Acodado en la reluciente barra de madera maldijo por otra cerveza. De la rocola, una canción de The White Stripes salía estridente violando el silencio apocado de los escasos parroquianos del medio día. Una fina pelusilla entraba por la puerta, dorado polvo arenoso de la calle que se filtraba en todo resquicio, columna de filigrana en la entrada. Un súbito estrépito interrumpe en la cantina. ¡Vaqueros! ¡vaqueros, a mí! ¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! Fium pium crish crash bang vasos rotos líquido quescurre madera que se astilla alaridos bang silbando en las orejas uuaaan tú trí for teik thi eleveiror! Piuum sangre que mana de dos cuerpos tirados ¡uuuuug!, el rugido de adrenalina que escala por la cuerda del esófago hasta las vibrantes cuerdas vocales puuuum (¡una escopeta!) y más putas onomatopeyas gringas. Bocarriba piensa: mi vida está como rajada en cuadros de película, como si fueran tiras de comics. De niño fui cácaro de un cine ambulante. Qué calor, a qué horacabarán estos cabrones, a qué habrán venido. El hijo de la puta, sumido en la peor soledad, la de estar acompañado, mi vida está cortada en cuadros estáticos, no hay continuidad. Silencio, la rocola ha enmudecido, se escucha el correr de líquidos como si hubiera un copero fantasma escansiando caballitos en los vasos rotos. ¿Tequila? ¿ron? Bacardí. Cacardí. Siente la espalda húmeda. Se incorpora agarrándose del banco, resbalan las patas de madera y al suelo, mi estimado. Maldice, la puerta de dos hojas se bambolea, una de las hojas se despostigó y cuelga de un gozne. Un águila herida, ¿no? Qué cliché de western. Afuera, a un lado de la cantina “No Estacionarse” el letrero neón de vacancy en letras mayúsculas parpadea, un foco hecho pedazos. Ah, sí, ahora que lo pienso, no le dije a Lalo que había una muertita en el 12. El 13 es de mala suerte, ahora también el 12, qué joda. El pensamiento, mal estructurado como su cabeza, lo visita ya levantado mientras se acomoda en la barra. Está mojada y lame para ver qué es. Whiskito barato. Todo aquí es caro, menos las balas, esas te las regalan, te las cambian por un pedazo de pan o una botella. A esta gente le gusta la violencia, les gusta sentir la carne perforada por hirviente metal. Lalo entra en la cantina emputado, aunque su palidez delata miedo. ¡Qué chingados hiciste ahora!, vocifera desde el quicio, su cuerpo tapando el haz de luz. Yo no hice nada, aparecieron de la tierra y pum pum. Pero sí había hecho algo: mirar. Esta vez estuvo de suerte, un mudo espectáculo colorido e impúdico a través de una cerradura. ¿Habrá sido por la princesita? Si sí, qué buen gusto el de los matoncitos, esa mujer valía la pena mil hombres y el infierno ardiente. ¿Habrá leído a Dante este pobre diablo? Seguro que no, pero me divierte su acento norteño. Se vaenojar por las sábanas. Por lo general eran vulgares putas cogiendo con algo de entusiasmo dispuestas a robar la cartera al menor descuido. Ya las conocía a casi todas. Pero ésta, a plena luz del día. Qué visión. La perrita a horcajadas sobre un cuerpo imaginario, cortinas corridas, cabello corto, la pálida luz un reflejo contra su piel morena, contra su cuerpo menudo. Carita inocente. ¿Pasará de los 18? ¿De los 16? Su dedo yendo y viniendo, un gemido a punto de estallar en sus labios, se tocaba con una voluptuosidad casi obscena. Qué maestría, se revuelca en la cama, se mano es un arma poderosa que hiende su propio cuerpo, un cuerpo como de pan. El gemido por fin se abre paso por la flor abierta de sus labios, un gemido ronco, de animal encerrado. Abre las piernas y arquea la espalda mostrando con amplitud su sexo, una ofrenda para el cansancio, una invitación al infierno. Algo escurre por sus brazos, sus movimientos se vuelven frenéticos, acuciantes. Se voltea y se pone en cuatro, ofrece sus nalgas con un contoneo capaz de desquiciar a cualquiera. Gime despacito, como si saboreara el sonido, como tener en la boca un líquido caliente o el pezón de una mujer. Su espalda se extiende, sus piernas se alargan. El líquido es rojo. Disminuye la velocidad de sus movimientos, los prolonga hasta extremos de locura, como si nadara en un espeso líquido. Su pecho sube y baja, sus senos redondos se agitan, se mueven al ritmo de sus dedos en su sexo, adentro, adentro, hudiéndose en la rosada carne, su abdomen se tensa, la boca abierta, el cuello expuesto en una rápida reatracción de la cabeza. Su cuerpo ahora lánguido se recorta contra las sábanas manchadas. Lanza un largo suspiro, sonríe con una satisfacción difícil de imaginar. Un último estertor la sacude y se estremece, extiende los brazos y descansa inmóvil, envuelta en sueños, en la mugre del cuarto, en el olor a desinfectante, a olvido, a semen y jugos humanos. La sangre gotea y hace plop plop contra el suelo. Se forman dos charquitos de espeso vino a cada lado de la cama. ¡Qué hiciste, chingada madre! Nada, se quitó del ojo de la cerradura con una dolorosa erección y un resabio de asco, un asco extraño, como si no fuera de él. Asco de tanta vida desquiciada, de tanta porquería concentrada en un solo lugar.
