Había una vez (por que una vez puede repetirse hasta el infinito, como un fractal sónico) una niña que vivía cautiva de una bruja mala que nunca hacía pociones pero que volaba en una escoba supersónica y que tenía la facultad excepcional de aparecer de la nada envuelta en una capa de figurines brillantes. La niña vivía en constante estado de aprehensión, esperando cosas que volaban a velocidades no supersónicas, quizá un amigo que llegara montado en una motoneta que corriera a 45 km/h máximo o un niño estúpido montando en un avestruz (una ya nunca sabe lo que la gente pueda esperar). Se quedaba recargada en su barandal, sentada en una mecedora que hacía un chirrido agradable. Pasaron meses sin que pasara nada hasta que pasó. Un niño en bicicleta voceaba enfrente de su balcón: ¡Espejoooos! ¡Espejoooos! Y a la niña le dio curiosidad saber qué sería tener un espejo donde siempre se viera reflejada. Le habló al niño (al tiempo que pensaba que su bici era bonita porque tenía el timbre ese que hace riiing riiing):
- Oyeee, oyeee, ¿tienes espejos grandotes?
- Claro, señorita, como de qué tamaño lo quería.
- Mmmm, pues no sé, uno grandote.
- Pss le puedo traer uno, ahorita no traigo, pero voy por el.
- Bueno- y se fue pedaleando despacio, con su canasta con espejos envueltos en cartón, haciendo riiing riiiiiiing por puro gusto. La niña se quedó esperando un rato y cuando creía que no iba a regresar escuchó sonar el timbre. "¿Ahora quién será?" se peguntó con enfado. Abrió la puerta y enfrente de ella estaba el niño sudando, cargando un espejo de su tamaño.
- Discúlpeme, señorita, pero no pude traerlo en la bici, está muy grande, ¿dónde se lo dejo?
- Ammm, aquí, subiendo las escaleras- lo dijo con malicia, quería que lo subiera hasta arriba para hacerlo sudar más. El niño jadeaba con cada escalón y cuando llegó arriba soltó un suspiro.
- Bueno, yo aquí se lo dejo- la niña le pagó y el niño hizo una especie de caravana. Bajó las escaleras como arrastrando los pies, farfullando (¿verdad que es una bonita palabra?) y doliéndose de la espalda. Cerró la puerta con algo que podríamos llamar delicadeza. Sonó el tic del pasador entrando en la cerradura. La niña llevó el espejo a su cuarto. Estaba envuelto en cartón y luego en un papel delgadito que era casi traslúcido. Quitó la envoltura descuidadamente, tenía cierto temor a mirarse y no saber que hallaría. Por fín se asomó un poco y se miró. Había una niña linda, de rasgos regulares, normal, nada extraordinaria. "Baaahh, qué simple" exclamó la niña. Todos los días se miraba en el espejo y miraba siempre la misma imagen: la niña no extraordinaria. Empezó a detestar esa imagen, a no querer verla más, pero por alguna razón terminaba mirándose ahí, mirando a esa niña que a su vez le devolvía una mirada inexpresiva. ¿Quién es?
Un día regresó el niño de la bicicleta voceando: ¡Espejooooos! ¡Espejoooos! y la niña sintió algo extraño. Lo llamó otra vez:
- Oye, oyeee, veeeen- y el niño fue, apeándose de la bici, primero el pie derecho y luego el izquierdo.
- Dígame, señorita- dijo cuando estuvo abajo del balcón. La niña se abanicaba con donaire (jajaja, esa palabra), un poco despreciativa y el niño sudaba mares.
- El espejo que me vendiste no sirve- espetó como quien escupe.
- Ah chingá, le juro que yo mismo lo revisé, no tenía nada.
- Pues no sirve, sube a verlo- ordenó la niña.
- Niña loca- pénsó el niño al tiempo que la niña le abría la puerta. Subieron los escalones despacio.
- Mira- dijo la niña con enfado poniéndose delante del espejo- no sirve, refleja siempre lo mismo.
- Mmmm- dijo el niño, examinando detenidamente el espejo, pegando la nariz a la superficie fría. Pasaron unos minutos sin que ninguno dijera nada, el niño puso pose de pensador, poniendo su mano en la barbilla y asintiendo, hablando en voz bajita. Se acercó y le pasó el dedo por encima y luego se miró el dedo y dijo:
- Jajajaja, ya sé que pasó, señorita.
