domingo, 24 de octubre de 2010

Más contrariedad

-Amor, por favor no te demores, quiero estar contigo. Aquí te esperaré... siempre- dejó mensaje en el celular. Su voz sonaba suave y el siempre tenía una dejadez que le dio escalofrío. No lo esperó. Llegó al café y la buscó con la mirada sin dar con ella. Fue a la mesa habitual, se quito despacio la gabardina y con cuidado la puso en el respaldo de la silla. Halló uno nota: LO SIENTO, con tinta negra. La esperó un rato y se levantó molesto. Pasaron días y meses y la buscó. No quería que la encontrara, así que no lo hizo. Lo que nos ocupa, este diálogo, sucede nueve años después, cuando coninciden en el mismo café, la misma mesa donde no se hallaron.
-Hola.
Casi escupe el café y tiene qué pasárselo caliente.
-Hola.
-Qué coincidencia, ¿no?- la mira frunciendo el cejo y responde, sin saber qué responder:
-Sí.
-Cómo has estado. Ahh, no me digas que bien, por favor.
-Mmmmm... estoy muy bien, muy bien, ¿y tú?
-Bien también, no me quejo- se instala el silencio.
-¿Me puedo sentar?
-Ah, perdón, por supuesto- quita apresurado el maletín de la silla.
-Cuéntame, cómo has estado, qué has hecho.
Él, en un instante, se harta, le parece un mal teatro y se enfada porque no puede voltear a verla, mira perdido la mesa, el diseño romboidal.
-Déjate de pendejadas, qué haces aquí.
-Pasaba y te vi por la ventana. No has cambiado casi nada- por primera vez él voltea y la mira fijo, con incipiente furia. Ella se sobresalta.
-Tú sí.
-Ya, no me veas así.
-¿Por qué chinggg...? Ahhh, no vale la pena- suelta su taza de café, que le salpica la mano. Se inclina para tomar una servilleta con mano temblorosa.
-Perdón. Tienes razón.
-Vete, por favor.
-No- le toma la mano caliente que se crispa. La retira, brusco.
-Qué quieres, ¿chingarme? ¿burlarte?
-No- dice arrastrando su voz débilmente. Él vuelve a mirar la mesa.
-Para mí eres un fantasma- suspira largo.
-Si te digo la verdad no vas a creerme- un resorte se le activa y salta, haciendo ruido y derramando el café-. Siéntate.
-¿Vas a decirme por qué te fuiste?- pregunta con tono burlón.
-Sí, y es la pura verdad, lo creas o no- toma aire-. Me fui con el repartidor de pizza, el que te caía mal. Me enamoré como tonta un día y creí que había encontrado al amor de mi vida- carraspea-. Me llevó en su moto, en la parte de atrás, como el cuadro en la película de Temporada de Patos. Me sentí así. El primer día fue muy bonito, pero se fue diluyendo  y me se fue fastidiando hasta que a los dos meses me echó, literalmente. Estaba deshecha, pero no por él. Por ti, por mí.
-Tenías razón, no te creo nada. Eso es una mamada muy mala hasta para mí. ¿Cómo vienes a decir que estabas deshecha por algo que botaste? Tus búsquedas siempre me desquiciaron.
-Era lo que te gustaba, ¿no? Que buscara, que creyera que todavía había cosas puras y utópicas.
Suspiró y contestó:
-Sí, supongo que sí. Hubieras regresado, a lo mejor te perdonaba.
-Es que no había nada qué perdonar. Además me sentía tan humillada, no podía ni salir al principio, me dio delirio de persecución. Cuando me corrió me fui a la casa de Fer. No, no la conoces, y ahí me pasé como tres meses chillando y lamentando . Después me fui de la ciudad en un autobús estrella roja y he andado de aquí para allá haciendo trabajos de free lance, viajando, aprendiendo. Regresé a buscar a los viejos amigos- y lo miró sin querer.
-Vete a la chingada, por mí te hubieras quedado perdida con tu cementerio de cosas inexistentes. La muerte de un puro idea, deberías hacerte una novelita y ponerle así. Te iría bien. Y no soy tu amigo, sólo viejo y barrigón.
