Omnívoros... ¿No te suena a una viborísima gigantesca? Una cosa terrible. Tururuptuptup. Nobody believed in us and now we are taking off. Era un poco desconcertante mirarlos, él tan serio, tan pulcro, tan pálido, ella tan mariposa, tan desastre, tan fiesta. Chocaba a primera vista, uno entraba al vagón y era lo primero que llamaba la atención. Ella tan alegre, tan acomedida con él and he looked so bizarre, like someone lost, staring at some point in the window. Ella caminaba por el vagón, miraba por las ventanas cada dos o tres minutos y daba saltitos y reía y se tapaba la boca con la mano. Decía ¡mira! ¡mira! Y señalaba algo poniéndose de rodillas en el asiento y estirando el brazo. He would just nod affirmatively, pensively sometimes, like looking for the thing, the stupid thing, that had impressed her, but knowing that he wouldn't find any joy or surprise. Ella lo miraba y se perdía, le tomaba las manos y lo besaba sonriendo idiotamente, but he seemed to notice none of that. He fixed his eyes on her with a look of bitter tenderness, like watching something inevitable, like a dear monster he had to take care of so it wouldn't disappear or hurt itself. No había casi nadie en el vagón y ella cambiaba de asiento y hacía ooohhh and he would only stare at the window with an unexpressive look. Había amenaza de lluvia, nubarrones grises se movían despacio por el cielo y ella miraba algo verde y luego volteaba a verlo. A veces le decía: ven ven y él iba, walking straight, like a busy man. Entonces ella lo abrazaba and he stayed still, very still. Qué estupidez. Era curioso y los pocos pasajeros los miraban con curiosidad, pero con respeto. Su vestido hacía ruido de escoba cada que se movía y él acomodaba su moño o se quitaba alguna pelusa con un dejo de desdén. Ella recogía las enaguas del vestido, pero aún así se trompicaba cada rato y para entrar en el asiento era un lío. Hacía mucho ruido tratando de acomodar el vestido y él le ayudaba y le decía, cada vez: se va a maltratar tu vestido, y ella respondía, cada vez: qué importa. Después de algunos qué importa decidió ir al bar del tren.
-¿Tienes sed? Voy al bar, ¿quieres algo?
-Sí. Mmmm -lo miró pero no dijo nada- ¿un vaso de vino?- él puso cara de desaprobación. -No no, entonces no, sólo tráeme agua.
-Claro que no, si quieres vino te traigo vino.
-Pero tú no quieres.
-Si no me lo voy a tomar yo. Siéntate- y con un gesto que parecía innatural, casi mecánico, la ayudó a acomodarse. Iban en el último vagón del tren y había una puertita que daba a una baranda.
-No vayas a ir al barandal.
-No no- y sonrió como niña buena y él también. Ella tenía esa belleza que da la felicidad y sonreía con verdadero gusto y estaba la mar de bonita con su vestido.
Se detuvo en medio del vagón en una postura estática y sin mover nada más que sus talones fue girando hacia ella lentamente. Lo miró, tan raro, enfundado en ese traje negro con su camisa de seda y su moño, con la flor blanca en la solapa perfectamente acomodada. Pensó que se veía guapo, pero raro, su figura encajaba en el traje, pero no su actitud, como si no se diera cuenta del traje, de la restricción. Él se quedó mirándola, peguntándole ( o eso pensó ella) muchas cosas, indeciso en la mitad del vagón. Por fin asintió con la cabeza e hizo un gesto como de disparar con una pistola imaginaria. Se acercó caminando y ella se encogió de hombros sonriendo.
-Espera, tengo algo que contarte.
-Bueeeno.
