miércoles, 18 de agosto de 2010

A lo mejor sigo enojado...

Estos dos últimos "cuentos" son en realidad introducciones a ensayos que presente como trabajos finales el semestre pasado para Literatura Inglesa y Filosofía del Lenguje respectivamente. Era un intento burdo de integrar dos categorías literarias (ensayo y narrativa) o de mezclarlas o de tratar de explicar una con la otra. El intento falló, parece ser, pero igual disfrute haberlo hecho. Éste último se llama "Aldoux Huxley and the issue of individuality". Está escrito en inglish, aunque luego lo traduje. No sé por qué lo explico, pero en fin, es como mi "nota del autor".


Introduction to an unusual essay.


-Parece que va a llover- el hombre enfrente apenas pudo contener su sorpresa.
-¿Llover? ¿Cómo sabe? ¿Alguna vez vio llover?- hay una especie de avariciosa envidia en su expresión.
-Yo ya soy viejo y vi muchas cosas antes de... bueno, antes.
Suprimió su mexicana característica y no hizo una pregunta innecesaria, se limitó a preguntar que cómo llovía.
-Pues no sé, el agua se junta en las nubes allá arriba en el cielo y luego las nubes se ponen muy negras y el agua se precipita sobre la tierra en forma de millones de gotitas, gotas o goterones que se estrellan contra el suelo y se escucha un rumor extraño, como el de las caídas de agua en las represas del oeste.
El hombrecillo repitió “el agua se precipita sobre la tierra en forma de millones de gotitas, gotas o goterones que se estrellan contra el suelo y se escucha un rumor extraño” como si todas las palabras de la oración fueran nuevas, recién descubiertas. Le era imposible imaginar tal espectáculo de la Naturaleza, lo que sólo acicateaba su curiosidad.
-¿Hace cuánto que no llueve?
-Por lo menos 35 años.
Ambos miraron hacia el horizonte oscuro pletórico de nubarrones amenazantes. Era común verlos, sí, pero no tan cerca. El accidente parecía inevitable y el hombre más viejo sonrió con amargura. “Como antes de que...”


A matter regarding the power of a bending-spoon mind and the traffic of narcotics.

Recargados ahí en la baranda podrían parecer padre e hijo, si no fuera porque había una especie de barrera emocional entre los dos, una barrera casi tangible, como una carga eléctrica flotante.
-¿Y hay que esperar mucho?
-No sé, a lo mejor ni llueve- una mueca de fastidio se dibujó en su boca.
-Pero ya estamos aquí, por qué no llovería.
-Porque ellos no quieren, sería un fenómeno demasiado perturbador para las nuevas generaciones.
-He escuchado que en las planicies del sur es donde tienen los campos de lluvia.
-Debe ser, muy pocos viven ahí y las extensiones son muy vastas, debe ser más fácil manejar los procesos.
-Conozco a alguien que fue.
-Eso es imposible, a menos que tu conocido sea uno de los Inspectores.
-Puede ser...- insinuó dándose una importancia de la que carecía.
Las nubes en el cielo comenzaban a alejarse con su preñez de agua.


The dissolution of the personality in the mass or “every one belongs to every one else”.

Una música suave comenzó a salir de los altoparlantes dispuestos en lo alto del edificio. El sonido era de una increíble nitidez aún al aire libre. Las ondas sonoras parecían penetrar los oídos de los dos hombres sin necesidad de viajar por el espacio, como si llegaran directas del origen a su destino. La dulce voz los invitaba a entrar al edificio porque pronto sería hora de que todos se recogieran a sus hogares. La voz era aterciopelada y sin embargo, el viejo no pudo evitar sentir un apremio exasperante, como si bajo la voz hubiera una orden estridente.
-Bueno, parece que no podremos ver llover, si es que sucede.
-¿Y por qué no?- preguntó el hombre encorvado contra la baranda.
-Ya escuchó la invitación. No deberíamos quedarnos aquí.
-Es una invitación, joven amigo, no lo olvide. Una invitación no tiene por qué ser aceptada- dijo ante el asombro que intentaba disimular el susto de su acompañante- ¿Se ha preguntado por qué accedemos siempre a sus invitaciones? No está prohibido quedarse...
-Pero horribles cosas le pasan a la gente que no... “acepta” las sugerencias de nuestro bien amado Orden Superior- interrumpió más asustado. Después de todo, tenía una clarísima disposición a asustarse ante la sola idea de no seguir al pie de la letra lo dicho por el altoparlante. Las cámaras de sonido estaban dispuestas en cada uno de los resquicios de la ciudad, y a los de personalidad mexicana les bastaba escuchar la meliflua voz para obedecer. En cambio, las personalidades de ambientes más hostiles, digamos el norte de Canadá, necesitaban de enérgicas órdenes para acceder. Separar a los seres humanos por personalidades fue un proceso lento y difícil, pero el Orden Superior se las había arreglado para lograrlo con escaso costo humano. “La vida es lo más valioso que tienes”, decían sin cesar miles de bocinas colocadas en todas las ciudades del mundo. Al principio era casi imposible distinguir lo homogéneo de las maneras de ser, pero luego de algunos años eran perfectamente iguales todos los individuos pertenecientes a una personalidad. Se incrustaban en las sociedades diversas personalidades, de otro modo sería un poco tedioso, pero un alemán en Alemania era exactamente igual a otro alemán en, digamos, el cono sur. El globo terráqueo estaba perfectamente dividido y al mismo tiempo unificado bajo un sólo mando mundial y todos se sentían contentos de que así fuera.


