que viene de la capital.
-Sí, se me hace que sí.
-De dónde vendrá, tú.
-Pues dijiste que de la capital.
-Ah, es verdad.
Lo titularía: La Prostitución del Diálogo. Pero los círculos no geométricos podrían ser por otra cosa, como decir que:
-Dicen que vino a ver nóséqué asuntos.
-Óigame, usted dispense la confianza, pero ¿a qué vino?
-Yo, señora mía, vine a comprar pan de queso.
-Aahhh, mire.
-El pan de aquí es famoso en toda la región y me vine a dar una vuelta.
-Ya andaban diciendo que venía usté por nóséqué asuntos truculentos.
Ante la palabra truculento darías un respingo. El hombre saldría de la panadería con una bolsa de 50 pesos de pan.
-Muy educado no es, mira cómo ya se va comiendo el pan caminando.
-Sí, se conoce que no es muy educado. A lo menos se hubiera esperado a llegar a la Central.
-Trairía mucha'mbre el pobre.
Al subir al camión, lo interceptaría un bigotudo de recios modales.
-Adónde vamos, señor.
-A Jalpan, voy de regreso.
-Y qué lleva en la bolsa.
-Pan de queso, lo acabo de comprar en la panadería de allá.
-Ah, está bueno. Vámonos con cuidado, nomás.
-Sí.
Estrujaría la bolsa de pan. Antes de llegar ya se habría acabado casi todo, comiéndolo con desgana, como por hacer algo. A la vista del pueblo recordaría que le iba a guardar pan a N (no me atrevo a poner tu nombre) y dejaría de comer. Sobrarían dos panes medianos.
Ya no se me ocurre más. A lo mejor la muchacha ni estaría y se zamparía el pan por despecho. Pienso que podría incluirse en el relato-escena de Susana, la del aeroplano, pero no estoy tan seguro. Susana era menor y no cuadrarían las épocas. Aunque no sé, el humor de mi autor inventado es similar. Dejémosle en que me voy a comer y…
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