Llegaron al motelito y dispararon contra el anuncio de vacancy. Muy buenos no eran, le atinaron sólo a una lámpara larga azul. Entonces empezó la fiesta, patearon puertas, gritaron, encañonaron sirvientitas y putas hasta que llegaron al 12 y un tieso cuerpo los saludo lívido desde la entrada. La cargaron como si fuera un maniquí manchado de sangre coagulada, inerte y frío. Y alguien indicó la cantina entre temblorina y vacilantes expresiones.
-No hice nada, nunca los había visto.
-Entonces quién chingadamadre eran- lo mira escrutador, desconfiado, no franquea la puerta.
-Yo que voya saber, yo sólo miré- responde y en miré insinúa malicia y un gastado guiño a la rápida excitación de voyeur nato que al otro le hace dar un respingo.
-Qué miraste- pregunta entrando, mal disimulada su avidez.
-Vi a la madre de Dios, ni más ni menos. Pero un traguito 'pal calor.
-Agarra lo que quieras, yo pago-
Sonríe como diciendo “si tu invitas”. Agarra una botella y la abre con la boca. Bebe a pico limpio. Lalo se acomoda para escuchar, un signo de urgencia y lascivia en la boca y los ojos. De su boca podrida salen espesas palabras, recortes de piernas y sexo, senos y boca, tasajos de carne turgente, relámpagos de movimientos y gemidos entrecortados. Lalo, sin la menor vergüenza, se masajea la verga enhiesta al tiempo que escucha, cierra los ojos y saborea un culo imaginario ante su cara, olor reconcentrado, casi a vinagre. El final del recuento esta vez es distinto:
-Estuvo muy raro, parecía que otra imagen se desprendía de la verdadera, como cuando la señal de la tele está mal y se superponen planos verdes y amarillos o como si fuera una mancha de aceite de carro en un río, y una mano gigante jalaba esta otra imagen fantasmagórica y la niña se movía, se movía temblando y yo imaginaba que un pito enorme entraba por la flor de sus heridas y ella seguía removiéndose, exhalando y gimiendo. Se quedó tendida como mármol rosa, con su sangre y su sudor.
Toma otra vez directo de la botella y luego lame la barra, una mezcla de tequila con brandy con vodka. Sabe a mierda, pero sigue lamiendo. Lalo no se da cuenta de nada, sigue con la mirada perdida. Un herido se arrastra por el suelo hacia la salida gimoteando de dolor, agarrándose el vientre con una mano.
Llegaron al motelito y dispararon contra el anuncio de vacancy. Muy buenos no eran, le atinaron sólo a una lámpara larga azul. Entonces empezó la fiesta, patearon puertas, gritaron, encañonaron sirvientitas y putas hasta que llegaron al 12 y un tieso cuerpo los saludo lívido desde la entrada. La cargaron como si fuera un maniquí manchado de sangre coagulada, inerte y frío. Y alguien indicó la cantina entre temblorina y vacilantes expresiones.
-No hice nada, nunca los había visto.
-Entonces quién chingadamadre eran- lo mira escrutador, desconfiado, no franquea la puerta.
-Yo que voya saber, yo sólo miré- responde y en miré insinúa malicia y un gastado guiño a la rápida excitación de voyeur nato que al otro le hace dar un respingo.
-Qué miraste- pregunta entrando, mal disimulada su avidez.
-Vi a la madre de Dios, ni más ni menos. Pero un traguito 'pal calor.
-Agarra lo que quieras, yo pago-
Sonríe como diciendo “si tu invitas”. Agarra una botella y la abre con la boca. Bebe a pico limpio. Lalo se acomoda para escuchar, un signo de urgencia y lascivia en la boca y los ojos. De su boca podrida salen espesas palabras, recortes de piernas y sexo, senos y boca, tasajos de carne turgente, relámpagos de movimientos y gemidos entrecortados. Lalo, sin la menor vergüenza, se masajea la verga enhiesta al tiempo que escucha, cierra los ojos y saborea un culo imaginario ante su cara, olor reconcentrado, casi a vinagre. El final del recuento esta vez es distinto:
-Estuvo muy raro, parecía que otra imagen se desprendía de la verdadera, como cuando la señal de la tele está mal y se superponen planos verdes y amarillos o como si fuera una mancha de aceite de carro en un río, y una mano gigante jalaba esta otra imagen fantasmagórica y la niña se movía, se movía temblando y yo imaginaba que un pito enorme entraba por la flor de sus heridas y ella seguía removiéndose, exhalando y gimiendo. Se quedó tendida como mármol rosa, con su sangre y su sudor.
Toma otra vez directo de la botella y luego lame la barra, una mezcla de tequila con brandy con vodka. Sabe a mierda, pero sigue lamiendo. Lalo no se da cuenta de nada, sigue con la mirada perdida. Un herido se arrastra por el suelo hacia la salida gimoteando de dolor, agarrándose el vientre con una mano.
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