Estoy tan lejos que ahora mismo no me importaría que descubrieras sin avisar el planeta que habito a escondidas ni tampoco me emocionaría el descubrimiento de una nueva super nova o de alguna nebulosa perdida en algún cúmulo de galaxias vecinas. No importa mucho si me vuelvo más inseguro o si las apariencias cobran fastidiosa importancia (después de todo dijiste que no importaban, pero justo eso es lo que hace que me fije de más). Tampoco importa que no sepa qué decirte, ¿verdad? Que mi lengua se trabe y mi cabeza vague y evite a toda costa hilar pensamientos para no aturdirse más. Mucho menos importaría que mi planeta gire en torno a un sol ficticio, que esté cimentado en una falsedad pobre, en un sofisma baratísimo y que se desgaje poquito a poquito y quédeme más sólo que nunca. Podría (hasta el extremo de intentarlo) cantarte unas de Silvio o, por Dios, no, escribirte algo sentido y lleno de inspiración para ver qué sientes. Pero no importa, la cosa es más simple, no hay tristeza y tampoco contento, es una combinación extraña de ambos, una calma acelerada que carcome todo y es como un reloj que, incapaz de dar mal la hora, da la hora que se le da su reverenda gana. Todo esto tiene que ver con algo que pasó en la mañana: te vi en mi ventana. Así de tonto soy. Estaba leyendo tu carta y abrí mi ventana y miraba sin mirar y ¡zás! Es una bobada lo sé, pero yo vivo de las bobadas diarias, de los detalles insignificantes. Y pues... sí, te vi en mi ventana.
"Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta". Hubiera preferido no verte, no se hubiera movido el mundito de adentro, y más aún, no te habría buscado como idiota todo el día en todas partes, tratando de adivinar tu cara en la de cientos de desconocidas. No es cierto, no cambiaría por nada esa imagen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario