miércoles, 18 de agosto de 2010

Creo que estoy enojado...

PRELUDIO A UN CUENTO FANTASMAGÓRICO DIVIDIDO EN TRES MAQUIAVÉLICAS SECCIONES

La muerte y sus adorables amigos.
“Yo soy mi boca. A veces desearía ser mi boca cerrada. No sé qué voya hacer si aún falta un día para verte. No tenías derecho a pedirme esto, a mí estas cosas casi casi me molestan. ¿Que qué es la palabra? Anda tú a saber, mis honduras filosóficas siempre llegan a cuchara. Pero bueno, hagamos un intento de discurrir sobrel asunto: las palabras son unas perras, ¿no? Porque ni modo de definirlas, entonces pues les ponemos el epíteto más feo, el más agresivo, el más ofensivo y no queda de otra. Yo por ejemplo: la verdat no sé si existo y por más que le doy vueltas no llego a ninguna conclusión y sigo llegandoal mismo lado: yo soy esa palabrita que me repito insistentemente, mi mantra personal. Caray, es más difícil de lo que creía, pensé que era cosa de sentarme frente a la computadora y que lo demás iba a salir solo. Pero volvamos al tema: yo soy una palabra y todo es una palabra. Piensa en algo y trata de no pensar en la palabra que encierra ese algo. Te reto. Te equivocas cuando dices que uno es lo que ve, no no no, uno es lo que se piensa. Uno es la palabra que lo define. Por ejemplo: si yo me llamara diferente sería una persona diferente, ¿me explico? No sería Francisco, sería Ramón o Adrián o algo así, es decir, otra persona. Las palabras son entonces formas que apresan un contenido, son casa y cárcel y plataforma y escudos y armas de todo tipo. Como eso que yo te dije el domingo en el jardín Guerrero: me describo con rabiosa crueldad porque así me defiendo. Mis definiciones me protegen contra tu crueldad, entre más duro soy conmigo, más difícil es para ti serlo. Si yo me destruyo no te queda nada a ti para destruir o en el mejor de los casos puedo decirte: ya lo sabía, eso feo que tú piensas de mí yo ya lo pensé y más ojete, ¿me explico? Y entonces como que tus críticas, por duras y severas que sean, comparadas con las mías son dulce y suave miel. Las palabras también son cárcel porque imagínate a esa gente que se la vive pensando que no vale la pena. Te aseguro que se sienten así porque alguien les dijo: no sirves para nada. Porque hay gente así de mala leche y tú te quedas con esa idea bien prendida en tu cerebrito y arrancarla cuesta mucho. O piensa en cómo funcionan las cosas en la tele, te dicen que todo va bien, te embaucan y tú que te la crees completita, te venden una realidad (con palabras, claro) y es la única que hay, ahí tencierran, ahí te cortan las alitas de pollo. Te pongo un ejemplo más aterrador: “te lo dije”, a ver, trata de huirle a una telodije. Es como una caja para bestias. Cuando alguien te previene te sugestiona, te marca una directriz aunque no quieras. Y luego muy ufana esa persona te espeta “telodije, ¿ves cómo tenía razón?” Tener razón también es una jodida prisión. Me acordé que dijiste que querías limpiar tu cerebro con hilo dental, qué risa me da. El chiste, Carla, es que cuando yo pienso en mí no pienso en imágenes, jamás, pienso en palabras, en las letras brillantes o mate que fulminan mi mente como rayos eléctricos. El lenguaje me constituye entero.

