Yo decía: tengo que vivir de prisa porque me voy a morir pronto, pero he tenido la puta mala suerte de ver en su caja a casi todos mis amigos. Dijo, como quien no quiere la cosa: ya me bajó. Las sábanas eran blancas con grandes flores verdes. Tenían una gran mancha de sangre. Me puse a hallarle figuras a el líquido oscuro que ya empezaba a coagularse. Había un extraño olor dulce a anís y ella parecía muy cansada. Sacudí la cabeza y le dije: no, no te bajó, te estás desangrando. Aahh, contestó casi imperceptiblemente, desfallecida. Luego suspiró y estoy seguro de que quería decir algo, pero no dijo nada. Se veía tan hermosa en ese fondo verde y rojo. Parecía una muñeca de porcelana, delicada, deshacible al menor contacto, perdida en ese mar de color. Estaba pálida y la escasa luz que entraba en el cuarto parecía detenerse en su cara, recortarla contra la semipenumbra del cuarto. Entrecerró los ojos y haciendo un esfuerzo se inclinó hacia adelante y preguntó: ¿eres tú? Le dije que sí. Quería desesperadamente ser el que ella pensaba. Qué bueno, dijo aliviada. Me enamoré como se enamoraban antes, con sólo verla. Creí que esas pendejadas sólo pasaban en los libros. Tenía que sacarla de ahí, llevármela lejos, a donde el abandono y el dolor no se personificaran en su cuerpo de horrorosa fragilidad. Se me ocurrió que podíamos fugarnos, llegar a un país lejano donde nadie nos persiguiera, donde pudiéramos olvidarnos que estábamos solos, esperando a alguien más, alguien que no estaba y que no estaría. Otra vez las mamadas que pasan en los libros. Y tenía un chingo de miedo, sólo de recordar “que el diablo me lleve” me hacía latir el corazón con fogonazos de adrenalina. Ojalá el hijo de su puta madre se pudriera lento, así no tendría más deudas que pagar, me libraría de muertes ajenas. Estaba recargada contra la cabecera y había mucho silencio. Quería decirle algo, mentiras, que todo iba a estar bien, que no se preocupara. Si no nos vamos te vas a morir, le dije por fin. Y qué, dijo, a lo mejor me quiero morir. Me enfadó. Yo no quiero que te mueras. Amárrate una sábana entre las piernas. Dibujó apenas una sonrisa y dijo: no sabes si sangro de ahí. Estoy seguro que sí, ¿puedes levantarte? Pensé que nada importaba más que no se me muriera, que su vida valía mil veces más que la mía. Te voy a cargar entonces. Se inclinó penosamente hacia adelante. No no no, ¿no dijiste que no podías salir? Y como si le hubiera costado mucho decir eso, se desplomó en la cama y se hundió. Le amarré la sábana. El contacto con su cuerpo me hizo temblar. Estaba fría y el hilillo de sangre que seguía escurriendo entibiaba sus piernas. Pensé que se iba a quebrar. La cargué. Pesaba apenas más que dos garrafones de agua. Abrí la puerta y eché a correr cerrando los ojos por instinto.Antes de que saliéramos me di cuenta de que sólo mis pasos resonaban contra las paredes descarapeladas del roñoso hotel. Sólo escuchaba mi respiración batiendo en mis pulmones. El puro alivio me hizo sentir triste. Imaginaba que Beto estaba afuera y que tendría que patearlo o derribarlo o matarlo para poder sacarla. Podía verme en el fragor de lo inmediato arrollando su cuerpo obeso, abriéndole una herida por donde la vida se le iría. Imaginaba el ardor heróico y la profunda impresión que le quedaría. Ahora me sentía idiota. Pero al menos podríamos llegar antes. Eché a correr otra vez y su nuca contra mi brazo hacía que que su cabeza estuviera suspendida y su cabello flotara como una medusa negra. Me asediaba la idea de fugarme con ella a cualquier lado, de protegerla de la maldad necesaria del mundo. Su cuerpo languidecía y me detuve sofocado en la salida. Su cara me dio la sensación de paz, de sueño, de dulce inconsciencia. Estoy seguro de que quería decir algo, pero sólo balbucía. Ya en la calle traté de adivinar qué quería decirme. Inventé miles de conversaciones posibles. Mirarla era como ver a una persona a través de un catalejo de papel: los colores alrededor son difusos, pero la imagen es muy profunda y nítida, parece estar levitando. No podía dejar de verla mientras caminaba. ¿Tienes seguro? Le pregunté y me sonó estúpido, mi voz se perdió en la calle. Empecé a sentirme cansado, su cuerpo me pesaba cada vez más. Había una clínica cerca y cuando entramos no sabía qué putas hacer. Respiré hondo y entré a la sala de espera olor a cloroformo. Señorita, se está desangrando por entre las piernas- le dije a la enfermera, que me devolvió una mirada inexpresiva, casi molesta. Levantó el teléfono y dijo noséqué y a mí: ahorita viene el doctor. Me quedé parado en medio, como estúpido, cargándola, sintiendo mi cabeza cada vez más pesada, más negra. Salió de la puerta un señor de bata blanca y expresión de fastidio y cansancio. La vio, me preguntó qué le pasó y gritó algo que no entendí. Llegaron otro señor y una señora de blanco y me di cuenta de que querían llevársela. La sujetaron por debajo de mis brazos y tiraron. Sentí que debía defenderla, que si la dejaba ir nunca la volvería a ver. Me la arrebataron. Me dieron ganas de llorar y la luz del foco blanco empezó a girar. Me desperté asustado y pregunté: ¿a dónde se la llevaron? A quién, a quién, me preguntó sobresaltado Santo. Y no tenía la más puta idea. Vomité sobre las sábanas verdes. Un hilito caliente.
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