jueves, 7 de enero de 2010

Camionero del mal

A veces tengo mis delirios de persecusión. Antes los tenía mucho más, ahora sólo de cuando en cuando. Siento una opresión culera en la nuca, como si alguien me mirara y su mirada pesara como concreto. Algo así como si Cíclope lanzara cemento de sus ojos rojos y ¡plam!, me cayera a mí en la parte de abajito de la nuca. Y como es obvio, volteo a todos lados como idiota hasta que me da una tortícolis fastidiosa o un calambre o lo que yo creo que es un calambre. Al otro día por lo general me duele un poco el cuello, como si hubiera mateado en un toquín, aunque no tanto (¡como a Tito! ¿Eres tú, Modphy?). Hoy venía de regreso en el guajolotero de las 4 pi em y el chofer platicaba con todos los que se subían. Agarraba las curvas con una temeridad atterradora, yo sentía que nos despeñábamos en cualquier momento. Mejor me dormí. Cuando desperté estábamos en Cadereyta. ¿Si ven que los autobuses tienen un foquito que indica cuando se sobrepasa el límite de velocidat, que creo yo es de 95 km/h? Pues el puto foquito parecía de árbol de Navidat. Pitaba bien culero y al chofer le valía madres y yo, paranoico y fatalista como soy, ya imaginaba los obituarios y las notas amarillistas en los periódicos. Entré en pánico, pues, y miraba a mi hermana que también estaba escamada y luego miraba la carretera (a mí me tocó la ventanilla) y la línea blanca parecía una víbora blanca gorda, me pareció sinuosa a mí, quién sabe por qué. Y luego me di cuenta de que no era la línea blanca divisoria sino la barda. Lo más cagado es que me da cada vez más miedo viajar, en camión o en lo que sea. Jeeeeeelp miiiii.

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