Digresión inacabada.
Hace rato vino Águeda a preguntar por ti y le dije que no sabía, luego hizo como que volaba y se fue por la ventana, ¿puedes creerlo? Así pasa cuando se enoja, se envuelve en aire y dejas de verla. Sucede también que hay días que salgo a la calle y me invaden torbellinos de animalitos desconocidos y las líneas de los edificios toman una cualidad acuática, como si fueran materia maleable al calor y se tambalean, se sumerge la materia en un espacio devastador que todo lo cuadra y al mismo tiempo dejan de ser los lineamientos para convertirse en contornos y no entiendo nada*. También vino tu mamá preguntando por la mía. Traía un jorongo a pesar del calor tan sofocante que hace. A veces las ideas están ahí, intangibles, ocultas y escurridizas y las descubres hasta que las pronuncias. Así de fácil. Lo lees o te lo platican y de repente ¡zas!, eres poseedor de una idea, de un algo claro y tangible que de no haber sido pronunciado seguiría siendo una masa amorfa y negra, indefinible y pastosa. Las palabras nos dan mundo, lo encierran y lo hacen al mismo tiempo. Nuestro lenguaje es también nuestra manera de pararnos frente a “la realidad” (una palabra más bien salvaje) y decir: heme aquí, este soy yo.


Miseria mental y un descubrimiento aterrador.
La memoria es un verdadero delito, un error gravísimo en el que los recuerdos se revuelven, se esconden en vericuetos inaccesibles y luego hay que andarlos siguiendo rogándoles que aparezcan. Y se burlan de uno, hacen muecas, se mezclan sin pudor unos con otros. Por ejemplo: no me acuerdo si me dijiste que querías ir conmigo o si dijiste que “me acuerdo que no querías ir conmigo”. ¿Has pensado en la dicotomía todo y nada? Es que es casi estúpido, no significan nada porque no existen. Y son esenciales para nuestra cosmogonía. O el tiempo. ¿Qué es el tiempo? Un invento, una broma pesada a la que no conformes con el desconcierto adornamos con medidores de todo tipo, desde clepsidras hasta relojes suizos tan exactos que uno se pregunta para qué servirán. Las palabras también pueden ser huecas como tronco de árbol podrido, resonancias tenues de algo más, de una voz que se niega a salir descubierta de ropajes sonoros, ¿no? Sonidos etéreos e intocables, pretextos para no pensar que estamos muertos o somos producto de una perversa imaginación, razones de más que enmascaramos o máscaras las palabras mismas, llenadero de una inexistencia que no conseguimos soportar. Antes, o a lo mejor sucederá en el futuro, o a lo mejor ahoritita mismo, me daba por caminar preguntándome un montón de cosas irrespondibles y jugaba y ahora verte es como barrer con mi tristeza, me la pones en un bote de basura y:
-Te digo que...
-Pero si está...
-No te sabes...
-¿Quieres que lo haga con...
-Si no soy tan...
-Venía montado en caballo un...
-Es muy poco probable que un animal...
-Tienes razón...
-¿Quieres ir a tomar...
¿Me explico? Te digo que no entiendo nada y lo peor es que no puedo poner la mente en lo que se dice blanco porque blanco ya es un pensamiento como de manicomio. Te contaba que antes, o ahora o después, yo imaginaba cosas obscuras, seres de inhumana figura que se contorsionaban en giros y evoluciones bien raras, como si estuvieran hechos de gasa. Y había todo un mundo de ellos acechándome en las calles y debajo de mi cama y yo andaba así, asustado y con ganas de llorar a cada rato, pidiendo con muda expresión colores brillantes y farolas para calmarme y había noches en las que gritaba porque las sombras parecían más, cómo decirlo... delgadas o transparentes o traslúcidas, no sé bien, pero me aterraba pensar que había sombras nítidas y definidas y otras que no, que eran como sombras de aire, aunque el aire no pueda tener sombra. Pienso que era la ilusión de caer en un vacío o mucho peor: flotar en un vacío, sin caer, sin salir, sin luz, nomás así, nadando en una alberca de negrura. ¿Sabes qué hice para deshacerme de las cosas esas? Un día les dije: váyanse. Y se fueron. ¿Por qué crees que los conjuros son mágicos? Pues porque son palabras inexpresables, no los decimos para alterar el exterior, no no, son para cambiar nuestro mundo interior. Ahora abrir los ojos es un fiestón, puedo conjurar cualquier cantidad de criaturas, incluso puedo llamarte a ti y ¡plam! ¡plap!, te materializas en mi habitación. Descubrí el lenguaje, pues”.

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