-Mmmm. Es algo que soñé antier, antes de la boda -dijo él aún de pie a su lado. Le puso la mano sobre el hombro y ella se estremeció. -Es que... mmmm... Soñé contigo -ella arqueó la ceja, entre el asombro y el desprecio (por el “mmmm” que precedió al “soñé contigo”). -Estábamo en un centro comercial muy grande, con muchas escalera eléctricas y enormes ventanas de cristal. Había una fiesta, una graaan fiesta. Yo debía reunirme contigo ahí, pero no sabía dónde y te buscaba caminando muy rápido. Subía y bajaba las escaleras y la gente parecía ir y venir sin un destino fijo. Estaban también nuestros amigos, pero tampoco los hallaba. Es de esas cosas que sabes, mas no porqué las sabes. Empecé a desesperarme mucho y decidí dejar de buscarte. Me iba a sentar en una jardinera con pasto y algunas plantas cuando alguien tocó mi hombro. Era tu amiga Berta, que sin mediar tiempo ya se hallaba frente a mí. Tenía la sensación de que estabas atrás, pero no podía voltear. Berta decía algo que no consigo recordar y que sé que es importante. Yo hacía ademán de irme y ella me detenía. Decía algo más y entonces sí podía voltear y ahí estabas. Traías puesta una playera azul con estampado en rosa. Era un dibujo inscrito en un círculo de lineas gruesas. Las mangas tenían una línea rosa. Eras tú definitivamente, pero estabas más flaca, tus senos otrora redondos y llenos apenas se notaban, tus brazos eran unas tablitas, tu cara era más delgada y se notaban mucho tus pómulos. Lo que sí estaba igual eran tus labios, grandes y rosas. Desentonaban un poco con el resto y tú no decías nada, estabas parada frente a mí y hacías esa cara que haces de dame beso, así como boca de pescado. Había mucha gente alrededor, estábamos abajo de una palmera. Ahí se acabó, me desperté.
-Es un poco raro.
-Sí. Ya, eso era lo que iba a decirte. Espérame.
Le dio un beso en la boca y se fue al bar. Pero primero pasó al baño y la puerta se atoró y le entró un ataque de ansiedad claustrofóbica y empezó a patear la puerta y alguien por afuera le abrío y dijo gracias y se disculpó. El bar era en realidad muy chiquito y un camarero muy alegre atendía y le peguntó que qué quería y, como siempre, lo tuvo que pensar un rato antes de poder contestar. Ella se movía impaciente y decidió ir a buscarlo para pedirle mejor un jugo de manzana frío y caminó entre los vagones sin poder dar con el bar. No quiso preguntar y de repente llegó a un vagón que tenía unas ventanas muy grandes y que además podían abrirse. Encantada, se asomó.
-Quiero un vaso de vino y un jugo de manzana frío.
-Vino blanco o vino tinto.
-Este... tinto.
-Muy bien -escuchó cómo servía en los vasos desechables transparentes. -Aquí tiene -dijo el camarero con una sonrisa. -Felicidades, por cierto.
-Gracias y gracias.
Regresó despacio mirando los vasos, cuidando que no se fueran a derramar. Fue un lío abrir las puertas porque las manijas eran duras y alguien que pasaba le abrió y dijo gracias y siguió caminando lento. Un vagón antes de llegar miró a su derecha y vio algo blanco pasar. Se asustó. Ya no se fijaba en los vasos, caminaba aprisa y el vino se derramó en el pantalón. Apuró el vaso de jugo y lo estrujó con espanto. Desesperado tiró el vaso y abrió la puerta. No estaba ella. Con el vaso de vino aún en la mano salió a la baranda y no estaba, regresó a su asiento y alguien abrió la puerta y suspiró aliviado, pero no era ella. Se asustó aún más y le preguntó al señor de dos asientos adelante si no había visto a su esposa. El señor sonrió amable y le dijo que se había salido hacía unos minutos. El tren, que casi llegaba a la estación, empezó a aminorar la marcha y él, sin soltar el vaso, fue de vagón en vagón buscándola. Le dieron ganas de gritar su nombre, de mirarla en su vestido blanco, radiante y hermosa. ¿Dónde dónde estás? Por dios, ¿dónde estás? Y llegó al vagón de las ventanas grandes y vió una abierta en el lado derecho y su zapato (recordó con nitidez supernatural cuando le dijo: me queda guango éste zapato. El izquierdo) en el asiento. Se asomó por la ventana. Corrió y entre tropiezos y atropellos llegó al barandal del último vagón y sin dudar, saltó. Aún tenía el vaso en la mano. Cayó y perdió el equilibrio y aleteó. Corre corre, que se ha caído por descuidada. Corre corre que te espera llorando, sentada sobre el suelo, doliéndose de su pie. Corre corre, no pierdas más tiempo.
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