Todo es de risa loca, una overtura pomposa de una ópera aburridísima sobre un amor épico entre dos reyes muy pendejos que se quieren pero que no pueden estar juntos por ser cuestión de estado. Yo no entiendo nada, se me van las cabras y termino por imaginar pintuas surrealistas muy a lo Remedios Varo (recordé mis libros de Física de la secundaria y a mi maestra bizca) y a caminar sin mucha dirección por las calles escuras y limpias. Mi siempre divertida aversión por la espera. Es que es una cosa bien estúpida, uno espera nomás por esperar, porque no queda de otra. Como en los pinches hospitales o peor aún: en los bancos. ¿A dónde es que va esto? Desconfía de mí, de todo lo que digo, son cosas con pinta de verdad, pero quien sabe, podrían ser sólo sofismas. "No hay confusión, no existe emoción, sólo tiempo para recordar". Ya sé qué es lo que me hace aburrido: mi limitado rango de temas de conversación y mi sufrido interés por las bobadas mías y no por las de los demás. Que pavo no saber caminar, dijo un arbolito. Tenía una amiga ardilla que se mudó a otro bosque muy cerca, pero ya se sabe cuán desconsideradas son las ardillas que dejan de visitar a los amigos y se ocupan nomás en comer bayas y avellanas y nueces y esas cosas que ellas comen muy contentas. El árbol, ignorante de este hecho natural, estaba muy desesperado y muy sólo, sobre todo porque era un oyamel y estaba rodeado de cedros y los cedros, como es bien sabido, son árboles muy soberbios y muy elitistas, así que apenas le dirigían la palabra. Estaba muy enojado el oyamel porque no podía caminar y no podía visitar a su amiga la ardilla, que por otro lado había ya encontrado pareja y estaba muy lista para tener ardillitas. ¿Por qué chingadamadre no podré caminar? se preguntaba el arbolito.
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