Se rie y su cara brilla por un momento.
-Es cierto, te ves viejo, pero por lo menos no estás calvo. Todavía estás guapo.
-Cállate- pausa-. Bueno, ya nos vimos, nos hablamos, adiós entonces.
-No seas así.
-Así cómo, ¿ojete? ¿maleducado? Siempre lo he sido.
-No, no te vayas, quería verte.
-¿Para recordar viejos tiempos y platicar y reír y ser todos muy felices y nostálgicos?
-No no, sólo quería verte.
-Ya me viste.
-¿Y a ti cómo te ha ido?
-Pocamadre.
-Cuéntame.
-No soy tu pendejo cuenta chistes.
-En serio, dime.
-Ahhh... me casé hace tres años, tengo un chavito re listo, una casa que yo mismo levanté y tengo plaza en la Universidad y trabajo en una prepa también. Tengo mi carrito, mis clases, mis medidas ambiciones... en fin, soy un pequeño burgués clasemierdero, pero no me quejo.
-Qué gusto. Y cómo se llama tu hijo.
-Javier, como Javier Solís.
-Noooo, ¿en serio?
-Sí.
-Me alegra mucho que estés bien.
-No estoy bien. No quiero verte más.
-Sólo esta vez, ándale, desaparezco rápido.
-Eres buena para eso.
-No. ¿Y cómo te va en la escuela? ¿son públicas?
-La prepa es privada y pues la UAQ creo que todavía es pública. Me va bien.
-¿Y eres feliz?
-No empieces con las ofensas.
-¿Eres feliz?
-Nunca lo he sido. ¿Y tú?
-Tampoco. ¿Por qué no eres feliz?
-Déjame pienso... esta es una opción: la única mujer que creí, escucha, creí, que amaba un día se fue por un hoyo en la tierra con un pendejo repartidor de pizza a coger y nunca tuvo los huevos de decirme nada, sólo se borró del mapa. Ni nos vemos lueguito. Por lo menos nos dispensamos el drama. ¿Y tú?
-Porque no te tengo.
Soltó una carcajada rasposa.
-Ahí sí perdóname, pero chinga tu madre.
-No importa, mi mamá ya se murió.
-Qué pena que haya bailado las calmadas.
-No te burles, no tiene mucho.
-Cuando fui a buscarte a tu casa parecía muy apenada, la pobre.
-Debió estarlo, con la hijita que le salió. Te quería, creo, o por lo menos no te ponía peros.
Se relajó, abrió las manos hasta entonces apretadas y se sobó entre los dedos.
-Y qué vas a hacer.
-Todavía no sé. A lo mejor me quedo, me gusta la ciudad.
-No, no te vas a quedar, te vas a largar.
-¿Supones o me estás diciendo qué hacer?
-Hago predicciones, soy adivino.
-No. ¿Y de qué das clases en la uni?
-Universidad. Literatura Moderna Hispanoamericana e Historia.
-Creí que no te gustaba la literatura moderna.
-No, no mucho, pero no es tan difícil, le agarra uno gusto y siempre les doy una embarrada de literatura de principios del siglo XX.
-Yo hago traducciones y, a veces, dependiendo de dónde estoy, doy clases también. He aprendido mucho, en Mazatlán tuve un buen maestro.
-Ahhh, te siguen gustando los maestros- dice malicioso.
