"No sé cómo me las arreglo para escribir tan feo".
-Hace mucho calor- dijo, abanicándose con las manos.
-El pedestal está roto- y había en sus ojos una mirada de desencanto tal que ella se estremeció.
-Ya sé ya sé que te decepcioné, no tienes por qué echármelo en cara- dijo enojada (¿pero con quién, nena, si las cagazones no le corresponden a nadie mas que a una burla maldita a la que solemos llamar “el flujo de las cosas”).
-¿Eh? A qué viene eso- reprimido un tono más alto.
-A lo que dijiste del pedestal, que caí de tu pedestal o una desas pendejadas que dices siempre- el enfado le trepó hasta los ojos.
-Hablo del pedestal del ventilador. Ayer se rompió- había una mosca volando alrededor y se posaba en su rodilla y en su brazo. Manoteaba molesta:
-¡Puta mosca!- mientras se acomodaba el cabello con furiosa insistencia. Una gotita de sudor bajó de su cuello a su espalda echando carreras con otra gota. Topó con un granito, lo rodeó y siguió bajando a toda velocidad por la línea de en medio rumbo a sus nalgas. Cuando llegó a la altura de sus caderas se la quitó desesperada. La sensación pegajosa en su mano la exasperó aún más. Él por su parte jugaba con sus manos usándolas de encuadre para sus ojos. “Qué hermosa se ve así, toda emputada, sin decidir a irse”. Las manos le sudaban un chingo, casi podía exprimirlas. Siempre le castró que le sudaran tanto las manos: cuando lo iban a regañar, en honores, cuando era parte de la escolta en la primaria, cuando le tocaba exponer, cuando se ponía nervioso sin ninguna razón, la primera vez que la tocó... Suspiró.
-Ya dime algo- pidió ella, sentada en la silla con respaldo. Evitaba a toda costa recargarse porque su piel se adhería al plástico de la silla y hacía un sonido molesto al despegarse, además de que le daba más calor. Él estaba recostado en la cama, con la espalda recargada en la cabecera, una pierna estirada y la otra recogida haciendo un triángulo que intentó medir como isóceles. La cama estaba tendida, la colcha verde con flores rosas (de mal gusto, había pensado cuando ella la llevó, pero no había dicho nada) estaba caliente y las arrugas lo molestaban, pero no quería moverse. Ella miraba a la ventana y a él alternativamente. La luz del sol entraba de lleno por la ventana y le daba en la cara. Él pensó que se veía bien con su cabello que extendía en sus ondas el brillo del reflejo de la luz. Incluso se atrevió a desearla con desesperación. Traía puesto su brassiere negro de tirantes negros (su favorito. Quizá por eso se lo había puesto) y sus calzones negros. Los bordes del bra le apretaban los senos blancos y los hombros suavecitos. Le dieron ganas de acercarse y besarla, de tocar el sudor de su pecho y su abdomen, pero imaginó otras manos haciendo eso y le dio asco. Se dedicó a mirarse los vellos hirsutos del plexo hasta que ella habló otra vez. Él sólo hizo: mmmm qué quieres que te diga.
-¡Que no estés mirándome así, acusándome y juzgándome! ¡Di algo!
-No tengo nada que decir. Te ves muy bonita a contraluz.
Un nudo en la garganta, contraía la cara y los ojos se le llenaron de agua caliente. “No voy a llorar no voy a llorar”, se dijo y gritó:
-¡Dime algo! Dime que estás enojado, rompe algo, lo que sea, avienta cosas...
