Te llevé al cine y en la oscuridad me dijiste que me querías. Una semana después te llevé a un concierto de Serrano y te enamoraste del tipo de dos filas adelante. Lo miraste embobada y yo no me di cuenta, te cantaba sentidamente “Eres” y tú mirabas al tipo y parecías muy concentrada. A razón de no sé qué chingados me dijiste que ése era el mejor concierto en el que habías estado, a lo que yo asentí, apreciativo y sonriente. Te encontraste con él en el baño y ahí le dijiste de tu amor imposible, de tu deseo descabellado de estar con él para siempre, que nunca te había pasado y que eras una tonta. Él, complacido, te dijo que eras muy bonita y consintió en besarte y en tocarte. Regresaste endiosada con un papelito en la bolsa del saco y yo, iluso, creí que era por la música. Cómo lo disfruté, cantándote las que me sabía y mirándote mirar hacia el frente, aplaudiendo rabiosamente y gritando ¡bravo! Le hablaste al otro día y fue una semana de pura felicidad. El domingo regresaste destrozada del supermercado y hasta entonces me di cuenta. Me senté en el sofá a consolar tu corazón roto y el mío hizo crac cuando te acariciaba el cabello. ¿Por qué me dijiste que me querías? Los días son amargos... Te has enamorado de tantos y yo tan enamorado de ti.
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