Cuando no estaba sobrevolando cielos límpidos y diáfanos corría o caminaba por estrechas y miserables callejuelas o se perdía en callejones que siempre tenían salida. Y es que quién necesita del mundo cuando se puede morir a cada rato, sin complejos, si se puede fluir en el intenso silencio o bien viajar elevado por un enjambre de las libélulas resplandecientes de la música. (Te invadió y se enroscó en tu cuerpo en forma de olor dulce y persistente, qué puede hacerse cuando enfrente se tienen las alas de Ícaro, que en vez de plumas están hechas de desechos industriales). Hasta que se encontró de frente con la libertad y un terrible miedo le sacudió las entrañas. Tenía ganas de vomitar tanta destrucción, el asco escaló por su garganta y salió mutado en grito. Frente a esa larguísima línea blanca e interminable, peor que cualquiera de los laberintos que solía deambular prefirió sentarse y llorar desolada. Ja, mentí y mentiste. Se acercó un perro color verde, un perro árbol, a hacerte sombra y a lamerte la mano ensangrentada; la luna había estado roja, pero se fue. Te cortaste con tu contradicción y mi sinsentido (¿de quién demonios es esto?). Es como si todas fueran una misma, como si mi estupidez no importara y no me doliera estar aquí. Quisiera arcilla para modelarte a mi antojo y verte mojada. Mi inseguridad dará vueltas como las llantas de carro que empujábamos por las escaleras y volveremos a interceptar a los transeúntes poniendo redes de sedal o cintas de caset, minaremos los caminos con juguetes, destruiré lo que traigas entre las manos, tus hondonadas quedarán anegadas de fluidos extraños, de colores chillantes, destrozaré tu cuerpo imperfecto, mis velas de luz negra te alumbrarán hacia ningún lado, con toda la ansiedad que me provocas navegaré tus turbulentos mares. Y no voy a pensar que te mato, ni ahora ni nunca. No es verdad, sí voy a pensar que te mato.
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