Me quedan un par de horas de pura diversión y tengo sueño, pero sé que si me duermo no me levantaré. Debo hallar algo que hacer. A veces, cuando no sé que hacer de mí me pongo a imaginarte, a imaginar situaciones locas. Aquí una: entramos a una librería cristiana y tú te enojas porque no quieres entrar y sabes que no voy a comprar nada, que ni siquiera tengo interés en la librería, pero me dan mis ataques de "quiero hacer esto". Hay cristos y libros e imágenes de un dios viejo barbado y con cara compasiva y amable y nubecitas y ángeles en lo que se evita expresamente que estén en un postura que muestre sus partes pudendas (porque se supone que no tienen, pero ese asunto causa cierto escozor y desconcierto entre el común de la gente). Miro aquí y allá, entre los estantes y no finjo mi admiración, en verdad me admira saber que hay gente que escribe y lee esas cosas. Le pregunto a la dependienta (que de preferencia ha de ser una monja con cofia) sobre tal o cual cosa y ella responde muy pausada, muy amable. Yo asiento con la cabeza y le doy las gracias. Miro un poco más y salimos y me fijo en la llanta de un carro que está estacionado. Me entra la risa y tú estás enfadada.
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