viernes, 15 de octubre de 2010

"The good times are killing me"

El mundo dejó de crecer hace ya rato. Ahora se nos vacía. Nos queda dinamitarlo para despedirnos con algaraza, lanzar montones y montones de bombas como si fueran cuetes. El resultado de las dos guerras mundiales y los posteriores conflictos armados tuvo como resultado la eliminación de dios. Perder a Dios, preguntarnos en dónde está, decir que nos ha abandonado es una de las pérdidas más sensibles de nuestro tiempo. La pérdida de Dios no es un cambio místico, ni siquiera religioso en su sentido institucional, es por el contrario un cambio mucho más profundo en la cosmogonía occidental. No se trata de dejar de creer en una entidad eterna e infinita que nos creó y a la que debemos adoración y limosnas y etece, estamos frente a la pérdida de un marco referencial. He dicho anteriormente que en el gran esquema de las cosas nada importa y quiero agregar que hay varios esquemas y marcos referenciales que incluyen un cierto número de situaciones y circunstancias, creencias y razones. Dios como un ente responsable de lo que sucede, bueno y malo, y redentor del oprobio humano era un marco referencial importantísimo, acaso indispensable, y he ahí lo que lamento. Sin un dios particular, nos vimos arrojados al vacío, a la imposibilidad de salvación. Algunos nos arropamos bajo la ciencia, pero la discrepancia mayor entre ciencia y religión (que son casi lo mismo) es que la ciencia poco se ocupa de los procesos internos inexplicables de modo empírico y la religión lo hace, lo que representa un alivio enorme para el ser humano. Dios era responsable de lo que pasaba, todo sucedía de acuerdo a un plan por él establecido, todo tenía un propósito, aunque este no fuera claro. El hombre podía entregarse a este despótico ser y era liberado de la carga de su importancia. En el gran esquema de dios, las acciones humanas eran irrelevantes y la muerte nos mostraría eso. Se lucharon guerras en su nombre, se asesinó y se cometieron atrocidades impensables, pero el hombre podía limpiar su consciencia y justificarse bajo la religión. El hombre era leve porque no era, en última instancia, responsable de lo que hacía porque: "que sea lo que Dios quiera" o "nada sucede sin que dios no quiera" o "señor, estamos en tus manos". Dios ofrecía su protección y aún más, su aprobación. Producto de estas firmes creencias, el hombre tenía un marco moral en el que podía actuar con la libertad que le daba el conocer los límites fuera de los cuales dios castigaba o retiraba su aprobación. Entonces vino el siglo XX (anque el proceso fue largo, el siglo XX representa la cúspide). Lo que hicieron las guerras fue sembrar la duda: ¿cómo es que Dios permite estas atrocidades?, y este cuestionamiento llevó a uno mucho más pesado: ¿dios en verdad existe? Y el gran esquema se resquebrajó despacio primero y luego hizo un sonoro crac en los 60s. El mundo se vio liberado de la opresión de un dios que dictaba qué había de hacerse y cómo y se emborrachó. Fueron tiempos hermosos, estoy seguro, pero vino luego la cruda moral: si dios no existe, si no hay quien sea responsable, si no hay quien apruebe o desapruebe lo que hace el hombre, éste por consecuencia es enteramente responsable de todas sus acciones, de todas sus bajezas y de toda su grandeza (una idea muy griega, por cierto). Cuando se perdió ese marco referencial más grande, el hombre se hizo culpable, se hizo pesado. No había a quien culpar, no había cómo justificar todas las atrocidades, la inmunda porquería que siempre ha sido parte del ser humano. El hombre y nadie más que el hombre era responsable. El hombre por sí solo era la causa del horror, de la destrucción, no fue el destino, no fue el plan de dios, eran las acciones de un animal bestial que se reconocía por primera vez frente al espejo de sus países y ciudades derruidas, de sus pilas putrefactas de cadáveres. El orden moral, sacado dios de la jugada, se relativizó hasta tal punto que en la actualidad todo puede justificarse bajo el lema de libertad y diferencia. Todos somos diferentes, todos tenemos derecho a hacer lo que nos parezca mejor. El desgarriate total, pues. Actualmente los modelos morales están en derrumbe y yo lo celebro, estas viejas estructuras un día tenían que caer y lo hacen estrepitosamente, lo que me deleita cantidad. Pero soy harto pesimista y dudo que el hombre pueda levantarse y crear un mundo mejor de verdad. Empezando por la idea de libertad. La libertad se divide, según un señor cuyo nombre no recuerdo, en dos: libertad negativa, cuyo prototipo es la anglosajona, que consiste en creer que tengo derecho a hacer lo que me plazca siempre y cuando no chingue al vecino. Hasta aquí bien. La segunda libertad es la positiva: hago lo que quiero siempre y cuando beneficie a la comunidad, lo que al final redunda en un bienestar para mi puesto que yo soy parte de la comunidad. La mayor diferencia entre estas dos es que la primera carece de sentido y de dirección, no lleva a ningún lugar a la comunidad humana porque no considera a la comunidad humana tal, sino un cúmulo de individualidades. La pregunta: ¿qué libertad "ejercemos"? tiene una respuesta obvia. Y hacia allá vamos: hacia lo incierto, hacia un probable precipicio y dudo que aún sabiéndolo quisiéramos renunciar al esquema libre que supuestamente habitamos. La desaparición del orden moral me parece literal. Generalmente, la lógica nos lo indica, cuando hacemos un cambio debe ser porque encontramos algo mejor, porque nos dimos cuenta del error y queremos remediarlo. Pero el hombre occidental perdió su moralidad, no la cambió por otra, simplemente la carbonizó con bombas y ahora vivimos en un limbo permisivo que nos está matando. Esto, para aquellos que requisen de pruebas, se ve en el movimiento pendular que experimentamos ahora: el regreso al fanatismo, a la religiosidad rampante. El hombre no aprendió, lo único que quiere ahora es que alguien le quite la responsabilidad de su mierda, que alguien lo redima, que le diga que tiene un propósito porque la levedad es una carga demasiado pesada para un animal que neciamente quiere sentirse el pináculo de la evolución y que necesita, por misteriosas razones, sentirse trascendente. No estoy en contra de la religiosidad, de hecho soy bastante religioso a mi manera, lo que me parece estúpido es regresar a una religión incuestionable con instituciones opresivas. Si la sociedad quiere aliviarse, resarcir el enorme daño que ha inflingido a la naturaleza y a sí misma, limpiar su consciencia y tomar un rumbo mejor, no puede regresar a las viejas creencias. El hombre debe aprender que su levedad no es tan importante cuando es él el marco referencial. No se trata de volver al oscurantismo religioso sino de emerger como una nueva sociedad consciente de sí misma, más sabia, más responsable, una sociedad que aprende de sus errores y que no los oculta ni los justifica sino que los usa para mejorar. Una sociedad pensante, chingada madre.

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