(-¿Cómo imaginas a la muerte?- preguntó.
-Mmmm… no sé, mejor no hablemos de eso. Ya es Navidad- y un suspiró se me escapó. Por alguna extraña razón Navidad siempre me ha parecido una fecha muy triste. Mi familia no acostumbra el arbolito ni tampoco la profusa decoración de las casas vecinas. Cuando estamos dando funciones ni siquiera lo recordamos. El mundo es extraño en Navidad, todos se ven felices y se saludan y se abrazan y esas cosas… Afuera está tan frío, tan fríos nuestros corazones en nuestras sonrisas congeladas. Por culpa del frío tengo que usar una chamarra enorme color rojo. Parezco un ridículo Santo Clós, y además nunca hago jojojojo. La celebración es casi siempre breve, sin regalos, sin mucha emoción, se canta un poco, esperamos impacientes las doce y mi hermana dice que es como esperar el tren, incluso hace puuuu puuuu de vez en cuando. Es muy graciosa).
Este año pusimos, como siempre, un abigarrado nacimiento lleno de animales exóticos y también un arbolito, montones de luces, escarcha y unicel. En Diciembre siempre viene el circo y se va hasta mediados de Enero. Montan una gran carpa a rayas rojas y blancas y vocean por todos lados: ¡Ya está aquí el circo! ¡Vengan a ver a los increíbles trapecistas que vuelan a 50 metros de altura! ¡Y Tony, el único canguro boxeador! ¡Vengan a ver al tigre de las nieves! Por supuesto que exageran y siempre viene el mismo viejo y “feroz” tigre, cansado y aburrido, los mismos monos amaestrados y el viejo y querido Majá, el elefante.
La función de víspera de Navidad es la más anunciada y el más grande evento que sucede en el año. El pueblo entero se pregunta cómo será, quienes estarán y se discuten las distintas posibilidades. En víspera hay siempre hay un ajetreo insólito para un pueblo tan pequeño, todos corren, gritan, se saludan moviendo la cabeza. Todos cargan algo y parecen muy atareados. Listones, cajas grandes y pequeñas, bultos, animales, arbolitos, hachas, verduras y mi mamá una gran canasta de frutas. Como hizo mucho frío y la asistencia al circo fue muy pobre prometieron que en la función especial veríamos algo inimaginable, algo que recordaríamos toda la vida. Mamá gruñó y nos prohibió ir, pero el jueves por la tarde nos trajo boletos. –Estaban muy baratos- dijo. Prometimos no separarnos, ir bien abrigados y regresar temprano. Cuando llegamos había un amontonadero de gente rodeando a un señor vestido de amarillo, gordo y de espeso bigote. Hacía aspavientos y gritaba, pero no se entendía mucho. Por fin no enteramos de que la función se había pospuesto para el otro día, viernes de Navidad debido al frío porque los artistas estaban entumidos y no podían hacer sus rutinas. Era cierto lo del frío, se instalaba cómodo en los huesos y te dejaba aterido. Regresamos pateando latas.
En casa había ese ambiente que solo hay en las grandes ocasiones: todo sucede muy rápido, mis papás corren de aquí para allá, ponen cosas apresurados en la mesa y dan montones de órdenes. Luego llega una aparente calma, nos dicen qué ropa ponernos y empieza a llegar la familia. Mis papás ya no corren enfrente de los tíos y tías, sólo sonríen mucho y preguntan sin esperar por la respuesta y nos dan pellizcos si no obedecemos. Empiezan a sentarse a la mesa los “invitados” (mamá siempre les dice así) y ponen platones de comida en la larga mesa de madera negra. Cuando todos estábamos ya sentados mi mamá dio un grito. Olía a humo y pensó que se le había quemado su “platillo especial” (cada año hace lo mismo, nada más cambia alguno de los ingredientes, pero siempre le pone chocolate, así que sabe rico). Fue a la cocina y regresó con cara ufana. –En su punto- dijo- creo que se le quemó algo a la vecina-. Volvió entonces la algarabía inentendible de la familia, cada uno hablando de algo diferente. Mi hermana más chica entró corriendo y gritando: ¡Están asando bombones, muchos bombones! –Pero dónde, niña- preguntó mamá avergonzada-
-En el circo- respondió sonriente y señaló la ventana. Papá se levantó y miró por la ventana. Se quedó un momento inmóvil y yo también fui. Se veía una columna de humo saliendo en dirección al circo. –Es mucho humo- dijo mi papá y todos se apiñaron en la ventana haciendo mucho ruido con las sillas y preguntando qué pasa qué es. –Vamos a ver- alguien sugirió y como por encanto todos corrieron a la puerta empujándose. Mi papá nos esperó y dijo vamos. Mamá protestaba y decía: pero la cena, se va a enfriar, vuelvan todos.