-No seas tonto. Te sorprendería saber que no he salido en serio con nadie- aquí empieza otra vez la furia, en un crescendo, como olas previas a la tormenta-. Después de “eso” se me quitaron las ganas. Salí algunas veces- se reclina en la silla-. Me di cuenta desde el principio que quería estar contigo, ¿por qué no llegaste antes ese día?- le da golpecitos a la mesa, cierra los puños. Ésa, está seguro, fue una pregunta retórica, así que no le dice: porque estaba haciendo un examen, culera.- Tuve un noviecito en Pirácuaro y pensé que estaba bien y lo llevé a mi casa y en verdad quería hacerlo, pero cuando me estaba quitando la ropa me solté a llorar como idiota pensando en ti- da un golpe que sacude la mesa y se vuelve a derramar el café, pero ella no para- y no pude para de llorar hasta el otro día y supe que te necesitaba. Recordé muchas cosas- está agitado y se muerde el labio inferior y la mira con ojos que se van inyectando de coraje. Ve venir al mesero y de súbito se calma, se reacomoda en la silla y sonríe complacido. Ella se da cuenta y se siente perdonada, no sabe por qué. El mesero llega y limpia la mesa sin mirar a ninguno de los dos. Cuando va a irse, él lo agarra del brazo.
-Ven, Emilio, quiero presentarte a alguien. ¿Te gusta esta señora? Bueno, quiero sentar el precedente, para que luego no digan que soy egoísta. Así como la ves de seriecita, a esta señora le gusta a veces escapar con desconocidos buscando el único y verdadero amor y se los lleva a coger y lo mejor de todo es que luego se le pasa, se desilusiona pronto- ella quiere llorar, pero está inmóvil, mirándolo sin mirarlo- y tan tan, la botas, sin remordimientos. Es un buen negocio: vas, coges, te aburres, la botas y listo. Gratis, sin líos, sin reclamaciones. Negociazo. Bueno, ahora ya se conocen. No no, no me agradezcan. De paso le traes un cafecito cargado, dos de azúcar.
-Descafeinado, sin azúcar, tráeme sustituto- Emilio se va turbado, sonriente.
-Cómo cambia la gente. Pero qué mal, qué bárbara, ni lo saludaste. A lo mejor no es tu tipo, pero conozco más, no te preocupes. Pizzeros sí no conozco, ya como en casa, pero estos igual valen, ¿no?
-No tenías por qué hacer eso.
-Tú tampoco tenías por qué largarte con toda mi puta alegría por la vida y sin embargo lo hiciste, así que ya ves, todo el mundo hace lo que le da la gana.
-Vuelve conmigo- dice con gesto desesperado.
-Estás pendeja- dice sobresaltado.
-Antes no eras tan vulgar.
-Disculpa. Antes... bueno, no, ni madres.
-¿Por qué no? ¿amas a tu mujercita?
-Mi esposa. Aunque no la amara, no soy tan idiota como para volver contigo.
-¿Por qué?
-¿Es en serio? Qué chistosa te has vuelto.
-Dime por qué no.
-Porque no puedo vivir pensando que un día te vas a enamorar de pinche cartero y te vas a largar dejándome muerto, sin nada, sin ti, sin mi hijo.
-Nunca más voy a irme. Voy a esperarte siempre, ¿recuerdas?
-Para siempre te duró como una hora. Ya vete.
-No me han traído mi café. Además aún te espero y no tienes por qué renunciar a tu hijo.
-¿En verdad crees que puedes venir y decirme eso? ¿Crees que voy a dejar todo por tu veleidad? ¿Crees que puedes desarmar mi vida sólo porque no tienes nada mejor qué hacer? Los viajes te han dañado bastante. ¿Cómo se te ocurre que puedes hacer de mí lo que quieras, como antes?
-Sí, porque me amas y yo también.
-Estás jodida, pero muy jodida. Lo que éramos tú lo chingaste solita, lo torciste. Ahora no hay vuelta de hoja, Superman.
-¡Sí la hay! Siempre se pueden corregir los errores.
-Mi familia no es un error. Esto, on the other hand, es un error.
-A qué le tienes miedo, ¿eh?
-No tengo miedo, lo que me faltan son ganas. No quiero estar contigo. Ya no.
-¡Estás mientiendo! Sabes que tenemos que estar juntos. Me amas a mí.
-No.
-¡¿A no?! Dímelo, ándale, ¡dime que no me amas!
-No te amo- dice con voz quebrada, sin poder mirarla. Ella se levanta apresurada y corre.
-Emilio, no seas malito, apúntamelo, mañana pasó.

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