sábado, 14 de noviembre de 2009

Yo estaba leyendo un libro cuando de repente ¡zás!

¿Qué es una librería durante la guerra? Un montón de basura. No obstante, en esta pequeña ciudad se convirtió en el centro social más importante. La gente empezó a comprar montones del libros, primero los usados porque eran más baratos y después los nuevos y en un ataque de ansiedad empezaron a comprar tantos como podían, temerosos de que se acabaran y no pudieran comprar más y se quedaran sin ellos. Pero comprar tal cantidad de libros exigía ciertos sacrificios: racionar la comida, aplazar la compra de de ropas, zapatos y demás lujos innecesarios y la venta de artículos superfluos. Pronto se dieron cuenta de dos cosas: una, que los libros no se acabarían, la bodega del librero parecía inagotable y mantenía constantemente los libreros llenos con nuevos ejemplares. Dos, que tantos libros ya no cabían en sus casas. Los pusieron abajo de las camas, fabricaron montones de libreros y los empotraron en las paredes, hicieron pilas en las mesas y sillas, en los roperos y en el suelo y eran columnas vacilantes con cierto desorden, los apilaron en las vitrinas y en el cuarto de los cachivaches. Podía encontrárseles leyendo a todas horas, comiendo un pan tostado con mermelada, en las reuniones familiares, en las calles y plazas, haciendo animadas mesas redondas y círculos de lectura, en las escuelas, alegando sobre tal o cual autor, riñendo sobre la superioridad de M. y la clara inferioridad de H., discutiendo acaloradamente sobre los temas más profundos y los más complejos tratados filosóficos, sobre técnicas de irrigación y arquitectura, sobre teorías intrincadísimas acerca de los orígenes del universo y el hombre, física y mecánica cuántica, sobre historia o la evidente imbecilidad de éste o aquel historiador, sobre poemas encendidos o novelas baratas. En fin, sobre todas las ideas producidas por el ingenio humano a lo largo de su historia, bellas y feas, ridículas y geniales, grandes e insignificantes, complejas y simples. Cosa curiosa: los libros con ilustraciones valían el doble que los que no tenían y el precio de todos los libros era único, sin importar edición ni editorial. La razón éste curioso fenómeno: ignota, como el fondo del mar. Las primeras cartas que llegaron desde el frente causaron cierta conmoción y se llenó la oficina de correos, pero poco a poco la emoción pasó y los voluminosos paquetes de cartas sin abrir fueron amontonándose en las entradas de las casas. Llegó el invierno y como nadie se había preocupado por ello, la provisión de madera para las chimeneas y ropa de abrigo era muy escasa. Algunos quisieron organizarse para ir a la capital a comprar lo necesario, pero todos estaban muy ocupados leyendo, así que nadie quiso ir y el plan fracasó. Las televisiones no se encendían nunca y hubo, poco antes de que empezara a hacer frío, una destrucción colectiva muy emocionante y viva en la calle El Rosario. La gente llegaba con su tele y la aventaba a una pila que empezó a crecer hasta que terminó por obstruir por completo la calle. Se prestaban palos y bats y la gente muy contenta arremetía contra las teles y al final quedó un montón de chatarra desperdigado que los camiones de la basura recogieron. Todos los días a las cinco, religiosamente, todos encendían las radios, único contacto con el mundo exterior. Daban los avances y victorias y la lista de los caidos. Algún suspiro y a veces un llanto sosegado salían de alguna casa de cuando en cuando. Llegó el momento en que el frío comenzó a ser insoportable. Las primeras víctimas fueron los gordos paquetes de cartas amontonados en las entradas. Las cartas con sus mensajes desconocidos, con todo su misterio y su dolor, eran alegremente arrojadas a la chimenea y la gente se acercaba al fuego extendiendo las manos y murmuraban gracias por el bendito calor. Pero pronto esta provisión de papel se agotó pues es bien sabido que las cartas, sobre todo las no leidas, se consumen especialmente rápido. El precio de un abrigo era de un libro y el de una cobija dos, no se aceptaba moneda corriente ni ninguna otra cosa y encima era difícil hallar quién quisiera vender un abrigo o una cobija, así que con reverente temor, la gente empezó a arrojar libros a las chimeneas. Primero los más viejos o gastados o los de los autores más odiados. Miraban el fuego asustados y un terror súbito los invadía cuando veían que la llama se extinguía. Mas ya se sabe que la gente es caprichosa y que sus deseos son incomprensibles. A la semana la ciudad se entregó muy locamente a una orgía de fuego. Los libros eran arrojados con éxtasis a las chimeneas y más y más eran sacrificados sin miramientos. Se organizó una gran fogata en la plaza principal y miles de libros se consumían y las mejillas se ponían rojas de excitación y contento, se intercambiaban saludos, bailaban, cantaban, reían y los libros volaban abriendo sus hojas, como pájaros torpes trompicando en el aire. Pasó el invierno y ya casi no había libros, terminó la guerra y regresaron los soldados, hijos padres hermanos esposos amigos suegros cuñados etece, y la librería se reabríó, pero muy pocos compraban libros y la ciudad, única intocada por la guerra, fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario