domingo, 20 de septiembre de 2009

El misterio se presenta y los sabuesos ladran.

Quizá mañana te vea. En algún lugar de por aquí cerca. O quizá te dibuje. A lo mejor en la cancha, aunque no me gusta mucho la cancha. Queda lejos, además, y hay ruido y casi nadie grita gol mas que el que anota y los de su equipo. Encima es de pasto sintético y me resbalo. A veces ponen una lona, si no te quemas como vil camarón. Yo al menos acabo muy rojo. A lo mejor en la tiendita de la esquina. O con la señora de los churros, uno nunca sabe esas cosas, llegan muy así de imprevisto. Que no sea rumbo a la escuela, es probable que no te ponga atención porque tarareo y se me va el pedo muy feo. En un semáforo tal vez, en un verde parpadeante. Con el señor de los elotes (a Érika le gustan los elotes. A mí también) o si voy por los bolillos a lo mejor ahí. Empujando un carrito. Con un bebé en el frente. Que se llame Luis y le digas Luisito y yo cagarme porque los diminutivos me dan risa. Wuucita. En definitiva no será en algún lugar con área verde. Creo que es mejor dormir como cerrar los ojos y no sentir casi nada o querer no sentir casi nada mientras piensas en algo para distraerte de la idea de sentir casi nada porque entonces ya se siente el acuciante deseo de brincar y desentumecerse y evitar el pensamiento difuso de que cuando necesitas algo no lo hallas y cuando has dejado de precisarlo lo hallas en el lugar más estúpido y obvio y maldices al descuido o si eres lo bastante soberbio a la mala suerte y entonces se pierde el hilo y ya no puedes dormir por más que te concentras y aprietas las ojos hasta que los fosfenos te llenan por miles y no quieres abrir los ojos pero duele y tienes qué y los fosfenos más grandes aún están ahí y los sigues como si fueran amibas abajo de un microscopio sin saber porqué se mueven tan lento y a la vez tan rápido y te das cuenta de que es como un deja vú porque apenas se ha ido el fosfeno por una esquina de tu ojo cuando ya está de vuelta en el otro lado sólo que menos luminoso y así hasta que por fin desaparece pero para entonces tus ojos ya se acostumbraron a la oscuridad y miras los contornos de las cosas y te asustas y te desubicas y te acuerdas de que estás volteado y piensas en que qué bárbaro, cómo puedo no recordar eso y sin que lo notes ya es de día y no recuerdas lo que pensabas ni los fosfenos con formas de amibas o fuegos artificiales e intentas seriamente recordar el momento preciso en que te dormiste pero es imposible y alegas eso de Aristóteles, de Hypnos y Tánatos y dices: es una lástima, hombre. Porque no puedes recordar nada de nada.

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