Suspiró otra vez, la miró duro y:
-Ve te a la chin ga da- soltó despacio, pronunciando cada sílaba con sequedad. Ella hubiera preferido otra cosa, a lo mejor puta, pero sabía que él nunca la llamaría así, ni siquiera ahora. No quería irse. Sonó tan ojete su vetealachingada, le dolió como una cuchilla caliente entre las costillas. “No voy a llorar no voy a llorar” pero ya estaba sollozando y yendo hacia la puerta. Él se levantó rápido y la rodeó con los brazos. Sus pieles resbalaron la una contra otra, lo mismo que sus pies porque cuando él había derramado un poco de agua al servirse (hacia un rato) y olvidó limpiarla. Qué caliente está su cuerpo, pensó. Se quedaron abrazados y mudos un rato. La sensación pegajosa no la incomodó tanto como el calor.
-Voy a correr la cortina- se separaron y sonó como cuando se separan dos tiras de velcro. Él tenía una sensación de asco en la boca.
-Ya me voy, regreso de rato- y ella sintió que era mentira, que no iba a regresar. Pensó en su necedad, en sus decisiones drásticas, en su maniqueismo, en su manera de ser injusta y egoísta y sintió que era todo un error, como cuando sin querer rompes algo y lo ocultas y luego se arma un desmadre. “No regresarás”, le dijo a una sombra en la pared. Se quedó sola en el cuarto, mirando a todos lados. Se sentó en la cama y alisó las arrugas de la colcha. Decidió que iba a irse también, pero se quedó dormida. La despertó un toc toc en la puerta (soñaba que un topo se daba de topes contra una pared).
-¡Ya regresé¡ Se me olvidó la llave.
La voz sonaba muy lejos, más allá de la escalera, de otro planeta, quizá. El eco viajó hacia abajo, escuchó somnolienta cómo se apagaba el sonido. Le pareció desconocido, ¿quién era? Miró hacia la ventana, el sol era un gran disco anaranjado. Estaba sudando mucho...
-¡¿Estás?!- toc toc toc toc, cuatro tocs. Su cuello estaba muy pegostioso, su espalda mojada y la textura de la colcha húmeda la molestó. Miró al techo blanquísimo que él repintaba de cuando en cuando, obsesionado con las manchas de moho, y la bola de hilos verdes en forma de canastilla para el foco (ahorrador) que le daba al cuarto la apariencia de un gran pizarrón de geometría.
“Se fue”, pensó asustado. Le entraron ganas de llorar, un dolor agudo se asentó en su pecho, un abatimiento pesado como la paila donde su tío hacía las carnitas se posó en sus hombros. La deseó otra vez, algo así como vorazmente, quiso destrozarla a mordidas y reclamarle como ella le había reclamado a él (conservaba las marcas de los arañazos en la espalda. “Déjame curarte, se te van a infectar”, había pedido ella sintiéndose culpable, pero el se negó hasta que le salió pus. Ese recuerdo lo guarda bien: acostado bocabajo, ella, con su playera de dinosaurios, sentada en la cama pasándole cuidadosamente un algodón ebrio de alcohol por la espaldo mientras le preguntaba con voz conmovida ¿te duele? Y sss a ah ah a, no, apenas lo siento).
-Puta madre- se le llenaron los ojos de agua caliente.
Adentro, ella seguía en su postura laxa, sintiendo el sudor correrle por los brazos, por las costillas. La voz ya no estaba. ¡La voz! ¡Dónde está la voz! Sólo escuchó pasos bajando escalones, alejándose. ¡Eres tú! Le dio un susto, abrió los ojos desmesuradamente (siempre quise usar esa palabra) y se quedó inmóvil, sin saber qué hacer. Corrió a la puerta.
-¡No te vayas!- y se descubrió en el pasillo, llorando en ropa interior. Escuchó cómo giró sobre sus talones y cómo empezó a subir de dos en dos los escalones, haciendo toc toc, como llamando a la puerta. Se recargó en el barandal para mirarlo subir. A medio camino él levantó la vista y se miraron. Se detuvo, indeciso, y se mordió el labio. Ella hizo el ademán de ven ven con la mano. Sonrieron y otra vez, escalones de dos en dos, toc toc, como llamando a la puerta.
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