Pseudo-apocalyptic conclusions about uniformity or liberty as a burden.

Quizá una de las decisiones más acertadas del Orden Superior fue tergiversar la idea de libertad en cada individuo. “La libertad es un fardo pesado y ahora el mundo puede liberarse de él”, rezaban los altoparlantes a cada hora, decían todos los programas de todas las televisoras, las emisiones radiales de todas las radios, todas las páginas web. El argumento de más peso fue que la búsqueda de la libertad por parte del hombre de la antigüedad (algo de cien años era ya antiguo) había traído consigo las más funestas consecuencias: guerra, muerte, individualismo exacerbado, destrucción, imposibilidad de un orden social único en beneficio de todos y la soledad, mal terrible. Lo que nunca dijeron fue que la libertad no es un derecho conquistable, sino, como dice Ermilo Abreu, un estado de la conciencia del hombre.
-Baja tú, yo me quedaré un rato más.
Dudó unos momentos, pero pensó que esa era una oportunidad única y decidió quedarse a esperar. Las preguntas estaban reservadas a una difícil intimidad, eran escasas y sobre temas poco relevantes. Cuestionar al Orden Superior provocaba un terror indescriptible en todos los habitantes del mundo porque temían que colapsara dejándolos sumidos en la más terrible miseria y el más horroroso caos, como pregonaban siempre la tele, la radio y los altoparlantes. Se armó de valor y aún en contra de su acondicionamiento, preguntó:
-¿Cómo era antes?
-Era hermosamente distinto.
-Distinto...- pronunció como si no conociera la palabra- ¿Pero por qué? ¿No se ponían de acuerdo los hombres y mujeres en qué era lo mejor?
-No había por qué ponerse de acuerdo, cada quién respetaba el modo de vivir del otro.
-Eso es mentira. Los libros dicen que había guerras y disputas interminables entre todos los pueblos.
-Sí, las había precisamente porque unos no respetaban el derecho natural de los otros.
-El derecho natural... “es derecho natural del hombre ser feliz”.
El hombre viejo soltó una risita.
-Los hombres que provocaron las guerras y disputas son los mismos hombres que ahora dominan el mundo.
-Eso es una blasfemia. El mundo no está dominado por hombres, sino por el Orden Superior.
-¿Y qué es el orden superior sino un puñado de hombres disfrazados?
-Amigo mío, eso ya es demasiado. No puedo consentir que diga usted esas cosas.
-Pronto me acabaré, no me importa, pero quisiera ver llover.
Voltearon a mirar las nubes y advirtieron unas columnas de humo subiendo desde la plataforma de un enorme edificio gris. La Central de Control Ambiental estaba tratando de evitar que lloviera.
-Tus amigos no quieren ver uno de los espectáculos más maravillosos de la naturaleza.
-No deberíamos estar aquí- insistió nervioso el hombre joven sin dejar de mirar el cielo y las columnas de humo morado. En verdad quería irse, estaba asustado, pero no podía moverse, una fuerza extraña lo mantenía pegado al suelo.
-Ahora sólo nos queda esperar.
Unas gotitas tímidas empezaron a caer desde el cielo. El hombre viejo rió con ganas y el joven miraba el cielo con una sorpresa que jamás había sentido.

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