Creo que hay un nuevo cuento que nunca escribiré. Amaba los desiertos, lo seco y lo caliente. Detestaba en cambio la lluvia y el agua, lo frío y lo metálico. Alguna vez se metió a un baño y ya en la regadera sintió que se ahogaba, que la coladera iba a tragársela. Desde ese día (hace mucho) pasa una toalla apenas humedecida por su delgado y frágil cuerpo (que extrañamente nunca suda) y trepa a los árboles cuando no está en sus desérticos humores. Conoció a un hombre moreno en el mercado, le ayudó un día a cargar unas cajas. Ella no creía que ningún olor pudiera impregnársele, pero al final él se acercó y le dijo:
- Jajaja, hueles mucho a tomate verde.
Por primera vez se sintió avergonzada y se ruborizó. A el le pareció gracioso y la abrazó fuerte. Ella era un poco bajita y pensó:
- Quizá si trajera mis calcetines gruesos sería tan alta como para besarlo.
Dio un brinco y se agarró fuerte de su cuello.
- Quiero oler siempre a sandía, no a tomate verde.
Silencio. El responde:
- Pues tu boca sabe como a sandía, pero yo preferiría que fuera a mango, ¿no quieres uno?
- No, yo quiero saber a sandía, tu hueles a ciruela y me gusta mucho.
Pues bueno, que a veces (milagrosamente) también en el desierto llueve y se pueden sembrar sandías y ciruelas.
- Jajaja, hueles mucho a tomate verde.
Por primera vez se sintió avergonzada y se ruborizó. A el le pareció gracioso y la abrazó fuerte. Ella era un poco bajita y pensó:
- Quizá si trajera mis calcetines gruesos sería tan alta como para besarlo.
Dio un brinco y se agarró fuerte de su cuello.
- Quiero oler siempre a sandía, no a tomate verde.
Silencio. El responde:
- Pues tu boca sabe como a sandía, pero yo preferiría que fuera a mango, ¿no quieres uno?
- No, yo quiero saber a sandía, tu hueles a ciruela y me gusta mucho.
Pues bueno, que a veces (milagrosamente) también en el desierto llueve y se pueden sembrar sandías y ciruelas.
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