sábado, 8 de mayo de 2010

Ataque terrorista

Lo vieron pasar la primera vez sin ponerle atención. Caminaba rápido, con marcada determinación. La segunda vez que pasó los dos voltearon a verlo al mismo tiempo y se preguntaron, con ese característico movimiento de cabeza, qué pedo. Tenía una aire sospechoso evidentísimo, su cuerpo, sus movimientos, todo en él delataba algo urgente y secreto. Para la tercera vez uno le dio un codazo al otro y empezaron a seguirlo. Traía ropas oficinescas, un bombín que a ratos parecía ridículo (cuando se le iba de lado) y un maletín metálico que asía fuerte y cuiadosamente, como si contuviera algo delicado. Miraba a todos lados buscando algo o a alguien. Casi se sube al vagón, pero al parecer se arrepintió de último momento. Los polis trataron de interceptarlo, pero los eludió hábilmente y se dirigió a las escaleras de salida. Alguien había dado el pitazo de que algo gordo iba a suceder y luego de los diversos ataques en trenes, había que extremar precauciones. Los polis llamaron a la central: “sospechoso, repito, sospechoso con maletín gris”. Alguien escuchó por el radio la palabra suelta “terrorista” y dio el grito de alarma. ¡Bomba terrorista bomba terrorista! La gente enseguida empezó a gritar, a chillar, a patelear y se empujaban presas del terror rumbo a la salida, creando un remolino humano que se movía a apretujones. Los polis, bien escamados, no sabían que hacer. Mandarían a el escuadrón especial antiterrorismo a la brevedad, mientras ellos debían inmovilizar al sospechoso y de ser posible quitarle el maletín (cosa fácil, ¿eh?). El hombre estaba en el primer escalón y volteó a mirar a la masa informe que corría desesperada hacia él. Parecía muy desconcertado y se quedó plantado ahí mientras la gente lo empujaba al pasar al lado. Los polis desenfundaron (reflejos de la instrucción policial) y gritaron el consabido ¡no se mueva!, lo que sólo hizo enloquecer más a la gente. El hombre se llevó la mano al pecho con ese gesto que significa ¿me hablan a mí?, y recibió un nuevo ¡que no se mueva! De una voz chillona y nerviosa con gallo atorado en la garganta. Los muy estúpidos le pidieron que les aventara el objeto que tenía en la mano (no sabían que las bombas pueden detonarse de miles de maneras). ¿Éste?, parecía preguntar, haciéndose pendejo. ¡Sí!, y se los aventó ante su propio susto. Lo recogieron del suelo con más miedo que otra cosa. Muchos numeritos, un botón rojo (¡he aquí el detonador!, se dijeron), unas flechitas. Le ordenaron que abriera el maletín. ¡Primero ponlo en el suelo, cabrón! (nuevo error, a los terroristas no se les grita). El andén ya estaba vacío y por orden expresa del poder judicial el metro no pasaría por la estación hasta que se resolviera la delicada situación. La entrada se acordonó de inmediato y a pesar del peligro mucha gente se detuvo a mirar y a preguntar, estiraban sus cuellos lo más que podían para mirar adentro ante la mirada impasible de policias que trataban de controlar el empuje hacia abajo. Un terrorista allá abajo una bomba dinamita amenazas sospechoso yo mismo lo vi parecía normal bomba de nitrógeno ataques terroristas simultáneos cállate no me dejas oir ¿qué? Ya lo agarraron ¿y si explota? Rango de cinco metros como se ve que no sabes toda la estación en pedazos y flashes y más flashes y etece etece. Puso el portafolios en el suelo con gran dificultad. Hacía un gesto extraño, se restregaba una pierna contra la otra, quizá ahí tenía otro detonador. Uno de los polis empezó a temblar, rezaba a la virgencita que lo dejara volver a su casa, incluso prometió no robar más si lo libraba de esta. El otro sentía el pecho inflamado de orgullo, mira que él sólo detener a un puto terrorista, mira que mantener bajo control una situación tan peligrosa. Ya imaginaba medallas y entrevistas, fotos de él saludando al señor presidente colgadas en la pared del comedor. El tipo lentamente abrió el portafolios con cara de compugnido, encañonado. Le dio miedo y su barriga se retorcía gachamente. Sonó un clic. Los miraba con los ojos bien abiertos y se mordía el labio inferior. En la superficie había sólo papeles y carpetas, unos lapiceros en la tapa, algo que parecían planos (la fachada perfecta), pero nunca se sabe con estos terroristas de mierda, enemigos de la humanidad, putos locos desgraciados maniacos hijos de la chingada, así que le ordenó que lo vaciara poco a poco, carpeta por carpeta. El tipo se mordió los labios tan duro que empezó sangrar. Lo vació y no había más que papeles. Lo obligaron a tocar el fondo, que lo levantara y lo sacudiera y luego que se fuera a chingar a su madre. Un poli suspiró aliviado y el otro tenía una mirada fúrica y le temblaba el dedo en el gatillo. Se oyó el ruido del camión de la unidad especial y luego los pasos lentos y pesados de los agentes superespeciales, héroes que resguardan el orden y la paz sociales con sus trajes astronautescos anaranjados. El tipo se levantó y dijo:

-Señor, yo sólo quería mear.

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