viernes, 29 de octubre de 2010

Cuento número 4

-¿Tienes hambre?
-No. Me dio mucha hambre.
No sé qué hacíamos en la cocina, en mi casa, tan temprano.
-Pues hay champiñones, si quieres los hago.
-Mmmm, ¿los sabes hacer?
-Sip- me levanté y los busqué. Saqué la tabla y el cuchillo.
-¡¿No los lavas?!- preguntó alarmada.
-Mmmm, no, éstos se hierven, no es necesario.
-¡Qué bárbaro!- y yo pensé que lo bárbaro era su estúpida manía por la limpieza.
-Es extraña la vida en las mañanas, pasa muy lento...
-No pasa lento y es normal la mañana, tú porque te despiertas siempre después de mediodía por vago y botarate... - ¿qué será botarate? Me pregunté.
-Nel nel, es más lenta la vida- y es una silla con las patas rotas o una niña repantingándose en ese sillón o una ramera dadivosa, ve tú a saber. No dejé que lavara los champiñones y mientas los corto (me fascina cortarlos, se siente rico, como cortar plastilina y huele rico, a tierra mojada) escucho “Encantamiento inútil” y me viajo y pienso y filosofo como sofista creyendo tener la verdad del mundo, la neta profunda blablabla y entre todo me detengo a pensar en la gente que vive en horarios con roperos acomodados y feng shui, como tu mamá, y siento algo cercano al asco.

Tú pelas una toronja y te mueves, abres cajones, husmeas entre las cacerolas, me preguntas y me hablas de nosequé, no entiendo ni madres, vivo para lo extraordinario que resulta el que estés aquí. Andas desatada y me da risa, pienso que nunca habías estado tanto tiempo en una cocina, hay trastos que no sabes ni para qué sirven y hay que decirte aunque hagas ahh, sí, ¿y qué es capear? Te respondo y te digo qué comidas se hacen. Casi saltas, prendes y apagas la luz, pelas despacio la toronja y cada cáscara la acomodas en una esquina de la mesa, mides la cocina dando pasos pero qué chiquita es. Yo nomás sonrío. Es cagado porque las veces que vienes a mi casa bajas la cabeza, saludas muy sonriente pero corres a mi cuarto o a Ningún Lugar tratando de evitar toparte con mis papás o mis hermanas. Pero ahora eres otra, mariposa en nuevo campo que no sabe dónde posarse. Te pegas en la barbilla con el dedo índice y haces mmmm inquisitivamente.
-No no no no, así no se hacen.
-¿Qué?
-Los champiñones, así no se hacen, se les echa... mmmm... desto- agarraste el primer frasco, que resultó ser la pimienta negra. Jugaré, pues.
-¿Sí? No lo sabía... ¿a qué hora se la echo? ¿molida cuando se sazonan o entera ahorita que hiervan?- me dan ganas de reir.
-Mmmmm- y pones esa cara de que sabes- ahorita que hierva, échale cinco bolitas.
Casi reviento, pero sé que si me río se acabará la diversión.
Empiezas a pasarme frascos y con algunas preguntas: ¿éste cómo se llama? No me acuerdo... y yo re respondo: clavo, orégano, mejorana blablabla. Me dices cuánto echarle, hasta tratas de adivinar si ya están cocidos, levantas la tapa y hueles. No alcanzo a decirte que el vapor quema. Te quemas y sueltas la tapa que hace mucho ruido al caer. A cualquiera le pasa, te digo y dices sí sí, soplándote. Ya rio un poquito.
-Sí, ya están- y quito la cacerola- ¿Los escurres, por favor? Mientras yo preparo lo demás- me miras asustada, pero estás empeñada hoy.
-Sí, claro, ¿qué tienes para escurrir?-
Finjo cara seria:
-Ahí está el colador azul, agarra ese. No, no, en el fregadero. Dejas poquita agua. Ahí colgadas están las agarraderas.
-Sí, sí, ya sé- dices indignada. Qué risa.
Te escucho vaciar con cuidado, y con una cuchara, los champiñones en el colador. Te quemas un par de veces con el agua. Aaooo sssss. Te ves la mar de linda, concentrada, moviéndote despacio, hasta te pusiste un delantal sucio (imagino que llegarás a bañarte como 10 veces por sólo haberlo tocado). Empiezas a tararear y a mí casi se me quema la mantequilla. Volteas y me ves como quien ve a alguien que no sabe nada y hay que enseñarle lo más elemental.
-Asshhh, no le eches tanta y bájale al fuego- jajajaja, le dices fuego a la lumbre- Ya échale lo otro.
-¿Qué otro?
-Pues lo otro... asshhh, eso que tienes en la tablita.
-Ahhp, sí- le echo la cebolla y el ajo. Me gusta el sonido que hace la cebolla cuando se fríe. Acabo de acordarme que no te gusta. Ni modo.
-Ésto ya está, pásame los champiñones.
-Ya voy, ya voy, rey de las setas- jajajajaja- no me apures.
Me los pasas extrañamente acomodados, como en filas. Te dejo que los eches en el sartén. Lo haces con cuidado, con la mano, como echando peces en una pecera.
-Yap, listo- te dejas caer en la silla, suspiras, agotada, pienso y me hace gracia. Vuelves a tu toronja, le quitas la piel despacito, te salen los gajos perfectos y los pones en un platito, acomodados. Eres un Gran Festejo. Muevo los champiñones y te alcanza para decirme que le ponga esto y aquello y no lo aguanto más, se me sale la carcajada. ¡Apio a los champiñones! Jajajajaja. Ríes conmigo, sin entender, pero ríes. Sirvo los champiñones  y los comes moviendo la cabeza, tarareando “me escurriré como agua de entre la retículaaa”. No saben taaan mal, pero... son mis champiñones, ésto ya es terribilísimo, irreversible.

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