En un principio se despertaba tarde y muy modorro iba a la cocina a prepararse un café cargado. Te vistes y te vas. Los domingos eran espaciales, hacía grandes proyectos para contrarrestrar los jueves terrestres y sobre todo los martes amargos. Naves y más naves surcando fluorescentes el techo de su cuarto, lleno de estrellas colgantes y planeta oscilantes. Había qué esperar la noche, es cierto, pero valía la pena. Luego del café había que inventar los trayectos entre constelaciones y por supuesto, cantar bajito. No vuelvas más. El café era un pequeño ritual, tomaba siempre la misma taza, la primera de la segunda hilera contando de la derecha a la izquierda y ponía un poco de café con una cuchara de té. Luego le ponía tres gotas de agua con un gotero y luego a moler el café con una cuchara durante ocho minutos y medio. Una vez hecho le ponía una taza medida de agua caliente, contaba hasta seis y daba el primer sorbo y después hacía aaahhh. No le ponía azúcar. Al cabo de un tiempo la parte espacial dejó de ser interesante y tuvo que inventar guerras cruentísimas entre las diversas sociedades. Maquinaba contento las batallas entre los protoloares, unos seres diminutos que brillaban si se les aplicaba luz oscura y que de otro modo eran invisibles, y los trancabrú, unos seres detestables con triple papada que se parecían terriblemente al director del banco, entre los malabares (en serio, así se llamaban) que era una raza pacífica que descubrió que la guerra era el único modo de estar en paz y los patratip-los, una raza de animalitos que no compartía nada en común entre sí mismos (unos incluso no tenían cabeza). Lo malo es que no podía decidirse por los tipos de armas y por lo general los protoloares peleaban con su saliva corrosiva y los trancabrú con unas espadas como gladius, que contra los protoloares eran de lo más inefectivas, los malabares usaban poderosos chorros de metal y los patratip-los no usaban ninguna arma, se lanzaban por millares en contra del enemigo sin ninguna intención que no fuera la de hacer mucho ruido y divertirse. Un día los trancabrú ganaron la batalla decisiva cerca de la constelación de Orión y de ello resultó que por fin acabara la guerra y que los protoloares fueran aniquilados sin piedad, que los malabares decidieran por fin ser pacíficos y que los patratip-los se quedaran sin fiesta. Vete muy lejos, muy lejos de este mundo. Entonces se volvío a los terroríficos domingos. ¡El terror! Como antes de lanzarse al río desde la roca más alta. La tele al segundo domingo dejó de ser una opción y empezó a tardarse más al preparar su café y luego a levantarse más tarde hasta que sucedió lo inevitable. Un domingo se levantó temprano y ¡zás! que se queda tirado en su cama sin hacer nada, se tapó con su sábana azul de triángulos blancos y pensó, por primera vez, en una mujer. Una completa desconocida. El lunes siguiente, lunes de maravillas, no pudo concentrarse en nada y anduvo como sonámbulo por los pasillos con formularios en las manos y mojó los papeles con sudor y no podía escribir en ellos. Estaba tan desconcertado. Ni qué decir del martes amargo, que fue especialmente amargo, como limón superconcentrado. El miércoles de lo mismo tuvo sin embargo un destello: camino al trabajo un pájaro le cagó el saco y eso le provocó risa y miraba la cagada verde y blanca que combinaba con la camisa. El jueves terrestre pasó sin contratiempos, casi como si fuera miércoles. El viernes de personas hizo las visitas acostumbradas y saludó y fue muy amable pero no podía evitar sentir ese vacío creado por esa nueva imagen. El sábado de compras no encontró duraznos en almíbar ni chocolate almendrado. Llegó el domingo espacial, ahora mutado en domingo terrible (y que después cambiaría una vez más, aunque aún no lo sabía) y se levantó a las 10 de mañana y se quedó tirado todo el día, sólo se levantó a hacer café, miró la cortina de su ventana a la calle, se paseo cincominutoscinco en su balcón sin macetas con su barandal pintado de negro dando pasos deliberadamente cortos y lentos. La semana siguiente fue como miércoles, toda ella. El cuarto domingo terrible fue sin duda el más terrible y para el quinto hubo que tirar la puerta porque apestaba muy feo y los bomberos corrieron por la casa, las paredes manchadas y montones de letras sin orden aparente (los bobos no conocían el algoritmo para descifrar el mensaje, que por lo demás era bobo y sólo decía: me fui por un tiempo, regreso pronto, probablemente algún lunes de maravillas) pintadas en rojo con brocha gruesa. Lo que olía muy muy feo era el refri. Estaba desconectado y se había abierto la puerta y todo adentro se había podrido. La casera llamó a la policia porque estaba asustada (nunca lo vio salir porque se salió en la madrugada), el inquilino del quince tenía una rutina estricta y a eso de las 7:37 am salía de su casa, sin falta. Pasó una semana y luego el olor y pensó lo peor. La policia tenía cosas más urgentes qué hacer y pasó el llamado a los bomberos que fueron a ver por curiosidad (la estación estaba a tres cuadras). No hallaron a nadie. Había una taza de café a medias sobre la mesita blanca. Llueve sobre la ciudad, ¿por qué te fuiste y ya no queda nada más?
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