- Huummm- dijo la niña, que ya se había distraido y empezaba a aburrirse- ¿qué es?
- Es que los espejos agarran la primera imagen que se les pone enfrente y ahí se les queda a menos que les de una limpiadita. Aquí está usted mirando indiferente a ningún lado y la imagen se quedó ahí, pero si lo limpia, el espejo se pone normal otra vez.
- Ahh- y fue por un trapo.
- Oyeee, oyeee, ¿tienes espejos grandotes?
- Claro, señorita, como de qué tamaño lo quería.
- Mmmm, pues no sé, uno grandote.
- Pss le puedo traer uno, ahorita no traigo, pero voy por el.
- Bueno- y se fue pedaleando despacio, con su canasta con espejos envueltos en cartón, haciendo riiing riiiiiiing por puro gusto. La niña se quedó esperando un rato y cuando creía que no iba a regresar escuchó sonar el timbre. "¿Ahora quién será?" se peguntó con enfado. Abrió la puerta y enfrente de ella estaba el niño sudando, cargando un espejo de su tamaño.
- Discúlpeme, señorita, pero no pude traerlo en la bici, está muy grande, ¿dónde se lo dejo?
- Ammm, aquí, subiendo las escaleras- lo dijo con malicia, quería que lo subiera hasta arriba para hacerlo sudar más. El niño jadeaba con cada escalón y cuando llegó arriba soltó un suspiro.
- Bueno, yo aquí se lo dejo- la niña le pagó y el niño hizo una especie de caravana. Bajó las escaleras como arrastrando los pies, farfullando (¿verdad que es una bonita palabra?) y doliéndose de la espalda. Cerró la puerta con algo que podríamos llamar delicadeza. Sonó el tic del pasador entrando en la cerradura. La niña llevó el espejo a su cuarto. Estaba envuelto en cartón y luego en un papel delgadito que era casi traslúcido. Quitó la envoltura descuidadamente, tenía cierto temor a mirarse y no saber que hallaría. Por fín se asomó un poco y se miró. Había una niña linda, de rasgos regulares, normal, nada extraordinaria. "Baaahh, qué simple" exclamó la niña. Todos los días se miraba en el espejo y miraba siempre la misma imagen: la niña no extraordinaria. Empezó a detestar esa imagen, a no querer verla más, pero por alguna razón terminaba mirándose ahí, mirando a esa niña que a su vez le devolvía una mirada inexpresiva. ¿Quién es?
Un día regresó el niño de la bicicleta voceando: ¡Espejooooos! ¡Espejoooos! y la niña sintió algo extraño. Lo llamó otra vez:
- Oye, oyeee, veeeen- y el niño fue, apeándose de la bici, primero el pie derecho y luego el izquierdo.
- Dígame, señorita- dijo cuando estuvo abajo del balcón. La niña se abanicaba con donaire (jajaja, esa palabra), un poco despreciativa y el niño sudaba mares.
- El espejo que me vendiste no sirve- espetó como quien escupe.
- Ah chingá, le juro que yo mismo lo revisé, no tenía nada.
- Pues no sirve, sube a verlo- ordenó la niña.
- Niña loca- pénsó el niño al tiempo que la niña le abría la puerta. Subieron los escalones despacio.
- Mira- dijo la niña con enfado poniéndose delante del espejo- no sirve, refleja siempre lo mismo.
- Mmmm- dijo el niño, examinando detenidamente el espejo, pegando la nariz a la superficie fría. Pasaron unos minutos sin que ninguno dijera nada, el niño puso pose de pensador, poniendo su mano en la barbilla y asintiendo, hablando en voz bajita. Se acercó y le pasó el dedo por encima y luego se miró el dedo y dijo:
- Jajajaja, ya sé que pasó, señorita.
- Huummm- dijo la niña, que ya se había distraido y empezaba a aburrirse- ¿qué es?
- Es que los espejos agarran la primera imagen que se les pone enfrente y ahí se les queda a menos que les de una limpiadita. Aquí está usted mirando indiferente a ningún lado y la imagen se quedó ahí, pero si lo limpia, el espejo se pone normal otra vez.
- Ahh- y fue por un trapo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario