Imagino una mano gigantesca que agarra un hoyo negro y lentamente se lo lleva hasta la boca de dientes blancos.
-Deja pasar el primer momento y llámame en la mañana porque no voy a estar y quiero. Por favor no fumes que quiero besarte, luego si ya no te apetece el desayuno, ven a mi casa, te hago unos jótqueics con mermelada. No se te olvide cerrar la puerta ni borrar este mensaje- y sonó el biiip de la contestadora. Lo había escuchado en la mañana y no le pareció importante, le dio borrar y la voz de despertador con su insoportable acento español gachupa le dijo: usted-tiene-cero-mensajes. Con qué crueldad imaginó los mensajes y sus codos sobre la mesa y pensó que era ridículo. Debió sacudir la cabeza para olvidarse y dio el pie:
-No, el señor de Ocaña ha dicho que no puede hacerlo sino hasta mañana...
Trató de no pensar más, de concentrarse en la obra, de no mirar hacia el público, de decir bien sus lineas. Siguió el silencio y miró a su compañero mover la boca, pero no lo escuchó. Qué pasa, porqué no hablas, quiso decirle con la mirada y carraspeó. Su compañero lo miró como esperando algo y se movió hacia la derecha. Qué raro, no pudo escuchar el sonido sobre el tablado. A lo mejor se le olvidó, a veces pasa. Y dijo otra vez:
-¿No me ha escuchado, caballero? Le he dicho que el señor de Ocaña no puede hacerlo sino hasta mañana.
Su compañero movió otra vez la boca, pero escuchó nada. Pensó que el otro tartamudeaba y Eulalia, vestida de campesina española del siglo XIX, pasó justo al lado de él y lo pellizcó en el antebrazo. ¿Qué chingados les pasa? Sin poder evitarlo volteó al público y vio el desconcierto, la expectación. Caminó hacia Alfredo, vestido con su traje de cortesano y le dijo bajito:
-Wey, te toca, porqué chingados no hablas.
Y Alfredo gesticuló y caminó hacia el otro lado del escenario. ¿Por qué no escucho sus pasos? Caminó y no pudo escuchar sus propias pisadas. Dio un golpe fuerte y seco al entablado y nada. “Deja pasar el primer momento y llámame en la mañana...” Al diablo esta estupidez. ¡Alfredo, háblale a Rodríguez! gritó y se bajó del escenario. La gente lo miró y trató de averigüar qué pasaba y seguro murmuraban y reían y se levantaron de sus asientos. La compañía lo rodeó y era notoria la prisa, la sorpresa, los labios moviéndose rápido, los brazos levantados, Rodríguez casi en su cara, escupiendo. Trató de leerles los labios, pero le pareció muy absurdo. “...porque no voy a estar y quiero.”
-¡No puedo oir nada!- y Rodríguez saliendo a pedir disculpas al público o a conseguir un doctor.
-No, no tengo nada, quítense, sólo no puedo oir- se formó un semicírculo alrededor y se miraban unos a otros, apreciativos, moviendo la cabeza no no no y Francisco riendo, a saber porqué. Rodríguez regresó, rojo y de seguro mentando madres.
-Y a media pinche obra, hombre, con la sala llena. Cómo va a ser, si nunca le había pasado.
-Y qué vamos a hacer, la gente ya se va.
-¿Ya llamaron un doctor?
-Fue Eulalia.
-Cómo va a ser, hombre, y tanto que habíamos ensayado.
-Pues a mí no me importa mucho, todavía ni salía.
-¿Crees que sea grave?
-Yo que sé, hombre, a lo mejor nada más está aturdido y se le pasa. ¿No ha dicho nada?
-No, y mira que le hemos preguntado.
-Cómo eres bruto, pues si no escucha nada.
-A lo mejor nomás se hace pendejo.
-A ver cómo le hacemos, esta función hay que recuperarla mañana. ¿Ya, Eulalia?
-Sí, que lo mandan ahorita. No me preguntaron qué tenía.
La conferencia a su alrededor y ya ni se molestó en tratar de leerles los labios, los miraba alternativamente, sin ganas. “Por favor no fumes que quiero besarte” ¿Y si resulta que es lo último que escuchó de ella? A veces quisiera ser sordo, pero entonces no habría música y daría al traste con todo. “No olvides cerrar la puerta ni borrar este mensaje”. Qué bonito pronuncia jótqueics.
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