Cuando llegamos ya había mucha gente corriendo con baldes de agua, gritando y haciendo señas. Mi papá corrió hacia ellos. Una de las trapecistas con una chamarra roja (yo pensé que parecía un flaco Santo Clós y reí) corría desesperada, lloraba y cuando se limpiaba la cara derramaba el agua de los baldes y regresaba por más a una pileta y así… El señor gordo no hacía nada, estaba parado en la entrada mirando a la gente, parecía estar clavado al suelo. Sonreía complaciente y cuando hubo bastante gente se llevó las manos a la boca a manera de altavoz y gritó: ¡Muchas gracias a todos por venir a esta función tan especial! ¡Esperamos que disfruten del espectáculo, bienvenidos! Hizo una larga y pausada reverencia, paseó su mirada por los rostros pálidos y caminó hacia las llamas. Alguien lo detuvo y lo apartó. Al menos sí que era un gran espectáculo. El fuego se elevaba hacia el cielo siseando, lamiendo la parte más alta de la carpa. Yo pensé que era como un enorme árbol de Navidad iluminado por miles de luces rojas, naranjas, amarillas y azules disipando las sombras, haciendo un juego de luz y oscuridad, un majestuoso fuego artificial recortado contra el cielo negro. El crepitar de las llamas se mezclaba con los gritos, con el ruido de miles de pasos sacudiendo la tierra. Mi hermanita me tomó de la mano y preguntó: -¿Por qué hacen una fogata tan grande? ¿Quieren asar muchos, muchos bombones?- Dije no sé y sonreí. Las caras de las personas parecían máscaras doradas que iban y venían desapareciendo, hendiendo el espacio. El tiempo pasaba lento y ya no hacía frío, el aire era cálido y amable, se escuchaba como un susurro lento y suave, se estaba cómodo ahí.
Regresamos a la casa tarde, mi papá arrastraba los pies y yo brincaba. Los familiares se despidieron no sin antes oír el consabido “mañana al recalentado, no se les olvide”. Venía con nosotros la trapecista que lloraba, aunque ahora solo tenía muy rojos los ojos y se recargaba en mamá. Se durmió en mi cuarto.
-¿Cómo imaginas a la muerte?- le pegunté
-Mmmm… no sé, mejor no hablemos de eso. Ya es Navidad- y dio un laaargo suspiro.
-¿Quieres?- ofrecí señalando mi gran plato.
-Pues sí ¿qué es?-
-Ensalada de Navidad, es lo único que como en Navidad. Nadie más se la come, pero mi mamá me regaña si me la acabo yo solo- Le dí mi cuchara y se acabó todo. Volví por más a la cocina. Nos acabamos todo el traste que mi mamá había hecho y al otro día me dolió la panza.
(Supongo que ese es mi espíritu de la Navidad: esperar que las cosas cambien, pensar que ahora sí todo va a ser mejor. Es como la ilusión de un gran mago que vale la pena disfrutar mientras dura. Pero al otro día todo sigue igual, quedan tantos sueños rotos, tantos deseos arrumbados. De los restos de la cena surgen las promesas sin cumplir, los lugares en los que quise quedarme. Miro hacia atrás y nada ha cambiado, me sujeto fuerte del tubo, dejo caer mi cuerpo al vacío confiada en que alguien me va a sujetar con sus manos enharinadas o me suspendo en el aire antes de caer en la red de protección. Y no siento miedo. Subo otra vez a hacer volteretas para divertir a la gente. Y el verdadero espíritu llega cuando un niño te ofrece de su ensalada de Navidad y comes mucho y al otro día te duele la panza).
te quiero corazon n_n
ResponderEliminartu noviaaaa te quiereeeeeee!!! ;D