Salimos al amanecer a cazar soles, uno tras otro. Cuando nos aburrimos tomamos licuado mirando el acuario que hay enfrente de la casa, aún sentados en la azotea que tiene unos ladrillos a medio deshacer en el borde. A mediodía comemos sánduiches con mucha mayonesa y ya no hay más que un sol, pero aún así nos ponemos muy felices y damos vueltas como pirinolas de puro contento y como nos mareamos casi siempre tenemos que descansar a la sombra de la casa contigua y tomar limonada. Hacia la tarde ya comienza a haber más soles y preparamos las redes de oscuridad y nos ponemos aún más contentos y reimos bajito y a veces, como ayer que anocheció más tarde, jugamos canicas. Hay soles que de plano no se dejan atrapar y batallamos y sudorosos seguimos, necios, reacios a rendirnos. Cuando ya hemos llenado nuestras cajitas de terciopelo nos ponemos un poco tristes y en nuestros ojos se dibuja una sombra que empieza en la esquina blanca y vítrea y que termina en nuestras pupilas negras que se cierran como el obturador de una cámara. Parpadeamos unas cuatro veces y empezamos a extrañar los soles que en la noche ya tililan lejos, muy lejos y no alcanzamos a verlos, sabemos que están ahí porque lo leimos en un cuento de hojas muy gruesas. A veces también leemos un diccionario viejo y deshojado, de tapa roja y raída y escupimos a la banqueta y la gente voltea para mirarnos feo y ¡toma!, les soltamos alguna palabra exótica como inane, futirse, maleficio, pan (que es de un exotismo claro) o contrapelo. Educadamente saludamos con la mano y regalamos nuestra sonrisa más dulce. Nos vamos a dormir muy temprano y salimos al amanecer a cazar soles, uno tras otro. No, no vamos a la escuela.
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