Te olvidas de lo esencial: te amo. Y decirlo como si fuera ante el ejército de todas las máquinas del mundo, grabadoras, robots, lavadoras, refris, estufas, tostadoras, teles, devedés y el resto del ejército infernal de un Belcebú que apesta a sílices. Por fornicación, niña, por pura fornicación. O por la fornicadera, como tú mejor lo entiendas y saborees. Tal vez luego de este apocalipsis te de por querer encerrar el significado de cada palabra en una insolente emoción desas que le descarnan a uno los labios y las entrañas. Pero a pesar de todo lo que tú hagas o dejes de hacer, de lo que digas o calles, yo tengo esto: hoy tuve un sueño hermoso como ha ya mucho tiempo no tenía. Soñé con la libertad, que la olía, que la vivía. Ya después me encarcelaban, mas yo me aferraré con cada partícula de mi palpitante ser a este único sueño mío (porque es mío) que tuve hoy 20 de abril del año de nuestro señor 2010. Un sueño como los que sólo los grandes poetas tenían, un sueño que se me antoja viejísimo como el principio de la humanidad o el momento en que el primer ser vivo salió de la gran mar, lleno de seres fantásticos, de unicornios y aves fénixes. Voy también contando unos ciertos días muy peculiares, días que se arrastran sobre la tela cotidiana de ir medio viendo, medio amando, medio queriendo, medio intentando. Medio buscándote. Y es que muy aparte de que la búsqueda sea tema muy muy literario (se me ocurre por ejemplo Rayuela) yo la verdad sí te busco, pero en los lugares más insospechados, muy no queriéndote hallar. Ah, malhaya tu odio hacia mí mutado en simple rencor. Te extraño tanto, me enfurezco ante la sola idea de no verte más, de no pasear contigo por los muelles para buscar a Etienne que nos venda algún libro, de hacer el amor tendidos en la cobacha en que se ha convertido mi cuarto lleno de olor a sal y de rayos de un sol que se abalanza frenético sobre nosotros, pobrecitos humanos descabellados por la gana de perdurar, de no escuchar esos discos que tú tienes y que te has negado tan rotundamente a prestarme haciendo de ellos tu refugio, tu constante amenaza, tu bastión de paz y quizá el reducto mediante el cual estableces la no ruptura de nuestro delgado y fino lazo. Lazo como si fuéramos animales.
Te olvidas también de que me canso, de que me harto, de que me aburro con excesiva facilidad. Te olvidas de todo, en pocas palabras, a ver si ya me voy explicando bien. Por ejemplo de que en mi necesidad escasa reside lo que me mueve, lo que me empuja hacia adelante o hacia atrás, ya no sé si tengo yo complejo de cangrejo, o hacia los lados. Mi necesidad escasa lleva las letras que componen el nombre con que te llamo, las sílabas con que te nombro y te maldigo (al mismo tiempo). Simplemente no entra en mi cabeza que puede que seas un maléfico invento imaginario producto de mis noches en vela, una treta para no ahogarme en el universo mediocre de anuncios de neón y tienditas de escaparate. Y entonces riájatelas, ya estás tocando a la puerta porque quieres un poco de vino y que te preste mi cobija.
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